Cogió la caja de fósforos "Golondrina", y se fue con ella a un rincón de su cabeza...
Todo comenzó después de comerse una manzana dulce y atrayente. La cabeza había crecido muchísimo debido a todo el sufrimiento marcado en la palma de su mano, tal y como auguraban las mil páginas de quiromancia que consultó aquella noche. Estaba tan abstraída en sus preocupaciones que no era capaz de ver más allá. Debía de cuidarse más, comer más verde, lechuga y esas cosas, alguna manzanita, pero es que a ella solo le atraían los salchichones y chorizos, cargados de deliciosa y sugerente grasa, algún huevo que otro y galletas, miles de galletas consumidas a lo largo de su vida. Pero el doctor ya se lo había advertido, o Scrooge: "Parruchas". Ahora mismo sabía lo que tenía que hacer, su idea estaba clara: meterse en su cabeza y quemar esas ideas dañinas y perjudiciales, como la que aseguraba que su vida tenía los días contados, y que éstos no eran más que los diez dedos de su mano. ¿Cómo era posible sentir que iba a morir en cualquier momento y no alterar el ritmo de su vida? ¿Cómo lo hacían las personas que eran diagnosticadas de una enfermedad degenerativa, rápida y fulminante? ¿El aumento de la intensidad vital lograba calmar la elevada preocupación? Qué absurda se veía en ocasiones, era increíble tener unos razonamientos tan enrevesados y parecer a ojos de terceros una persona normal. Se le rompió la cartera y a partir de ahí todo cambió, sintió que aquel accidente había sido un hecho premonitorio de lo que iba a suceder en un futuro próximo, ¿cómo era posible ser tan tremendamente susceptible? Por eso, porque ya no lo soportaba más había decidido poner fin a tanto sufrimiento innecesario. Entraría en su cabeza y prepararía un montón de ideas destructivas y contradictorias y les prendería fuego. Una hoguera reparadora, alrededor de la cual podría saltar y bailar feliz porque estaría quemando a su propio verdugo. Cómo entrar en su cabeza la caja de fósforos, tal vez podía bastar con un fósforo y un trocito de lija, en ese viaje había pensado en que tal vez podría llevar más cosas, simplemente para animarse y no cejar en su intento de acabar con los monstruos. Llevaría una foto de su hijo, un móvil para inmortalizarlo todo con su cámara y compartirlo por whatsAp, un poco de Betadine por si en el intento por matar al enemigo resultaba herida, una botella de agua para combatir la deshidratación y una mochila rosa en la que meterlo todo. La cuestión última que debía resolver era la entrada en su propia cabeza, y cómo disimular el humo que sin duda saldría por las orejas de su cuerpo en cuanto consiguiera prender a las malas ideas que poblaban su cerebro y que estaban acabando con su bienestar. Era muy sencillo, simplemente debía imaginarlo todo y convencerse de que su plan se estaba llevando a cabo a pesar de que se tratara de una idea completamente imposible. Se tumbó en el sofá de casa, llevaba en la mano todo aquello que consideraba importante para llevar su plan a buen fin y se concentró en la acción. "Acabar con los monstruos de mi cabeza": se imaginó entrando por la boca, iba a ser lo más sencillo, porque con un simple agujero podría salir de la tráquea y meterse en la médula y de ahí subir al cerebro, tomó prestado el taladro que su marido había utilizado recientemente para colgar el televisor en la pared de su habitación, también lo tenía encima de ella al tumbarse en la mesa de operaciones, es decir, en el sofá. Primero colocaría en la hoguera a esa idea absurda y destructiva de que tenía un grave cáncer comiéndola por dentro, después el miedo terrible de que a su hijo le pasara algo, tras ello la preocupación constante por la salud de su marido, luego echaría al fuego toda preocupación relativa a la crisis y su propia situación económica, y como ultimísima preocupación con la que acabar la sensación de mujer profesionalmente inacabada e irrealizada. Sin darse cuenta se quedó dormida. De pronto comenzó a oír a su propio hijo preguntando a su padre, su marido: ¿por qué mamá está tumbada en el sofá con el taladro? ¿y por qué tiene el betadine en la boca? ¿está malita? ¿por qué le sale humo por las orejas papá?... No oía a su marido responder nada. Ella tenía miedo de abrir los ojos. ¿Qué había sucedido durante esos minutos en los que se había dormido?
Su marido nunca preguntó nada. Cogió el taladro que tenía su mujer entre los brazos y lo colocó en la caja de herramientas, después le llevó a su querida esposa un gran vaso de agua y le dio un beso en la boca que hizo que Blancanieves despertara de su profundo sueño. ¡Estaba curada! ¡Se sentía perfectamente bien! Así que Margarita se subió en el caballo de su marido y con su hijo en brazos retomaron el viaje de sus vidas sin cargar con las ideas destructivas que había producido esa maldita manzana envenenada.
Isolina Cerdá Casado
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