Domingo, un objeto de inspiración: El estropajo, vale, y la
tabla de planchar, el pollo y la sandía.
Aquella mañana yo
era la reina de todos los objetos que estaban frente a mí, todos tenían una
especial atención para conmigo, la tabla de planchar me esperaba en la cocina
con el único objetivo de ofrecerse para lo que yo quisiera, se colocó en el suelo,
tabla a ras de suelo, no sabía qué era lo quería que yo hiciese. ¿Quería la
tabla de planchar que me subiera encima de pie para hacer no sé que tipo de
surf casero? ¿Esperaba que me tumbara para que su amiga la plancha acabara con
todas las arrugas de mi cuerpo o para recolocarme pellejos colgantes?
“Mira, si vamos a
empezar con el qué penita de arruguitas que se instalaron en mi cuerpecito por
todo lo vivido… apaga el ordenador y vete a dormir, que ya cansas, Olivia.”
Estoy siendo
objetiva, describo, cosas externas e internas, no me voy a buscar la pena de
nadie. Déjame que siga con mi artículo, conciencia aplatanada.
“Ante todo
respeto, muñeca, no me gustan los plátanos.”
Pero cuando la
sartén se me ofreció sin pedir ni pizca de aceite y se colocó en mis manos sin
estar previsto ningún tipo de cocinado a la plancha, y oyéndose de fondo sonoro
a Michael Jackson, comprendí que esa superficie circular de teflón sólo quería
bailar. La cogí pues entre mis brazos, y aunque le faltaba cuerpo para estar más
o menos igualadas, dimos unas cuantas vueltas, saltos, giros, estuvimos a dos
centímetros de caer sobre la jaula de pollos que teníamos en la cocina, aunque
no se libró de una patada fugaz. El pobre pollito asustadísimo, jamás se había
visto en una situación semejante, salió de la jaula, que se había entreabierto
por el golpe conjuntado de la sartén y la señora, y comenzó a echarnos un
discurso de lo más conmovedor. La satén y yo empatizamos rápidamente con él,
tanto nos pusimos en su lugar que comenzaron a salirnos plumas, y yo adopté
cierto parecido a una india de las películas del oeste aunque con exceso de
plumaje, pero la pobre sartén se vio tan incomparablemente bella que desde
aquel momento de intimidad de almas vive en un burdel que hay en la esquina de
la calle desengaño, ameniza la noche cantando y bailando con esa maravillosa
sensualidad que le han concedido sus plumas empáticas. Lo cierto es que nunca
imaginó que su gran empatía podía llevarla a dar un giro tan brusco a su vida, por
fin era capaz de dar calor sin necesidad de los chulescos fuegos de la Vitro. Mi
marido jamás volvió a preguntar por ella, creo que en el fondo imaginó que se
había chamuscado con alguna hamburguesa dejada de la mano de dios sobre ella a
un fuego extremo; yo solía cocinar las carnes demasiado pasadas, vamos, que se
me quemaban, el peculiar exterminio de la sangre en el que me emperré durante
años hizo mucho daño a la batería familiar.
“Pero, ¿tú ves lo
incongruente que eres? ¿Cómo es posible que ahora mismo te puedas estar
comiendo un filete vuelta y vuelta? ¿Qué ha pasado con tu animadversión a la
carne cruda? Estás fatal.”
Si una sartén es
capaz de convertirse en una cantante de los bajos fondos, y una tabla de
planchar me hace surfear por el comedor de casa, ¿qué no voy a ser capaz de
hacer yo?
“Mira, te voy a
dar el teléfono de un terapeuta muy majo que…”
Se oyó un gran
estruendo, alguien le había tirado a alguien media sandía llena de jugo. Días
después, salió por la tele un psicólogo confesando que entre sus casos más
extraños destacaba la atención dada a una conciencia trastornada repleta de
pipas de sandía por todo el cuerpo que ofrecía una imagen anamórfica de su masa
visible.
Y yo, en este
domingo soleado, tras tomarme el café, darle vueltas al rollo de papel del váter,
con los pelos en la cara a la espera de un buen cepillo con el que poner orden
a esta masa informe de pelaje largo, negro y desgarbado, estoy sentada frente a
la página en blanco, muerta de inquietud creativa. De ahí surgieron las pepitas
que pasean por las consultas de los mecánicos psiquiatras, que te ayudan a
quitarte los restos de jugos rojos que de tanto chorrear te nublan la vista. Y
con esta explosión catártica vuelvo a estar viva, agradeciendo a ese hombre que
me digo: “mira, chica, podías colaborar con nosotros, tengo libre el domingo…” “Ay,
pues no sé yo qué podría hacer…” “¿Y si escribo sobre lo que se me venga a la
cabeza?” “Tú misma.”
Alabados sean
aquellos que promueven al mundo creativo…que animan a las almas inquietas a no
quedar anquilosadas, metidas entre las sábanas en un domingo caluroso e inspirador.
¿Qué habría inspirado esta sandía si no llego a tener que escribir un artículo
para Héroes del pensamiento? ¿Y de la tabla de planchar? ¿Y del pobre pollo? ¿Y
de la aburrida sartén quema filetes? Pasarían sin pena ni gloria por este
primer domingo del verano. ¡A disfrutar de él amigos!
Isolina Cerdá Casado
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