martes, 2 de julio de 2013
Yo somatizo, tu somatizas, él somatiza...
Respira despacio, intenta dejar la mente en blanco, vacíate de esos miedos infundados por las malas noticias. Cualquiera diría que día tras día te están lloviendo malas noticias, hechos trágicos. No, de verdad que no, es solamente que tengo demasiados miedos, y mi mente no está del todo bien, y tanta presión mental me produce dolor físico, y mira que soy feliz, o intento serlo, o lucho diariamente para sentirme mejor, pero de alguna manera las cosas que suceden, han sucedido, y eso está ahí, siempre tienen una forma de manifestarse aunque intentes echar hacia fuera las consecuencias de esos latigazos. Me duele. Intenta no pensar que eso tiene que ver con una grave enfermedad, es la lucha que estás llevando en silencio, una lucha contra titanes ardientes y te queman a pesar de su invisibilidad. Me gustaría ahora ser la receptora de una nana, pero ya pasó ese tiempo, no es de extrañar que mi hija con sus cuatro años se acurruque en mis brazos y me pida que le cante la canción que yo le cantaba cuando era bebé. Es posible que cuando tenga cuarenta años no haya brazos lo suficientemente fuertes y grandes como para mecerla protegida de sus miedos, y se vea obligada a soñar con ese calor de antaño, cuando su mamá la envolvía con amor y toda ella era receptora de su entrega. Miles de flores caían del cielo, sólo veía paisajes bellos, era impensable un horizonte oscuro, temeroso, con expresiones terribles de dolores mentales. Pero si yo no estoy enferma, ¿por qué hablo como si lo estuviera? Hay enfermedades que no se pueden ver, coger, apercibir, pero eso no quiere decir que no existan, están ahí, rondándote, marcando sus huellas, bailando su vals, taconeándote el alma.
Isolina Cerdá Casado
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