lunes, 30 de septiembre de 2013

De golpe llegó, y aquí se quedó...¿cuándo es que se va? ¡Pues anda que no queda otoño!

    Volvía a casa, iba en el coche, acababa de gastarme un pico en el supermercado, apenas tenía que comprar unos pequeños pollos, pero alargué hasta el pescado, pasé por la sección de los yogures, recordé que me faltaba leche, vi unas cuantas ofertas increíbles de la segunda unidad al setenta por ciento, me atrajeron los puerros y me acordé de las pocas gotas de champú que me quedaban en casa, y entonces, sumándole a esta larga lista unas galletas para los niños, pasé de los cuarenta euros en un plis. ¿Estaba sufriendo un ataque de consumismo arrollador como consecuencia del depresivo ambiente otoñal? ¿Debía personarme rápidamente ante mi médico y advertirle de este primer síntoma de una enfermedad terrible que es capaz de acabar con el control de tu fondo bancario? ¿Qué fondo bancario ni ocho cuartos? No tienes un duro con lo cual tu preocupación no tiene sentido, si no hay, no hay.
    Pero vamos a ver, algo habrá que te subió el ánimo en el día de hoy. Sí, claro, lo que me subió el ánimo fue ver a aquella mujer. Debía tener sobre los ochenta años, lo descubrí cuando levantó su paraguas y mostró su rostro. Llevaba un paraguas morado, con unos volantes preciosos, al verlo se me iluminó el alma, ya ves tú, con un simple objeto elevé mi ánimo hasta las nubes grises que me cubrían la mirada. Más me iluminé cuando vi que la persona que lo llevaba con tanto estilo era una mujer de ochenta años. Me sentí feliz, fue como una especie de asociación interna que mi alma efectuó en un segundo. A pesar de la lluvia, a pesar de que no se vean los rayos del sol, siempre podré conseguir un paraguas como ese para volverme a sentir llena de vida.
    Paré el coche, y le pregunté a la señora si me podía decir dónde había comprado aquel paraguas tan bonito. El coche que venía detrás empezó a tocar el claxon, la señora no me oía, y no dejaba de preguntarme que a dónde quería ir, que es que ella no sabía muy bien dónde estaba esa calle, pero que llevaba muchos años viviendo por la zona y nunca había oído hablar de la calle Paraguas, que le preguntara al señor del kiosco, que estaba a punto de retirarse y que seguro que él lo sabía. El señor del coche que venía detrás de mí, por fin pudo adelantarme, y al estar a mi altura le dio al claxon con tanta fuerza que todo el mundo me miró acusadoramente como si yo hubiera sido la culpable del dolor de tímpanos momentáneo que causó ese pitido otoñal. Le di las gracias a la señora, y me fui a casa, a colocar toda la compra que sin planearla había realizado casi compulsivamente. Y me puse a escribir, antes de hacer las camas, la comida y estresarme con todo el polvo que debía eliminar de mi acogedora y viva casa.

Isolina Cerdá Casado

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