Él no se quería ir, a pesar de que hacía una semana del inicio de esa despedida forzosa, fuertes analgésicos y sedantes para intentar que ese camino final fuera lo menos doloroso posible. Pero es que él no se quería ir, y solo él sabía lo que iba a resistir, tal vez batiera un récord, como tantos récords que pudo superar con creces. Y es que si hubiera nacido en otro tiempo y otras circunstancias, seguramente mi tío Vicente tendría el salón de su casa lleno de medallas y de diplomas olímpicos. Un nombre poco apropiado para su época le cerró las puertas en las competiciones de altura. Así que tras ochenta y nueve años de vida su salón estaba lleno de las fotografías de sus verdaderos y grandes triunfos, cuatro hijos y ocho nietos maravillosos que harían que su legado genético siguiera presente en este mundo de locos. Pero todavía no, unos días más, unas horas más, él quería seguir escuchando esas voces que le hablaban, y le tocaban la mano, y le decían que estaban con él. Ya desde que el alzhéimer hizo su aparición tenía dificultad para comunicarse pero eso no quería decir que no supiera y no les escuchara. Ahora ella seguía ahí, Meri estaba a su lado, sin parar de hablarle, de susurrarle cosas, no se apartó de su lado en ningún momento. Siguió ahí, sigue con nosotros, apneas, tensión, vuelve a respirar, no, no se quiere ir, quiere sentir la presencia de esa mujer maravillosa con la que alcanzó grandes metas, y la de sus hijos y sus nietos, y la de familiares y amigos. "Mira qué graciosos, están recordando lo de cuando me adentré en el mar. Aquellos tiempos de Maricastaña. Ya ves tú, anda que meterme en el mar a nadar porque sí, y de pronto, casi sin darme cuenta, verme rodeado de mar, y no sabía para dónde nadar porque no se veía tierra por ningún lado. De noche se me hizo, y nadaba y nadaba, hasta que al final me dejé llevar, y el mar me devolvió a la playa del Pinet, y allí, en la orilla me quedé dormido, de sueño y de cansancio. Si es que siempre me gustó nadar y se me dio bien, como saltar, como correr, como jugar al fútbol."
Vicente nació en 1936, y vivió momentos históricos y familiares muy duros, impensables hoy en día, condicionado por haber sido huérfano de padre desde muy jovencito, junto a sus tres hermanos y una madre que hizo lo imposible por sacar adelante a sus hijos tras el trágico accidente de Antonio. Tuvo un triste final al sufrir una descarga tras una noche de tormenta en la sierra de Crevillente. Dicen que lo reconocieron por su pelo rojo porque el resto del cuerpo estaba calcinado. Dejaba cuatro hijos en plena posguerra que tuvieron que luchar desde muy pequeños para calmar el hambre, a base de trabajar menando, hilando o de lo que fuera, siendo apenas unos niños ya estuvieron expuestos a la mano dura de un patrón con mala llet. Vicente era un niño que siempre estaba correteando por la sierra, su suegro hablaba de ese niño que no paraba quieto y siempre estaba saltando de un lado para otro. El último salto que está recogido en el anecdotario familiar es el que efectuó en el campo de su hermano Miro, y de cuyo logro fue testigo el hijo de éste, Ángel. Con sesenta y cinco años les dijo a los presentes que él era capaz de saltar un metro y medio de altura, era tal su entusiasmo que decidieron poner una cinta a esa altura y atestiguar el salto. Además del salto de altura y de longitud también se le dio bien el fútbol. Pudo jugar en primera, en el equipo del pueblo vecino, en el Elx, pero ya hemos mencionado la importancia de no llamarse Ernesto. Una placa en su campo como homenaje de despedida al gran jugador que fue en el equipo semiprofesional de Alemania, donde estuvo trabajando con idas y venidas al menos diez años de su vida, atestiguan lo alto que pudo escalar en tierras lejanas. Allí trabajó en una fábrica de coches, estuvo en la Opel. Meri lo contaba con cierta añoranza, me fui con él y con mis dos hijos mayores, Conchi y Vicente, que entonces tenían dos y cinco años, o así. "Desde luego, es verdad que ella me dijo que si yo me volvía a ir se vendría conmigo, y con los dos pequeños. Si es que es una valiente, siempre lo ha sido mi Meri. Es verdad, ahora que lo dicen, no me acordaba yo del niño griego que cuidó mi Meri. Estaba feliz con nosotros, era un niño muy bueno el griego, uno más de la familia. Estábamos muy bien allí, pero claro, tuvimos que volver porque mi suegro se puso enfermo y no podíamos estar tan lejos, así que al final volvimos a Crevillente tras aquella aventura en Frankfurt."
Bueno querido tío, hoy nos has dejado, yo me quedo con el recuerdo personal de que siempre me pareciste un hombre bueno, y con un gran parecido con mi padre tanto físico como en el carácter. Nos quedamos un poco vacíos sin ti, como cuando sientes que la vida te ha arrebatado algo importante. Sabemos que seguirás estando en nosotros, dentro de nuestro corazón, y cada una de tus hazañas nos harán sonreír, al darnos cuenta de que para ti no había retos físicos inalcanzables. El mundo perdió a un olímpico pero nosotros siempre tendremos a un hombre bueno y honesto en nuestra historia familiar. Ahora descansa tranquilo, sobre la arena, escuchando el sonido del mar eterno.
Isolina Cerdá.
El primero por la derecha era el joven Vicente hilador.



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