Entiendo que no es la imagen más bonita de mi casa (más bien la casa de mi padre sita en Crevillente) pero he de insertarla en este artículo, ya que voy a hacer uso de la técnica de escritura creativa que más utilizo, sea por necesidad o por inspiración, siempre hay algo que inspira su creación y detrás de la misma hay una necesidad de expresión. Permíteme que no hable de ti, sabes que eres el factor central, punto de arranque y razón absoluta de la escritura de hoy, de este momento concreto, del texto dominguero de las 12:02, sin embargo no voy a empezar contigo aunque sí llegaré a ti, no tengas prisa querida.
Aunque esta foto del cubo de basura no es agradable de ver en realidad toda ella contiene restos de una vida, un día que pasó casi sin darnos cuenta, incluso contiene retazos de momentos pasados. Escribiré sobre los momentos.
Momento 1: Sentada en el sillón de casa, Leganés, relajada, tras una ducha, diciéndome a mí misma que había llegado el momento de poner color a mis pies, así fue como llegó el color rojo a los dedos del trozo de pie que aparece en la foto. De esto que vas diciendo que tienes que quitarte el esmalte blanco con el que maquillaste tu dejadez sobre ti misma, más de un mes de aquel momento, así todo. Por fin llegó el momento de coger el quita esmalte, sentarte tranquilamente y dedicarte unos minutos. La certeza estaba ahí, sabía que me sentaría bien, lo mismo que sabes que te sienta bien el ejercicio, sabes que es una necesidad, y sin embargo no lo priorizas. Este momento 1 me lleva a repetirme nuevamente que mi cuerpo necesita moverse, lo mismo que alimentarse, asearse, sí o sí va a entrar en mi rutina. Creo que de los pies no voy a hablar más en este momento 1. Desde el sillón veía la terraza, sobre la mesa dos macetitas, una de eucalipto y otra de albahaca, las había resucitado mi husband, el mirarlas me daba paz.
Imagen de las susodichas plantas aromáticas. Las incluyo para compensar las imágenes hirientes y poco agradables de ver.
Momento 2: Sentada en el sillón de la casa de papá, papá sentado en el otro sillón, cada uno con su infusión, uno con la infusión de poleo con miel, otra con la infusión de dulces sueños, reconozco que recurro a varias estrategias que me ayuden a combatir el insomnio, el despertar repentino cuando al sol aún le queda tiempo de descanso. Tomo de todo, empezando por la melatonina en forma de gominola, pasando por el magnesio y llegando a las infusiones varias. Ver a mi padre ahí, al lado, compartiendo momentos me hace sentir bien, tomando lo que sea o haciendo cualquier cosa, ya sea comiendo unas empanadillas que venían envueltas en cartón, ya sea compartiendo una comida de sopa de marisco con un huevo pochado en lo alto para inspirar a su paladar (el huevo nunca es rechazado por mi querido padre nonagenario). Lo mismo compartimos infusiones como vasitos de horchata crevillentina.
Haciendo un zoom a la primera foto nos acercamos al Momento 3, en el que vas apareciendo como la protagonista que eres. Ya te dije que eras la inspiración de este texto, y no te creas que es algo de lo que me alegre, no, hubiera preferido no encontrarme contigo en este viaje, cinco días, desde el mismísimo día del eclipse en el que llegué sin saber nada de ti, ni de ningún familiar tuyo. Llegué a pensar que os habíais ido de vacaciones, también tenéis derecho, podías haberte ido a la playa por ejemplo que la tenéis cerca, o haber reservado algo en Valencia y aprovechar para ver el Oceanogràfic, pero no, creo que no sois muy de mares ni de océanos, preferís el calor bochornoso del pueblo y por qué no decirlo la cocina de un pobre hombre, supongo que detrás de alguna rendija invisible tienes un sillón propio, estarás enganchada a la electricidad del hogar de un nonagenario, el elevado recibo de la electricidad no es culpa del aire acondicionado sois vosotras poniendo lavadoras a su costa. Yo solo trataba de hacer unas tostadas, el café estaba saliendo, olía de maravilla y justo en el momento de calentar la leche de la primera taza corriste bajo mis pies. No te tengo miedo, no, no es como con las arañas, si hubieras sido una de esas criaturas el rumbo habría sido distinto, seguramente se me habría caído la taza y habría empezado a gritar, gritos entrecortados, "¡Ah, ah, ahhhh!". Nadie me hubiera podido salvar por más que gritara, mi padre no me habría escuchado y de escucharme no hubiera llegado a tiempo, me habría dado un patatús, o no, a lo mejor hubiera podido coger una servilleta contundente y aplastarte sin darme tiempo a pensar en mi propia fobia. Eso ya lo hice una vez, cuando fuimos a Asturias, cenando frente a un paisaje idílico, una araña de patas gordas saltó de pronto sobre la mesa, como si quisiera zamparse el jamón recién cortado o esa tortilla gordísima que hizo Agus, o a lo mejor nos quería comer a nosotros. Bueno, la cosa es que me la cargué, la comensal más terriblemente fóbica a las arañas acabó con ella sin pensar. Creo que en la cocina de mi padre no hubiera sido posible. Pero no eras una araña, eras una cucaracha, o una panderola como os llama mi padre. Cogí el cucal de marca blanca y te rebocé entera, te perseguí con el cacharro aquel a todo gas y cuando no podías más de tanto correr tuve la osadía de aplastarte con mi pie, calzado por suerte. Tras toda esa emisión gaseosa cogí tu cadáver con una servilleta blanca y te dejé caer con delicadeza en el cubo de la basura, bueno no estoy segura de que fuera con delicadeza pero allí acabaste, siendo inspiración e impulso, ya que gracias al momento 3, nuestro encuentro matutino se convirtió en inspiración, así que formas parte del segundo texto que escribo en este viaje después de meses sin escribir. Gracias pues por haberme despertado nuevamente la chispa creadora, y aunque tú ya estés muerta, espero que así sea, capaz soy de ir a comprobar que sigues allí, hasta que te lleve junto con el resto de inspiraciones al contenedor, paraíso donde los haya para un ser como tú, lo mismo resucitas esta noche entre manjares de múltiples hogares habitados por personas que no se han podido ir de vacaciones. En fin, sea como sea la vida sigue inspirando textos.
Isolina Cerdá casado
Esta es la imagen concreta que puede herir tu sensibilidad, no tanto por el hecho de se se trate de un cadáver sino porque lo perceptible a la vista son unas patas y antenas que corretearon con energía una tranquila mañana de domingo.



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