martes, 2 de julio de 2013
Yo somatizo, tu somatizas, él somatiza...
Respira despacio, intenta dejar la mente en blanco, vacíate de esos miedos infundados por las malas noticias. Cualquiera diría que día tras día te están lloviendo malas noticias, hechos trágicos. No, de verdad que no, es solamente que tengo demasiados miedos, y mi mente no está del todo bien, y tanta presión mental me produce dolor físico, y mira que soy feliz, o intento serlo, o lucho diariamente para sentirme mejor, pero de alguna manera las cosas que suceden, han sucedido, y eso está ahí, siempre tienen una forma de manifestarse aunque intentes echar hacia fuera las consecuencias de esos latigazos. Me duele. Intenta no pensar que eso tiene que ver con una grave enfermedad, es la lucha que estás llevando en silencio, una lucha contra titanes ardientes y te queman a pesar de su invisibilidad. Me gustaría ahora ser la receptora de una nana, pero ya pasó ese tiempo, no es de extrañar que mi hija con sus cuatro años se acurruque en mis brazos y me pida que le cante la canción que yo le cantaba cuando era bebé. Es posible que cuando tenga cuarenta años no haya brazos lo suficientemente fuertes y grandes como para mecerla protegida de sus miedos, y se vea obligada a soñar con ese calor de antaño, cuando su mamá la envolvía con amor y toda ella era receptora de su entrega. Miles de flores caían del cielo, sólo veía paisajes bellos, era impensable un horizonte oscuro, temeroso, con expresiones terribles de dolores mentales. Pero si yo no estoy enferma, ¿por qué hablo como si lo estuviera? Hay enfermedades que no se pueden ver, coger, apercibir, pero eso no quiere decir que no existan, están ahí, rondándote, marcando sus huellas, bailando su vals, taconeándote el alma.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 30 de junio de 2013
Mi colaboración de hoy en Héroes del pensamiento. Con retraso, rozando el final del domingo.
Domingo, un objeto de inspiración: No veo nada que me
inspire.
Pues mal lo
llevamos, si no hay ningún objeto que te arranque unas cuantas palabras
encadenadas o algún baile provocador estamos fatal. Es como si la llegada de
las vacaciones se hubiera ensañado con mi inspiración y estuviera sufriendo un
bloqueo temporal creativo. Sé que no es excusa, debería aprovecharme de los
objetos que hay ahora mismo a mi alrededor, como el cubo de playa, la pala, la
piscina con agua congelada o el gigantesco arbusto de laurel bajo cuya sombra
escribo este cuento. Entonces es mi problema, tal vez no he elegido el mejor
momento para escribir este artículo. Todos pueden ser grandes momentos, es
cuestión de centrarse, y que te pasen por alto las distorsiones, ignorar los
gritos de los bañistas o el sonido del agua en movimiento, el canto de los
pájaros, el reloj y su tictac; enfocar la atención en la pantalla y pasar por
alto los cotilleos de la revista que está sobre la mesa playera que entretiene
a los relajados invitados, que comentan en voz alta su sorpresa ante el
divorcio de no sé qué famoso, o el niño de esta pareja archi conocida que hace
nada que pasó por el altar, ¿a caso se casaron embarazados? Ignóralo todo y
céntrate, que cuando llegues a casa cogerás el artículo dominguero y lo subirás
a la página de pensadores.
Como ya sé que
este momento va a llegar, a lo largo de la semana me pongo alerta porque nunca
se sabe en qué lugar voy a encontrar la inspiración que luego tal vez rescate
en el artículo del domingo, me tomo un helado y mientras chupo su jugo
derretido por el calor ambiental observo al ventilador girando y girando, igual
que el exprimidor, girando y girando, lo mismo que mi cabeza que gira y gira
porque hay demasiadas ideas mareando la tranquilidad de mi alma.
Ya hemos llegado
al punto de siempre, el alma y sus malestares, el alma y sus desvaríos, el alma
y sus tormentos. Ya cansas Mari Juani.
Yo no canso, estoy
cansada que es distinto. Aquel que sea capaz de cantar libre de tormentos alabado
sea, porque envidia sana me causa.
A ver Mari Juani,
de qué estás cansada tú, cuéntanos tu pena.
Me cansan los
gritos de dolor silenciosos, me cansan las historias cargadas de mala suerte
que despiertan a tus miedos, me cansa el propio miedo a lo que vendrá cuando ni
si quiera sabemos cuánto tiempo más viviremos, me cansa el sufrimiento
innecesario, el absurdo, el que duele sin que haya pasado nada, me cansa la
pena profunda por lo que pasó, por lo que no pudo pasar, por lo que jamás podrá
pasar. Soy una mujer cansada, dolorida, que va arrastrándose por grandes
tormentos silenciados.
Hablando de pasar,
acaba de pasar sobre mi cabeza un gigantesco avión, no sé hacia dónde vuela, ni
a quién llevará dentro, ni cuántas historias acogen esos asientos voladores.
Puede que haya una mujer que tras ahorrar años y años va camino de ese
país que siempre soñó visitar, y nunca
tuvo la fuerza suficiente para lanzarse a la aventura, hasta que harta de
sufrir la puesta de reiterados cuernos maritales, mandó a su marido a un
cursillo de jinetes cibernéticos, que llevaba adosado un viaje obligatorio a la
luna sin traje espacial; a lo mejor una pareja de enamorados se va camino de
algún país exótico en el que descansar del estrés profundo que les ha ocasionado
su boda; es posible que vaya en él Olga intentando deshacerse del cubano, lo
lleva engañado hacia algún país del norte del hemisferio; tal vez un señor con
bigote se va a reencontrar con su hijo al que no ve desde hace tres años debido
a que se fue a vivir con su madre, una mujer alemana a la que conoció el año
que estuvo becado y cuyo hijo se concibió en una noche loca y salvaje, pensaban
que por una vez que lo hicieran a pelo no sería suficiente para quedarse
preñados, y se convirtieron en un miguelito relleno de óvulo fecundado. ¡Qué
jodidos ignorantes! Las cosas siempre pasan por una vez. Por una vez que compré
lotería, no me tocó; por una vez que me casé, terminé divorciada; por una vez
que me bebí una copa, me regalaron un test de alcoholemia; por una vez que puse
el dedo en el borde de la puerta, me lo pillé; por una vez que fui a la playa
sin crema, me quemé viva.
Respecto al señor
de bigote, ¿por qué no ha visto antes a su hijo? ¿Y por qué se dejó bigote?
¿Dejadez? ¿Estilismo? ¿Tacañería?
¿Quieres una horchata fresca? No me vendría
mal, la verdad sea dicha. ¿La prefieres Light o normal? Pues ya que la tomo, la
prefiero normal, al fin y al cabo caloría arriba, caloría abajo, carrerilla va,
carrerilla viene.
Bueno, pues
entonces, al asunto, ¿sobre qué vas a escribir?
Perdona, creo que
ya estoy en ello hace algunas líneas, no es que sea una cosa talentosa pero
llevo escribiendo un tiempo considerable como para echar por tierra toda la
creación, así que te guardas en el bolsillo tus preguntitas socarronas y te
largas a la cocina a prepararme un café, otro para Carmen, que también le
gusta, y me dejas tranquilita con mi inspiración dominguera, que corre ahora
mismo una brisa vespertina que da gusto sentirla mientras tecleo el aparatejo
este.
Tú, ¿muy bien, muy
bien no estás? ¿No?
¿Perdona?
No, que digo que
estás de psicólogos o algo ¿no?
Mira, me voy a dar
un baño en la piscina, ahora que ya doy por finalizado el articulillo, y de
paso me tomo el café con leche con un bollo, que me tienes alterada con tus
tonterías. Y al que pueda, que termine de pasar un buen domingo inspirado, que
yo ya estoy servida.
jueves, 27 de junio de 2013
Sombras oscuras, pestañas tintadas de mierda. ¿Es necesario hablar así? Sí.
Mira detrás de ti, cuidado, te están acompañando sombras oscuras.
¿Qué te hace pensar que hay algo ahí?
En ocasiones siento alientos ajenos que me acarician el cuello. Eso forma parte de las fantasías raras que me invaden, me rodean, me corrompen. Llevo arrastrando una gran cadena, no soy ningún fantasma, sin embargo es la prueba más evidente de que trasciendo a otra dimensión, en ocasiones la parte de la cadena que engancha con mi tobillo sangra, eso es porque pesa demasiado y mi alma no lo puede soportar. ¿Con qué cargas? Han sido tanto los mensajes, me importan demasiado, todos, me hacen sangrar. Sé que no estoy siendo coherente ni con el tema ni con nada, pero es que de un tiempo a esta parte todo se tambalea de una manera radical y han pasado tantas cosas ya en la vida, que te preguntas cosas obvias pero que han perdido su coherencia porque cayó un pilar de vida, alguien que murió y que significaba mucho para ti, y con esa destrucción de uno de tus soportes no caminas de la misma manera. No sé qué podría hacerme bien, cómo sentirme plenamente bien, claro que no, porque el sentirse bien es un estado cambiante, y aunque ahora me pueda sentir llena de sentidos, objetivos y pulsiones, pasados unos minutos o unas horas la crudeza de la vida se me aparece delante en forma de diapositiva, y el recuerdo de esas cosas que pasaron le dan una paliza tremenda al sosiego interior, y vuelven las preguntas eternas sobre sentidos y razones. Y la cuestión es que los sentidos se fueron perdiendo, y con el paso del tiempo hay un aroma a desengaño que lo impregna todo.
Hay zonas del mundo que huelen a pollo muerto. Qué derecho tengo a hablar así, qué es lo que quiero decir exactamente. Son miradas de reproche que llevan el odio en las pestañas y que allá a donde se dirigen disparan negatividad vital. ¿Eso existe? Sí, es la forma que tienen los cobardes de matar los sueños. Pero, ¿qué es exactamente lo que quieres decir? ¿a dónde quieres llegar? Me gustaría llegar a un lugar lleno de música, de gente sonriente y feliz, repleto de regalos especiales para todos, donde la inocencia se respetara por encima de todo, donde la felicidad fuera el estado común. Me gustan los espaguetis, muchísimo, podría estar incluido dentro del menú del día. Y el zumo de naranja natural, naranjas frescas llenas de vitaminas. Pero, un momento, ¿qué es lo que me está ocurriendo exactamente? Atada de pies y manos a esta mesa, delante del ordenador, escribiendo con el alma necesitada, una lluvia de ideas cayendo sobre mi cabeza y yo recogiéndolas todas, para poder estar en paz conmigo misma. El otro día tuve un sueño muy extraño, mi hija había estado jugando con un pollo, y cuando me quise dar cuenta le había arrancado la cabeza, el cadáver del pobre pollito estaba tirado sobre el suelo de la cocina, con su cabeza a unos diez centímetros de distancia. ¿Quería decirme algo mi conciencia? No lo sé, ojalá nunca nos falten sentidos para seguir adelante con esta gran aventura que es la vida, a pesar de las muchas pestañas que vagan por ahí impregnadas de ira.
Isolina Cerdá Casado
¿Qué te hace pensar que hay algo ahí?
En ocasiones siento alientos ajenos que me acarician el cuello. Eso forma parte de las fantasías raras que me invaden, me rodean, me corrompen. Llevo arrastrando una gran cadena, no soy ningún fantasma, sin embargo es la prueba más evidente de que trasciendo a otra dimensión, en ocasiones la parte de la cadena que engancha con mi tobillo sangra, eso es porque pesa demasiado y mi alma no lo puede soportar. ¿Con qué cargas? Han sido tanto los mensajes, me importan demasiado, todos, me hacen sangrar. Sé que no estoy siendo coherente ni con el tema ni con nada, pero es que de un tiempo a esta parte todo se tambalea de una manera radical y han pasado tantas cosas ya en la vida, que te preguntas cosas obvias pero que han perdido su coherencia porque cayó un pilar de vida, alguien que murió y que significaba mucho para ti, y con esa destrucción de uno de tus soportes no caminas de la misma manera. No sé qué podría hacerme bien, cómo sentirme plenamente bien, claro que no, porque el sentirse bien es un estado cambiante, y aunque ahora me pueda sentir llena de sentidos, objetivos y pulsiones, pasados unos minutos o unas horas la crudeza de la vida se me aparece delante en forma de diapositiva, y el recuerdo de esas cosas que pasaron le dan una paliza tremenda al sosiego interior, y vuelven las preguntas eternas sobre sentidos y razones. Y la cuestión es que los sentidos se fueron perdiendo, y con el paso del tiempo hay un aroma a desengaño que lo impregna todo.
Hay zonas del mundo que huelen a pollo muerto. Qué derecho tengo a hablar así, qué es lo que quiero decir exactamente. Son miradas de reproche que llevan el odio en las pestañas y que allá a donde se dirigen disparan negatividad vital. ¿Eso existe? Sí, es la forma que tienen los cobardes de matar los sueños. Pero, ¿qué es exactamente lo que quieres decir? ¿a dónde quieres llegar? Me gustaría llegar a un lugar lleno de música, de gente sonriente y feliz, repleto de regalos especiales para todos, donde la inocencia se respetara por encima de todo, donde la felicidad fuera el estado común. Me gustan los espaguetis, muchísimo, podría estar incluido dentro del menú del día. Y el zumo de naranja natural, naranjas frescas llenas de vitaminas. Pero, un momento, ¿qué es lo que me está ocurriendo exactamente? Atada de pies y manos a esta mesa, delante del ordenador, escribiendo con el alma necesitada, una lluvia de ideas cayendo sobre mi cabeza y yo recogiéndolas todas, para poder estar en paz conmigo misma. El otro día tuve un sueño muy extraño, mi hija había estado jugando con un pollo, y cuando me quise dar cuenta le había arrancado la cabeza, el cadáver del pobre pollito estaba tirado sobre el suelo de la cocina, con su cabeza a unos diez centímetros de distancia. ¿Quería decirme algo mi conciencia? No lo sé, ojalá nunca nos falten sentidos para seguir adelante con esta gran aventura que es la vida, a pesar de las muchas pestañas que vagan por ahí impregnadas de ira.
Isolina Cerdá Casado
martes, 25 de junio de 2013
Dos céntimos por tu pulsión latente.
Eran tres, vestidos de negro, cabezas culminadas con una especie de peluca de pelo muy negro, caminaban al mismo ritmo, parecían estar sincronizados. Toma, dos céntimos te doy, y cuéntame lo que te pasa. Por dónde ha de pasarme, ¿cerca del corazón? ¿al lado del hipotálamo? ¿por los ríos del nervio óptico? No, dos céntimos por aquello que baila en tu alma.
Eso no es nada, ¿qué puedo comprar con dos céntimos? No podrías comprar si te faltaran dos céntimos. Si vas a un supermercado no te venderán el bote de champú si no les das el dinero exacto, no perdonarán que te falten dos céntimos. Yo te los doy. A cambio, quiero que me describas tu sueño. ¿Quieres que te cuente alguno de los sueños que poblaron mi cabeza esta noche? No, quiero los sueños permanentes. Esos que te rondan, los que no puedes abandonar aunque corras y corras, escales montañas, atravieses ríos o bailes desnuda a la luz de la luna. Yo nunca he bailado desnuda a la luz de la luna. Pobrecita, esa es la razón por la que no acabas de sentirte feliz, te falta el baile. Me faltan muchas cosas. Podrías contármelo, seguro que alguno de tus sueños se encuentra en tu cesta de carencias vitales. ¿Qué narices estás diciendo? Me estás liando. Yo no tengo carencias vitales. Claro que sí. He vivido muchas aventuras. No tienes ni idea de todas las intensidades que te pierdes. Pero hay muchas otras que he escudriñado plenamente. Tú siempre soñaste con viajar, ¿por qué no lo has hecho? He viajado mucho. Ya, has ido a Roma, París, y alguna que otra ciudad de la península. Eso no es viajar mucho. No has pisado un desierto, ni una grandísima urbe, ni has escalado una gran montaña, ni has esquiado, ni has hecho... Qué narices te importa lo que he hecho y lo que no he hecho. Sólo me importa lo que no has hecho pero sigues queriendo hacer. ¿Y si no quiero hacer nada? Eso no es posible, uno acaba muriendo si no tiene una razón para levantarse cada mañana. Yo tengo muchas razones, tengo dos hijos, ¿no te parece suficiente razón? No. Bueno, ¿y entonces? ¿Qué? Que qué debería hacer según tú. Pues si sigues queriendo viajar, de verdad, cógete una mochila, cargada de niños, dos, y de zapatillas de repuesto y lárgate, puedes llevarte al marido en un carro, para que te diga que te quiere de vez en cuando. No necesito que me diga que me quiere, yo lo sé. Mientes. Bueno, miento un poco es verdad, cada vez que me dice que me quiere me lleno por dentro. ¿Te dice que te quiere para llenarte por dentro? No estamos hablando de sexo. Claro que no. Ah, vale. Entonces, qué, qué vas a hacer con tus sueños. ¡Pero qué empeño con mis sueños! Te he ofrecido dos céntimos, y ya los tienes, ahora puedes ir a comprarte el champú. No necesito champú. Quien dice champú, dice zanahorias, un zumo, papel del váter, las zapatillas de repuesto. ¿Pero qué es lo que quieres de mí? Quiero tener la certeza de que te sientes viva y de que no te falta el impulso para seguir caminando a pesar de que el suelo se plague de baches imposibles. Pues claro que estoy viva. Estar viva es mucho más que unas cuantas pulsaciones cardíacas, estoy hablando de pulsiones del alma. Esas las tengo. Entonces me quedo más tranquila. ¿Para cuándo tu gran viaje? Será pronto. ¿Es posible que el viaje no necesite de un desplazamiento físico? Algo se tiene que desplazar uno cuando viaja. Bueno, ya lo sé, pero yo voy a viajar hasta un mundo creativo maravilloso. ¿Sabes qué caminos vas a tomar? Claro, ya estoy en uno de ellos. Ah, bueno, pues en ese caso me quedo más tranquila, creo que he hecho una gran inversión dándote los únicos dos céntimos que me quedaban. Pero, ¿entonces no tienes más dinero que ese? No. Pues si quieres te vienes conmigo la próxima vez que vaya al supermercado, seguro que la vendedora nos atenderá estupendamente sabiendo que no nos van a faltar dos céntimos a la hora de pagar. Yo siempre estoy contigo. Lo sé, te siento, eres la prueba de que tengo esa pulsión latente. Oye, ¿publicarás este texto en tu página? Por supuesto, yo siempre escribo para ser leída por otras personas. Creí que esto quedaría entre tú y yo. Sabes que yo no tengo secretos, más que algunos deseos inconfesables por inoportunos. Ya tengo las zapatillas por eso no las voy a ir a comprar, y ya he empezado mi gran viaje. Lo sé, te siento cada vez más viva. Bueno, pues entonces dejamos aquí la conversación. Sí, no te preocupes, continuaremos dialogando a la sombra de otro café. Vale. Bien.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 23 de junio de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: De estropajos, tablas de planchar, pollos y sandías.
Domingo, un objeto de inspiración: El estropajo, vale, y la
tabla de planchar, el pollo y la sandía.
Aquella mañana yo
era la reina de todos los objetos que estaban frente a mí, todos tenían una
especial atención para conmigo, la tabla de planchar me esperaba en la cocina
con el único objetivo de ofrecerse para lo que yo quisiera, se colocó en el suelo,
tabla a ras de suelo, no sabía qué era lo quería que yo hiciese. ¿Quería la
tabla de planchar que me subiera encima de pie para hacer no sé que tipo de
surf casero? ¿Esperaba que me tumbara para que su amiga la plancha acabara con
todas las arrugas de mi cuerpo o para recolocarme pellejos colgantes?
“Mira, si vamos a
empezar con el qué penita de arruguitas que se instalaron en mi cuerpecito por
todo lo vivido… apaga el ordenador y vete a dormir, que ya cansas, Olivia.”
Estoy siendo
objetiva, describo, cosas externas e internas, no me voy a buscar la pena de
nadie. Déjame que siga con mi artículo, conciencia aplatanada.
“Ante todo
respeto, muñeca, no me gustan los plátanos.”
Pero cuando la
sartén se me ofreció sin pedir ni pizca de aceite y se colocó en mis manos sin
estar previsto ningún tipo de cocinado a la plancha, y oyéndose de fondo sonoro
a Michael Jackson, comprendí que esa superficie circular de teflón sólo quería
bailar. La cogí pues entre mis brazos, y aunque le faltaba cuerpo para estar más
o menos igualadas, dimos unas cuantas vueltas, saltos, giros, estuvimos a dos
centímetros de caer sobre la jaula de pollos que teníamos en la cocina, aunque
no se libró de una patada fugaz. El pobre pollito asustadísimo, jamás se había
visto en una situación semejante, salió de la jaula, que se había entreabierto
por el golpe conjuntado de la sartén y la señora, y comenzó a echarnos un
discurso de lo más conmovedor. La satén y yo empatizamos rápidamente con él,
tanto nos pusimos en su lugar que comenzaron a salirnos plumas, y yo adopté
cierto parecido a una india de las películas del oeste aunque con exceso de
plumaje, pero la pobre sartén se vio tan incomparablemente bella que desde
aquel momento de intimidad de almas vive en un burdel que hay en la esquina de
la calle desengaño, ameniza la noche cantando y bailando con esa maravillosa
sensualidad que le han concedido sus plumas empáticas. Lo cierto es que nunca
imaginó que su gran empatía podía llevarla a dar un giro tan brusco a su vida, por
fin era capaz de dar calor sin necesidad de los chulescos fuegos de la Vitro. Mi
marido jamás volvió a preguntar por ella, creo que en el fondo imaginó que se
había chamuscado con alguna hamburguesa dejada de la mano de dios sobre ella a
un fuego extremo; yo solía cocinar las carnes demasiado pasadas, vamos, que se
me quemaban, el peculiar exterminio de la sangre en el que me emperré durante
años hizo mucho daño a la batería familiar.
“Pero, ¿tú ves lo
incongruente que eres? ¿Cómo es posible que ahora mismo te puedas estar
comiendo un filete vuelta y vuelta? ¿Qué ha pasado con tu animadversión a la
carne cruda? Estás fatal.”
Si una sartén es
capaz de convertirse en una cantante de los bajos fondos, y una tabla de
planchar me hace surfear por el comedor de casa, ¿qué no voy a ser capaz de
hacer yo?
“Mira, te voy a
dar el teléfono de un terapeuta muy majo que…”
Se oyó un gran
estruendo, alguien le había tirado a alguien media sandía llena de jugo. Días
después, salió por la tele un psicólogo confesando que entre sus casos más
extraños destacaba la atención dada a una conciencia trastornada repleta de
pipas de sandía por todo el cuerpo que ofrecía una imagen anamórfica de su masa
visible.
Y yo, en este
domingo soleado, tras tomarme el café, darle vueltas al rollo de papel del váter,
con los pelos en la cara a la espera de un buen cepillo con el que poner orden
a esta masa informe de pelaje largo, negro y desgarbado, estoy sentada frente a
la página en blanco, muerta de inquietud creativa. De ahí surgieron las pepitas
que pasean por las consultas de los mecánicos psiquiatras, que te ayudan a
quitarte los restos de jugos rojos que de tanto chorrear te nublan la vista. Y
con esta explosión catártica vuelvo a estar viva, agradeciendo a ese hombre que
me digo: “mira, chica, podías colaborar con nosotros, tengo libre el domingo…” “Ay,
pues no sé yo qué podría hacer…” “¿Y si escribo sobre lo que se me venga a la
cabeza?” “Tú misma.”
Alabados sean
aquellos que promueven al mundo creativo…que animan a las almas inquietas a no
quedar anquilosadas, metidas entre las sábanas en un domingo caluroso e inspirador.
¿Qué habría inspirado esta sandía si no llego a tener que escribir un artículo
para Héroes del pensamiento? ¿Y de la tabla de planchar? ¿Y del pobre pollo? ¿Y
de la aburrida sartén quema filetes? Pasarían sin pena ni gloria por este
primer domingo del verano. ¡A disfrutar de él amigos!
Isolina Cerdá Casado
jueves, 20 de junio de 2013
Abierta en canal. Mira chica, ya está bien, qué me estás contando. Pues lo que me ha venido a la cabeza. ¿Pero a santo de qué? Me ha impactado lo del juicio al presunto asesino de Ruth y José. ¿Y? Pues eso.
Yo me veo allí, recreo ese momento, en el que viajábamos juntas. Ella era un gran bloque de miedo e insomnio, yo estaba simplemente temblorosa, mi miedo no era visible, pero yo también estaba impregnada de ese líquido ennegrecido y denso que me recorría por dentro. Su pelo rizado estaba tan asustado como ella, hacia dónde la llevaban, en qué lugar espantoso la íbamos a dejar pensando que sería algo bueno para ella. Íbamos de camino hacia la boca de un gran ogro de ojos rojos, cara mofletuda y pelo hirsuto, con una boca abierta gigantesca, con hambre de carne humana. Estaba como ida, se había tomado montones de pastillas que no lograron serenarla, noches de insomnio que nublaban su visión, que le presentaban fantasmas que la insultaban y que sólo ella era capaz de ver. Y nosotros pensando que sería bueno, que la llevábamos directamente a un lugar donde encontrar la paz. Pero la paz no está en los lugares, la paz está en nosotros, nosotros somos los que tenemos la capacidad de sentirla, de bailar a su son, de flotar en sus aguas. Ella se fue para siempre, se quedó metida en la barriga del ogro devorador de almas. Y hoy, como si quisiera que este hecho volviera a mi memoria, me ha venido a la mente esa imagen de su último viaje. Las cosas que no se resuelven permanecen presentes siempre, por más que uno crea haberlas digerido vuelven a repetirse en forma de recuerdo doloroso. La página en blanco me indicaba que tenía que escribir algo, pero cuando me puse a ello, una especie de debilidad me impidió comenzar, después tuve un segundo intento, igualmente fallido, hasta que en el tercer intento conseguí volver al recuerdo. Quise camuflarlo, ¿por qué no conviertes a tu hermana en un robot y creas una historia distinta? Como que ese viaje tuvo un retorno, que fuisteis las dos en un cohete espacial hasta la luna, y allí os hicisteis unos amigos marcianos, que todos los veranos venían a visitaros y se bañaban con vosotras en la playa del pinet.
Me sigue resultando difícil escribir sobre ello. Tal vez porque no está del todo cicatrizada la herida. Lo que pasó es que después de estar muchos días sin dormir nada, tomando pastillas y más pastillas que no hacían el efecto deseado, un psiquiatra recomendó ingresarla en este centro del cual no salió con vida. A la semana nos llamaron para decirnos que había muerto. De vez en cuando tengo que volver a escribir sobre ello. Lo peor fue no haber hecho autopsia y no saber realmente qué pasó allí dentro.
Hoy me he cruzado con mucha gente cuando iba corriendo, mucha gente mayor, gente que caminaba, gente con más de sesenta y setenta años, gente que caminaba con dificultad, gente que corría ligera, todo tipo de gente. Y yo, camuflada entre tanto gentío saludable, me preguntaba en qué momento había dejado de ser una niña traviesa para convertirme en una mujer con tantos recuerdos amargos, también positivos claro, la amargura se distingue de lo dulce porque previamente has saboreado ambos extremos. No sé, es el tiempo misterioso que nos va llevando con sigilo a otras realidades en las que de pronto un día nos vemos inmersos sin saber muy bien qué explicación dar a esos cambios de rumbo que tomó nuestra vida, y al final miras atrás y aún te atreves a agradecerle al tiempo que te haya situado en ese punto en el que te encuentras, tecleando recuerdos, sensaciones, dolores...
Antes de conocer al que es hoy mi marido, tuve una relación con un filósofo, después de divorciarme de mi primer marido. Este hombre, el filósofo, me fascinó, siempre me han deslumbrado los hombres ilustrados, era el mediano de diez hermanos. Sacó su plaza de profesor y tenía una buena situación económica. La cuestión es que este hombre más o menos, resumiendo sus conclusiones tras unos cuantos meses de tonteo, sin profundidades íntimas físicas pero sí de corazón, al menos eso creía yo, rechazó mi ofrecimiento, digamos que yo me ofrecí abierta a una relación más seria y familiar. Seguramente él no se enamoró de mí, claro, pero el argumento de ruptura fue que yo había vivido demasiadas desgracias como para poder llegar a ser el tipo de mujer esposa que él buscaba. Quedé tocada pero no hundida.
Estas cosas no las debería contar aquí, supongo que es el tipo de cosas sobre las que hablaría y volvería hablar con una amiga a la sombra de un café, y como no hay café, ni amiga, y estoy en casa, con niños revoloteando por las habitaciones, no me queda más remedio que soltárselo a la página en blanco. Aunque pensándolo bien creo que igualmente escribiría sobre ello, yo siempre acabo por escribirlo todo.
En fin, que no sé a qué ha venido lo de traer aquí lo del filósofo, pero me ha venido así de pronto el recuerdo, como lo del viaje hacia aquel hospital psiquiátrico privado en el que murió mi hermana.
Isolina Cerdá Casado
Me sigue resultando difícil escribir sobre ello. Tal vez porque no está del todo cicatrizada la herida. Lo que pasó es que después de estar muchos días sin dormir nada, tomando pastillas y más pastillas que no hacían el efecto deseado, un psiquiatra recomendó ingresarla en este centro del cual no salió con vida. A la semana nos llamaron para decirnos que había muerto. De vez en cuando tengo que volver a escribir sobre ello. Lo peor fue no haber hecho autopsia y no saber realmente qué pasó allí dentro.
Hoy me he cruzado con mucha gente cuando iba corriendo, mucha gente mayor, gente que caminaba, gente con más de sesenta y setenta años, gente que caminaba con dificultad, gente que corría ligera, todo tipo de gente. Y yo, camuflada entre tanto gentío saludable, me preguntaba en qué momento había dejado de ser una niña traviesa para convertirme en una mujer con tantos recuerdos amargos, también positivos claro, la amargura se distingue de lo dulce porque previamente has saboreado ambos extremos. No sé, es el tiempo misterioso que nos va llevando con sigilo a otras realidades en las que de pronto un día nos vemos inmersos sin saber muy bien qué explicación dar a esos cambios de rumbo que tomó nuestra vida, y al final miras atrás y aún te atreves a agradecerle al tiempo que te haya situado en ese punto en el que te encuentras, tecleando recuerdos, sensaciones, dolores...
Antes de conocer al que es hoy mi marido, tuve una relación con un filósofo, después de divorciarme de mi primer marido. Este hombre, el filósofo, me fascinó, siempre me han deslumbrado los hombres ilustrados, era el mediano de diez hermanos. Sacó su plaza de profesor y tenía una buena situación económica. La cuestión es que este hombre más o menos, resumiendo sus conclusiones tras unos cuantos meses de tonteo, sin profundidades íntimas físicas pero sí de corazón, al menos eso creía yo, rechazó mi ofrecimiento, digamos que yo me ofrecí abierta a una relación más seria y familiar. Seguramente él no se enamoró de mí, claro, pero el argumento de ruptura fue que yo había vivido demasiadas desgracias como para poder llegar a ser el tipo de mujer esposa que él buscaba. Quedé tocada pero no hundida.
Estas cosas no las debería contar aquí, supongo que es el tipo de cosas sobre las que hablaría y volvería hablar con una amiga a la sombra de un café, y como no hay café, ni amiga, y estoy en casa, con niños revoloteando por las habitaciones, no me queda más remedio que soltárselo a la página en blanco. Aunque pensándolo bien creo que igualmente escribiría sobre ello, yo siempre acabo por escribirlo todo.
En fin, que no sé a qué ha venido lo de traer aquí lo del filósofo, pero me ha venido así de pronto el recuerdo, como lo del viaje hacia aquel hospital psiquiátrico privado en el que murió mi hermana.
Isolina Cerdá Casado
martes, 18 de junio de 2013
Anecdótico.
Iba yo corriendo por el parque con mis zapatillas nuevas, era mi segunda semana de entrenamiento concienzudo, me había propuesto correr media hora cada día, estaba harta de sentir el óxido en mis articulaciones, bastó un mínimo de ánimo para que me calzara las zapatillas y me iniciara en el trote ligero. Pues bien, ya iba con la lengua prácticamente colgando, cuando presencié una escena muy graciosa. Una chica de unos veinticinco años, uf, qué mayor soy, yo ya tengo cuarenta, estaba con sus perros, tres exactamente. Les lanzó una pelota, y todos empezaron a correr en la misma dirección que la pelota, todos menos uno, el más cachorrito, que en lugar de correr se fue en la misma dirección a paso mucho más tranquilo, entonces la dueña, o la que en ese momento hacía de dueña, se dirigió a él en estos términos: "Venga, vaya, mira que eres pachorra y vaga, tira corriendo hacia la pelota so gandula". La veinteañera en cuestión tenía unas "lorzas" como diría mi marido de escándalo, era una tiarrona grande y pesada, vamos, que ella lo que se dice trotar debía trotar poco, que a mí ni me va ni me viene, pero lo gracioso fue el tono y el chillido dirigido al cachorro fibroso que le dio por tomarse a la ligera un lanzamiento de pelota intencionado. Así que guardé la escena en mi disco duro con la intención de trasladarla a mi blog como uno de esos hechos curiosos que te regala la mañana. Regalo porque forma parte de la vida, y en cierto modo me puedo identificar también, a veces con la dueña y otras veces con la perrita linda. ¡Qué cosas tiene el ser humano!
Isolina Cerdá Casado
domingo, 16 de junio de 2013
Inquieta.
Hoy lunes 17 de junio, día soleado aquí en Leganés, son casi las ocho de la mañana, preparada para el deporte, con un café pegadito al ordenador y la mente inquieta escribo. En unos minutos empezará la batalla de despertar a los niños y prepararlos para que inicien su propia batalla, en ese pequeño mundo que es el colegio. Y yo estoy dándole vueltas, a varios temas, pero hay uno que me absorbe especialmente la atención, el paso, ese paso de la vida, esa fugacidad del tiempo, cuando de pronto miras atrás y ya han pasado unos cuantos años. Y con ellos acontecimientos varios ante cuyos supuestos jamás imaginaste que podrías seguir caminando. Piensas entonces en tus propios hijos, en sus peculiares instantes, en que tu vida también forma parte de sus supuestos.
La tostada se manifiesta, miles de migas de pan caen sobre la mesa, sobre el suelo, sobre mi conciencia. Ahora mismo he de dejar de pulsar teclas pero mi corazón sigue latiendo, y cada gota de sangre que impulsa a recorrer mi cuerpo está impregnada de impulsos inquietos, de dudas, de preguntas sin respuesta. Me voy, me largo a despertarles del sueño reparador. A mí me despertó un gran mosquito y casi me autolesiono intentando terminar con su molesto zumbido.
La tostada se manifiesta, miles de migas de pan caen sobre la mesa, sobre el suelo, sobre mi conciencia. Ahora mismo he de dejar de pulsar teclas pero mi corazón sigue latiendo, y cada gota de sangre que impulsa a recorrer mi cuerpo está impregnada de impulsos inquietos, de dudas, de preguntas sin respuesta. Me voy, me largo a despertarles del sueño reparador. A mí me despertó un gran mosquito y casi me autolesiono intentando terminar con su molesto zumbido.
Mi colaboración en Héroes del pensamiento. Coladores.
Domingo, un objeto de inspiración: Coladores.
Paseaba por la
casa, dándole vueltas al asunto temático. Una serie de pensamientos negativos
invadían mi mente, y entonces los vi. Qué pena, ojala fuera posible emplear uno
de esos para filtrar la negatividad, el pesado pensamiento negativo y cambiarlo
por pensamientos dulces, claros, llenos de vida, ideas que empujan, que te
arrastran a moverte, a ponerte unas zapatillas y salir a correr por el campo.
Todo está dentro de nosotros, tenemos mil posibilidades de actuación, no hay
por qué hundirse, levántate y ponte a bailar. ¿Acaso no fuiste capaz de ponerte
un poto en la cabeza aun a pesar de los impulsos paralizantes que te invadían?
Sucede que hay momentos en los que todo se ve oscuro y gris, en los que todo
parece complicarse desde nuestro fuero interno. Pero ahí mismo, en donde se
genera ese grano negro también se encuentra el blanco, no es una cuestión de
inexistencias sino de filtros, hay que ser capaz de emplear un buen colador en
el momento adecuado.
Cuántas sopas se habrán perdido un gran
piropo por no tener a mano un buen colador, y allá fueron con los fideos restos
de apio, o puerro deshecho por exceso de cocción. Yo soy una sopa que arrastra
piel de pollo recocida y repollo flotante entre las orejas. Si alguien me
hubiera enseñado a usar como dios manda un buen colador, uno grande, de esos
que contuvieran toda palabra mal sonante para el alma libre, o que frenara esos
consejos de la gente resabida con ánimo de organizar las vidas ajenas. En ese caso
habría sido un caldo sabroso, libre y delicado, pero con la intensidad
suficiente como para bailar libre dentro de un plato humeante, y acoger
tropezones escogidos, y transformarse en densa masa cualificada de puré.
¿Qué quieres? ¿Qué
es lo que te pasa por la cabeza? ¿Qué carencias estás sufriendo que la
felicidad la sientes a medias? Tengo exceso de apio en la cabeza, me temo que
también tengo puerro de más en las profundidades del alma herida. ¿Pero chica,
cuántas personas con alma herida son capaces de utilizar bien su colador? El
otro día me contaron una tragedia ocurrida en una casa, cuando me lo contaron
me quedé helada, ¿cómo era posible cargar con algo así y seguir adelante con la
vida, sonriendo, con la mirada llena de luz? No somos conscientes de la gran
capacidad que tiene el ser humano de superación.
Me contaba mi
cuñada: -“Soli, ¿Tu sabías que uno de los hijos de Pepito y Menganita había
matado a su hermano accidentalmente con un cuchillo?” “No.” Respondí yo. “Pues sí, no se sabe exactamente lo que
ocurrió, pero parece ser que estaban jugando con los cuchillos y uno le clavó
el cuchillo al otro. Cuando se dieron cuenta de lo que había ocurrido, los
padres sacaron el cuchillo de su cuerpo, pero al hacerlo el niño se desangró y
murió.” Uf, uf, uf, no podía ser cierto, cómo era posible ese pasado tan
terrible y que sin embargo yo nunca hubiera intuido semejante tragedia
familiar, tampoco es que tuviera mucha relación con ellos pero en algún tiempo
sí he estado compartiendo una comida, o varias, y sin embargo, nunca imaginé
que algo así podía haber ocurrido en su familia.
Será que los
coladores se extienden no sólo a las palabras sino también a los hechos, somos
capaces de olvidarnos de aquello que nos podría matar, el impacto de un recuerdo
trágico puede llegar a ser tan dañino como el propio hecho, tenemos una memoria
selectiva, que en más ocasiones de las que creemos se activa de forma
automática, son los coladores invisibles del subconsciente. Y somos capaces de
seguir a pesar de arrastrar tragedias incontestables. Pues claro, y lo sabes de
sobra, tú misma tienes en tu haber montones de gritos que la vida te escupió en
la cara, y ahora caminas, corres, sonríes, te conmueves, y de vez en cuando te
miras en el espejo, y ahí está, ese es el rasgo, el dolor se marcó en esa
arruguilla que sale del párpado; bueno sí, pero hay otra que es la que se marca
cuando sonrío, cuando sueño. Chica, son cosas de la vida, estás viva, es buena
señal, qué bien que hay marcas, significa que has vivido.
Bueno, me voy a
coger el colador, quiero tumbarme sobre él, voy a dejar pasar la parte fina
mía, la suavidad, la dulzura, el caldo intenso y con sabor, después me lo
beberé, haré una ceremonia de antropofagia total, me llenaré de mi esencia más
pura, y después seleccionaré del colador los restos dañinos, dolorosos, grises,
los garbanzos deshechos, el pollo mareado, y lo pondré en el comedero de las
gallinas, que antropofagien ellos
también, aprovechando que me encuentro en la parcela de mi churri.
En fin, todo empezó con un colador que me
miraba, y casi me lo como frito con patatas.
¡Feliz domingo a todos!
Isolina Cerdá Casado
domingo, 9 de junio de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento. Una casa.
Domingo, un objeto de inspiración: Una casa.
Todavía con los
resquicios verdes en mi cabeza, hojas que van y vienen, gente a la que quiero
que aplaudió con todo el cariño esa locura creativa del poto parlante, empiezo
este texto. Me da a mí que no va a ser demasiado irónico, porque el hecho que
me lo ha inspirado es un caso real, duro, como tantas realidades durísimas de
todas las épocas, no solo de este tiempo de crisis que inunda los sueños con
problemas y más problemas que parten de lo económico y se extienden a lo psicológico.
El viernes 7 de
junio era el día del estreno de “Terapia virtual”, nerviosa e ilusionada fui a
casa de mis vecinos, con la intención de invitarles, su situación económica
viene siendo catastrófica desde hace unos cuatro años, al principio resistieron
con los ahorros, después con la ayuda de los parientes y amigos, un poco de
dinero por aquí otro por allá, iban salvándose del hundimiento. Ellos estaban
paralizados, el marido llevaba toda la vida trabajando en la construcción, cuando estalló la bomba financiera se quedó
sin trabajo, y desde entonces no han tenido ingresos en casa, nada, apenas
alguna chapuza, quizá cuatro o cinco en meses. Por fin, casi al borde de la
inanición recurrieron a Cáritas, a través de la parroquia, y desde hace casi un
año, se están beneficiando de las ayudas solidarias de esta organización, pero
es cierto que cada vez son más familias las que se ven en esa situación tan
dramática de tener que pedir para comer, y los paquetes de comida se van
reduciendo porque hay más gente con la que repartir los alimentos. Hace poco
les concedieron una ayuda que les permitiría ir pagando su piso, apenas les
quedan dos años de hipoteca. La cuestión es que recibieron varios avisos de
embargo, porque no pudieron pagar el alta de autónomo y la deuda fue creciendo
con los intereses, de manera que si se debían seiscientos euros, ahora la cosa
subió a casi dos mil. También tienen deudas en el ayuntamiento, de contribución
y ese tipo de tributos, lo que dio lugar a otras órdenes de embargo. Pues bien,
este viernes, cuando yo les hablaba del poto, de que si por fin lo iba a
mostrar, de que… Ella, la mujer, me miraba con una cara en la que se mezclaba
la alegría y la pena profunda. Tenemos un gran problema, Soli, muy grave. “¿Qué
ocurre?” “Nos han dicho que nos van a desahuciar, nos van a quitar la casa”.
¿Cómo es posible?
¿Si casi está pagada? ¿Pueden dejarte en la calle por dos mil euros? Pues sí,
puede pasar, hasta por cincuenta euros. Dice que venían de hablar con el
asistente social, que le iban a mirar un alquiler social. Dios mío, y yo
hablando de potos, de terapias virtuales, de puras convenciones teatrales. Y
fuera, en el mundo real, en unos corazones que me importan, el dolor de
sentirse impotentes ante la injusticia social se extendía como un cáncer
preocupante.
Una casa, tu casa,
la que contiene los restos de ti, de tus pasos, de tu calor, los resquicios de
las palabras que pronunciaste con cariño, las que gritaste en un momento de
nervios descontrolados o de expresiones de desahogos. Pero si se llevan la
casa, tu casa, ¿qué pasará con esa cama que te acogió en las noches
silenciosas? ¿Qué será de esa fregona que te llamaba cuando las manchas del
suelo se extendían como la espuma? ¿Quién recogerá ese trapo deprimido? ¿Y el váter,
saldrá detrás de ti acompañándote en la pena? ¿Podrá la lavadora girar con la
misma energía?
¿Qué tonterías
estoy diciendo? ¿Es comparable que te quiten un pequeño objeto a que te quiten
ese gran contenedor de objetos y de vida que es tu casa? Y cuantos y cuantos
casos de casas usurpadas, por equivocación, por errores vitales, por engaños.
Queda incompleto…queda
sin terminar…me obliga el tiempo, las circunstancias a dejarlo aquí, en este
punto de la pena. Hay mucho más que decir. Lo diré pronto. El que tenga un buen
domingo que lo aproveche, que disfrute de su casa, de su familia, de los
bonitos recuerdos de los acontecimientos felices…Yo hoy seguiré recordando al
poto en su terapia, recordaré esos ojos tristes y preocupados, recordaré el
cariño de la gente que vino a verme expuesta, entregada. Y entre penas y alegrías,
calentaré las cuerdas vocales porque hoy es mi última función.
¡Feliz domingo!
Isolina Cerdá Casado
domingo, 2 de junio de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento. Hablamos de los envases...
Domingo, un objeto de inspiración: Envases.
Por un momento he
dudado, bueno, en realidad me paso la vida dudando, pero hoy, en este domingo
con un cielo azul chisposo, no tenía muy claro hacia donde iba a dirigir la
mirada creativa. Qué objeto podía ser el protagonista. Me dije que podía
escribir sobre los envases, que anda que no tenemos receptáculos variopintos. Andaba
yo paseando por casa, con esa mirada inquisitiva que provoca cierto respeto en
mis hijos y mi marido, respeto hacia el que está tramando algo cuyo resultado
no siempre se entiende. Entonces lo vi claro, ahí estaban el estropajo y el
trapo amarillo guiándome hasta ellos. Debían ser protagonistas definitivamente,
el brik de leche, la botella que contuvo un vino delicioso, un albariño gallego
que entró en el cuerpo con la misma densidad que el agua pero cuya intensidad
acababa por producirte ciertas alteraciones en el cerebro. El gigante cacharro
de las aceitunas que más parecía que estaba destinado a un ejército que a una
familia de cuatro miembros, cinco si contamos a Paty, seis si contamos a mi
padre que está de visita. El envoltorio de cartón de la ensaimada, las galletas
de mil tipos, el café, el cacharro de fairy reciclado con lavavajillas del Carrefour,
el bote de vidrio de mahonesa, la bandeja con dos restos de pasteles de una
fiesta pasada…el aceite de oliva…la mermelada casera…el colador…¿Acaso no podía
despejar un poco la cocina? Reconozco que las que mejor estaban eran las tazas
sucias del fregadero, a los demás envases se les veía un poco estresados,
preguntándose por qué seguían en el mismo sitio, minuto tras minuto. Tenían su
círculo de espacio íntimo absolutamente invadido, pero muchos no sabían que no
volverían a estar colocados en la misma estantería de siempre, que vacíos de su
contenido tendrían que ir al contenedor de los envases, esperando una nueva
vida; no sé qué podría ilusionarle a la botella de vino, que habiendo contenido
una materia tan valiosa pasase a ser contenedor, en esa reencarnación, de
garbanzos cocidos, o judías verdes. Tal vez estos envases arrastraban traumas,
de vidas pasadas de alta alcurnia, como aquella lata de atún baratillo que en
otro tiempo llevó en sus adentros foie de pato, o caviar auténtico.
¿Acaso se merecían
estar en ese estado de desconcierto estos pobres objetos? Sin saber el tiempo
que iban a permanecer en la encimera de la cocina, viendo descender su
contenido sabiendo que una vez vacío terminaría su vida útil. Ahora empiezo a
entenderlo todo. La pasada noche oí un llanto extraño, me levanté creyendo que
mi hija estaba teniendo una pesadilla, pero no, ese lloro no venía de la
habitación de mis hijos sino de la cocina, de las profundidades del frigorífico.
El envase de zumo de granini estaba sufriendo un ataque de histeria, apenas le
quedaban unos dedos de zumo, me puse a hablar con él tratando de calmarlo, decía
tener un miedo atroz a los productos abrasivos, y que sólo de pensar que se podía
transformar en una botella de lejía le entraba el pánico. Entonces acordé con él
reciclarlo yo misma, mantenerlo en casa enfriando aguas con gotas de limón para
el verano, pero no pude asegurarle la permanencia para la temporada de otoño e
invierno.
Otro día pillé en
medio de una pelea atroz a la jarra de agua y a la botella de bezoya, ésta última
le decía a la jarra que dejara de meterse con ella porque sino los botes de
cerveza se ocuparían de terminar con ella, un pequeño golpe y el cristal se
rompería en mil pedazos y no tendría una segunda oportunidad como en el caso de
los envases de vidrio. Por lo visto la jarra se jactaba de su permanencia en la
casa, y de que no sólo era contenedora de agua sino que en ocasiones la habían
llenado de leche merengada, o incluso de vino con casera.
¿Y qué pasa con mi
envase? El envase de mi alma gansa, el contenedor de este cúmulo de emociones,
miedos, ilusiones, amores, retos… Este envase anda tonto, porque envejece,
porque le nacen canas nuevas cada día, porque esas arruguillas que se van
marcando en el rostro indican que el envase se hace mayor. El dolor físico, que
en ocasiones aparece, me hace intuir que yo, como la lata de judías de la
asturiana, empiezo a oxidarme, y no puedo frenar los efectos del paso del
tiempo con el betacaroteno del tomate, no ni con kilos de crema, ni con cirugías
carísimas, al final todas parecen artificiosas. Además que no tengo un duro
para pagármelas, claro. Al final, a mí misma, como al tetrabrik de la leche, me
tendrán que reciclar. Me reencarnaré en una princesa de un cuento de hadas, o
en un saltamontes de esbelta figura…no lo sé…tengo miedo…lloro por las noches…la
caja de galletas de avena me viene a ver, me explica que no pasará nada, que me
transformaré en otra cosa…pero que seguiré estando en el mundo…la energía no se
destruye, se transforma.
¡Es muy fácil
decir eso! ¡Seguro que a ella le toca transformarse en una orla contenedora de
caras sonrientes! O tal vez en un periódico valiente lleno de noticias…Pero yo…yo
puedo transformarme nuevamente en persona…nuevamente preocupaciones…nuevamente
dolores…nuevamente emociones…nuevamente creaciones…
Dejaré de llorar…haré
caso a la caja de avena…Qué suerte tengo…podré volver a vivir otra vida. Todas
las vidas de las personas son intensas, todas pueden sentir como un vaso lleno.
Me voy a recoger
la cocina y a fregar las tazas del desayuno, que ya es hora, hay que pensar en
positivo porque seguro que en otra vida soy más ordenada. ¡Feliz domingo!
Isolina Cerdá Casado
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