miércoles, 15 de marzo de 2017

Taller escritura: "Mojas y comes, mojas y comes"





     Lleva usted mucho tiempo, lo sabe, sin apenas escribir nada en este rincón del mundo, por esa razón está ahora mismo sancionada, con la obligación de escribir sobre lo que sea, aunque sea de índole descriptivo, que en realidad siempre lo es ya que se escribe describiendo algo físico y palpable, una situación concreta o una percepción determinada y absolutamente subjetiva. No importa, da absolutamente igual, el caso es que sirva de algo la disposición de este espacio en el que lo único que se pretende es motivarle para escribir, según parece tiene cierto talento natural para ello. ¿Sería capaz de escribir algo que no tuviera que ver consigo misma? ¿Lo haría? Sin subjetividades, sin apreciaciones personales. Objetivo puramente, ir hacia el objeto en un viaje absolutamente fuera de su alma sensible. Hágalo, es necesario, para este espacio, un poco de objetividad.

    La mesa estaba abierta por un ala, tenía sobre ella un resto de desayuno, la niña había tirado unas cuantas gotas de leche al mojar a la vez un montón de galletas, el accidente de la mancha ocurrió justo en el momento en que dicha cantidad de masa tostada se acercaba hasta ese orificio lleno de dientes y en el que solía bailar una lengua juguetona. La humedad de las galletas hizo ceder a una parte de las mismas solapada ya con el baño de leche y la caída fue brutal, parte fue a dar al interior del vaso de cristal, con el que le gustaba desayunar a la niña,salpicándolo todo, el resto cayó sobre la mesa. Todo fue causa de un exceso de tiempo invertido en el baño de las susodichas galletas, estuvieron demasiado tiempo metidas en leche. Nadie se había molestado en limpiar la superficie de madera prensada. La madre había estado preparando los desayunos que los niños se iban a llevar al colegio y no se apercibió del manchurrón de masa láctea y las galletas que quedaron plasmadas sobre la mesa. La mesa se sintió incómoda, no era para menos, a nadie le gusta estar sucio.Pero, sin embargo, no dijo nada, nunca había hablado, porque si lo hiciera no sería una mesa normal, ya sabemos que las mesas no hablan, tal vez algún día empiece a contarlo todo y entonces... Madrecita de mi vida lo que puede salir de ese tablero con cuatro patas plateadas.



    Bien, le apruebo, trabajo realizado, pero sepa usted que lo que la mujer hacía mientras la niña mojaba las galletas dista mucho de la descripción, sabe perfectamente que la mujer emitió un grito muy predecible: "¡Te lo dije! ¿Ves lo que ha pasado? Si es que no se puede estar viendo la tele mientras se desayuna. ¡Mojas y comes! ¡mojas y comes!" Mientras la madre echaba una bronca de caballo a su hija, la niña estaba absorta pensando en lo guay que sería tener a un amigo como Doraemon. Mientras tanto las palabras de su mamá pasaban por sus orejas rozándolas con la fuerza del aire emitido con ellas, pero sin llegar a tocar ni por asomo al nervio auditivo de la pequeña."


Isolina Cerdá Casado


Lectura de este texto en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=mDkhUoBn3T8&t=18s

miércoles, 1 de marzo de 2017

Mujeres en peligro



Veintiuna mujeres asesinadas en dos meses. En Sol desde el 9 de febrero, un grupo de mujeres reivindica el derecho a seguir vivas, libres, independientes. Entre la medidas del manifiesto que proponen estas mujeres está la del reconocimiento de la figura del feminicidio y la de tratar a las víctimas del machismo como víctimas del terrorismo, proporcionándoles las misma ayudas. Lo hacen porque es evidente que algo sigue fallando en cuanto a la protección de la mujer de ese monstruo que se llama violencia machista. Ayer una comentarista de televisión decía que todo se debía a la evolución, a la ganancia de libertades por parte de la mujer que no eran encajadas demasiado bien, por ese alarde de fuerza machista y dominante. No lo sé. Sucede en la intimidad de un hogar, de una casa. Y no se la ve venir, no siempre se la ve, no siempre es previsible. Ya escribí sobre ella, Nuria, que estuvo mucho tiempo conviviendo con una bellísima persona, a ojos de todo el mundo, una persona afable, atenta, generosa... este es el enlace, pero advierto que es un texto duro, porque sucedió de verdad, y la verdad siempre supera a la ficción. 

https://soliescribe.blogspot.com.es/2014/02/tragedia.html

Supongo que es muy difícil, las mujeres con hijos que lo consiguen, hablo de la verdadera independencia tienen que ser unas superwoman. Es así, siempre tienen que renunciar a algo y ese algo les deja en un estado de vulnerabilidad. Y sé que hay casos y casos, sé que hay muchas maneras y muchas formas de convivir con equidad, con verdadera igualdad, con compromiso real. Pero hoy en día la vida se complica muy fácilmente, recibimos mensajes positivos, sí, constructivos, que nos ayudan a valorar lo que tenemos, a ser felices con las cosas básicas, y es porque se necesitan esos mensajes. No es algo material, no es conseguir más felicidad a base de objetos materiales, a veces es sencillamente quererse. 
    Ay, no sé, mezclo temas, siento que me desvío, de ellas, de su reivindicación: las mujeres que están en peligro, las que lloran en la intimidad pero sonríen al salir a la calle.
Esperemos que la lucha de estas mujeres valientes no caiga en saco roto y se consigan movimientos reales para cambiar la situación de la mujer afectada por la violencia machista. 

Isolina Cerdá Casado

     

lunes, 27 de febrero de 2017

Combatir el insomnio con un laxante

   
 Se levantó, no tenía sentido permanecer en la cama. El insomnio había vuelto a hacer su aparición. La primera vez que miró el móvil para ver se dio cuenta de que apenas había dormido cuatro horas, eran las cuatro y cinco de la mañana; a las cuatro y treinta y cinco volvió a mirarlo. Finalmente cuando decidió no seguir con los intentos infructuosos de conciliar el sueño vio que había estado más de una hora dando vueltas en la cama. Por esa razón se fue directa a la cocina, en busca del primer café del día. Antes de tomar la decisión de saltar de la cama había intentado recordar esos momentos en los que rezaba para que no llegara la hora de levantarse, quería volver a sentir esa especie de abrazo de cama y colchón, momentos en los que dormía plácidamente, cuando se otorgaba unos minutitos más de sueño antes de obedecer el mandato de una alarma. Quiso incluso rememorar tiempos de antaño, cuando apenas era una niña y disfrutaba tanto durmiendo. Mientras tomaba el primer sorbo de café no pudo evitar preguntarse en qué momento había dejado de sentir esa tranquilidad de un descanso pleno, en qué punto de su vida se había producido el paso a la madurez; ¿fue cuando cumplió los quince años? ¿cuando le vino el periodo? ¿cuando empezó a estudiar en la universidad? ¿cuando se casó?...


    Después de estar un rato con la taza del café en las manos, en el momento en el que vio el poso de aquel negro líquido elemento, después de haber estado entre sorbo y sorbo dándole vueltas y más vueltas al asunto de su insomnio, llegó a la conclusión de que lo mejor era no pensar en el cuándo, ni si quiera en el cómo. De repente sintió una energía brutal, quería comerse el mundo, y no solo tenía el impulso sino que sentía que podía hacerlo. Paradógicamente dicha ingestión empezó por ella misma: se comió todos los asuntos que la incordiaban, después se tomó un kiwi y un zumo de naranja, acto seguido se fue al baño. Y allí, a la taza del water, fueron cayendo una tras otra todas las preocupaciones absurdas de mujer adulta que incordiaban su descanso. Tiró de la cadena. Y acto seguido se puso a ordenar su vida: empezó por su habitación.

Isolina Cerdá Casado

sábado, 25 de febrero de 2017

Frágil

    Metida en su botella, allí estaba ella. todo lo veía a través de una transparencia fría, no se daba cuenta, como tampoco era consciente de que estaba rodeada por una capa de vidrio, y que todo lo que hacía, todo lo que decía, todo lo que sentía estaba tamizado por el frío transparente reciclable de un vidrio con muchas vidas. Ella abrazaba y sentía el calor ajeno, y pensaba que los demás también sentían su calor, pero no era así, ni ella ni los demás sentían de verdad. La gente la compadecía, pero ellos eran incapaces de contarle la verdad a aquella mujer quebradiza y frágil.
    Un día mientras se miraba al espejo, empezó a echarse agua y se dio cuenta de que le faltaba humedad, estaba triste y también cayeron lágrimas por sus mejillas, pero toda esa humedad emocional y física no era sentida como necesitaba hacerlo. En un impulso irracional y automático se tiró por la ventana y toda ella se partió en mil pedazos, el vidrio, la capa, porque la verdadera mujer empezó a caminar sintiendo por primera vez la frescura del aire acariciando su cara.

Isolina Cerdá

miércoles, 8 de febrero de 2017

He aprendido. ...

He aprendido a no tener prisa, a respirar tranquila, a saber ver eso que sucede, ese gesto amable, ese beso que nació del alma, valorar el estar bien, el poder caminar, pasear, respirar. He aprendido a que sí, la vida pasa muy deprisa pero las prisas no son buenas, pero sí lo son los buenos gestos, el bienestar consciente,  la paz interna y la externa. También es buena la fe,  seguir creyendo en el ser humano, en los sueños y en uno mismo.

Isolina Cerdá

lunes, 23 de enero de 2017

Sal grasa


Quince minutos, tormenta de ideas, el bote de sal está abierto, con restos de las caricias de dedos manchados de aceite. Calcetines convertidos en un puño de algodón que aprieta el alma imperceptible. Una cartera vieja llena de papeles y tickets de compras de antaño: café, aceite, azúcar y sal. Todo está conectado. La cartera con el recipiente contenedor de la sal por un viejo y arrugado ticket. Así, por un pequeño trozo de papel también estamos conectados todos, por un papel, por una mirada, por el pelo que voló libre, que se despegó del cuero cabelludo de una bella mujer, que cayó en un abrigo, que alguien le quitó y lo volvió a tirar al aire, que el aire llevó hasta un escalón por el que subió un hombre cuyo zapato recogió ese pelo desvalido y se lo llevó con él hasta su oficina, de su zapato hasta la alfombra, de la alfombra hasta la silla de ruedas, de la silla de ruedas hasta el bolsillo de Matilde que lo llevó hasta allí con su pañuelo rosado.
No te preocupes, por dios, te lo digo, es así, que la cosa nunca es lo que parece, ni lo bueno, ni lo malo. Todo es una cuestión de percepción. Ya sé que hoy tienes la percepción jodida, perdona por el palabro, pero qué más da. Que no ves las cosas bien, como son realmente, hay evidencias de determinadas cosas, palpables, físicas. Si alguien te da una patada, provoca un derrame, y tu pierna queda amoratada, evidente, lo ves, lo sientes y lo ves. Si sientes un agobio por algo que no ha pasado, por algo que pasó, pasará, no tiene sentido. Solo tú sabes de tu angustia. Tú y yo. Venga, ya, cambia el punto de vista, y respira. Vuelve a vivir. No estás solo, o sola.

Isolina Cerdá Casado

martes, 17 de enero de 2017

44 años. Gracias vida.

Hoy cumplo 44 años, el número me gusta, me gusta mucho también lo que contienen esos cuarenta y cuatro años de vida. Esto lo tengo que matizar obviamente. No me han gustado determinadas cosas que me han pasado, lo que menos me ha gustado de todo lo malo que me ha tocado vivir es la pérdida de seres queridos, porque cuando quieres a alguien no te gusta desprenderte de ese alguien especial, que te aporta cosas, que te acaricia el alma, que en muchos casos da sentido a tu vida. Perder el sentido es duro. Pero por suerte la vida te sorprende, siempre lo hace, para bien, para mal. Y después de haber confesado que la muerte de muchas personas queridas me ha causado mucho dolor, aunque la muerte física no sea una desaparición sino una transformación, duele no poder abrazar físicamente; bueno, que después, como digo, de hablar de lo que tanto he hablado, también he de decir que me siento afortunada. ¡Llegué a los 44! Con muchos más amigos, gente grande de corazón, con los amigos y amigas que estuvieron siempre a mi lado, en las pérdidas, en tiempos de bonanza emocional, en las épocas de creación pura. Llegué a esta edad con dos hijos maravillosos, todas las madres dicen lo mismo de sus hijos, lo sé, yo no iba a ser menos. Llegué con mis hermanos, que trajeron compañeras, que me regalaron sobrinas preciosas, con más cuñados y más sobrinos. Con un padre con ochenta y tres, rozando los ochenta y cuatro, que lleva vividos cuarenta años más que yo. Y sigue adelante con sus sueños, claro que sí. Llegué a los 44, sana, aunque mi hipocondría me haga sospechar cada dos por tres que ese o aquel dolor repentino lo produce un cáncer misterioso que acabará con mi vida. Y pienso: "Madre, quién me lo iba a decir, dos hijos, un marido, bueno, un compañero de viaje, que me quiere, sí, mucho, aunque nos saquemos de quicio en algún momento el uno al otro, con algún pájaro, o con algún poto en la cabeza, qué más da". El caso es que vivo en Madrid, escribo, esto, lo otro, libremente. Tengo mis momentos de bajón, sí, y de altura: cuando estoy abajo siento que todo se me viene encima, cuando estoy arriba soy capaz de volar. Además de esto con 44 años sigo teniendo el arte, la magia del teatro, escribiendo, interpretando (a mi querida Mercedes, a alguna viuda loca que llegará) y dirigiendo (ups. qué miedo me da y qué gran reto por delante conseguir que tantas personas bailen juntas creativamente y todos juntos logremos que cobre vida la historia de esa sirenita soñadora). 
Me he visto en un espejo, justo fue esta mañana en el hipermercado, no era mi mejor imagen la verdad, claro son 44 ya, bueno, no es que me viera mayor, no, no sé qué era, o tal vez sí. Qué mas da en realidad, yo era yo, seguía siendo yo misma. Soy yo, soy una persona sencilla, una persona, mujer, hermana, madre, amiga... Miro atrás. ¡Ha pasado todo tan rápido! No sé, de repente he sentido vértigo, por ese tiempo que está por llegar, y por la mirada del futuro, cuando pasados los años (tal vez cuarenta más, sería una suerte en estos tiempos) vuelva a echar la vista atrás, así por encima, sin regodearme demasiado en lo trágico, ni en lo espectacular, cuando me mire en un espejo, y yo siga siendo yo, aunque otras personas me vean como una abuela, seguiré siendo la misma, creo. Llegaré, espero, lucharé por llegar, como todos luchan, como todos luchamos. 
En fin, todo esto para dar las gracias por ese gesto bueno que tuviste hacia mí, por esa buena acción, por esa sonrisa, por ese mensaje, por estar ahí cuando me haces falta...gracias amigo, amiga, compañero, hijo, hija, hermano, padre...gracias.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 21 de diciembre de 2016

¡Más mantas, por favor!


Se sentó ante el ordenador, acababa de ver un vídeo en el que una periodista musulmana gritaba la pasividad del mundo ante lo que estaba pasando en Aleppo. Dos días antes había ocurrido un atropello en Berlín, no fue un accidente, alguien condujo un camión hasta un mercado navideño con la intención de arrasar con todo. Ella no sabía qué escribir, pero se había sorprendido con una extraña reacción, interna, todo ocurrió en sus adentros, tuvo una especie de visión. Era raro, ella no solía tener visiones, aunque era cierto que tenía una gran imaginación que aunque no había desarrollado lo suficiente, sí era consciente de ella. La visión era clara: había una gran cama, sobre la cama un hombre, tembloroso, de facciones muy alargadas, delgado, como si estuviera consumido no tanto por el hambre sino por una fuerza interna extraña. Estaba como encogido, no llegaba a ser una posición fetal, pero se estaba aproximando a ella. Pelo negro, barba hirsuta y densa. Entonces alguien le tapaba con una manta, era una manta muy cálida y gruesa. La mirada del hombre no se alteraba, miraba al horizonte, tal vez veía el horror, había espanto en la profundidad de sus adentros. Era mucho el dolor que había producido, dolor por dolor tal vez, dolor que ya no mira nada, que no empatiza. Pero él, él era arropado, su cuerpo frágil cubierto con una manta. El niño del hospital, la niña que consiguió huir, el joven que gritaba la impotencia vía twitter, todos ellos sostenían la manta. 


El amor cambiará el mundo. 
El amor, ¿qué es eso? No, doctor, no sé hacia dónde vamos pues hay más armas que mantas, y todos sabemos que con las armas matamos pero con ellas somos incapaces de abrigar a nadie. 


Isolina Cerdá Casado

martes, 20 de diciembre de 2016

El contagio navideño de la mujer de bronce.



Había mucha luz pero estaba lloviendo. Alguien le prestó el paraguas, se lo colocó en la cabeza, cubría también sus hombros. Pero la mujer que le dejó el paraguas no fue consciente de que el resto del cuerpo estaba empapado. Aquella mujer inmóvil no tenía ninguna gana de adentrarse en ese estado navideño en el que todo el mundo se empeñaba en introducirla: guirnaldas, árboles, bolas de cristal de colores, luces y más luces por todos los lugares. Ella solo quería permanecer ahí, semitumbada, mirando al vacío, recordando viejos tiempos en los que todo era una fiesta, en los que no conocía esa sensación que de un tiempo a esta parte la embriagaba por dentro, esa especie de vacío que producían las ausencias, o los dolores, o qué se yo. Entonces alguien llegó, quizá fuera un trabajador del Ayuntamiento de Leganés, con más o menos entusiasmo, se situó frente a su mirada y le colocó un árbol de navidad, era un árbol gigantesco, altísimo, lleno de bolas blancas y marrones. Para desespero de la mujer de bronce no podía salir corriendo, el material del que estaba hecha no se lo permitía, obviamente tampoco podía volver la cabeza hacia otro lado. Entonces tras un período de crisis optó por mirar hacia delante, era algo obligatorio pero podía no haber visto aun con los ojos abiertos, ella lo hizo, e intentó ver el lado bueno de esa navidad que le habían colocado delante. Y para su sorpresa, sí había un lado bueno, siempre lo hay, en todo. 
Entonces se dio cuenta de que la ilusión es renovadora, purificadora y contagiosa. La ilusión ajena se contagia, sí y más la de los niños. A su lado pasaba mucha gente, mucha: niños y niñas, personas mayores, jóvenes que se acercaban al Centro cultural José Saramago. Nadie bailaba alrededor del árbol, es cierto, pero de vez en cuando un niño se acercaba y miraba hacia lo alto, sorprendido y emocionado por lo gigantesco de aquel árbol de navidad callejero. Y esa sonrisa inocente era mágica, sí, era contagiosamente mágica, no importaba que hubiera un vínculo familiar, la alegría de los niños y las niñas en navidad es el verdadero sentido de la fiesta. Es el reconocimiento de que en algún momento todos hemos sentido esa ilusión del niño, hasta la mujer de bronce. 


Hay que proteger a los niños, cuidar su ilusión, cuidar su mundo mágico. A todos, a los del vecindario, a los de Madrid, a los de España, a los de Siria, a los de Alepo.

¡Feliz Navidad!

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Peones azules en los pedidos online

    Hacía tiempo que no la veía, sabía que estaba trabajando. Al verla a la salida del cole fui a saludarla, me dijo que estaba nuevamente sin trabajo. Le habían contratado para un período determinado de quince días. Le pregunté que qué tal la experiencia, imaginaba que me respondería que bien o algo parecido, había trabajado para El Corte Inglés, gestionando los pedidos online. Sin embargo me quedé atónita cuando me miró con un gesto de insatisfacción y de tristeza. "El peor trabajo de mi vida, de verdad, no me he sentido peor en ninguno de los anteriores puestos". Era cierto que aunque trabajaba para gestionar los pedidos realizados a través de la gran empresa, no la había contratado directamente El Corte Inglés sino una ETT. De camino a casa, los niños correteaban, hablaban de sus cosas, y ella me iba detallando su experiencia. De vez en cuando se detenía, ella dejaba de hablar pero su mente seguía dándole vueltas, yo atendía a mi hijo ante alguna llamada de atención, o les cogía de la mano para cruzar el paso de peatones, pero ella seguía con esa mirada perdida en el triste recuerdo de aquella experiencia. Y volvía a esa especie de factoría de sueños, cuya efectividad económica era de primer mundo pero si se profundizaba en sus entrañas parecía estar ubicado en un país tercermundista. "Pasábamos por un control, no podías meter móviles, ni nada que no fuera útil para el trabajo. Nos daban media hora para comer, en ese tiempo no podías utilizar tu móvil, en estos tiempos era una especie de tortura, ocho horas de trabajo y en tu media hora de desconexión seguías incomunicado. La media hora de descanso no sabías cuándo te podía tocar" 
    Decía que varias veces la obligaron a irse a comer a las diez de la mañana, cuando su jornada acababa  a las 16:00, trabajaba ocho horas, la media hora de la comida no se la pagaban. ¿A quién podía apetecerle comerse un cocido o un guiso a esas horas? A las seis de la mañana cogía el autobús, que la propia empresa había habilitado para llevar a los trabajadores. No disponías de taquilla en la que dejar tus cosas antes de entrar a la zona de trabajo, lo cual había dado lugar a numerosos robos. El trato a los trabajadores fue nefasto, absolutamente degradante, su jefa más inmediata la trató como escoria. "Deja eso y haz aquello", la mandaban, "vuelve donde estabas, y que sepas que por dejar eso inacabado te podría despedir", "pero si tú me has mandado dejarlo así" "no quiero escuchar excusas tontas". Gritos, vejaciones verbales,... Ella contaba que durante el tiempo que duró aquella tortura no dejaba de pensar en que cada vez le quedaban menos días para terminar, en aquella temporalidad finita encontraba consuelo. Éramos peones vestidos de azul, los que iban de verde tenían una categoría superior y los de rojo, esos eran lo que llevaban el látigo.
El primer día el autobús que les tenía que recoger, a ella y a otros tantos trabajadores de la zona, no fue a buscarlos. Fue un sábado y tenía que ser la primera jornada de las quince firmadas en el contrato, no fue a trabajar, ni ella ni los otros compañeros que esperaban su llegada. Cuando les dieron la nómina comprobaron que ese primer día no solo no se lo habían pagado, cuando estuvieron disponibles y esperando a ser recogidos para ir a su puesto de trabajo, sino que les habían descontado 52 euros por absentismo laboral. Por una jornada de ocho horas le pagaban 34 euros y por aquel extraño primer día en el que no fueron a trabajar porque la empresa no cumplió con ese compromiso para ir a recogerles resulta que le descontaron 52 euros. Llamaron, reclamaron, pero le dijeron que no le pensaban pagar de otra manera, y que era inamovible la postura de la empresa.
Según parece en aquel espacio a parte de los colores asociados con su categoría correspondiente, estaban los empleados diferenciados entre sí por la empresa contratante. Los que trabajaban allí por parte de la ETT no tenían acceso a los espacios comunes de los que trabajaban directamente contratados por la gran empresa comercial. Lo supo muy bien, porque hubo algún día en los que pudieron tomar un café, cinco minutos, literales, y no les dejaban ni apoyar el cuerpo relajado sobre superficies frágiles, ¿más frágiles que un cuerpo expuesto a un nivel de presión elevadísimo? 

Cuando me contaba todo esto me entraron unas ganas locas de contarlo, había descrito una imagen de cómo se sentía que me llegó al alma. "Era como si fuéramos peones dirigidos por un látigo que manejaban personas como nosotros pero poseedores de un mono rojo, nosotros simplemente éramos máquinas." Máquinas en las que los botones eran las emociones que golpeaba el látigo de otro hombre máquina vestido de rojo. Sentir fortuna porque tu contrato tiene una duración determinada no debe ser fácil. Ella sabía sobradamente que había quien no podía elegir, y aun sabiendo y sintiendo la corrosión del látigo se veía obligada a volver, porque no hay otra opción si tienes que comer y dar de comer y no hay otro sostén económico en la familia. Una amiga que conoció aquellos días volvió a trabajar allí después de los quince días, no le quedaba otra. A veces no hay opciones, ella tenía opciones, era afortunada. Lo más indignante fue el trato, la impotencia ante los gritos. Tal vez le tocaron los peones rojos malos, es posible que alguno fuera bueno, quizá los verdes con los que se cruzó tampoco fueran amables, y era muy extraño que la opinión generalizada fuera la misma. 

¿No os ha pasado que vas por la calle y al ser testigo de una pelea en la que hay una persona violenta, al escuchar los gritos hacia la persona vulnerable, algo se encoge por dentro aunque no conozcas de nada a la persona receptora de la brutalidad? Es la empatía. Debe ser que allí, en aquel horrible lugar todos acababan siendo contagiados por esa actitud fría y desconsiderada, mal asunto cuando el objetivo final supuestamente es satisfacer sueños, de consumo claro. Tal vez ese es el error, el objetivo final real es el beneficio económico a toda costa.  

La verdad es que a partir de ahora cada vez que haga un pedido online será difícil no pensar en ese peón vestido de azul que tiene que preparar mi pedido y comprobar que todo está perfectamente colocado y empaquetado. 

La navidad me gusta, lo que no me gusta es que haya peones azules sintiéndose tan mal tratados, maltratados, por un engranaje cuidadosamente estudiado pero sin una exigencia básica: el respeto.

Isolina Cerdá Casado


martes, 13 de diciembre de 2016

Sangre e inspiración.


Una foto, dirigí el objetivo hacia el dedo, mi dedo, había mucha luz, estaba en la calle, y la cámara del móvil captó la sangre, captó el fluido vital. Fue una señal, a veces ocurre, no vas buscando nada y sin embargo lo encuentras. Tal vez mi sangre brillaba demasiado, y traspasaba carne y piel, era coqueta, quería que la captara la cámara, quería ser libre. Tómame, anda, loco objetivo, alocada escribidora, toma mi imagen y déjate inspirar.


Hoy conducía mi coche, de vuelta del cole, de dejar a los niños en el colegio. Había mucha niebla, un ambiente otoñal típico, en el que el frío, las hojas caídas y la poca visibilidad te llevaba a lugares en los que la vida pasa de lejos, como siendo observada por unos ojos curiosos sabedores de que algo tienen que hacer para colaborar con el mundo. Mi mente volvió a lo de siempre, la escritura. Un señor se acercaba a paso lento al borde de la carretera,  se disponía a cruzar el paso de peatones. Yo circulaba muy despacio y me detuve con tiempo suficiente para verlo llegar despacio, y cruzar con cierta dificultad, tenía algún problema físico, no sé de qué índole, si accidental o enfermizo, transitorio o permanente. No sé, el caso es que caminaba con dificultad, su pelo era blanco, caminaba solo pero con determinación. Tal vez se estaba obligando a ello, en ocasiones nos falta el impulso y aunque no nos pasa nada físicamente (o sí en la mente) somos incapaces de caminar. Y este hombre lo hacía. ¡Qué tonta! De repente lo vi, era el ejemplo perfecto, el modelo a seguir, la conducta a imitar. Caminar a pesar de la dificultad. Cojeaba ligeramente, y el movimiento de su cuerpo estaba determinado por un ritmo marcado por una especie de contractura brutal que  debía abarcar al menos la mitad de su tronco. 
Tuve el impulso de pararme a un lado y preguntarle, a dónde iba, qué le pasaba, a qué se dedicaba... Quise saber más de su vida, de la vida de una persona anónima, era como si mi alma movida por una gran curiosidad trascendental quisiera saber más de él. ¿Cuál es tu secreto? ¿Qué te motiva? ¿Por qué te has levantado de la cama y aun a pesar de la dificultad te diriges a algún lado? ¡Tenemos tanto que aportarnos! No estamos solos, tal vez tu visión es lo que yo necesito escuchar, tal vez su ayuda es lo que necesitamos.
El otro día estuve tomando café con unas personas a las que no conocía, llegué hasta su casa por mi marido, por la afición común a los pájaros. Grandes personas, que se sinceraron, que compartieron sus miedos, y también su valentía. A ella le acababan de diagnosticar un cáncer de colon, tenía miedo pero ella era valiente, tenía un buen diagnóstico, estaba localizado, era operable y no había metástasis. Ella dijo: "Le dije a mi marido que no quería escuchar un no, que yo ya había elegido el Sí, sí se puede, lo mismo que elegí cuando operaron a mi nieta a corazón abierto". Pues sí, sí, sí, como dijo Divaldo Pereira Franco en aquella conferencia maravillosa: uno puede enfermar pero tiene que tener una actitud saludable. Yo asentía, asentía, sabía muy bien de lo que estaba hablando, lo sabía casi todo. Yo un día pensé que no me quería morir, que me daba miedo la muerte, ese día también pensaba que si no tuviera hijos, o éstos fueran mayores no me daría tanto miedo irme. Pero eso es falso, no te quieres morir porque siempre hay algo que puedes hacer por mejorar el mundo, bueno y por más cosas claro. En fin, que hoy empiezo otro proyecto, y tiene que ser hoy, la imagen de ese hombre me ha impulsado, la llamada de mi padre también, palabras de apoyo a la creación, y ese sí maravilloso de la mujer valiente.

Isolina Cerdá Casado

Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...