martes, 30 de abril de 2013

21 de enero de 2013. Un texto dedicado a Pepe y Teresa


Pepe y Teresa

    Fuimos a ver a Pepe y a Teresa una tarde fría de diciembre. Hacía más de cuatro años que no les veía. En ese tiempo pueden pasar muchas cosas, buenas o malas. No hay nada como tener hijos para ser más consciente del rápido transcurrir del tiempo. Él estaba enfermo, y sabía muy bien cuál era la gravedad de su estado. Le habían puesto límites a su vida, ya no le quedaba mucho tiempo. Además del cáncer en estado terminal, sufría un incipiente alzhéimer que lo desorientaba en ocasiones y le obligaba a tomar medidas preventivas para no perderse en uno de sus paseos. Su mujer no estaba mucho mejor, era cierto que ella no tenía fijado un tiempo máximo de vida, pero el dolor físico que tenía que soportar era una tortura diaria, aunque llevaba peor el ser consciente de que su marido se iba marchitando debido a las células sin sueño.
    Ellos eran buenos amigos de la familia, y habíamos compartido muchos momentos juntos, nos queríamos aunque la distancia hiciera menos frecuente nuestros encuentros. Teresa es una mujer muy bella, que no salía de casa sin sus peinados perfectos y su maquillaje. Un pelo negro precioso junto con unos rasgos de prominentes pómulos y grandes labios, parecía ser una actriz siempre preparada para ser capturada por cualquier paparazzi. Incluso cuando quedábamos para ir al campo llegaba Teresa con su maquillaje y sus grandes peinados. Es una mujer que siempre ha sabido sacarle el máximo partido a su belleza. Pepe en cambio era muy distinto, el aspecto físico no era para él algo demasiado importante, pero tenía un encanto en esa dejadez que cautivó a Teresa. Siempre fue un hombre taciturno, interesado en la cultura, un aspirante a detective privado, mecanógrafo y taquígrafo y estudioso del francés, vendedor de enciclopedias. Un señor altísimo que siempre estaba reflexionando sobre cuestiones transcendentales. La vida y sus circunstancias no le facilitaron el camino para llegar a ser un profesor de francés titulado, o un taquígrafo bien colocado. Sus tics nerviosos eran un reflejo del mundo interior complejo de este hombre inquieto por naturaleza y obligado a adaptarse a un mundo que lo encorsetaba incómodamente, tal vez ahí estaba el origen de su depresión perpetua.

    Cuando llegamos a su casa nos recibió Teresa, no nos esperaba, fue una visita sorpresa y la pillamos con los rulos puestos y con una bata con la que no esperaba recibir a nadie. Se disculpó, innecesariamente, y se fue a poner la bata de las visitas y se quitó los cachivaches de la cabeza. A pesar de haberla sorprendido incómodamente reapareció con ese alo de la mujer bella que siempre ha sido. La mala época que estaba viviendo no mermaba para nada ese rostro suyo de actriz hollywoodiense. Lo que más me impresionó al entrar en el salón fue la mesa alargada que tenían delante del sofá, estaba totalmente cubierta por cajas de medicamentos. Nos contó cómo había sido la evolución de Pepe y nos habló de su propia enfermedad. Era una mujer que amaba a su marido de una forma profunda y entregada, que sufría por el sufrimiento de la persona amada, a la que quería tanto como solo se puede querer pasados muchos años juntos compartiendo desayunos, dolores, hijos, preocupaciones, risas y bailes, muchos bailes.
    Teresa observaba a mi hija, y me miraba, y recordó a mi madre; Lara se parece a la abuela Lina, tiene algo de ella, mucho. Sí, Lara ha heredado, además de las facciones, una energía brutal, que también estaba en mi madre, pero a su vez es tan frágil como lo era ella.
    Al fin llegó Pepe de su paseo vespertino. Al vernos se quedó parado, como intentando recordar, luego una amplia sonrisa le inundó el rostro, supo enseguida quiénes éramos y empezó a hablar poseído por cierta melancolía en momentos puntuales. Despertamos en él recuerdos de otro tiempo, recuerdos por los que todos sentíamos un profundo cariño. No sabían que mi tía Conchi había fallecido, lloraron en silencio al saberlo. Era como si todos mirásemos desde la distancia una parte de la vida que ya había pasado y que estaba en nuestra memoria guardado como un tesoro del que disfrutamos con fortuna. Pero ya faltaban piezas importantes en el puzle y otras piezas se tambaleaban haciendo equilibrios sobre una cuerda floja, conscientes de que abajo solo nos espera el abismo. Lara era el punto positivo, la vitalidad, la esperanza. Teresa sacó un montón de chocolatinas en forma de balones, huevos de navidad y mariquitas, y se las regaló a la niña, que sonrió feliz al ver tantos chocolates juntos, le vuelve loca el chocolate en todas sus variantes.
    Ya nos estábamos despidiendo y Pepe me cogió de las manos y me mostró su admiración hacia mi persona, lo que supuso para mí una inyección en vena de confianza y autoestima increíble, me hizo mucho bien saber que tenía tan buen concepto de mí. Y entonces empezó a contarme que le hubiera gustado tener un título más, que sólo tenía ese que estaba enmarcado y colgado en el salón de vigilante de seguridad. Sin lugar a dudas él merecía tener muchos más títulos, lástima que no pudiera utilizar una varita mágica y hacer justicia con aquel hombre. Ahí estábamos mi padre, Lara, Teresa, Pepe y yo, de pie en la puerta del salón en esa despedida que Pepe alargaba con los pensamientos que le venían continuamente a la cabeza y que me quería contar. Me dijo que él había sido un gran profesor de francés, que estuvo dando clases a un niño que gracias a él pudo aprobar la asignatura y lo hizo por amor a la enseñanza y sin cobrar un duro. Me hablaba en francés, me contó que tenía importantes libros de francés que con ayuda de su nieto sacaron de lo alto del armario. Estaba muy motivado, no podía dejar de hablar. Teresa trataba de cortarlo para hacer efectiva la despedida, finalmente lo consiguió y Pepe nos dejó marchar, salimos a las escaleras. El seguía sin dejar de hablar, agradeciendo nuestra visita, pidiéndonos que lleváramos cuidado.
    Cuando estábamos llegando al coche, lo vimos venir corriendo, debió bajar los cuatro pisos sin ascensor a toda velocidad, yo estaba atando a Lara en su silla. Y él se acercó, habían quedado cosas en el tintero, nos dijo que había bajado para comprobar que el coche estaba en su sitio, sabía que lo habíamos dejado mal aparcado, y entonces me habló de ella, de Teresa, de que sentía mucha pena, de que la oía llorar en el silencio de la noche, de lo mucho que la quería, de que sentía mucho que ella llorase y lo pasara mal por él, y que era muy duro verla sufrir sus propios dolores físicos, que por los problemas cardíacos Teresa no podía tomar toda la medicación necesaria para aplacar su dolor como dios manda. Fue una declaración de amor en toda regla hacia esa mujer preciosa que lo cuidaba día tras día. Ya lo había dicho todo, eso era lo que quería decir, quería gritar su amor, y me lo gritó a mí.
    Desde que estuve con ellos la necesidad de escribir sobre Pepe y Teresa me invadía una y otra vez, hoy lo he hecho efectivo, hoy he escrito sobre estas dos personas que han sido importantes en mi vida y ante cuyas alegrías sonrío, y cuyas desgracias me duelen más allá de lo físico. Ojalá esas células se queden quietas y les dejen tranquilos, en ese amor tan bello, admirable y eterno.

                                              Con todo mi amor y mi cariño para ellos,


                                                                                                  Soli.  

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