Había estado años y años poniendo comida para los pájaros en el balcón. Cada vez que acababa de comer troceaba parte de la comida sobrante, desmigaba el pan y les ponía un cuenco con agua. Llegó un día en el que él ya no era capaz, así que delegó esa función en las cuidadoras. Le gustaba ver llegar a sus amigos voladores.
Lleva meses sin ponerles nada de comer ni de beber. Hay otras prioridades más importanes ahora como alimentarse él mismo y acordarse de su propia hidratación. No es que se hubiera olvidado de los pájaritos, no, es que se necesitaba así mismo, necesitaba centrarse en él ya que los noventa y tres años vividos habían empezado a requerir el cien por cien de su atención, eso y la cardiopatía que venía sufriendo desde dos años atrás, cuando fue ingresado en el hospital porque se le habían encharcado los pulmones por culpa de una válvula del corazón que ya no podía más con el peso de su trabajo. Desde entonces su cuerpo se fue enlenteciendo, su caminar iba siendo más lento cada vez, no tanto por esa válvula en cuestión sino por una sucesión de encadenamientos producto del envejecimiento sistemático de su cuerpo mágico, le dolía todo el cuerpo y le faltaba la fuerza además de un montón de hierro en sangre.
Hoy en el balcón apareció una flor, y me sorprendió, me preguntaba de dónde podía venir. La miré y pensé que era bonito ver ese color sobre el suelo de terrazo, contrastes mágicos. Y me atreví a pensar en la posibilidad de que hubiera sido uno de sus amigos. Hasta tenía forma de labios dando un beso. ¿Sería posible algo así? Me fui a la cocina a por el desayuno y cuando llegaba con la bandeja vi que había una segunda florecilla. Definitivamente lo creí. Tus amigos te están dando los buenos días "papa", te han traído flores. Sonrió mirando hacia el balcón y siguió moviendo el café con leche mañanero abstraído en sus pensamientos.
Isolina Cerdá




























































