Domingo, un objeto de inspiración: lejía.
Ay, mi chiquitina,
estás fatalísima, bailas sobre las nubes blancas, miras abajo y sólo encuentras
precipicios peligrosos, vuelves a estar veraniega, no es sólo cuestión de
escribir, una tendría que intentar inspirarse en algo, no ponerse porque sí y
ya está. Te pones a escribir sin saber lo que quieres contar, estoy cansada,
repentinamente chisposa, esporádicamente derretida, de las orejas me cuelgan
colgajos de cera, gotas de sudor me caen a mares recorriendo las sienes, el
calor es tan insoportable como la sed y el cansancio que se inmortalizan en mi
cuerpo, neuronas atrofiadas que buscan ventiladores y limonadas bien frías con
las que refrescarse. Estamos en verano, ¿a qué viene mencionar un bote de lejía
en el artículo del domingo? ¿Tienes que limpiar algo chica? No, es que me vino
a la mente, pero en verdad tengo que limpiar muchas cosas. Voy a darme un baño
en la piscina y después vuelvo a bailar con esta mente voladora. Y volando,
volando estaban las moscas. ¿Es posible
que dos moscas incordiantes se hubieran posado en mi brazo en medio de un
soporífero acto copulativo moscantil?
¡Qué asco por dios! ¿Ves? En lugar de inspirarte en la parte más inspiradora
sexualmente hablando del incordio, y dejarte contagiar por el deseo de los
insectos, vas tú, y como buena mujer católica apostólica y culpabilísima, ves
la parte asquerosa de algo que sería maravillosamente reforzante para alguien
como tu marido, que ante un caso como éste te diría: “Cariño, hasta las moscas
aprovechan lo que en principio parece un vuelo inocente, deberías tomar
ejemplo.” ¿Y qué pasa contigo? Vamos a ver, volvamos al tema central, la lejía.
Tendría que estar desinfectada ante los pensamientos culpabilizadores
moscantiles. ¡Y dale! Ponte con el asunto de la lejía. Sí, eso. Quiero eliminar
cualquier bichejo inmundo que ande dando vueltas por la mente, causante de
algún tipo de estrés o malestar, pero ¿qué cantidad de lejía debería poner?
Creo que necesitaría un bote entero, mezclado con fregajuelos, y algo de
amoníaco para exterminar las malas ideas. Perdona, pero ni se te ocurra
mezclar, con los desinfectantes pasa lo mismo que con el alcohol, te tomas una
copa de lejía con un chupito de amoníaco y es posible que las ideas se te
nublen, no puedas respirar y explotes por dentro junto con las sensaciones
paralizantes de la conciencia. Vas caminando, crees que cada paso no es
importante, y no valoras cada segundo que pasas junto a tu familia, y tus
amigos, bueno, no es que no valores sino que no te paras a pensarlo,
simplemente lo vives. Pero de pronto, un día, ves un vídeo, de hace unos años, lo
acabo de ver, tu hija te pedía teta y te mandaba al sofá para que le dieras su
lechita, te escuchas cómo le hablabas en ese vídeo, cómo te hablaba ella, y tu
hijo, y entonces te das cuenta de que has hecho muchas cosas, muchas más de las
que crees. Que mientras decías que no estabas haciendo nada, que no trabajabas,
cuidabas de ellos con un amor y una entrega de la que jamás fuiste del todo
consciente. Y te paras a pensar, ¿es necesario ver las cosas desde la distancia
para darse cuenta de su verdadero valor? A veces ocurre, ahora mismo se me
ocurren mil momentos que mientras pasaban no parecían ser grandes momentos, o
sí, pero con el paso del tiempo cobran otra dimensión, tal vez porque al hecho
de vivirlos hay que añadirle otra circunstancia, y es la imposibilidad de que se vuelvan a
repetir. Jamás volveré a comer en una
mesa en la que estén mi madre, mi hermana, ni mi tía Conchi. Pues claro que no,
ya estamos nuevamente con el tema de siempre. Pero hoy no toca, hoy toca lejía
y detergente, a matar gérmenes dañinos que oscurecen la mirada, que nos
complican el día, que nos enturbian el ánimo. ¿A caso crees que hay algo más?
En realidad estamos diariamente perdiendo cosas, seres queridos, momentos amados,
instantes. En el momento en el que uno empieza a vivir, también empieza a
perder, y pierdes porque ganas, solo el que tiene a una madre ha podido
perderla, solo el que pierde un instante lo puede guardar en el cofre de sus
recuerdos. Y por cierto, ¿dónde te dejaste los puntos y a parte? ¿O los párrafos
diferenciados? ¿Por qué has vomitado todo esta parrafada sin más? ¿Acaso el
calor te está afectando seriamente hasta los límites de la pura formalidad lingüística?
Cuarenta años, cuarenta
copas rotas, cuarenta amantes locos y apasionados, cuarenta besos regalados al
cielo esperanzador, cuarenta bailes felices a la luz de la luna, cuarenta ladrones
a los que seducir, cuarenta noches, cuarenta siestas, cuarenta cafés con leche,
cuarenta amaneceres, cuarenta estrellas que observar y que llorar, cuarenta
botellas de vino tinto, cuarenta filetes de pollo y de ternera, y lechuga,
mucha lechuga aliñada. Y cuarenta por trescientos sesenta y cinco, por
veinticuatro, por sesenta, y por otros sesenta, son montones y montones de
segundos de vida exprimida. Un vaso de buen zumo mañanero. Y cuando uno hace un
buen zumo natural, siempre hay algo que limpiar, claro, pero para eso tenemos
la lejía, para limpiarse de los restos de mierda que irremediablemente se nos
queda pegada en el chasis de nuestra alma.
¿Ves? Al final la
lejía ha venido bien. Feliz domingo. Hoy he sido puntualísima, ¿eh?
Isolina Cerdá Casado
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