El Big Bang de la esperanza
El tiempo en el que se vive cambia la percepción de las cosas; hoy en
día nadie se extrañaría al conocer a una mujer que estudia astronomía y se
deleita mirando el cielo, no sería sorprendente poseer en casa una biblioteca
completa de temática estelar. Ni si quiera el tener un telescopio se saldría de
lo normal, cuanto menos el deseo de querer tenerlo. Pero si nos remontamos unos
cuarenta años atrás, y enmarcamos todas estas singularidades en una aldea
gallega en la que la vida transcurre en torno al campo y las pequeñas granjas
domésticas, compuestas generalmente por unos cerdos, unas vacas, las socorridas
gallinas e incluso algún conejo, entonces lo normal pasa a ser sorprendente y rompedor.
Porque la mayoría de alimentos provenían de la propia cosecha; el yogur era
casero y las patatas se conservaban todo el año en una bodega, donde hacían
compañía a las pipas de vino que, botella tras botella, se iban vaciando hasta
la temporada siguiente.
En aquella aldea orensana vivía esta mujer
que tenía una energía especial, un espíritu aventurero y una empatía asombrosa
para entender a las personas. Era madre de tres hijos, aunque ya había quedado
muy atrás la época de lavar pañales y preparar papillas de maicena. Sus nietos
utilizaron pañales desechables, y sus nueras y su hija eran madres trabajadoras
que apenas tenían tiempo para sí mismas, y menos aún para mirar las estrellas.
Muy a menudo recordaba aquellos tiempos en
los que mirar el cielo era un hábito cotidiano e intuir los muchos misterios
del universo formaba parte de sus divagaciones hogareñas.
A pesar del poco tiempo de ocio, siempre
sacaba unos minutos para regocijarse en el resplandor de una noche estrellada.
Adaptaba el trabajo en el hogar a las citas puntuales con la salida de la luna.
Conocía a la perfección sus diferentes fases, en qué momento del día iba a
presentarse y cómo los cambios del satélite afectaban a su cuerpo. La ventaja
de vivir en una aldea gallega a una distancia prudencial de la gran ciudad era
esa relación tan especial y única con el universo. Solía calcular la hora
exacta de la puesta de sol para organizar la recogida de la ropa, que tendía en
una larga cuerda atada del hórreo a un poste que su marido colocó lo más
alejado que pudo de la casa, para que las luces hogareñas no afectasen la
visión nocturna de las constelaciones, las estrellas solitarias y las fugaces
concede deseos.
Cómo le hubiera gustado nacer en otro tiempo,
estaba segura de que algún día las mujeres se vestirían un traje espacial y
podrían estudiar las estrellas de cerca, subidas en uno de esos cohetes que vuelan
con la misma fugacidad sorpresiva que sus amigas. Qué emoción cuando vio por
primera vez la imagen de aquel hombre andando sobre la Luna , en julio de 1969. Comienza la cuenta atrás: diez, nueve, ocho,
siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero… ¡Despegue!
Era conocida su capacidad para valorar qué
parte del alma estaba siendo acariciada por los cambios lunares e incluso
cuándo iban a remitir los síntomas. Le gustaba contar cómo fue que empezó todo,
a pesar de ser consciente de que esas teorías del big-bang eran censuradas cariñosamente por el párroco. El cual, cada
vez que la veía entre los fieles, hacía alusión a los siete días increíblemente
productivos para un dios concentrado en grado sumo; siempre hacía algún gesto
de complicidad con esa feligresa poco común. Sus vecinas, aprovechando el viaje
de llevarle unos huevos, unas patatas o los primeros higos del verano, a la
sombra de un café con filloas o rosquillas, le hablaban de su estado,
esperanzadas en que algún sabio consejo de la mujer de las estrellas calmara
sus males.
Su sabiduría solía ser muy efectiva,
uniendo a sus conocimientos lunares, los planetarios y los referentes a las
constelaciones zodiacales. Con unos pocos datos más sobre la hora y día de
nacimiento de la interesada, era capaz de añadir a su comprensión humana ciertas
dotes adivinatorias, que trataba de minimizar por aquello de que la asociaran
con actividades de brujería; no siempre se podía evitar la rumorología aldeana.
Y así fue pasando la vida. Conforme su edad
iba aumentando también los recuerdos de aquella época se volvían más nítidos. Era
curioso, no podía recordar lo que había comido en la hora del almuerzo y sin
embargo recordaba a la perfección el nombre de todos los planetas del sistema
solar. No se olvidaba del detalle de que el pobre Plutón había quedado excluido
por ser un cuerpo demasiado pequeño. ¡Tantos años teniéndolo en cuenta en sus
predicciones planetarias! Nunca dejaría de considerarlo de la familia a pesar
de lo que dijera la comunidad astronómica internacional. Al fin y al cabo ella
no era astrónoma, muy a su pesar claro.
Siempre supo que si hubiera podido elegir
lo habría llegado a ser, pero su condición de hermana mayor le hizo cargar con
una porción extra de responsabilidad; se convirtió en una segunda madre para los
más pequeños. Sin embargo, sí llegó a tener uno de esos telescopios con el que
acercarse un poco más a su cielo estrellado, y observar así la luna con una
precisión casi intimidatoria. Sus hijos y sus nietos, cuando cumplió setenta años,
la sorprendieron con ese artilugio maravilloso. Fue increíble para ella poseer un
Telescopio Celestron Omni XLT, con capacidad de ofrecer una imagen libre de
aberración esférica, que no sabía muy bien de qué tipo de aberración estábamos
hablando, pero que sonaba fenomenal.
El mejor regalo que le habían hecho nunca,
sobre todo cuando miró la luna a través de sus lentes, y comprobó, una vez más,
que el rostro que ella veía no era más que la combinación de unos oscuros
cráteres bien dispuestos. Fue el mejor regalo después del que su marido había
creado para sorprenderla unos quince años antes. Se trataba de un telescopio
muy rudimentario hecho con un pliego de cartulina negra y unas lentes
oftálmicas, conseguidas por mediación de un óptico retirado de Orense. Fue algo
extraordinario, ya que esas inquietudes que ella tenía no eran compartidas por
su marido, y aunque éste trataba de contentarla con las pequeñas cosas
cotidianas que le permitían continuar con su afición, nunca pensó que su interés por hacerla feliz le llevara a desarrollar
una faceta de inventor nunca antes explorada. Un año después de aquella
fabulosa sorpresa, su marido enfermó de cáncer y, tras cuatro años de una
dolorosa batalla, murió. Se quedó sola con sus estrellas.
Sus hijos habían tratado de convencerla
para que se fuera con ellos a la ciudad. Su hija vivía a doce kilómetros del
pueblo y los dos hijos a unos veinte, demasiado lejos para acudir con prontitud
en caso de que ocurriera algún accidente. Ella se negó rotundamente; cómo iba a
querer dejar su casa, sus recuerdos y su gran cielo estrellado.
Pero
conforme los años fueron pasando, ella envejecía, los vecinos de la aldea iban
desapareciendo; la aldea en sí misma parecía desintegrarse en un pozo negro
impregnado por el gran vacío que producen las ruinas del abandono. Cuando los
hijos supieron que compraba los huevos
por unidades, y que los domingos solía pasear por la plaza del pueblo en
zapatillas de andar por casa y con la falda superpuesta sobre el pijama de
flores, le prepararon la maleta sin pedir opinión. Ella nada dijo, cogió su
telescopio y se sentó en el asiento de atrás del coche que conducía su hijo
pequeño, que ya contaba con cincuenta y cinco años. Qué mayor estaba el pobre. Aunque para ella siempre sería su
pequeño Plutón. Y de este modo, se vio obligada a cambiar todo su universo por
un trocito de cielo que veía desde la ventana de la habitación que ocupaba en
casa de su hija.
Lo peor de cumplir años es tener más
posibilidades de que tu mente se vea afectada por algún tipo de demencia senil.
Sí, también aparecen otros problemas físicos producto del envejecimiento normal
de todo tu cuerpo, pero la lucidez de la mente puede permitir la autodefensa
ante los lagartos externos, cuyas lenguas se creen con el derecho de
inutilizarte sencillamente por ser mayor.
Las estrellas siempre estarán ahí, la luna
seguirá bailando con la tierra alrededor del sol, cambiando de vestido cada
noche; pero las neuronas se irán atrofiando y los recuerdos se borrarán uno
tras otro en cada paso de baile lunar.
Todo iba bien en su vida cotidiana, bien a
medias porque se había visto obligada a adaptarse a un cielo más pequeño ante
su mirada, aunque para ella seguía siendo un trocito de la gran inmensidad.
Cuando salía al parque acompañada de su hija y su nieta, aprovechaba para
reordenar sus recuerdos estelares. Ahí
está, la Estrella Polar ,
me daba la sensación que se había perdido. Por fin te encuentro Osa Mayor, y
ahí está la Osa Menor.
Así que ya estás en ese punto Orión,
deben ser cerca de las once. Nada se parecía lo cotidiano de su vida actual
a lo que fue; llegaba a imaginarse recogiendo sábanas bajo el amparo de sus
amigas y la mirada lejana de su marido, que de vez en cuando se asomaba por la
ventana y le preguntaba si estaba bien: “Sí, cariño, estoy terminando ya.” En
aquel tiempo, podía estar más de dos horas recogiendo la colada que había
tendido la noche anterior, aunque tanto ella como su marido sabían que la ropa
era una buena excusa para explayarse observando un grupo concreto de estrellas.
Pero un día la materia gris que atribuía a
Mercurio sus giros rápidos y su calor aplastante se apagó para siempre; no
volvería a hablar de Venus y su nombre de mujer. Ya nunca más una neurona
escribiría una poesía sobre el color rojizo de Marte ni sobre las dieciséis
lunas de Júpiter. Saturno y sus anillos se verían silenciados y la atrofia
cerebral borraría al azulado Urano y al octavo planeta Neptuno.
Sin embargo, a pesar de que el alzhéimer se
apoderaba de todos sus recuerdos, la mujer de las estrellas seguía aferrada a
su trocito de cielo. Y cada noche lo observaba con la misma emoción que el
primer día, tal vez porque, en su fuero interno, estaba convencida de que en
algún lugar de su cerebro se produciría una explosión espontánea que haría
resurgir la materia y el universo de sus recuerdos, un big-bang esperanzador.
O tal vez la que lo soñaba era su nieta,
que recogiendo el testigo de una abuela ejemplar, y decidida a no dejar que el
día de mañana los recuerdos se fueran
borrando uno tras otro, comenzó a escribirlo todo, haciendo que cada hecho
vivido fuera inmortalizado en una libreta, en un archivo de su ordenador o en
un artículo del blog que había creado.
Once
de septiembre de 2001: Esta madrugada ha muerto mi abuela, se ha ido a vivir
con los ángeles; cerca del cielo, allá en lo alto, junto a las estrellas que
tanto adoraba. Murió mientras dormía, con setenta y ocho años, durante un sueño
en el que le cantaba a la luna una nana preciosa sin saber que la canción era
para ella misma y que acunaría su sueño eterno. Ha sido un día duro, hemos
estado en el tanatorio. Muchas visitas de gente sorprendida, personas que la
adoraban, vecinos, niños; ha venido hasta el párroco, del que mi madre decía
que era demasiado fiel a las escrituras bíblicas, debía ser poco mayor que mi
abuela. Salí del tanatorio un momento para ir al supermercado que había unas
calles más allá en busca de algo para comer, y en la cola para pagar escuché
cómo una señora contaba que unos aviones
se habían estrellado contra las torres gemelas de Nueva York, me pareció que se
refería a la escena de una película; no había estado en esa ciudad pero por las
muchas veces en las que las había visto me resultaban muy familiares. Un señor
decía que iba a estallar la tercera guerra mundial. Yo no sabía muy bien si lo
que contaban pasó de verdad o era el argumento de una historia de ficción.
Todavía no había visto por la televisión ninguna imagen de lo sucedido.
Me parecía muy extraño todo.
A lo mejor la que estaba en medio de un sueño era yo; y mi abuela no se encontrba
en la sala tres del tanatorio, sino calculando a qué hora se pondría el sol esa
noche; y las torres gemelas permanecían intactas, así como los cientos de
oficinistas y directivos que trabajaban sin parar en sus proyectos. Tengo la
sensación de que lo de las torres gemelas no ha sido más que una broma del
destino para desviar la mirada ante el triste acontecimiento del día de hoy: el
adiós definitivo de mi querida abuela.
La mujer de las estrellas se ha ido y nos ha dejado aturdidos con ese rastro
celeste que la ha acompañado siempre. Al lado de su ventana estaba colocado el
telescopio, llegó a su vida demasiado tarde; fue una lástima que no lo hubiera
disfrutado años antes, cuando se excusaba en sus labores y se iba a mirar el
cielo. No puedo quejarme, yo estuve con ella más de una noche, todos la
acompañamos en alguna ocasión, a ella le gustaba compartir lo que sabía.
Isolina Cerdá Casado
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