"Yo solo te digo que vueles conmigo, no te puedo decir exactamente a dónde vamos, pero sí que te aseguro que la visión va a cambiar." Me sentía tan entristecida en ese momento, mi mente estaba plagada de pensamientos negativos, recuerdos tristes de todas las vidas con las que me había cruzado en mi vida. ¿Cómo iba a imaginar que un pájaro extraño iba a poder conmigo, me refiero con mi peso, y que me iba a llevar a dar una vuelta por el mundo y ver las cosas desde otro punto de vista? Era un pájaro de madera, por dios, cuyas alas se movían por el efecto del viento y la elasticidad de unos muelles que las sujetaban a su cuerpo. Me dijo que cerrara los ojos, y que creyera, que me dejara llevar. ¿Llevar a dónde? ¡Pero si soy cincuenta veces más grande que tú! "La mente no tiene peso, querida, ni si quiera tamaño. No hay límites para volar."
Entonces empecé a comprender. Si un pájaro de madera era capaz de sugerirme que alzara el vuelo junto a él y que observara el mundo, yo también puedo ser capaz de creer que los cambios son posibles, sobretodo si dependen de un punto de vista.
El mayor de los miedos es creer que todo es inmóvil, que nada está sujeto a cambio. Y los cambios más profundos empiezan dentro de nuestra cabeza, simplemente cambiando el punto de vista, esforzándonos por ser positivos y no dejarnos apalear por los pensamientos negativos.
Así fue como decidí asentir y dejarme llevar por sus plumas blancas petrificadas. Subí en su lomo, ¿lomo?, él se hizo gigante o yo empequeñecí físicamente, la cuestión es que pude subirme encima de él. Tras ello, el palo que lo mantenía sujeto al suelo del jardín en el que me lo encontré se despegó de su cuerpo, y ambos volamos juntos. Desde el cielo podía ver a mi marido recogiendo la cosecha, y a mis hijos que se columpiaban en un parque lleno de color, y me dije que cada uno de ellos estaba feliz, haciendo aquello que habían elegido hacer. Entonces, yo, solitaria en mi meditación, acompañada físicamente por un pájaro de madera, comencé a escribir en un trozo de cartón unos pensamientos azucarados con algodón dulce rosado, y recité unos versos, y me sentí tan feliz como mi familia. Por dios, qué afortunada fui entonces, hice un poquito de aquello que me gustaba. Qué afortunada soy, capaz de volar con un pájaro de madera blanca que alguien pintó con mucho amor.
Al regresar de aquel vuelo, me preparé un café con leche, me senté en una mesa situada en un lugar privilegiado desde el que podía ver y oír los sonidos felices de mis hijos y de mi marido, y me puse a contar un cuento.
"Había una vez una mujer que se sentía perdida...Un día se encontró con un animal muy especial, que le ayudó a ver la vida de otra manera. La mujer no podía comprender cómo un simple trozo de madera con forma de pájaro podía llegar a influir en ella de tal manera que su mente se abriera y admitiera las caricias que le ofrecía el punto de vista animal, que no era más que un efecto de la vida que la rodeaba, cuya lógica no podía permitir que ella sufriera tanto sin justificación alguna. La mujer pudo comprender que la vida no está hecha para sufrir, hay que saber adaptarse, intentarlo y creer en los vuelos imposibles..."
Isolina Cerdá Casado
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