jueves, 25 de abril de 2013

Texto ganador del Certamen literario de C.P.Gerardo Diego. Año 2011





El Big Bang de la esperanza

  El tiempo en el que se vive cambia la percepción de las cosas; hoy en día nadie se extrañaría al conocer a una mujer que estudia astronomía y se deleita mirando el cielo, no sería sorprendente poseer en casa una biblioteca completa de temática estelar. Ni si quiera el tener un telescopio se saldría de lo normal, cuanto menos el deseo de querer tenerlo. Pero si nos remontamos unos cuarenta años atrás, y enmarcamos todas estas singularidades en una aldea gallega en la que la vida transcurre en torno al campo y las pequeñas granjas domésticas, compuestas generalmente por unos cerdos, unas vacas, las socorridas gallinas e incluso algún conejo, entonces lo normal pasa a ser sorprendente y rompedor. Porque la mayoría de alimentos provenían de la propia cosecha; el yogur era casero y las patatas se conservaban todo el año en una bodega, donde hacían compañía a las pipas de vino que, botella tras botella, se iban vaciando hasta la temporada siguiente.

    En aquella aldea orensana vivía esta mujer que tenía una energía especial, un espíritu aventurero y una empatía asombrosa para entender a las personas. Era madre de tres hijos, aunque ya había quedado muy atrás la época de lavar pañales y preparar papillas de maicena. Sus nietos utilizaron pañales desechables, y sus nueras y su hija eran madres trabajadoras que apenas tenían tiempo para sí mismas, y menos aún para mirar las estrellas.
    Muy a menudo recordaba aquellos tiempos en los que mirar el cielo era un hábito cotidiano e intuir los muchos misterios del universo formaba parte de sus divagaciones hogareñas.
    A pesar del poco tiempo de ocio, siempre sacaba unos minutos para regocijarse en el resplandor de una noche estrellada. Adaptaba el trabajo en el hogar a las citas puntuales con la salida de la luna. Conocía a la perfección sus diferentes fases, en qué momento del día iba a presentarse y cómo los cambios del satélite afectaban a su cuerpo. La ventaja de vivir en una aldea gallega a una distancia prudencial de la gran ciudad era esa relación tan especial y única con el universo. Solía calcular la hora exacta de la puesta de sol para organizar la recogida de la ropa, que tendía en una larga cuerda atada del hórreo a un poste que su marido colocó lo más alejado que pudo de la casa, para que las luces hogareñas no afectasen la visión nocturna de las constelaciones, las estrellas solitarias y las fugaces concede deseos.
    Cómo le hubiera gustado nacer en otro tiempo, estaba segura de que algún día las mujeres se vestirían un traje espacial y podrían estudiar las estrellas de cerca, subidas en uno de esos cohetes que vuelan con la misma fugacidad sorpresiva que sus amigas. Qué emoción cuando vio por primera vez la imagen de aquel hombre andando sobre la Luna, en julio de 1969. Comienza la cuenta atrás: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero… ¡Despegue!
   
    Era conocida su capacidad para valorar qué parte del alma estaba siendo acariciada por los cambios lunares e incluso cuándo iban a remitir los síntomas. Le gustaba contar cómo fue que empezó todo, a pesar de ser consciente de que esas teorías del big-bang eran censuradas cariñosamente por el párroco. El cual, cada vez que la veía entre los fieles, hacía alusión a los siete días increíblemente productivos para un dios concentrado en grado sumo; siempre hacía algún gesto de complicidad con esa feligresa poco común. Sus vecinas, aprovechando el viaje de llevarle unos huevos, unas patatas o los primeros higos del verano, a la sombra de un café con filloas o rosquillas, le hablaban de su estado, esperanzadas en que algún sabio consejo de la mujer de las estrellas calmara sus males.


    Su sabiduría solía ser muy efectiva, uniendo a sus conocimientos lunares, los planetarios y los referentes a las constelaciones zodiacales. Con unos pocos datos más sobre la hora y día de nacimiento de la interesada, era capaz de añadir a su comprensión humana ciertas dotes adivinatorias, que trataba de minimizar por aquello de que la asociaran con actividades de brujería; no siempre se podía evitar la rumorología aldeana.

    Y así fue pasando la vida. Conforme su edad iba aumentando también los recuerdos de aquella época se volvían más nítidos. Era curioso, no podía recordar lo que había comido en la hora del almuerzo y sin embargo recordaba a la perfección el nombre de todos los planetas del sistema solar. No se olvidaba del detalle de que el pobre Plutón había quedado excluido por ser un cuerpo demasiado pequeño. ¡Tantos años teniéndolo en cuenta en sus predicciones planetarias! Nunca dejaría de considerarlo de la familia a pesar de lo que dijera la comunidad astronómica internacional. Al fin y al cabo ella no era astrónoma, muy a su pesar claro.
    Siempre supo que si hubiera podido elegir lo habría llegado a ser, pero su condición de hermana mayor le hizo cargar con una porción extra de responsabilidad; se convirtió en una segunda madre para los más pequeños. Sin embargo, sí llegó a tener uno de esos telescopios con el que acercarse un poco más a su cielo estrellado, y observar así la luna con una precisión casi intimidatoria. Sus hijos y sus nietos, cuando cumplió setenta años, la sorprendieron con ese artilugio maravilloso. Fue increíble para ella poseer un Telescopio Celestron Omni XLT, con capacidad de ofrecer una imagen libre de aberración esférica, que no sabía muy bien de qué tipo de aberración estábamos hablando, pero que sonaba fenomenal.
    El mejor regalo que le habían hecho nunca, sobre todo cuando miró la luna a través de sus lentes, y comprobó, una vez más, que el rostro que ella veía no era más que la combinación de unos oscuros cráteres bien dispuestos. Fue el mejor regalo después del que su marido había creado para sorprenderla unos quince años antes. Se trataba de un telescopio muy rudimentario hecho con un pliego de cartulina negra y unas lentes oftálmicas, conseguidas por mediación de un óptico retirado de Orense. Fue algo extraordinario, ya que esas inquietudes que ella tenía no eran compartidas por su marido, y aunque éste trataba de contentarla con las pequeñas cosas cotidianas que le permitían continuar con su afición, nunca pensó que su interés  por hacerla feliz le llevara a desarrollar una faceta de inventor nunca antes explorada. Un año después de aquella fabulosa sorpresa, su marido enfermó de cáncer y, tras cuatro años de una dolorosa batalla, murió. Se quedó sola con sus estrellas.

    Sus hijos habían tratado de convencerla para que se fuera con ellos a la ciudad. Su hija vivía a doce kilómetros del pueblo y los dos hijos a unos veinte, demasiado lejos para acudir con prontitud en caso de que ocurriera algún accidente. Ella se negó rotundamente; cómo iba a querer dejar su casa, sus recuerdos y su gran cielo estrellado.   

    Pero conforme los años fueron pasando, ella envejecía, los vecinos de la aldea iban desapareciendo; la aldea en sí misma parecía desintegrarse en un pozo negro impregnado por el gran vacío que producen las ruinas del abandono. Cuando los hijos supieron que  compraba los huevos por unidades, y que los domingos solía pasear por la plaza del pueblo en zapatillas de andar por casa y con la falda superpuesta sobre el pijama de flores, le prepararon la maleta sin pedir opinión. Ella nada dijo, cogió su telescopio y se sentó en el asiento de atrás del coche que conducía su hijo pequeño, que ya contaba con cincuenta y cinco años. Qué mayor estaba el pobre. Aunque para ella siempre sería su pequeño Plutón. Y de este modo, se vio obligada a cambiar todo su universo por un trocito de cielo que veía desde la ventana de la habitación que ocupaba en casa de su hija.
    Lo peor de cumplir años es tener más posibilidades de que tu mente se vea afectada por algún tipo de demencia senil. Sí, también aparecen otros problemas físicos producto del envejecimiento normal de todo tu cuerpo, pero la lucidez de la mente puede permitir la autodefensa ante los lagartos externos, cuyas lenguas se creen con el derecho de inutilizarte sencillamente por ser mayor.

    Las estrellas siempre estarán ahí, la luna seguirá bailando con la tierra alrededor del sol, cambiando de vestido cada noche; pero las neuronas se irán atrofiando y los recuerdos se borrarán uno tras otro en cada paso de baile lunar.

    Todo iba bien en su vida cotidiana, bien a medias porque se había visto obligada a adaptarse a un cielo más pequeño ante su mirada, aunque para ella seguía siendo un trocito de la gran inmensidad. Cuando salía al parque acompañada de su hija y su nieta, aprovechaba para reordenar sus recuerdos estelares. Ahí está, la Estrella Polar, me daba la sensación que se había perdido. Por fin te encuentro Osa Mayor, y ahí está la Osa Menor. Así que  ya estás en ese punto Orión, deben ser cerca de las once. Nada se parecía lo cotidiano de su vida actual a lo que fue; llegaba a imaginarse recogiendo sábanas bajo el amparo de sus amigas y la mirada lejana de su marido, que de vez en cuando se asomaba por la ventana y le preguntaba si estaba bien: “Sí, cariño, estoy terminando ya.” En aquel tiempo, podía estar más de dos horas recogiendo la colada que había tendido la noche anterior, aunque tanto ella como su marido sabían que la ropa era una buena excusa para explayarse observando un grupo concreto de estrellas.

    Pero un día la materia gris que atribuía a Mercurio sus giros rápidos y su calor aplastante se apagó para siempre; no volvería a hablar de Venus y su nombre de mujer. Ya nunca más una neurona escribiría una poesía sobre el color rojizo de Marte ni sobre las dieciséis lunas de Júpiter. Saturno y sus anillos se verían silenciados y la atrofia cerebral borraría al azulado Urano y al octavo planeta Neptuno.

    Sin embargo, a pesar de que el alzhéimer se apoderaba de todos sus recuerdos, la mujer de las estrellas seguía aferrada a su trocito de cielo. Y cada noche lo observaba con la misma emoción que el primer día, tal vez porque, en su fuero interno, estaba convencida de que en algún lugar de su cerebro se produciría una explosión espontánea que haría resurgir la materia y el universo de sus recuerdos, un big-bang esperanzador.

    O tal vez la que lo soñaba era su nieta, que recogiendo el testigo de una abuela ejemplar, y decidida a no dejar que el día de mañana  los recuerdos se fueran borrando uno tras otro, comenzó a escribirlo todo, haciendo que cada hecho vivido fuera inmortalizado en una libreta, en un archivo de su ordenador o en un artículo del blog que había creado.

    Once de septiembre de 2001: Esta madrugada ha muerto mi abuela, se ha ido a vivir con los ángeles; cerca del cielo, allá en lo alto, junto a las estrellas que tanto adoraba. Murió mientras dormía, con setenta y ocho años, durante un sueño en el que le cantaba a la luna una nana preciosa sin saber que la canción era para ella misma y que acunaría su sueño eterno. Ha sido un día duro, hemos estado en el tanatorio. Muchas visitas de gente sorprendida, personas que la adoraban, vecinos, niños; ha venido hasta el párroco, del que mi madre decía que era demasiado fiel a las escrituras bíblicas, debía ser poco mayor que mi abuela. Salí del tanatorio un momento para ir al supermercado que había unas calles más allá en busca de algo para comer, y en la cola para pagar escuché cómo una señora contaba  que unos aviones se habían estrellado contra las torres gemelas de Nueva York, me pareció que se refería a la escena de una película; no había estado en esa ciudad pero por las muchas veces en las que las había visto me resultaban muy familiares. Un señor decía que iba a estallar la tercera guerra mundial. Yo no sabía muy bien si lo que contaban pasó de verdad o era el argumento de una historia de ficción. Todavía no había visto por la televisión  ninguna imagen de lo sucedido.
    Me parecía muy extraño todo. A lo mejor la que estaba en medio de un sueño era yo; y mi abuela no se encontrba en la sala tres del tanatorio, sino calculando a qué hora se pondría el sol esa noche; y las torres gemelas permanecían intactas, así como los cientos de oficinistas y directivos que trabajaban sin parar en sus proyectos. Tengo la sensación de que lo de las torres gemelas no ha sido más que una broma del destino para desviar la mirada ante el triste acontecimiento del día de hoy: el adiós definitivo de  mi querida abuela. La mujer de las estrellas se ha ido y nos ha dejado aturdidos con ese rastro celeste que la ha acompañado siempre. Al lado de su ventana estaba colocado el telescopio, llegó a su vida demasiado tarde; fue una lástima que no lo hubiera disfrutado años antes, cuando se excusaba en sus labores y se iba a mirar el cielo. No puedo quejarme, yo estuve con ella más de una noche, todos la acompañamos en alguna ocasión, a ella le gustaba compartir lo que sabía.  

Isolina Cerdá Casado

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