martes, 30 de abril de 2013

La crisis y el destape de los caprichos invisibles


Os he cogido, y os he colocado.
Me he puesto a pensar, a reflexionar, pararme un poco. Mirar a través de la ventana. Cuidado con los golpes de publicidad. Cerrar los ojos para no sufrir los ataques de la sociedad de consumo, que te arrastra a gastar sin sentido, sin pensar, sin ser verdaderamente racional. Esta crisis tiene su razón de ser. Es verdad, hay gente muy jodida como para ponerse a debatir o filosofar sentada en casa de lo bueno de esta situación, cuando al menos uno en la familia tiene trabajo. Sé que no hay que trivializar, ni lo pretendo, pero es verdad que ahora más que nunca me doy cuenta de lo importante que es valorar cada detalle, estar pendiente de cada necesidad impuesta socialmente. Quien más o quien menos lo está pasando mal, porque nos hemos dado cuenta de lo vulnerables que somos, de que no es tanto un trabajo lo que se tambalea, sino que es todo el sistema de vida occidental. Cuento una anécdota, lo vi por televisión, ése es otro tema, el de la televisión, ella es la que nos coloca, distribuye nuestros muebles en el espacio, la que genera conflictos mandatarios, la que nos atonta. Me centro, lo de la anécdota. Una mujer salió en un reportaje hablando sobre su situación económica. Vivía en Madrid, pagaba mil y pico de hipoteca, tenía dos hijas que iban a un colegio privado por cuya escolarización pagaba cerca de ochocientos euros mensuales, ambas iban a natación, lo que le costaba cuarenta y pico euros al mes de cada una; tenía una mujer en casa que les ayudaba con limpieza y comida a la que pagaban seiscientos cincuenta euros; el alquiler de una plaza de garaje le costaba ciento veinte euros,...tenían una empresa de reformas en la que trabajaban ella como contable y su marido como jefe de obras, hacían uso de subcontratas para realizar los arreglos. Los gastos de comida estaban sobre los seiscientos euros, otros tantos en productos de limpieza y ropa...etc. La mujer conducía un coche seminuevo, el marido llevaba una furgoneta, iban a cambiar de casa, se habían cansado de sus 160 metros cuadrados de piso en una buena zona de Madrid. Como se trataba de un reportaje comparativo, de la diferencia de vivir en una zona u otra de España, el final del reportaje era una conclusión de lo que suponía vivir en esa zona. La mujer dijo que vivir en Madrid era muy caro, eso no me sorprendió, lo que me dejó con la boca abierta, como alelada, casi en estado de shock (si es que se escribe así) fue el final de toda su argumentación: Y ESO QUE NO TENEMOS LUJOS NI NOS DAMOS NINGÚN CAPRICHO. Me sorprendió sobremanera porque lo decía con un convencimiento rotundo, y yo pensé entonces que tal vez en mi nivel, yo, viviendo como vivo, yo, con mi pisito de setenta y pico metros cuadrados, yo, con los dos coches y una plaza de garaje, yo, con dos niños, uno de ellos escolarizado en colegio público y yendo a natación financiada por el ayuntamiento, yo, que también termino mis argumentaciones con esa misma frase de que NO NOS DAMOS NINGÚN CAPRICHO, tal vez tampoco soy consciente de los muchos lujos que disfruto. ¿O a caso no es un lujo hoy en día poder comer bien todos los días? ¿O poder vestirse?¿incluso el poder disfrutar de una ducha con agua caliente? ¿o tener la posibilidad de escribir aquí con internet en casa? ¿y el móvil? ¿dos coches?
    Parece que no hemos aprendido nada, como si lo de los niños con la barriguita hinchada no fuera cosa nuestra, como si la pobreza tanto aquí como allí no tuviera que ver con nosotros, como si la globalización fuera un término inventado por un extraterrestre con ganas de joder la paz de los afortunados. No sé...últimamente no descanso demasiado bien, tal vez el efecto mariposa del hormiguero en pie de guerra que hay instalado bajo alguna duna del desierto. O a lo mejor es la inconveniencia política que rebota en mi cabeza procedente de armaduras insensibles.

Isolina Cerdá Casado

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