martes, 29 de octubre de 2013

No estoy chisposa, aunque no quiera no puedo ignorar las anotaciones en la agenda de mi memoria. 26 y 30 de octubre, días tristes.

    Mi querida estrella, cuánto tiempo sin dirigirme a ti directamente. Ya hace veintitrés años que te fuiste, y parece que fue ayer, bueno, ayer ayer no, sé que no, no ha podido ser un sueño todo lo que ha pasado desde ese momento.


    Mañana hará doce años que murió esa otra gran estrella de mi vida y de la tuya. Hace pocos días una foto despertó mis recuerdos de infancia. El babi, el uniforme, unas escaleras que bajábamos y subíamos todos los días durante el recreo, las monjas que nos enseñaban a rezar y a agradecer a dios, y alguna de ellas nos enseñaba otras cosas,...todo ello no era para mí un buen recuerdo, porque entonces tú ya llorabas al instante sin poderte defender de la invasión de la tristeza. Esas terribles depresiones que te hacían caer en un pozo sin fondo y apenas te dejaban respirar. 
    No quiero llorar, no quiero que este texto sea un cúmulo de anotaciones tristes, de recuerdos aplastantes para el ánimo, porque no es mi propósito en este día. Hablar de ti y para ti sin llanto de por medio. ¿Lograré que así sea? He mirado por un hueco de la cortina de la ventana de la cocina, en ese huequito se puede ver el azul de un cielo con alguna pequeña nube pasajera, que parece flotar llevada por la paz del día, hace más frío que en la tarde de ayer, cuando observaba a mis hijos cómo se columpiaban solos en el parque, yo me envolvía el cuello con la chaqueta de Lara, porque estaba entumecida y muerta de frío. Estas fechas no son buenas para mi cuerpo. Los recuerdos se van presentando, como si fueran imágenes que ha inmortalizado la mente y que el alma guarda en un cofre que a finales de octubre se abre solo. Y ahí, en los restos de pastelitos de la fiesta de cumpleaños de tu sobrina se me aparece una cama de hospital y una despedida a la que no me quiero enfrentar. Y en los globos que han quedado, dos o tres, pegados al mueble que restauré y redecoré para mi primera boda, veo las caras de mi abuela Asunción, y de la tuya, que era capaz de derrochar ternura con un niño a la vez que hablaba con desprecio a su hija. Ella, la Asunción de Laiantes, esa aldea de Galicia en la que apenas quedan tres o cuatro habitantes. La mujer que salía al campo con las vacas, la que mandó a su hija a estudiar con las monjitas, la que mataba a los conejos de un golpe seco en el pescuezo, esa mujer sembraba y después cuidaba con mucho más cariño a una mazorca de maíz que a su propia hija, porque quería que la hija fuera recta y ejemplar, y el maíz se lo daba a los cerdos y a las gallinas. Aún está la casa, aún están todos los aperos del campo, aún me resisto a pensar que no volveré a estar viviendo temporalmente en esa casa de Laiantes. Oh, mi querida hermana, cuántas cosas que contarte. Lo estarás viendo, seguro, qué penita no poder tenerte aquí, compartiendo un café, una taza de la que beber las dos, una taza llena de vida y de esperanza, con sorpresas de niños rebeldes que nacen para alegrarte la vida y llenártela entera con sus sonrisas y alaridos. Parece que no, pero me pongo y entonces surgen las historias, historias de un día, de un momento, de un instante, del propio hecho de respirar, de ensanchar la caja torácica, de expandirla hasta grados extremos donde hay riesgo de explosión por exceso de oxígeno y de elongamiento. Entonces te pienso, entonces te lloro, y agradezco a la vida que me de la oportunidad de llegar hasta el infinito y más allá gracias a la inmortalidad que te dan las palabras y esos mapas que dibujo cargados de emoción en los que viajo a través de mis recuerdos y llego hasta vosotras, estrellas de mi vida.
    La imagen que presento es una foto del final de un día, un día más que estaba a punto de acabar, en el que se vislumbraban los últimos rayos del sol que nos estuvo alumbrando durante todo el día, mi hija estaba feliz, lo estábamos todos, pero esa imagen en el cielo trascendía, estaba situado en medio de dos fechas tristes, celebramos el cumple de Lara un 27 de octubre. El 26 de octubre del año 1990 nació una estrella, y el 30 de octubre del año 2001 otra estrella se fue a poblar el cielo de la noche. No debería extrañarnos que en esta época no estemos para tirar cohetes, ni que nuestro ánimo no muestre su mejor cara, aunque no queramos la memoria del tiempo se hace presente en nuestra agenda vital.

Isolina Cerdá Casado     

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