Domingo: Objeto de inspiración. El tiempo.
A ver hija, de qué vas a escribir hoy, chica algo habrá,
vamos digo yo. Sí, tantas y tantas cosas, pero es que voy loca, bueno, eso es
asunto tuyo, todos tenemos cosas que hacer, y todos estamos liados, hay que elegir.
Para empezar podrías puntuar mejor y hacer distinciones entre lo que piensas,
lo que te dice tu conciencia y lo que quieres escribir. Sí, ya, pero no tengo
tiempo. Vale, pues habla del tiempo mismamente. ¿Del tiempo dices? Pero es un
concepto un tanto abstracto no. Nada de abstracto, es superconcreto. A las dos
cierra el Carrefour Market, o llegas o no llegas, es domingo y no te queda
otra. Son las doce y veinticuatro por tanto el tiempo que te queda es algo
menos de una hora y media puesto que tienes que dejar unos minutos entre que
sales de casa y realizas la compra, y la cajera te mira con cara de “vete ya
hija, que es domingo y me quiero ir a casa”. Pero no era ese tiempo concreto
del que quería hablar, no era de minutos, como los quince que tarda la lengua
de vaca en estar cocida con la olla exprés y que acabas de programar (incluyo
lo de la lengua aun a sabiendas de que puede herir sensibilidades como la de Carmen
con las carnes). Yo quería hablar del tiempo en general, del paso del tiempo,
de la percepción de ese transcurrir. Porque resulta que de un tiempo a esta
parte parece estar acelerado, no sé, es como si una semana pasara en un día, y
eso es un problema porque no se disfruta igual, o tienes que sentir el doble
para que de verdad te sientas descansada, aunque también es cierto que sucede
lo mismo con la percepción de los agobios y de lo estresante, porque al final
sabes que todo llegará y todo pasará con la misma rapidez, bueno o malo. El
otro día cuando estaba en mi pueblo de vacaciones de semana santa, me encontré
a una amiga, no pasa por un buen momento, estaba muy cambiada, hacía años que
no la veía. La cuestión es que en un momento concreto, mirándome a la cara, me
dijo lo siguiente: “Jo, Isolina, cómo hemos envejecido”. Sé que no estaba muy
bien, pero lo que estaba diciendo, clarísimamente, era: “Jo, Isolina, qué vieja
estás”. Y entonces, en ese momento me di cuenta, el tiempo había pasado con una
pasmosa vertiginosidad. Llegué a esa conclusión cuando el agua fría de ese cubo
que lanzó contra mí me empapó hasta el cerebro. Seguramente de estar bien ella,
no habría sido tan sincera y yo hubiera seguido pensando que mi rostro no
acusaba las noches de insomnio, el sufrimiento por las muchas cosas vividas y
la batalla diaria en el cuidado de mis hijos y la convivencia con mi marido.
Pero por otro lado, pensando en positivo, me dije, tienes hijos, tienes un
marido, tienes proyectos varios; las arrugas no son más que el coste de ese
paso del tiempo y de tu propia evolución como persona. Angelito mío. Qué penita
de mujer vulnerable. De los miedos, de las ausencias. Lo siguiente a esos
miedos fue otro miedo latente. Que no me pase nada por dios, que tengo niños
muy pequeños, por dios, que mi hijita me necesita, cuando llora desconsolada
buscándome por alguna que otra frustración de niños; y mi hijito también,
cuando me pide un cuento y que le ayude con su diario. Y los miedos seguían
creciendo dentro de mí. El otro día estando en el sillón del dentista se me
colocó también un espejo frente al rostro cuando la doctora me dijo que los
problemas de pérdida de hueso mandibular van asociados al envejecimiento. Ajajá, ¿así que soy vieja? Pues claro, vamos,
más vieja que hace veinte años, cuando salía con mi amiga a dar un paseo por el
casco antiguo de Alicante. Así que los miedos siguieron en su proceso de
crecimiento. Debería hacérmelo mirar, esos miedos paralizantes, esos miedos al
paso del tiempo. Sí, sí, lo haré, cuando tenga tiempo. Mi tiempo libre ha sido
absorbido totalmente por las cosas mundanas, tales como: poner una lavadora,
preparar comidas, hacer camas, deshacerlas, peinar los pelos, quitar los pelos,
ir al cine, meterme en proyectos teatrales varios, escribir sobre la falta de
tiempo, poner lenguas de vacas a cocer, remendar, limpiar polvos que nunca
eché, preparar asados, pelar patatas,…etc. Y entre tanta cosa hecha, todavía
hay cosas que no hago y que debería hacer que me dejarían aún con menos tiempo
del que dispongo. Es decir, que estoy con “menos tiempo”, quiero decir que debo
tiempo. ¿A quién? ¿Puedo pedir un préstamo con tres horas de tiempo más
diarias? ¿Qué intereses debería pagar? ¿Tendría que disponer de un cuadro como
Dorian Grey? ¿Dónde lo guardaría? ¿En el trastero? ¿Sería el diablo el director
del banco del tiempo? ¿Estoy volviéndome loca? ¿Debería ir a algún tipo de
terapia de aprovechamiento del tiempo? ¿Cuántas arrugas nuevas se han impreso
en mi rostro tras este repaso histriónico de la percepción del tiempo? Si viera
a mi amiga esta tarde, ¿me diría que todavía estoy más vieja que hace una
semana y media? ¿Y si fuera al dentista? ¿Habría seguido retrocediendo mi hueso
mandibular en este corto tiempo de apenas unos días? Por cierto, ¿qué tiempo
hace hoy? ¿ha dejado de llover por fin?
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