martes, 10 de septiembre de 2013

Fajas. Mi colaboración de los domingos con retraso en Héroes del pensamiento.

Domingo más dos, un objeto de inspiración: fajas.
    De pronto me ha venido a la cabeza el nombre de faja, y me ha hecho mucha gracia, aunque confieso que no voy a hablar de ellas, me ha gustado el concepto, el aprisionamiento de algo que no queremos que se vea, la parte de ocultación que tiene la faja en sí misma. Uno piensa en una faja y se puede imaginar a una señora gorda intentado colocársela, pero es posible que algunos señores gordos también hayan echado mano de una faja, hasta incluso señoras muy aparentes las utilizan para que su imagen no se vea deteriorada por un plus de chicha en las caderas. ¿A caso hay alguien libre de pecado cuando hablamos de ocultar algo? Un pensamiento, un exceso de aires, un grano inoportuno, una cana terriblemente visible,…qué más da de qué se trate, el caso es que todos andamos enfajados.
    La mente nos enfaja constantemente, miles de cosas que uno diría pero que por llevar esa prenda  culpabilizadora y encorsetadora, nos reprimimos y cerramos la boca. Y eso hace que la faja apriete a nuestra alma, la ahogue, y de pronto vas caminando por la calle y oyes la noticia: “Se ha encontrado un alma amoratada al borde de la carretera, tirada, abandonada a su suerte”. Seguramente el dueño se cansó de sentir el ahogo constante y continuo, era un hombre bueno que había sido correctamente educado para integrarse y socializarse en un mundo lleno de normas. Pero su alma no aguantó esa prenda tan ceñida.
    Recuerdo un día que lo hice, me quité la faja, salí a la calle con la intención de sentir la libertad más absoluta, con la emoción de quitarme esa prenda tan molesta, me animé arrastrada por los vientos del cambio, y me seguí quitando más y más prendas, quise caminar medio descalza, luego me molestaban también los calcetines; quise caminar medio desnuda, pero después me molestaba la ropa interior, así que salí desnuda de casa. Ese deseo de libertad apenas pudo hacerse realidad porque en cuanto pisé la calle llegó una señora y me puso una manta encima, yo no tenía frío, estaba feliz, no es agradable pisar el asfalto pero sí es una sensación nueva caminar sobre él con el pie al descubierto. Lo mismo me pasaba con la faja, sentir el movimiento libre de mis carnes era una sensación explosiva, y yo sonreía, pero esta mujer gritaba y gritaba: “¡Está loca, llamen a una ambulancia!”. Y por más que trataba de explicarle que sólo quería sentirme libre, no me entendía, ella seguía preocupadísima por mi desnudez: “¡Niños, hay niños, tápese señora, por el amor de dios!” ¿A caso esos niños no han visto nunca el cuerpo desnudo de una mujer? Fue tal el revuelo que se montó, que no lo volví a intentar, la señora tuvo que ser llevada a un hospital porque no pudo controlar el ataque de ansiedad que le produjo mi imagen. Entonces me di cuenta que debía cambiar las formas, a partir de ese momento, cuando necesito quitarme las fajas, me voy a la punta de la montaña más alta y lo hago allí; al principio trataba de imaginarme haciéndolo en la ciudad, pero el recuerdo de esta señora encamada me devuelve al lugar maravilloso en el que me encuentro, en plena naturaleza, es cierto que los buitres me miran mal, creo que es porque nunca han visto a una de mi especie sin ropa y sin enfajar.

Isolina Cerdá Casado

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