miércoles, 15 de mayo de 2013

Empezamos por geranios y acabamos con la fugacidad del tiempo vivido, esto es de locos.

    Hoy es miércoles quince de mayo, hoy me animo a escribir nuevamente aun a pesar de disponer de poco tiempo. Le doy vueltas al tema, en realidad no sé sobre qué escribir, y si tengo duda tal vez no debería ponerme manos a la obra. Sin embargo, buscando buscando me asomé a la ventana, la que da al patio interior, y me fijé en él, en mi geranio, bueno, en el geranio de la ventana de mi casa. Sus flores han estado así de preciosas durante todo el invierno, no han tenido meses de parón, han estado luciendo ese rosa hasta en los días de nieve, que alguno ha habido, o los días de frío intenso y lluvia cansina. Y hoy, mientras fregaba el suelo de la cocina, tenía la ventana abierta y también estuve admirándolo, tenía una pregunta cociéndose en mi mente, cómo era posible tanta belleza conservada, ¿estaba en el lugar adecuado? ¿sentía que era receptor de los cuidados necesarios? ¿le venía bien el hecho de estar solo en la jardinera? (En sus orígenes compartía habitáculo con unas cuantas plantas aromáticas, pero pronto sucumbieron y él siguió adelante)

    Luego recordé los muchos restos de grano de café molino reciclado que le he ido poniendo a lo largo de los días, y me preguntaba si tal vez era cierto eso de los antioxidantes del café. Pero hoy, hoy no estoy chisposa, no tengo a las musas bailando cerca, todo lo más que tengo son estados pasajeros de inspiración, demasiado breves como para poder hacer algo con ellos. 
    Aunque eso no quiere decir que no hayan sucedido cosas en el día de hoy dignas de ser tenidas en cuenta, como lo que pasó ayer, en esa tarde de rayos y truenos, fue una tarde de tormenta en Madrid, a un señor de 42 años le atravesó un rayo, por suerte no fue el rayo sino una especie de afluente y aunque está grave todavía vive. Se fue a refugiar, según dicen, debajo de un árbol, y se puso a hablar por teléfono. El árbol atrajo al rayo y el señor al afluente debido a la corriente del móvil. A mí los rayos no me dan miedo pero empiezo a temerles casi tanto como a las arañas, ante las que toda mi fortaleza se viene a bajo, igual no es tanta la fortaleza de la que dispongo, en fin. 
    Ayer también hubo algo maravilloso, una imagen que me emocionó hasta el infinito, dos niños mellizos, que tras el nacimiento son colocados uno al lado del otro, y ellos, frente a este mundo extraño que les recibe se dan la mano, apretándose tanto que parecía más un reencuentro que un encuentro. Y es que claro, estuvieron muy cerca durante nueve meses, separados por una bolsita, escuchando la música de sus corazones. Uf, fue algo increíble, sentir ese gesto, parecían estar diciéndose el uno al otro que seguían teniéndose, que con toda la vida que tenían por delante ese amor fraterno ya había fraguado en ellos y tenían un aliado para el resto de sus vidas. Vidas fugaces como el tiempo, fugaces como la sonrisa, como la pena, como el cansancio. Para bien o para mal todo es fugaz, volamos incluso cuando tenemos la sensación de que no somos capaces de caminar. ¡Qué cosas!

Isolina Cerdá Casado






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