Domingo, un objeto de inspiración: Caca de paloma en la mesa de la terraza.
Estaba sentada en
la terraza, miraba hacia el vacío, no tenía claro sobre qué iba a escribir. De
pronto una lluvia de cacas de paloma cubrieron mi cabeza con un manto blanco, haciéndome
volver a la realidad y darme cuenta de que las cosas no están claras, que el
tiempo pasa demasiado deprisa, de que cuando te quieres dar cuenta la botella
de vino tinto con la que brindabas y alejabas a tus miedos no tiene ni una
gotita de líquido carmesí, solo quedan copas vacías volcadas sobre un mantel de
flores rosas. Tus hijos han crecido, tu marido se ha ido a pescar, y estás sola
con un paño amarillo y un váter que te persigue pidiendo más atención. Decides
volver a casarte, es lo que tiene la vida, nunca se acaban las oportunidades de
pulsar el botón de reiniciar, y entonces cuando te estás tomando el trozo de la
tarta sobre la que se dan un beso inocente dos novios, tarta llena de crema y
nata descubres que mezclado entre las capas de hojaldre se oculta una hormiga y
una pinza de depilar, y por más que quieras ignorar lo que ha podido ocasionar
dicho descubrimiento: tema de descansos productivos de la repostera ultimándose
en la preparación de su rostro para un encuentro amoroso, o la imposibilidad de
acabar con todas las hormigas de la pastelería. Por más que trates de disfrutar
del momento tarta de los recién casados, esa descomposición repentina que te
entra te lleva al baño del restaurante donde decidisteis celebrar el
casamiento, y allí, dentro de un escaso metro cuadrado escuchas retozar a dos
personas, te ríes al principio, te hace gracia esa diversión de terceros, pero
no te hace tanta gracia cuando reconoces los zapatos de tu recientemente
nombrado marido, dándote cuenta de que ese descubrimiento es el inicio de tu
tercera boda. Así que te vas a dar un paseo por el parque, porque necesitas ver
una rosa con espinas, y cuando te plantas frente a ella observas que el
jardinero te está mirando con cara extrañamente deseosa, y tienes la certeza de
que ese será tu tercer marido. Pero cuando ya estás conviviendo con este hombre
de uniforme verde, en una de tus visitas al médico los informes de organismos
alergénicos te hacen ver que eres alérgica a los jardineros, concretamente a
una sustancia que emiten los poros de su piel por el calor, y ante ese hecho y
la imposibilidad de asumir los costes tremendos de tener permanentemente un
aparato de aire acondicionado encendido en casa, te replanteas la vida y decides
irte de vacaciones a Marbella y casarte con un millonario de ciento veinte
años, teniendo la certeza de antemano de que tú vas a vivir más que él. ¿Pero
qué sucede? Pues que la vida nuevamente te sorprende, y el cuarto marido no
estira la pata, eso hace que con su dinero te veas obligada a operarte y a quitarte
esos quince años que le has entregado al anciano millonario, y justo cuando has
terminado de insertar bajo la piel cuarto de kilo de botox, te divorcias, y el
jodido se muere. Así que no queriéndote arriesgar más con un quinto matrimonio,
te haces marinera, y empiezas a vivir entre aguas azules y peces grises, pero
como siendo marinera te ves obligada a comer pescado demasiado a menudo te das
cuenta de que eso no es lo tuyo. Así que vuelves a las andadas, te casas por
quinta vez y en la terraza de tu piso de Leganés empiezas a escribir el libro
de tu vida, te haces escritora, tu nuevo marido está muy contento de tener a
una mujer que escribe cuentos, aunque jamás haya leído ninguno de ellos. De
pronto tienes un antojo, lo llamas por teléfono, le dices que si te puede
comprar un croissant, y de forma increíble te manda una foto por el wasshap del
croissant que ya te ha comprado antes de que tú le dijeras que te apetecía. Esa
felicidad inmensa que te produce el hecho de que se hayan adelantado a tus
deseos y te los hayan ofrecido en bandeja de plástico transparente te hace
reconocer que todo ha merecido la pena: finalmente has conseguido un buen
marido, una persona que te quiere, y decides que es mejor que no conozca tus
andaduras matrimoniales no vaya a ser que deje de regalarte croissants recién
hechos.
Y así, casi sin darte
cuenta, has escrito tu artículo del domingo, te sientes feliz, e increíblemente
sorprendida de haber tenido un marido con más de cien años, un jardinero de
uniforme verde y de haber viajado en un barco pintado de azul y naranja por
mares increíbles. Pues eso, que feliz domingo caluroso a todos, en Madrid tiene
pinta de que frío no va a hacer.
Isolina Cerdá Casado
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