lunes, 29 de abril de 2013

Sirenas Nocturnas, un texto que presenté a un certamen.


   Sirenas nocturnas





    ¡Venga ya! ¡Acaba de una vez! Tanto comer no debe de ser bueno. Que ya estás tardando, y mucho. Qué noche por dios, la de grillos que andaban de fiesta. Estas cosas no son propias de Galicia, algo está pasando en el planeta. ¡Pero si hasta las gallinas se despluman las unas a las otras como si de un voluntario cambio estético se tratara! Esta es una época de pequeñas guerras, siempre lo ha sido, el hombre está en permanente batalla pero esta vez parece que la cosa se ha puesto peor, como más intensa y el conflicto se extiende y los gritos de los oprimidos ya suenan sin necesidad de abrir bocas, y los fantasmas del pasado se revuelven en sus tumbas porque los de ahora están más entretenidos y hay disconformidad con el momento del fallecimiento. Mi Alberto se ha vuelto a presentar, como si no hubiera tenido bastante con el concierto de grillos, la verdad es que tenía muy mala pinta, con todo lo gran señor que ha sido y esa presencia que me enloqueció en su día, pues hija estaba fatal, nada lustroso. Yo no sé por qué pero me da que algo quiere y no lo está pasando bien este hombre en los cielos, es posible que todavía no haya subido a las alturas; después de tres años ya son ganas de seguir dando guerra. Que no quiero decir yo que fuera duro soportarlo, para nada, pero si yo lo quería muchísimo, un hombre guapo como pocos y trabajador como el que más; pero tampoco voy a decir que no tuviera mis malos ratos con él, sobretodo cuando había alcohol de más en su sangre. Ya sabes tú que en alguna ocasión me bajé a las cuadras huyendo de esa mirada roja como un toro enfurecido con ganas de coger a alguien; después de algún destrozo se dormía como un niño y al día siguiente era un corderito al que mimar después de darle un azote por alocado tontorrón; yo soy de las de: “Después hablamos machote, que ya te pillaré yo sobrio y razonable”.
    Si ya se le veía que no estaba muy convencido, quién iba a estarlo; morir de viejo es lo que hubiera querido él, pero no morir por viejo, que es distinta la cosa. Lo primero es que pasado el tiempo y recorrida la vida el cuerpo se va satisfecho porque ya no quiere trabajar más, que a fin de cuentas el levantarse todos los días tiene su trabajo y hay que estar muy animoso y sentirse con ganas para echar una pierna fuera de la cama sin miedo a que te la coma un cocodrilo. Ya sé, Blanquita, que esa especie no campa por la casa pero a veces te puede dar la sensación de que sí, que hay algo más que arañas y hormigas pululando por las rendijas de estas paredes de piedra. Lo de mi Alberto fue una tropelía de la crisis; por no echarle la culpa a don Federico, que el hombre al fin y al cabo ha estado pendiente de nosotros más de treinta años, y si a él le dicen que no más pruebas de las obligadas pues a ver qué hacemos, y si le mandan a operar y resulta que se quedó esperando dos años la operación de cadera pues así pasó, que una cama no es lugar para pasar la vida. Y su cuerpo dijo basta porque estaba harto, no porque fuera la hora.
     ¿Has terminado ya? Pues venga, que tenemos que ir al monte, a ver si nos encontramos con doña Basilisa y le cuento lo de la aparición de Alberto. No sé cómo estará la mujer, que con esto del Alzhéimer cualquier día se nos  pierde por el camino y a ver cómo explica ella dónde vive, sobretodo a quién, cada vez somos menos vecinos, una tristeza más, hasta tal punto se está vaciando que es una alegría encontrarse una caca de vaca distinta de la tuya, sí, apenas quedáis unas cuantas en la aldea, y es un caso raro porque en la mayoría de aldeas ya no hay vacas, una pena. Está la mujer tan sola, sí, ya sé, yo también, pero ella tiene esa enfermedad y no podrá vivir así por mucho más tiempo. Además yo no estoy sola, ¿o es que me vas a decir que tú no cuentas blanquita? Yo me siento muy bien, bueno, no siempre, pero no me iría a la ciudad ni a rastras. Eso es lo que quieren mis hijos, que me vaya con ellos, allí, a la ciudad, donde no hay ni un metro cuadrado sin asfalto. ¡Qué jardín y qué porras tienes tú! Como si no supieras que lo que tienes tú no es nada parecido a lo que hay en la aldea. Que sí, que me quiere y que lo hace por mi bien, es mi hija y sé que se preocupa, pero yo también me preocupo por ella, y ella no me hace caso ninguno, no hay forma de que se venga a vivir aquí, con lo bien que estamos, y lo tranquilas. Lo que pasa es que nos hemos vuelto muy cómodos, y ya nada es suficiente; quieren tenerlo todo a pie de casa, colegios, tiendas, cines, parques. Fíjate la diferencia, que te falta arroz, pues te vas a la tiendecita de Piñeiro, en quince minutos has llegado, no necesitas coche ninguno. En la ciudad no andan ni para comprar el pan; pues ahí los tienes a todos más gordos que tú y que yo juntas, bueno es una manera de hablar. Pero sí, que he oído en la tele que los niños de ahora están teniendo problemas de obesidad, eso pasa por no correr por el monte y haber sustituido los bocadillos de chorizo por el bollo de chocolate. Con lo que a mí me gustaba el chocolate, de uvas a peras que lo comíamos, una onza con un trozo de pan, nos sabía a gloria. Ahora en cambio se come pero no se disfruta, es pura gula, una pena ya te digo. Al menos agradecer las cosas.
    Me da a mí que lo que intranquiliza a Alberto es lo de la expropiación, va a ser eso, cómo le voy a explicar que será muy difícil pararla; si está bien que hagan carreteras, pero digo yo, para qué tanta carretera y qué pasa con el monte. Que no sólo nos afecta a nosotros, que somos lo de menos, qué va a pasar con mis nietos cuando mi hija les cuente que lo que queda de la aldea es la casa; porque la tierra se irá borrando poco a poco, a base de alquitrán inyectado en vena, y las vacas, como tú Blanquita, os iréis de retiro a una granja, de las pocas que lograrán sobrevivir al lobo, que ahora no sé de dónde viene pero cada vez que aparece trae consigo el miedo suficiente para empaparnos a todos del temblor que provoca la incertidumbre. Yo no sé qué va a ser de nosotras. ¿Y Basilisa? ¿Qué va a ser de esa querida anciana? Pues se me está pasando por la cabeza una cosa, no sé yo qué te va a parecer. Sé lo que me dirá mi hija. De loca para arriba me va a tachar, pero bueno, ella hace tiempo que ha asumido mis maneras, y mi hijo se aliará con ella, como siempre, pero no sé qué puede decir él que se fue a las américas a encontrarse con una chica que conoció por internet, un nieto que ha resultado de su locura, guapísimo, a su abuelo ha salido, pobre Alberto que no lo ha llegado a conocer en persona, dos añitos que tiene el angelito mío.
    Pues que he pensado que Basilisa se podría venir a vivir con nosotras, y que se traiga a su Negra, total, no será por espacio, donde cabe una caben dos, y donde caben dos caben cuatro. Tenemos cuadras de sobra, y en la casa ni te cuento la de espacio vacío que hay para llenar; cuando yo vaya al médico me la llevo y cuando vaya al monte nos vamos todas a  que nos dé el fresco y a controlar cómo avanzan con la autovía. Así tú también tendrías una amiga con la que hablar de tus cosas, vamos cosas de vacas, que yo sé que tú haces verdaderos esfuerzos por entenderme y tienes paciencia para escucharme, pero entiendo que es un poco egoísta por mi parte no pensar un poco más en ti; que no es por “la Negra”, que es por Basilisa, pero que igualmente a ti te vendría bien un poco de sintonía vacuna. Que yo sé que las personas somos de lo más pesado para un animal como tú. Y aunque no te lo creas yo te quiero por algo más que la leche que me das.
    Qué fácil resulta dar opiniones de las vidas ajenas, y qué difícil ponerse de verdad en el lugar del otro, especialmente si el otro tiene arrugas por miles y el pelo se le ha tornado un manto blanco desde las raíces más profundas. El ritmo se enlentece pero no las ganas de vivir, ni el entusiasmo porque si no estaríamos muertos; como mucha gente que ya nos da por seres sin sentido y sin quehaceres. Habrá quien quiera dormir de día pero otros seguimos adelante y se nos debería dejar en paz, con la tranquilidad de que no se nos dará por muertos antes de tiempo. Qué pena da, Blanquita, qué pena contagiosa y dolorosa. Cuando a una le quitan las razones y los argumentos. Y porque es vieja ya se le da por supuesta la arruga interna y la del corazón, como si ya no bombeara y fuera necesario utilizar muletas de interior. Que no, que no es así la cosa. Que te arrebatan el sueño, que te salpican de la negrura de la vejez. ¿Tú sabes cómo es la tristeza de ver que todo florece cada año igualmente, a pesar de que mi Alberto no está desde hace tres? Eres testigo directo de lo poco que importan las ausencias para la naturaleza; todo seguirá igual aunque tú no estés. Peor es cuando de tanto repetirte que eres vieja, acabas siendo lo que ellos te dicen que eres, y aunque te sientas bien, feliz, todavía con fuerza, esos síntomas de viejo se van haciendo patentes para aparente alegría de las lógicas ajenas. Pero si no estoy muerta, por favor no me digan que lo estoy. El enemigo es la propia idea de vejez y el adelantarse a los finales de etapa haciéndonos parecer muertos antes de tiempo. Si lo de menos son las arruguitas, hasta si me apuras las grietas internas; lo que peor llevo es sentir que todavía no he terminado pero hay quien me da por terminada.
    Basilisa no está para sacarla de aquí, de la aldea, de su espacio precioso; qué será de su memoria si le quitamos la motivación, sus geranios y sus hortensias, y le colocamos frente a unas flores de tela petrificadas de por vida. Ella sigue latiendo gracias al verde del roble, al aroma del eucalipto, a las estridencias de la zarzamora. Y la luz, esa luz natural que tiene el verde del monte salvaje. Y las sombras de la arboleda bajo la que caminar con la música que toca el agua de ese riachuelo salvaje que es el Barbantiño, con montones de molinos resquicio de otra época en la que su fuerza era importante para comer un trozo de pan de mijo. No te preocupes Blanquita, saldremos adelante y no será a base de recuerdos desaparecidos. Lo triste siempre será rendirse. He soñado cosas bonitas, se entremezclaron con los grillos y con la figura fantasmal de Alberto.
    Pobre Basilisa, pasaba el tiempo, casi sin darnos cuenta. Llegaban las marcas de vida, el rastro del camino andado; el dolor brutal de un golpe mortal a deshoras. Nunca es bienvenida la muerte trágica, pero siempre puede encajar mejor en un momento que en otro. ¿Tú sabes por qué murió su hija? Acaso no podía haber hecho algo, algún cambio que alterara el curso de los acontecimientos. Tal vez si no la hubieran dejado allí, en aquel hospital privado; y si no lo hubiera aconsejado el médico…; y si no hubiera desayunado café con leche…, y si… y si… La vida está llena de “isis” imposibles. Porque lo que tiene que ser acabará siendo. Deberíamos poder coger el libro de ruta de nuestras vidas o el diario de a bordo, para saber de antemano qué es lo que va a pasar, para que podamos prepararnos mentalmente, para poder estar con el nivel de energía adecuado. ¿Pero cómo? ¿Se puede esperar la llegada de la desgracia con la tranquilidad de estar en la energía justa? Mañana morirá Lucía, seis meses después tendremos que enfrentarnos a la posible amputación de la pierna de su padre. El tratamiento no funcionará, se le necrosarán los tejidos y morirá una parte de él; adiós a la pierna que luchó con él en la guerra civil y le permitió caminar por el mundo; adiós a esa pierna que lo arrastró por la mina y lo acompañó a cruzar el océano para trabajar en un nuevo mundo. Adiós para siempre a una parte de ti. Un año después enterrará a Pedro. Sin Lucía y sin Pedro, Basilisa quedará sola.
    Silencio, que va a salir el sol nuevamente, un nuevo día amanece y las fuerzas se han regenerado después del descanso nocturno; otra vez calentamos la leche y ponemos el café al fuego para respirar su aroma; otra vez las tostadas esperan a ser untadas de manteca, tu manteca. Nos vamos al monte, preparamos comidas, reímos, lloramos. Comemos, un café vespertino entra dentro del cuerpo, algo sorprendente nos altera el día, una desgracia lejana retumba en nuestras entrañas. Huracanes de hombres heridos nos arrastran a otros estados. Y viene un hijo precioso, y después de la batalla del nacimiento y de las noches de insomnio, una nueva luz amanece en mis entrañas: la niña preciosa de mis amores está en camino. Y el cuerpo se va curtiendo, y el alma, el alma también se endurece, pero sigue sufriendo el impacto de las noticias sorprendentes, las de cerca y las de lejos. ¿Por qué no te vienes a casa a vivir con nosotras? Total, ¿qué perdemos? ¿Qué vas a ganar? Seguirás aquí, en la aldea de verdes variados, de vientos libres, de cielos estrellados. Yo soy tu amiga mujer, quién voy a ser. Tu hija ya no está, por allá, por las alturas la tienes, como mi Alberto. ¿No te acuerdas que Lucía murió hace quince años? ¡Por dios cómo pasa el tiempo!
    He puesto un cocido, ¿te acuerdas del cerdo que matamos? ¿Te acuerdas del repollo que cogí ayer? ¿Y de las patatas que cosechamos? ¿Y de las judías trepadoras que casi rozan las nubes en su afán por alcanzar las nubes blancas? ¿Te acuerdas de las ricas zanahorias estilizadas con su traje anaranjado? Pues ahí está todo metidito en el puchero, te vienes a comer conmigo, que tengo de sobra para las dos, y para tres y para cuatro. Ojalá fuéramos cuatro, y cinco, y seis. Organizaríamos un gran banquete, como el que nos regaló Ricardo en mi boda, una sorpresa increíble, mi gran amigo de juegos en el río, y en el monte; ese pequeñajo que cuando creció fue un gran caballero que viajó hasta las américas. Quién iba a decir que pasados los años cada vez que volviera a su tierra lo haría con una maleta cargada de regalos para sus paisanos, ¡con la de miserias que pasamos cuando éramos pequeños! Nieto de la gran hada de los bosques, que con su talento, intuición y trabajo, sacó adelante a sus nueve hijos, sola, su marido murió en la guerra; fue la sanadora del lugar, la bruja que con remedios naturales suplía las carencias de vendas y antisépticos, la enfermera sin título pero con los conocimientos necesarios para salvar muchas vidas. Mi buen amigo cada vez que volvía a su tierra se descalzaba nuevamente en el río, para revivir recuerdos añorados de tiempos pasados. Ahí lo veíamos, chapoteando sobre las piedras redondeadas por el baile de las aguas del Barbantiño, vestido con su traje claro de inmigrante retornado y su sombrero blanco de pita de ala ancha, todo un señor regocijándose en sus recuerdos de infancia.
    Sí, decidido, seguro que le gustará la idea. La enfermedad no ha avanzado mucho, me conoce la mayoría de las veces. Es por lo de su hija, no se puede llorar la muerte de un hijo y seguir como si nada por la vida, los colores ya no se ven claros, están tamizados por una nebulosa de dolor que les aplaca la nitidez y el brillo. Una rosa roja ya no vuelve a ser la rosa que era, pierde los matices de la alegría. Tómate un café, anda, acompáñame en esta tertulia triste de mi vida; momento de percibir lo que significa el paso del tiempo y la lluvia espantosa de recuerdos vividos.
    Ya pasó, ya pasó todo. Oigo otra vez los grillos. Pero si es de día. ¿Qué hora es? De mañana, el sol ha salido y tú estás aquí. ¿Hemos ido ya al monte? No puede ser, aún siento que me falta todo por hacer. Las zanahorias están para cosecharlas ya, ¡se han puesto de grandes! Cómo me gustaba cogerlas de la tierra, lavarlas en el pozo e hincarles el diente. A mi hija también, solía venir conmigo a recogerlas; ahora compra las zanahorias en el supermercado metidas en una bolsa, montones de ellas sin rastro de tierra ni de verde ni de sabor. Como los tomates, parece que los producen en una fábrica, porque ya no se parecen en nada al sabor de siempre, eso sí, tienen buena textura, buen color y tamaño pero han perdido su esencia. Qué fácil parece reconocer la esencia en un tomate y qué difícil verla en la propia vida. Ha pasado tan deprisa todo, y ahora  estamos en mala época para hacer algo, de nada sirve la sabiduría alcanzada porque ya es tarde para actuar, deberíamos haberlo sabido antes. Habría alargado los abrazos, me habría regodeado más en los besos, y en las puestas de sol, y en sentir la lluvia sobre mi piel. Todo eso lo hice, sí, pero tal vez no fui lo suficientemente consciente del gozo. Y mis hijos, lo pequeñitos que fueron, lo delicado de sus cuerpos, las caricias que les regalé. ¡Lo que daría ahora por poder disfrutar nuevamente de tenerlos tumbados en mi regazo, sintiendo su respiración y su latido! Y ahora anhelo cada segundo de vida vivida y detesto cada recuerdo de tiempo perdido en lamentos inútiles y discusiones absurdas; también eso está en la vida.
    Mi hija me volvió a llamar ayer; que o me voy con ella o debería plantearme el irme a un centro para mayores donde estar acompañada, que quedarme en la aldea es una salvajada, que lo de la vaca es una carga tremenda. Ni si quiera te llamó Blanquita, como si no supiera cuál es tu nombre. Ella no se ha dado cuenta todavía, va corriendo por la vida, no pasea, no es consciente de la esencia. Ya sé que parezco indignada, lo estoy, porque para ella yo soy una carga, que me quiere sí, pero molestias las justas. Que empiezo a no estar bien, pues claro, setenta y cinco años ya son unos cuantos, pero bien que me podría llamar todos los días, que lo hace, pero qué pasa con los fines de semana, pues que si tiene otros planes y no vienen al pueblo se olvida de que existo. Y de mi hijo mejor ni hablo, el pobre bastante tiene con haberse casado con una extranjera.
    Te voy a hacer un vestido precioso blanquita, ya verás como te va a gustar mucho, nos iremos a la verbena, traen una orquesta en Amoeiro que me han dicho que es de las buenas. Seguro que el rojo te sienta bien, iremos las dos igualitas, se van a sorprender los mozos. A lo mejor nos encontramos con Alberto, el de Piñeiro, es muy apuesto y trabajador, lo he visto muchas veces desde lo alto del monte, deben tener una finca en la vereda de la montaña, porque ahí va él con el carro, lleno de hierba para las cuadras. Pobre chico, ¿sabes que lo han criado unos tíos? Sus padres murieron, primero su madre y después su padre. Fíjate tú que desgracias tiene la vida.
    Anda, acaba ya Blanquita, que no sé por qué hoy no te comes las tostadas, si te las he preparado con todo el cariño, y vamos a llegar tarde al monte, a lo mejor hoy por fin nos encontramos con Basilisa y le hacemos la propuesta.
    No fueron los grillos los que la molestaron en la noche, se trataba de las sirenas nocturnas; no era la vaca blanquita la receptora de sus palabras sino un osito de peluche; no se encontraba en una aldea, estaba en la ciudad, ingresada en una residencia donde paseaba por pasillos y jardines, sus hijos la iban a visitar cuando podían. El fantasma de Alberto era el resquicio de una historia de amor. Basilisa fue su gran amiga, encontrada muerta varios días después de fallecer en medio del monte. Ella era una mujer que había vivido muchas cosas; en sus momentos de lucidez prefería ignorar que ya no estaba en la aldea, era mejor vivir en un mundo imaginario que no encerrada lo que le quedaba del tiempo.
Poco fue el tiempo restante.
     “Qué más dará que otros crean que deliro. Es preferible una demencia que maquille la realidad antes que vivir cuerda y muerta al mismo tiempo.”


Isolina Cerdá Casado

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