domingo, 21 de julio de 2013

Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: Caca de paloma en la mesa de la terraza. Mis matrimonios...

Domingo, un objeto de inspiración:  Caca de paloma en la mesa de la terraza.

    Estaba sentada en la terraza, miraba hacia el vacío, no tenía claro sobre qué iba a escribir. De pronto una lluvia de cacas de paloma cubrieron mi cabeza con un manto blanco, haciéndome volver a la realidad y darme cuenta de que las cosas no están claras, que el tiempo pasa demasiado deprisa, de que cuando te quieres dar cuenta la botella de vino tinto con la que brindabas y alejabas a tus miedos no tiene ni una gotita de líquido carmesí, solo quedan copas vacías volcadas sobre un mantel de flores rosas. Tus hijos han crecido, tu marido se ha ido a pescar, y estás sola con un paño amarillo y un váter que te persigue pidiendo más atención. Decides volver a casarte, es lo que tiene la vida, nunca se acaban las oportunidades de pulsar el botón de reiniciar, y entonces cuando te estás tomando el trozo de la tarta sobre la que se dan un beso inocente dos novios, tarta llena de crema y nata descubres que mezclado entre las capas de hojaldre se oculta una hormiga y una pinza de depilar, y por más que quieras ignorar lo que ha podido ocasionar dicho descubrimiento: tema de descansos productivos de la repostera ultimándose en la preparación de su rostro para un encuentro amoroso, o la imposibilidad de acabar con todas las hormigas de la pastelería. Por más que trates de disfrutar del momento tarta de los recién casados, esa descomposición repentina que te entra te lleva al baño del restaurante donde decidisteis celebrar el casamiento, y allí, dentro de un escaso metro cuadrado escuchas retozar a dos personas, te ríes al principio, te hace gracia esa diversión de terceros, pero no te hace tanta gracia cuando reconoces los zapatos de tu recientemente nombrado marido, dándote cuenta de que ese descubrimiento es el inicio de tu tercera boda. Así que te vas a dar un paseo por el parque, porque necesitas ver una rosa con espinas, y cuando te plantas frente a ella observas que el jardinero te está mirando con cara extrañamente deseosa, y tienes la certeza de que ese será tu tercer marido. Pero cuando ya estás conviviendo con este hombre de uniforme verde, en una de tus visitas al médico los informes de organismos alergénicos te hacen ver que eres alérgica a los jardineros, concretamente a una sustancia que emiten los poros de su piel por el calor, y ante ese hecho y la imposibilidad de asumir los costes tremendos de tener permanentemente un aparato de aire acondicionado encendido en casa, te replanteas la vida y decides irte de vacaciones a Marbella y casarte con un millonario de ciento veinte años, teniendo la certeza de antemano de que tú vas a vivir más que él. ¿Pero qué sucede? Pues que la vida nuevamente te sorprende, y el cuarto marido no estira la pata, eso hace que con su dinero te veas obligada a operarte y a quitarte esos quince años que le has entregado al anciano millonario, y justo cuando has terminado de insertar bajo la piel cuarto de kilo de botox, te divorcias, y el jodido se muere. Así que no queriéndote arriesgar más con un quinto matrimonio, te haces marinera, y empiezas a vivir entre aguas azules y peces grises, pero como siendo marinera te ves obligada a comer pescado demasiado a menudo te das cuenta de que eso no es lo tuyo. Así que vuelves a las andadas, te casas por quinta vez y en la terraza de tu piso de Leganés empiezas a escribir el libro de tu vida, te haces escritora, tu nuevo marido está muy contento de tener a una mujer que escribe cuentos, aunque jamás haya leído ninguno de ellos. De pronto tienes un antojo, lo llamas por teléfono, le dices que si te puede comprar un croissant, y de forma increíble te manda una foto por el wasshap del croissant que ya te ha comprado antes de que tú le dijeras que te apetecía. Esa felicidad inmensa que te produce el hecho de que se hayan adelantado a tus deseos y te los hayan ofrecido en bandeja de plástico transparente te hace reconocer que todo ha merecido la pena: finalmente has conseguido un buen marido, una persona que te quiere, y decides que es mejor que no conozca tus andaduras matrimoniales no vaya a ser que deje de regalarte croissants recién hechos.
    Y así, casi sin darte cuenta, has escrito tu artículo del domingo, te sientes feliz, e increíblemente sorprendida de haber tenido un marido con más de cien años, un jardinero de uniforme verde y de haber viajado en un barco pintado de azul y naranja por mares increíbles. Pues eso, que feliz domingo caluroso a todos, en Madrid tiene pinta de que frío no va a hacer.

Isolina Cerdá Casado

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