viernes, 31 de mayo de 2013

Sueños. El texto que he presentado este año al concurso literario, lo prometido es deuda.

                                  Sueños

    No quería saber nada de lo que pasaba afuera, qué más le daba, todo había perdido su sentido. Ya no se interesaba por las cosas que contaban en las noticias, no quería saber nada de lo que había pasado en aquel acontecimiento popular donde por lo visto una bomba había acabado con la vida de tres personas en Boston, una de ellas era un niño de ocho años. Ocho, esa era la edad que tenía Miguel cuando se vino a vivir al barrio, ayer habría cumplido treinta y dos, de no ser por… No, no lo quería recordar. Era mejor guardarse los recuerdos en una cajita dentro de su corazón, que nada los enturbiara, no fuera a ser que al mencionarlo se borrara un cachito de todo aquello que había compartido con él. No le importaba nada. Prácticamente estaba dejándose morir, de seguir así, tarde o temprano su corazón dejaría de latir. Nadie llamaba a su puerta, ella había silenciado el timbre, y permanecía a oscuras en la parte de la casa más alejada de la entrada: su dormitorio. No quería ser molestada por nadie; el teléfono móvil dejó de sonar tras decidir que no lo cargaría nunca más. Tenía derecho, maldita sea, era lo único a lo que podía aspirar, o al menos era lo único que deseaba: que nadie la molestara.
    Ella pensaba que un sueño nunca se podía romper, era incapaz de imaginárselo, cómo destrozar un deseo soñado, ¿acaso es posible cortar, aplastar, matar, desbaratar una idea abstracta en tu cabeza que solo tu corazón es capaz de concretar? Desde niña había creído en los sueños, y sabía que tarde o temprano se realizaban porque si uno quiere algo con mucha fuerza el universo se confabula para que sea posible. Tal vez su padre cuando le contaba aquellos maravillosos sueños en forma de cuentos, y cuando le hablaba del mundo creativo e irreverente de la imaginación, excluyó esa parte menos agradecida de los sueños: la parte en la que uno deja de soñar, y se va apagando poco a poco. ¡Claro! Ella se encontraba en ese punto de apagado forzoso, su padre no estaba, ya no estaba. Vaya, con los padres, también esa idea se había frustrado, siempre pensó que su padre nunca le abandonaría, y no es que le abandonara, es que se murió. ¿Cómo se puede morir un padre? Un padre bueno, al que quieres, de cuya boca han salido montones de palabras de amor, cuentos y enseñanzas. ¿Es que ya era lo suficientemente madura como para no necesitarle? ¿A caso no se dio cuenta de que no se lo había explicado todo? “¡Qué asco de vida!” Era la expresión que había empezado a utilizar con demasiada frecuencia de un tiempo a esta parte. Se daba cuenta de su estado de hundimiento, permanecía noche y día metida en la cama, entre las sábanas, resguardada de los rumores del mundo. Apenas unos gritos vecinales la sacaban por momentos de su ensimismamiento. Y no es que estuviera loca, es que había perdido el más pequeño halo de sus sueños, ya no resplandecía nada dentro de ellos, estaban a oscuras en su pecho, sin pulso.
     Los días transcurrían sin más, sin cosas que hacer, no se podía hacer nada metida en la cama, como no fuera silbar, y lo cierto es que nunca se le había dado bien. Su hermano ya se había encargado de restregárselo en la cara, así que acabó por aborrecer el propio hecho del silbido. No hacía más que pensar y pensar, reconocía que esa nula actividad física le estaba pasando factura. Apenas movilizaba neuronas y el cuerpo estaba empezando a cansarse de permanecer en la misma postura día tras día. Hasta que una mañana, sabía que era ese momento del día porque entraba mucha luz a través de la última rendija de la persiana, sintió una presencia. No era una cuestión de entes fantasmales o algo así, no, era como si una parte de sí misma hubiera decidido levantarse sin la otra parte. Se estuvo riendo un rato ante esa idea absurda. Se imaginaba a la mitad de su cuerpo levantado frente a la cama gritándole a la otra mitad sus harturas, su cansancio frente a esa pasiva inmovilidad. Lo más raro de todo es que comenzó a escuchar voces, sabía que no tenía que ver con enfermedades psicóticas, las conocía bien, sin embargo no podían ser más que producto de su propia imaginación o fruto de sus contradicciones internas.
    Se preguntaba por la relación de los sueños con las tragedias o con los hechos tristes. Ella tenía un sueño y persiguiéndolo ocurrió algo que no esperaba, las luces se convirtieron en sombras, y ya no pudo seguir soñando. Era eso papá, era eso lo que no me llegaste a decir: que la vida está llena de obstáculos que te impiden alcanzar aquello que crees que te va a dar la felicidad, como un sueño por ejemplo. Pero en el fondo ella lo sabía, sabía que la vida no era fácil, porque el sueño estaba inmerso en el propio impulso para alcanzarlo. Cuando era niña, su padre le contaba un cuento cada noche, tanto ella como su hermano siempre esperaban la llegada de ese momento; pero a la vez que su padre se inventaba una historia, dentro de él bullían problemas mundanos que silenciaba para que no entorpecieran ese ratito tan especial con sus hijos. Luego él luchaba cada día, defendiendo la importancia de los sueños aun a pesar de que los suyos propios se tambalearan en la cuerda floja.
    Miguel era un buen amigo, de esos amigos de los que uno habla con orgullo sincero, porque has compartido con él momentos claves de tu vida. Los buenos amigos siempre están ahí, se convierten en una especie de presencias celestiales que te acompañan, también a ellos te los imaginas inmortales, casi como a un padre o a una madre, o incluso a un hermano. Pero de pronto, sin esperarlo, sin estar preparada, sin haberte dejado tiempo para hacerte a la idea, la vida se lo lleva y te deja desnuda, inválida emocionalmente, totalmente vulnerable ante el sinsentido, y es ahí, en ese momento cuando se empiezan a quebrar los sueños, y las ideas abstractas que se concretaban dentro de ti desaparecen, se esfuman con los vientos de la tristeza. Y en el momento que recibes la llamada, a la vez que te están diciendo que tu mejor amigo ha muerto en un accidente absurdo, tú ya lo empiezas a tener claro, no deseas seguir viviendo sin que él esté en este mundo. Y ya lo sabes, todo se acabó, la noche se convertirá en eterna también para ti, irás desapareciendo poco a poco, metida en tu cama, envuelta en la oscuridad que ya ha impregnado todo tu ser.
    Pero lo que ocurre es que ni si quiera podía planificar un final, porque la vida siempre te sorprende, para bien o para mal. Y de nuevo estaba sorprendiéndose al ver a esa mitad suya que se rebelaba ante esa prisión incondicional impuesta por los barrotes de su profunda pena. ¿Cómo podía un brazo moverse sin su otro brazo? ¿Y cómo podía gesticular su rostro sin tener al lado su simetría? ¿Qué pretendía esa pierna colgada de la mitad de la cadera sin ser consciente de que en cualquier momento podría perder el equilibrio y caer de bruces contra el suelo? O contra la cama, que casi era peor, porque caería sobre ella, bueno, sobre la mitad de ella, sobre sí misma, su otra mitad. Entonces, desde la oscuridad tremebunda y silenciosa su ojo triste miraba a ese otro ojo lleno de fortaleza, y encontró en él cierto parecido a esos ojos de su papá, que siempre la envolvían con ternura y cariño cada noche, y cada día. Y ese ojo empezó a hablarle de los sueños, reconociendo en él la mirada paterna llena de estrellas que la iluminaban. Entonces quiso no mirar, tenía miedo, su padre hacía más de cinco años que había muerto, pero parecía estar en esa mitad que se negaba a deshacerse entre las sábanas. En esa lucha terrible por no mirar percibió media sonrisa que siendo suya, estaba formada con la media boca rebelde y para su sorpresa encontró cierto parecido a la sonrisa de su gran amigo. Miguel siempre se reía de todo, era capaz de sonreír hasta en los momentos más inverosímiles, cuando su madre, la de Miguel, se rompió un brazo intentando matar a un mosquito, éste no pudo dejar de reír en unos cuantos meses; y siempre lo contaba de la misma manera: “Mi madre ha querido matar a un mosquito a batacazos con su brazo y el mosquito sigue vivo, aunque su cacería no fue del todo mal: ¡se cargó a su brazo! Jajaja…” También se acordó de aquella vez que se le murió un pollito. Ella, toda triste y disgustada le contaba lo que había sucedido. Queriendo que el pollo que su padre le había regalado estuviera al sol, calentito y a gustito, lo sacó a la terraza metido en una cajita de plástico transparente con rejitas por la parte superior, con su agua y su comidita. Lo sacó por la mañana, a la fresca, cuando el sol no calentaba en demasía, y al volver del instituto, se lo encontró muerto por lo que parecía ser una insolación y ella no podía dejar de llorar. Sin embargo, en cuanto se lo contó a Miguel, éste comenzó a troncharse de la risa: “Mi querida amiga, no debes sentirte mal, desde luego frío no pasó. Además que tu intención era buena, no pretendías asarlo con plumas y todo, pero el pobre pollo viendo el triste futuro que lo esperaba decidió programar el horno con ciertos años de antelación. Jajaja…” Sí, no había duda, era la sonrisa de Miguel. ¿Pero cómo era posible semejante cosa? ¿Acaso se habían puesto de acuerdo su padre y su mejor amigo para volver del más allá a fastidiarle? ¿Querían que su vida se tornara más lúgubre de lo que ya lo era sin tenerlos a ellos en el mundo? ¿O tal vez lo que sucedía era todo lo contrario?        
    Empezó a darse cuenta de una serie de cosas. A pesar de las desgracias ocurridas, a pesar de esas ausencias que tanto la entristecían, había algo dentro de ella que la empujaba a levantarse, algo que estaba en su interior más profundo, tal vez en el mismo lugar donde residían esos sueños benditos que tanto sentido daban a su vida. Entonces lo vio, lo que quedaba de ellos, de Miguel y de su padre, estaba ahí dentro, en ese lugar mágico donde baila el alma triste. Ahí suenan las melodías de su recuerdo, en su mano estaba recordarlas y hacerlas inmortales. Por la mejilla de la mitad encamada empezaron a caer lágrimas, el ojo encharcado no podía retener toda esa cantidad de pena acumulada; vio que también del ojo que la miraba desde fuera de su tristeza brotaban lágrimas sin parar. Sintió que su brazo triste, ayudado por su pierna triste se desprendía de aquel aglomerado de ropa que cubría su medio cuerpo triste. Y entonces toda ella se unió, como un gran bloque de piedra hecho de masa de sueños y de amor. Se sentó a los pies de la cama y lloró.
    Y en ese silencio mantenido durante días, en ese silencio al que se amarró con fuerza después de haberse tenido que despedir de su amigo del alma, cuando sintió que ya nada le importaba, se agudizó su sentido auditivo de forma extraordinaria, y empezó a escuchar los rumores de la vida, sentía gritos, alguien la llamaba, golpes en la puerta que se intensificaban. Pero ella era incapaz de moverse, no podía, no le era posible mover un músculo, todavía no sabía cómo había logrado sentarse a los pies de su cama, notaba que tenía las mejillas húmedas, esa humedad le bajaba por el rostro y recorría su cuello, parecía que la iba a estrangular. Se oyó un gran estruendo, tan terrible que la hizo temblar de miedo, pero entonces reconoció su nombre, la estaban llamando con desesperación, con un desaliento que ella misma era capaz de reconocer. Su madre entró en la habitación, se sentó junto a ella y la abrazó con fuerza, estuvieron enlazadas un buen rato. Sentía que su mamá le secaba las lágrimas, la apretaba contra su pecho; ambas mujeres lloraron juntas. Los bomberos esperaron en la puerta, petrificados por la intensidad emocional de aquel encuentro, finalmente las dejaron solas en esa delicada fusión.
    Tras haber tocado fondo, los sueños de Margarita volvieron a su lugar, retornó el sentido a su vida. Se dio cuenta de que había aprendido muchas cosas, que esos seres queridos que se habían ido para siempre estaban con ella, dentro de ella, y que mientras ella viviera, ellos también vivirían. Se hizo escritora, que era lo que su padre quería ser, así que su sueño realizado fue también el sueño de su papá, y aquellos cientos de cuentos que cada noche les contaba su padre fruto de su creatividad encontraron su camino en los cuentos que ella misma llegó a publicar. Eso sí, antes de publicarlos se los contaba a sus hijos y le mandaba a su hermano un correo con el cuento en cuestión. La risa de Miguel siempre hacía su aparición en esos momentos en los que era mejor reírse que llorar, y agradecía cada minuto de su vida que había podido pasar con él.
    No le llegó a contar a nadie aquella visión tan extraña de su cuerpo partido en dos mitades, ni de cómo la media boca le hablaba a su otro medio cuerpo. Se limitó a guardárselo en un cofre en el que metía las cosas extrañas e inconfesables que le habían pasado en su vida. Como nunca jamás quiso contar aquella extraña aparición, cuando apenas tenía siete años, de un duende maravilloso llamado Duendolín que la enseñó a cuidar los cuentos como se merecían los personajes que salían en ellos. No quería que pensaran que Margarita estaba loca. 
   

      

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