sábado, 20 de agosto de 2016

Cadenas invisibles y lazos de esparto

    De pronto se encontró perdida en la selva. Un mundo lleno de sorpresas llevadas a cabo por las maravillas de la naturaleza. Pero ella no tenía la capacidad suficiente para apreciar su valor, no había tenido la oportunidad de ser abrazada por él. Se sentó en el suelo, un trozo de suelo despejado, sin dolor, sin verde, sin palabras bruscas ni miradas acusadoras, y allí se encogió toda, replegó su cuerpo todo lo que pudo, sus rodillas pegadas a su cara, los brazos envolviendo toda la parte de sí misma que podía ser abarcable por unas extremidades temblorosas, la melena negra cayendo sobre sus pies dormidos. Al principio los pobladores de la selva la miraban desde la distancia, poco a poco se acercaban a ella, se atrevían a pasar a su lado, incluso alguno la rozaba. Ella solo quería protegerse ante un mundo desconocido. No quería verse arrollada por las prisas, ni deseaba ser atropellada por ningún loco caminante, tampoco quería ver cómo se destruían los unos a los otros. Cerró los ojos y se quedó esperando a que los vientos cambiaran.Tal vez no era solo cuestión de esperar, lo mismo el mundo que la rodeaba esperaba verla en toda su esplendor de mujer fuerte y vital. El mundo no sabía de las cadenas invisibles que como mujer debía soportar, no, no sabía nada de los lazos que la aprisionaban, de las palabras que la amartillaban. Era una selva, lo que para una occidental que camina entre bloques de hormigón supone una selva. Todo eran miedos, monstruos con pinchos disfrazados de tiernos amantes. Debía levantarse, debía caminar. Cadenas invisibles y lazos de esparto. No estaba sola. Todas, todas estaban atrapadas.Una noche algo pasó. Un grito que se formó con la suma de millones de gritos, un grito poderoso, un grito liberador. Todas gritaron al mismo tiempo. El grito se fue haciendo más fuerte. Era un grito sobrecogedor y paralizante. Ese grito la hizo levantarse, ese grito la impulsó a seguir viviendo. Cada vez que un monstruo levantaba la mano, o intentaba clavar un cuchillo o aplastar la cabeza sin piedad, el grito entraba por los oídos del salvaje, se apoderaba de él y todo el mal que quería verter sobre el corazón de la mujer se volvía contra él, para que supiera del dolor, para que fuera conocedor de esos pequeños gestos que mataban como grandes errores salvajes que esparcen sangre. 

Isolina Cerdá Casado
    
     

viernes, 19 de agosto de 2016

El espejo.


Su pelo parecía una masa estropajosa gigantesca, era un cuerpo delgado con unos pechos enormes, al verse en el espejo sintió nauseas, que no era porque no se gustara así misma, ni porque pensara que se trataba de una imagen aberrante, ni si quiera pensaba en lo que pasaría por la cabeza de su pareja cuando la viera con esa imagen, no, ella sentía que no se reconocía ante el espejo. Se preguntaba quién era esa mujer. Se veía excesivamente alta, más de lo acostumbrado, sentía que la imagen que le devolvía el espejo no era la suya. ¿Era posible que el espejo se hubiera equivocado? Tal vez lo había pillado en un mal momento y entre todas las imágenes disponibles aquel espejo del baño tomó la que más cerca estaba de ella. Era cierto que ese pelo era suyo, pero era el pelo que tenía cuando tenía diecisiete años, tras someterse a un tratamiento regular de alisamiento había conseguido terminar con el encrespamiento. Delgada, lo que se dice delgada ya no era, tras sus embarazos su cuerpo había experimentado una transformación dolorosa, un montón de kilos se habían quedado instalados en su cuerpo y nada podía hacer con ellos mas que aprender a convivir con ellos. Los pechos sí eran suyos, claramente, aunque no recordaba que estuvieran tan levantados, en realidad en otra época había sido la envidia de su mejor amiga, su inseparable no disponía de semejantes protuberancias. Y era obviamente una envidia sana, eso es lo que dicen los que se mueren por tener lo que los demás tienen y no valoran. La verdad es que para ella sus pechos siempre fueron un incordio. ¿Pero qué le estaba pasando? ¿O qué le pasaba al espejo? ¿o eran sus ojos? ¿su mente traicionera? Fue corriendo hasta el umbral de la puerta, sus hijos dormían, existían pues, estaban vivos, así que todo lo que pensaba que era su vida era cierto, ese cuerpo no era suyo, ella no era ella. ¿O se trataba de un mensaje a través del tiempo? ¿Iba a empezar a contarle algo esa otra yo? ¿Algún mensaje desde el pasado? 
Se puso a pensar si esa otra yo que se miraba al espejo hacía más de veinticinco años estaría dispuesta a contarle algo. Pensó y pensó, trató de ponerse en su mente, esa mente joven de antaño, llena de sueños y de propósitos, y se acordó de los hijos que quería tener, de su sueño de vivir de su trabajo centrado en la creatividad, de su gran creatividad que no se había resentido por el paso de los años. Estuvo tentada de ponerse a bailar porque se dio cuenta de que esa otra yo que se le presentaba aquella mañana solo podía sonreír, porque lo que esa joven greñuda podía pensar de la mujer de pechos caídos era simple admiración, por no rendirse, por su tesón, porque aunque habían aparecido grandes obstáculos no habían sido lo suficientemente profundos como para rendirse y tirar la toalla, porque esa mujer oronda era feliz e inteligente, tenía un alma limpia y llena de arte por eclosionar. Poco a poco a la imagen de la mujer que le devolvió el espejo el pelo se le fue alisando, el cuerpo se le llenó de marcas de vida y de volumen y rebajó unos centímetros su altura. Lo único que no cambió fue su mirada, en ella estaban todos sus anhelos intactos. 
Se lavó la cara y los dientes, se volvió a mirar con coquetería y se guiñó un ojo. Preparó un café y se puso a trabajar en el nuevo proyecto creativo.

Isolina Cerdá Casado


martes, 16 de agosto de 2016

Avanti.

-Recoge, venga, nos vamos ya. Es la hora.-Le dijo con toda la delicadeza que pudo su amigo Martín.
"No voy, ve tú, yo me quedo aquí."
-Anda, no seas así, a mí no me espera nadie, además tampoco me pasa nada, no necesito hacer nada, yo estoy bien, tú no.-trató de convencerlo para que saliera por la puerta, pero él no quería, tenía miedo, era lo que le pasaba, tenía miedo a todo, tal vez le habían presionado demasiado y le daba pavor fracasar. 
Qué era el fracaso, ¿qué significaba exactamente? ¿Quién era el responsable de que dicha palabra adquiriera tal profundidad en el desarrollo del bienestar emocional? Se daba cuenta de que tendría que intentar no fracasar aunque no sabía muy bien por qué. Todo era relativo, siempre lo era. Intentarlo es atreverse a ser valiente.
Estaba sentado en el sofá cama del salón que solían ocupar las visitas que se alargaban noches enteras, tenía un café con leche entre las manos, movía la cucharilla de forma automática, sin ningún propósito más que el de entretener sus manos. Le gustaba tomar el café con la leche muy caliente, para él era un momento de relax justificado mientras el líquido conservara un resto de temperatura. Normalmente lo acompañaba con unas pastas. Martín seguía ahí, de pie, mirándolo, había cogido las llaves e incluso la cazadora de piel negra que tan bien le sentaba a Roberto.
Pero el café seguía caliente, Roberto no lo iba a dejar enfriar en el fregadero, la taza contenedora del café era de porcelana blanca con flores rojas, la había heredado de su madre, con otras cinco más, cada vez que se tomaba un café en ella y la sostenía entre las manos, recordaba algún momento que había compartido con ella. Se trataba del Teatro Español, un sueño.
Su madre le había animado a seguir su camino. Sorbió por última vez, ya no quedaba ni una gota de miedo. Se levantó, agradeció a Martín su impulso y se fue al casting. No esperaba nada, pero tenía que ir. 

Es lo mejor,
no esperar nada,
así cuando llegue algo
te sorprenderá gratamente,
una lluvia fresca para el alma.
La cuestión es tocar una puerta tras otra.
Seguro que alguien está esperando oír tu llamada.
También es posible que primero tengas que oírte tú mismo 
y creer, creer que tú eres capaz de abrir la puerta y entrar.
Avanti.


Isolina Cerdá Casado





lunes, 15 de agosto de 2016

El alma.


¿Por qué tal día como hoy pienso en eso? De pronto empecé a ver una sucesión de rostros sin vida, rostros de personas que había conocido, de personas que habían caminado conmigo, a mi lado, transitoriamente o desde siempre, y entonces tuve un lapsus, me quedé parada, bloqueada mentalmente, un instante de vacío y silencio. Cuerpos sin vida, sin alma, lo que los hacía especial había desaparecido, y lo que amaba, admiraba o simplemente respetaba, ya no estaba, sí estaba su cuerpo, su físico enfermo, pero el verdadero pulso vital se había ido.
El cuerpo es el contenedor de un alma, ella lo posee y le da sentido. Pero, ¿a dónde se va el alma cuando sale de él?
Se queda, está en otras almas, el alma no se va, no muere, un trozo de ella se queda, se reparte entre las personas que caminaron con ella, que la abrazaron, que la supieron ver en profundidad, más allá de un cuerpo físico.
Cuando mi mamá murió escribí un texto, en él decía que ella no se había ido realmente, que seguía aquí, que estaba en nosotros. 
Pero he de reconocer que el alma que encarna un cuerpo de vez en cuando echa de menos abrazar a otra alma encarnada en su propio cuerpo, entonces escribe: echo de menos el calor de tus abrazos carnosos, el tacto de tu mejilla angulada, tu pelo blanquecino y grueso, tu regazo envolvente, tu manita sin dedos, tu mirada.

Isolina Cerdá Casado 




sábado, 13 de agosto de 2016

Qué sabía él.


Y qué sabía él de lo que le iba a deparar la vida. Pues lo mismo que todos, nada. Nada de los besos con aliento a vieja, nada de los apretones impulsivamente cariñosos en la mejilla, nada del calor de un regazo cariñoso. Y aunque todo lo que encontró no le resultó agradable, la mayoría de las sensaciones fueron un regalo de vida. Le gustaba mucho el olor a tierra mojada que lo impregnaba todo tras una lluvia de esperanza. Lo tierno de tener a un bebé recién nacido entre tus brazos, la misma ternura que percibía el bebé inspirador. La mirada cruzada llena de deseo, o de impulso juvenil, o de sensaciones nuevas que jamás antes se permitió. Tampoco podía olvidar la mirada del enfermo, él, que nunca había enfermado, él, que jamás había ingresado en un hospital ni para enyesarse una articulación de niño travieso, que lo fue, y mucho. Ahora, que la veía a ella temblar de miedo, no podía expresar su dolor, porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida, una mujer que le acompañaba en todas sus afrentas, en sus batallas, que comprendía sus momentos de evasión en solitario. Ahora, cuando estaba solo, no liberaba el alma, bueno, un poco sí, aprovechaba para llorar, dejaba caer las lágrimas, acercaba la taza de café a sus labios y siempre le caía alguna pena mojada en él. El dueño del local sabía que no iba al bar buscando conversación, ni para llenar horas de hastío, ni para entretener el alma con alguna partida de mus, Roberto solo quería llorar tranquilo. Esa noche Matilde no podía descansar por el dolor, ya le había pasado antes, pero esa noche lo vio claro, su mujer estaba verdaderamente mal. No había perdido la esperanza, eso nunca, cuando ella apareció en su vida lo hizo en el momento más oportuno, cuando apenas un hilo de luz entraba por la ventana. Matilde fue su esperanza, no podía fallarle ahora. Ese día el café estaba más salado de lo normal. Pero no tiraría la toalla. Decidió añadir azúcar. Antes de subir a casa compró kilos y kilos de azúcar, sabía que Matilde no podía tomar azúcar en exceso, pero él solo quería rebozarla, llenarla de esperanza, de fuerza. 
Qué sabía él de la alegría, la verdadera alegría energética, la que proporciona la esperanza, la que da la curación, porque Matilde tras esa noche floreció, flores de colores. Comprendió que la palabra milagro existía porque en ocasiones sucede, se produce, se crea, se fuerza el milagro. Pero qué sabía él de todo aquello, solo era un hombre.

Isolina Cerdá Casado

viernes, 12 de agosto de 2016

Matriarca, bye.

No pasa nada, tienes la sensación de que no está pasando nada, y sin embargo sí pasa, pasa mucho, siempre pasa mucho, siempre está pasando algo, en un instante mil llantos, mil risas, mil carreras, mil bromas, mil miradas al mundo, mil cruces de palabras: mil por mil, vida.

La mujer que no se podía mover, la que necesitaba de las manos de Berta, la que no era capaz de caminar hasta la ventana para echar un vistazo a la calle desierta, esa mujer que ya no controlaba ni el cuerpo ni las palabras, murió. Cinco hijas y solo una se compadeció de ella, cinco hijas y solo una la estuvo acompañándola hasta que el otro día se despidió para siempre de la única hija a la que lanzaba sus esputos con palabras hirientes. Eso era así porque en realidad era la única que estaba a su lado y la escuchaba. Berta siempre había tenido un corazón inmenso, tanto que en ocasiones le impedía caminar, por el peso, tener que cargar con tanto sentimiento le resultaba muy difícil en determinados momentos, ella no sabía porqué le pasaba eso, pero cualquiera que la hubiera tratado un poquito concluiría a ciencia cierta: "A esta mujer le pesan sus emociones". No es algo malo necesariamente, su grandeza le permitía disfrutar de pequeños placeres que pasaban desapercibidos para el resto de los mortales. Si alguien se iba de viaje y le preguntaba qué le podía traer, ella pedía una piedrecita contenedora del viento, la tierra y el impulso del que se la ofrecía. 
    Berta era una diminuta gota en medio del mar, cerca de la orilla, expuesta a quedar posada en una roca y desaparecer en una caricia de sol, dejando apenas un rastro imperceptible de sal. 

Isolina Cerdá Casado


jueves, 21 de julio de 2016

Escritura creativa: La boda pistacha de Julia.


El reloj rosa indicaba que iba a ser un día ajetreado, no iba a ser puntual, otra vez. ¡Las doce y cuarto! Llegaba tarde, no podía ser que el tiempo corriera tan deprisa, era increíble, pero si apenas se acababa de levantar, llevaba unos días rara, eso pasa de vez en cuando, la rareza vital: estás rara, estoy rara, está raro. Se sentía así, pero jamás imaginó que su rareza le podía afectar tanto a la percepción del tiempo. Tal vez se había apretado mucho la goma de pelo con el lazo blanco, abusaba del pelo recogido, su prima se lo decía una y otra vez: "Con lo bonito que tienes el pelo, ni una cana Julia, eso no es algo frecuente a tu edad, sabes que yo llevo tiñéndome años y me fastidia que tú con ese pelo negro no lo dejes volar al viento, además que estás más guapa con el pelo suelto, seguro que si te soltarás el pelo más a menudo ya habrías conseguido un buen marido." Ella no entendía ese empeño de su prima por conseguir un buen marido, ¿a qué se refería exactamente con lo de buen marido? ¿Qué es un buen marido? ¿El que es capaz de arreglar una lavadora con un tubo de pegamento comprado en un Chino? ¿O el que pone una lavadora sin echártelo en cara veinte veces? ¿Qué le pasaba hoy con las lavadoras? ¿A caso tenía un bañador metido dentro de ella que le mandaba mensajes subliminales? "Lávame, lávame de una vez, estoy acartonándome junto a la toalla?
    Respecto a los maridos, ella estaba muy bien como estaba: dibujando y comiendo pistachos. Comía tantos pistachos y se acordaba tanto de su prima, que en ocasiones veía maridos apistachados,y fantaseaba con ellos, e imaginaba maridos con ojos achinados, bocas de finos labios y orejas ahuecadas, y el pelo, oh, sí, el pelo al viento, los cuatro pelos negros sueltos, sin una sola cana.
Ella siempre había soñado con un marido hecho a base del mejor y más saludable fruto seco: el pistacho.





Y sin esperar la opinión de su querida prima, decidió que ya era hora de casarse, así que le pidió que se casara con ella, el marido apistachado asintió a su propuesta sin dudarlo ni un segundo, entre otras cosas porque no podía cambiar el gesto, organizaron una boda espectacular, ella accedió a la petición de su marido: no incluirían ningún plato con pistachos en el menú del restaurante en el que celebrarían la gran boda pistacha. 


    Y colorín colorado un extraño cuento les he contado, con unos cuantos ingredientes que en una foto he inmortalizado: una goma de pelo, un tubo de pegamento, un rotulador permanente, una servilleta superabsorbente, un montón de pistachos y un reloj rosado que mi hija dejó olvidado.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 20 de julio de 2016

Cambios


    Hay momentos en los que parece que la vida es una cuesta arriba continua e interminable, no sé por qué, pero ocurre. Y no es interminable, puede que arriba haya unos cuantos amigos esperándote para tomar una caña. Pero si lo piensas no es algo inevitable, lo de la cuesta arriba me refiero, bastaría con darse la vuelta y en lugar de subir, bajamos. O girar, noventa grados, a la derecha, cruzar la calle, sentarte, respirar. La opción más interesante sería coger un patín, y lanzarse nuevamente hacia abajo, tal  vez de esa manera podríamos apreciar los detalles del camino que pasamos por alto por correr tan deprisa. A lo mejor son los zapatos: cámbialos, tal vez con un poquito de tacón irías más segura; a lo mejor es por la sensación de frío: ponte un abrigo. No lo sé, pero si te está costando tanto tendrás que cambiar algo. Yo ya tengo el patín.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 17 de julio de 2016

Inspiración

Hoy no lloran los ojos, el alma se ha tranquilizado, dichoso el tiempo sanador que con su transcurrir abraza la pena y le ofrece alivio. En ocasiones buscas la calma y por más que lo haces no encuentras nada. Y resulta que todo era una gran equivocación, no podía buscar nada, ella tenía que venir a mí y abrazarme silenciosa, llegar sin ser vista, solo un halo de tranquilidad me daría una pequeña pista de su proximidad. Así es como sucede muchas veces, llegan las buenas cosas sin darnos cuenta de cómo llegaron, lo mismo que desaparece la calma, se marcha lejos y no sabemos en qué momento ocurrió pero de pronto lo ves: se fue todo al garete.

Isolina Cerdá Casado 

viernes, 15 de julio de 2016

Paz


Yo solo quiero eso, paz, ya sé que yo no vivo sola en el mundo, es posible que no le importe a nadie de los que actúan así, como repartidores de dolor, menos aún a esos que se abanderan en una ideología religiosa y que justifican esa violencia. Supongo que antes me sentía tranquila ante la barbarie, pero todavía recuerdo la forma de relatar aquel choque de aviones contra las torres de Nueva York, yo salí del tanatorio, mi abuela estaba muerta, se fue de este mundo en algún momento de la noche del once de septiembre del año 2001, yo entonces tenía la sensación de que estaban relatando una película, pero no, era real. 
A partir de ese atentado han habido otros que también nos han tocado, ya antes se produjeron en otros países que nos resultaban lejanos, sin embargo cuando esto ocurre en países próximos, y en tu propio país, te tiembla todo. Yo creo que el que actúa así no teme perder nada, justifica sus acciones injustificables.    
Ellos olvidan que la vida ya es muy cruel e injusta, ellos no saben que los que corren, los que gritan, ya tienen sobre sí mismos los propios gritos que les saca la vida. Cuando has despedido forzosamente a familiares que han sido víctimas de enfermedades implacables, y te has llenado de fuerza, y has seguido luchando, cuando sabes que esa lucha la emprenden día a día montones de personas, sabes, conoces lo duro de un tratamiento de quimioterapia, sabes el esfuerzo vital por seguir, sabes del llanto, de la lágrima, del grito. No puedes dejar de preguntarte por el sentido de este horror. ¿Se hace por un Dios o quieren desafiarlo? ¿Creen que no hay una lucha diaria por vivir? ¿A caso no piensan que los niños son ángeles puros y sin ningún tipo de maldad? Vive y deja vivir, mi perrita mira al cielo, ella es ajena a todo, mis hijos se levantan y ven las noticias y preguntan, ¿por qué? Y no se puede decir nada, no lo entendemos, no se puede buscar razón en la sinrazón. Lo sé, yo lo sé todo, bueno, no todo, solo algunas cosas. Sé que quiero vivir en paz, sé que no me gusta que haya niños flotando en las orillas del mar, sé que no me gusta que haya llanto provocado por la irracionalidad. Las fotos de Siria, del antes de la guerra y el después. No me gusta. Montones de niños muertos, ya, lo sé, no es la primera vez, sí, ya lo sé, todo acto terrorista arrastra injustamente a muchas víctimas inocentes. ¿Y qué puedo decir yo? ¿Que me duele? Nos duele a todos. ¿Que es injusto? Siempre lo es. 
¿Qué quieren en realidad? ¿Morir? ¿Matar? ¿Que muramos todos? ¿Cuál es el objetivo final? Una explosión gigante y adiós al mundo, adiós a los niños, adiós a la esperanza, adiós al mundo maravilloso y cruel, adiós a la vida, adiós a una madre, adiós a unos hijos, adiós al amor, adiós a un mar en calma...
El televisor iba cambiando de una imagen a otra, el fondo de la pantalla siempre era el mismo, unas palmeras, un camión, un montón de gente ajena al peligro que se avecinaba y de pronto, gente corriendo despavorida, llena de miedo, cogiendo en brazos a sus hijos, a su familia. Ya me había tomado el café, qué bien, puedo tomar café en mi casa, tengo casa y cafetera, y luz, y una perrita que me mira desde la terraza, y mis hijos duermen en sus camas, tienen camas y pueden desayunar leche con galletas. Muchos refugiados no pueden hacer esto, hasta hace poco mi normalidad era también la suya.  
Necesitamos paz, no queremos armas, no queremos que se hagan, ni que se vendan. No queremos odio irracional, odio que conduce camiones, odio que pilota aviones, odio que explosiona sobre sí mismo y lo embrutece todo.

Lo siento, hoy por Niza, ayer fue París, antes Siria, España...lo siento mucho.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 13 de julio de 2016

Miércoles, un objeto de inspiración, bueno más de uno: ropa amontonada y zanahorias.

Esto ya es el colmo, busco la inspiración en un montón de ropa pendiente del planchado y en una fila de zanahorias de diferentes tamaños y grosores. Una de las cuales, por cierto, la del centro concretamente, debe estar ya absolutamente oxidada porque quiso posar con el mejor naranja escondido en su piel curtida y para eso se peló con un cuchillo de fino filo, la mano de la mujer que la rasuró temblaba. 

-¿Quieres que te pele para posar?-le preguntó la señora Matilde aún a sabiendas de que tras el rasurado iría directa a la olla o a una sartén mezclada con cebolla y ajo y algo de carne roja que después bailaría con el cucús. 

-Sí, absolutamente sí, estoy cansada de esperar metida dentro de una bolsa junto a otras zanahorias aburridas, en un cajón no frost que eterniza mi vida y hace que me pregunte si tiene sentido todo esto.

-Pero querida-dijo la señora Matilde algo asustada ante semejantes pensamientos procedentes de un cerebro que creía inexistente en un tubérculo anaranjado y en sí mismo, por formar parte de los seres vivos condenados a morir en el estómago de algún humano que come sano o de algún conejo inquieto y respingón, y que no piensa por sí mismo-¿Cómo vas a posar para una foto de esa guisa, pelada hasta las trancas? ¿Eres consciente de que no volverás a la nevera?-continuó con sus argumentos la mujer, que por cierto estaba falta de rasurarse ella misma, es decir, de una depilación como Dios manda, ¿o no lo manda Dios? ¿Quién lo mandaba entonces? 

-Estoy cansada, Matilde, echa la foto que me voy.

Y así fue como la inspiración llegó hasta el cerebro de la señora Matilde. Que con tal de evitar el planchado de un montón de ropa interminable se puso a escribir bajo una dudosa necesidad expresiva, tomando como excusa el cansancio vital de una zanahoria con inquietudes. ¿No sería en realidad que ella misma estaba metida en un cajón no frost y rodeada así mismo de un montón de zanahorias que parecían felices y que no cuestionaban el sentido de su vida? 
Sí, Matilde no era consciente pero intuía que algo extraño pasaba en su vida y en su piel, con el paso de las horas y a la vez que aquella zanahoria iba adquiriendo un color amarronado como consecuencia de la oxidación, ella iba tiñéndose de un naranja sospechosamente similar al que poseía la rebelde hortaliza.

Isolina Cerdá Casado








Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...