sábado, 11 de julio de 2015

Algún día llegarás

Todo sigue adelante, el libro está cada vez más cerca, todos los que me apoyaron, todos esos mecenas que confiaron en mí pronto recibirán su recompensa llena de agradecimiento. Y los que quieran asomarse al sueño que se adentren en Libros.com y busquen en los libros en campaña, allí está "Algún día llegarás" de Isolina Cerdá. Se puede reservar sin necesidad de pagarlo hasta que lo reciban.



Isolina Cerdá Casado

Hubiera

No he desaparecido, ni me he ido a vivir lejos de la tierra, ni he dejado de mirar el mundo con mis ojos y con esa mirada llena de empatía que en ocasiones me turba. Es solo que he estado algo liada, creando en otras esferas. Aparezco en la guía del ocio de Madrid. Con la obra Hubiera, todo el mes de julio en la Sala la Usina. Estoy feliz. Un regalo del Universo. 





Isolina Cerdá Casado

viernes, 29 de mayo de 2015

El vuelo soñado.

    Este texto lo he presentado al certamen literario del cole de mis peques. Todos los años procuro escribir algo específicamente para presentarlo allí. Lo escribí justo un día antes de que terminara el plazo. A mi hijo se le escapó su ninfa, se fue, desapareció, su otra amiga quedó sola en la jaula. Se me ocurrió esta historia para regalársela.




El vuelo soñado



  Mi hijo está muy triste porque su mascota, una ninfa preciosa se ha escapado. Suena fatal decir eso, “escapado”, suena como si hubiera querido alejarse de lo que hasta ahora era su hogar. Yo no sé muy bien cómo ayudarle, así que pensé que sería una buena idea escribirle un cuento.
    La ninfa Pintitas había llegado a casa malherida y muy débil, su mamá la rechazó, renegó de ella, no la alimentaba, de modo que su vida corrió peligro desde el mismo instante en que vino al mundo. La casa en la que nació estaba repleta de animales, tenía muchas especies distintas de aves conviviendo en la misma casa de campo, el dueño no tenía tiempo suficiente para ocuparse de ella, así que decidió buscarle un nuevo hogar, en el que hubiera alguien dispuesto a dedicarse a esa ninfa chiquitita y flaquísima el tiempo que fuera necesario y sobre todo que estuviera capacitado e ilusionado para ello. El dueño de Pintitas conocía a un niño que estaba fascinado por todo tipo de animales, pero que en especial se sentía atraído por los pájaros. Cristian había hecho varios intentos por conseguir tener una ninfa papillera, deseaba con todas las fuerzas tener una ninfa que respondiera a su llamada y con la que mantener una relación especial. Le había pedido a Papá Noel una ninfa, y éste tuvo el detalle de traérsela, lo cual le llenó de satisfacción, lo que sucedió es que a los pocos días se accidentó en uno de sus primeros vuelos por el comedor de su casa. Y como consecuencia de la abundante pérdida de sangre se quedó muy débil y murió. En otra ocasión llegó hasta sus manos otra ninfa, que murió sin causa aparente. El caso es que Cristian estaba muy triste porque no conseguía tener una ninfa que le durara más de un mes.
    El dueño de Pintitas, conociendo toda su historia con las ninfas, pensó que Cristian podría ocuparse de ella, era tal el deseo del niño de tener una que seguramente se implicaría mucho en sus cuidados. Su mamá no lo tenía nada claro, sin embargo los ojos del niño se iluminaron de tal manera al verla que fue imposible negarse a que entrara en casa una tercera ninfa papillera. Sorprendentemente Pintitas salió adelante, a pesar de todas las advertencias de que probablemente no sobreviviría, el niño estaba absolutamente entregado, quería sacarla adelante, calentaba el agua, mezclaba el pienso adecuado y se lo daba con una jeringuilla especial con toda la paciencia del mundo. Estuvo con ella en sus primeros vuelos, cruzaba el salón de punta a punta, reconocía a Cristian, se posaba en su hombro, y tenía una relación especial con aquel niño que había conseguido impulsarla y llenarla de fuerza en esos días inciertos en los que parecía que estaba más cerca del final de la vida que del principio.
    A mi me daba mucha tristeza, nunca me han gustado los pájaros enjaulados, aunque reconozco que muchos de estos pájaros han nacido en la cautividad, y no saben lo que es volar en libertad, porque siempre han vivido dentro de una jaula y tal vez no existirían de no ser por esas personas aficionadas a la ornitología. Yo pensaba en Pintitas, y muchas veces sentía cierta tristeza al verla dentro de la jaula, y he de reconocer que en alguna ocasión me pregunté lo que ella podría sentir en el caso de que saliera volando por el cielo, libre, sin una jaula que la esperase después.
    Esta última navidad el antiguo dueño de Pintitas regaló a Cristian otra ninfa, en este caso no era papillera, sino que comía sola y tal vez podría emparejarla con Pintitas. La verdad es que se las veía bien, juntas, en la jaula. Aunque en alguna ocasión pude percatarme de que Pintitas le lanzaba picotazos a su nueva compañera de jaula. En esos casos, cuando las veía, pensaba que lo mismo no se llevaban del todo bien, y que tal vez las estábamos forzando a compartir espacio sin llevarse bien. Las personas no siempre tienen buena relación, y es verdad que no estamos hablando de personas sino de pájaros, pero mi imaginación hacía que las mirase con ojos distintos, las personificaba, les atribuía sentimientos, anhelos, sueños que son propios de las personas. Las relaciones de pareja son muy complicadas, todos hemos oído hablar de tristes finales en los casos de malos tratos. O del sufrimiento de las personas por encontrarse encerradas en una celda, aunque la sensación de sentirse encerrado tal vez no es propia de un pájaro. No sé, el caso es que yo me imaginaba historias con ellas. Concretamente Pintitas era muy lista, en muchas ocasiones la vimos intentando abrir la jaula, y nos miraba desafiante, como sabiendo que su capacidad de aprendizaje era mucho mayor de lo que podía atribuírsele a un pájaro y mostrándonos que si permanecía allí era porque quería. Seguramente de no ser un pájaro, de haber podido ir a la universidad, habría llegado muy lejos, estaría dando clases a otras ninfas de cómo sobrevivir creativamente ante la vida.
    Una mañana, cuando entré en el tendedero para tirar un envase al cubo de reciclaje que se encuentra en ese espacio, me di cuenta de que sólo había una ninfa, faltaba Pintitas. De pronto pensé que mi marido se la podía haber llevado a algún sitio, no sé, a la parcela por ejemplo, y que no me hubiera dicho nada. O lo que es peor, que le hubiera dado por morirse y que sin decir nada mi marido la hubiera sacado de la jaula y le hubiera organizado un funeral exprés.
    Pero nada, ambas opciones quedaron descartadas en cuanto mi marido me envió un “emoticono” triste por el “wasap” negando las dos posibilidades que le di. Solo quedaba la opción de que se hubiera ido por sus propias patas y alas. Pusimos múltiples carteles, cientos de ellos por la zona en la que vivimos, pero todos nos decían que era muy difícil. La reacción de mi hijo fue extrema, cuando se enteró de que Pintitas no estaba le dio un pasmo, empezó a gritar despavorido, tuvo una reacción desproporcionada, tal vez porque ya era una tristeza acumulativa de pérdidas reiteradas de mascotas con las que se había encariñado, parecía como si se hubiera producido en su interior una explosión de tristeza por un luto enlatado.
    Pues bien, hoy, a casi tres semanas de haber encontrado la jaula vacía, hemos recibido la siguiente carta por correo certificado:

    Querida familia:

    Sé que estáis muy tristes y en mi conciencia queda el hecho de que mi marcha os haya causado tanto dolor, especialmente a mi querido Cristian, que tanto me cuidó y gracias al cual estoy ahora mismo donde estoy. No es mi intención que vengáis a recogerme, bien al contrario quiero seguir estando en el mismo lugar. Pero sí es cierto que quiero tranquilizaros porque ha llegado a mis oídos que habéis pegado carteles por la calle y que incluso en el Facebook habéis colgado fotos mías. Me encuentro perfectamente, así que os recomiendo que os reconfortéis porque es absurdo sufrir cuando el objeto de sufrimiento está como una rosa.
    A ver, yo soy una ninfa, y puedo volar, gracias esos vuelos supervisados por Cristian cuando estaba tan flojilla conseguí sentir el poco aire que había en el salón. Y casa vez que me volvía a introducir en la jaula sentía que me faltaba el aire. Desde el tendedero se veía un gran cielo azul, y durante todas las horas del día, a parte de comer pienso, pelar pipas, picar algún trozo de hoja de lechuga y pelearme con mi nuevo amigo, suspiraba por sentir lo que era volar por el cielo maravilloso que se veía a través de mis barrotes. No es que estuviera mal cuidada, no, tampoco es que no os quisiera, no. Pero es eso que ocurre cuando uno está viendo la posibilidad de ver cumplido un sueño y pasa el tiempo y no hace nada por conseguirlo, hasta que de pronto un día, ese sencillo gesto de abrir la jaula, que tanta gracia os hacía, se completa del todo, y te sientes con fuerza y con el impulso necesario para llevarlo a cabo. Entonces no hay vuelta atrás. Abres, sales y te lanzas. ¿Podéis imaginar esa sensación de libertad maravillosa? Es inexplicable, indescriptible, único. He de reconocer que antes de lanzarme miré para atrás, mi compañero de jaula me guiñó un ojo, y yo miraba la puerta que da a la cocina, estuve a punto de regresar, pero supe que Cristian iba a reponerse, se llenaría de fuerza y su padre, seguramente me repondría rápido, es una especie de Noé de este tiempo que recoge todo tipo de animales que caen en sus manos. Él sobreviviría y yo podría ver realizado mi sueño. Así que tomé impulso y me lancé. El aire me acariciaba las mejillas, esos lunares naranjas se erizaron, el cuerpo era ligero, yo me sorprendía en cada nueva sensación, me dejaba llevar por todo aquello que sentía, era mágico, dulce, extraordinario. Casi me choco con un árbol, y un extraño pájaro negro con pico naranja me lanzó un piar extraño, como un grito. Lo ignoré y seguí mi camino. En realidad no sabía a dónde iba, me limité a disfrutar cada tramo recorrido, estuve en un parque, y recordé las veces que había oído hablar a Cristian de esos lugares. Pasé miedo, unos extraños pájaros verdes me persiguieron, no eran buena gente, sé que querían acabar conmigo por ese vuelo agresivo, eran un grupo de ellos. Me escapé como pude. Finalmente he llegado a un lugar maravilloso, no sé si definirlo como una isla, bueno, no, hay edificios cerca, pero está rodeado de árboles y agua, es lindo, lindo. Me paseo feliz, cuidándome mucho de que los grupos de aves verdes, las cotorras, no me alcancen. ¿Os podéis creer que he conocido a una amiga? En serio, no me lo creo, es una ninfa también, y resulta que vive en una especie de casa de madera, allí no pueden llegar los pájaros verdes, quedo con ella por las tardes, que es cuando parece que hay menos peligro. Me ha insinuado que podría ir a vivir con ella, que tal vez a sus dueños no les importaría, en realidad ella llama sus dueños a unos cuidadores, pero no es posesión de nadie, es libre, así que me estoy planteando acompañarla algún día. Ella es preciosa, pero lo que más me fascina de ella es su alegría, es muy importante estar alegre en estos tiempos que corren, hay que aprovechar cualquier gesto que nos ayude a caminar un poquito más felices.
    En fin, familia, que os quiero, que tal vez algún día os vaya a visitar, de hecho hace unas semanas volví, me posé en el alféizar de la ventana, y me comí unas pipas, ¿desde cuándo mamá pone pipas en la ventana? Pero sólo lo hice porque no me había despedido de la tortuga, bueno reconozco que me entró cierta melancolía, os ví dormidos, a ti, Cristian, y a tu hermana también. Estabais bien, así que volví a mi isla y decidí escribir esta carta, me ha ayudado Arcoiris, es muy lista y ella sí ha tenido formación universitaria. Me ha dicho que me va a ayudar a preparar las pruebas de acceso, creo que voy a estudiar Psicología, para ayudar a otros amigos a alcanzar su sueño. Quiero decirle a Cristian que siga con su empeño de ser veterinario. Cristian tienes cualidades, pero debes estudiar mucho, no lo olvides y no dejes nunca de perseguir tus sueños. Y ya sabes, si alguna vez tienes la posibilidad de dar un paso para alcanzar tu sueño, has de darlo, porque, lo alcances o no, siempre tendrás la certeza de haber apostado por el camino correcto.

    Con todo el cariño del mundo, os quiere con locura,

                                                                              Pintitas


Isolina Cerdá Casado




El cartel con el que empapelamos puntos estratégicos de nuestra zona.


Esta es la amiga de Pintitas, con la que se peleaba de vez en cuando, la que le guiñó un ojo cuando tomó la decisión de volar libre.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Vamos a jugar. ¿Qué ves en esta foto? Yo veo una historia. El álbum de libertad.


Ella era un saco de huesos, siempre corría a todos lados, y nunca encontraba un momento de tranquilidad para reflexionar sobre todas las cosas que tenía que hacer. Se había tomado una tostada empapada en aceite de oliva. Tras desayunar volvió al baño y se dio una ducha, buscó la camiseta gris porque su intención era salir a correr, pero no la encontró. El caos de vida que llevaba daba lugar a ese tipo de extravíos. También le pasaba mucho con el coche, cuando con llave en mano iba recorriendo la extensa zona de parking del Centro Comercial, solía tardar más de media hora en dar con el coche. En una ocasión tuvo que llamar a Matilde, su amiga del alma, que la conocía y comprendía mejor que nadie, la invitó a un café, y justo en el momento en el que movía el azúcar con la cucharilla le confesó que necesitaba su ayuda: "Matilda, he vuelto a perder el coche". Matilda reaccionaba muy bien, sabía que su amiga era un despiste andante, pero la quería mucho, por eso en una de esas explosiones creativas le pintó un cuadro maravilloso, quiso copiar uno que le regaló su hija pintado en un trozo de cartón, pero no hubo manera de acercarse ni por asomo al original. Aún así su amiga lo tomó con emoción y lo colocó en un atril de forja maravilloso que le había regalado su marido cuando estaba enamorado hasta las trancas, eso pasó hacía muchos millones de años, lo del enamoramiento me refiero. El tiempo es casi un misterio, nunca se sabe muy bien apreciar su ritmo, esa percepción depende de nosotros. Ella siempre calculaba mal el tiempo, sobretodo si tenía que decir exactamente los días y los meses. Desde que estuvo presa en la cárcel jamás volvió a ser la misma, se desorientó, mucho más que cuando salía con la compra a cuestas. Lo que nunca se olvidaba era meter en el bolso un paquete de pañuelos de papel, no solo por la alergia, ni por el constipado, era más una cuestión de sensibilidad. Ella lloraba por todo, era una mujer hipersensible, por esa razón debía estar prevenida, tenía el llanto fácil. Y aunque no se le ponían los ojos negros por el corrimiento de las pinturas en los ojos, rimel, lápiz de ojos, sombras, etc. porque la verdad es que no se pintaba ni para asistir a una boda, lloraba tanto que no le quedaba más remedio que utilizar papel si no quería ver cómo se le empapaba la camiseta. Esas torpezas en los Centros Comerciales no le pasaban cuando regresaba a casa con las llaves del piso, su casa siempre permanecía en el mismo lugar, y nunca tuvo que llamar a Matilda para que la socorriera.
Lo de ingresar en prisión fue una trampa del destino, en realidad nunca estuvo dentro, solo lo soñó, pero tenía tal empatía con el mundo onírico que ese día, justo después de haber soñado que estaba metida en una celda con apenas una ventanita de unos ochenta centímetros cuadrados, decidió que debía disfrutar más de la libertad. Así que todas las mañanas siguientes a esa extraña noche cogía su peine blanco, el que no le hacía daño -su sensibilidad llegaba hasta las mismísimas raíces capilares- y se peinaba, se ponía su crema labial y salía a correr con una cámara de fotos en la mano, no le bastaba su memoria fotográfica, ella quería recuerdos visuales palpables. Esa fue una de las razones por las que su casa se quedaba pequeña, tanto como su bolso negro que siempre llenaba hasta niveles impensables. En una de las habitaciones había instalado los álbumes de fotos de sus momentos de libertad y eran tantos que no cabía nada más que eso, fotos y más fotos. 
Apenas tenía dinero en su cartera, así que el día que el saco de huesos necesitó una habitación más tomó una decisión drástica, se comió todas las fotos, así fue como pudo invitar a la que fuera su compañera de celda y gran amiga Matilda a pasar una temporada con ella. Desde aquel día, esta maravillosa mujer dejó de ser un saco de huesos y se convirtió en un álbum de libertad.

Isolina Cerdá Casado

martes, 19 de mayo de 2015

Martes, ¿ya martes?, un objeto de inspiración: el impulso. ¿El impulso?


Martes, un objeto de inspiración: el impulso.

No sé por qué hablo de un objeto, en realidad lo estoy buscando, ando detrás de él, algunos rastros de él los encuentro por la casa, una fregona esperando ser movilizada, con su cubo lleno de agua limpia y jabonosa. Unas tazas usadas con restos de café con leche y colacao, cucharas, migas de pan, cuchillos de untar llenos de mantequilla y mermelada rosa. Ese objeto que me tiene que empujar está perdido en algún rincón de la conciencia o de la inconsciencia, perdida me encuentro, tanto como él. ¿Dónde te encuentras? Me he levantado, al hacerlo tuve que empujar la silla hacia atrás para no darme con el borde de la mesa, el pantalón vaquero se me había pegado a las nalgas, lo separé y miré hacia atrás, allí estaban los vasos en el fregadero, luego miré hacia la derecha, mi derecha, allí estaba la perra tirada en el suelo y espatarrada, durmiendo. En mi izquierda tenía la escoba y el recogedor, ah, y una ventana con un geranio con flores rosas. 
¿Qué es lo que me pasa? Te pasa que no lo encuentras, ni si quiera hacer café lo soluciona, lo empiezas a tomar con la esperanza de hallarlo, pero ¿a caso no lo has encontrado ya con el simple hecho de hacerte ese café? ¿Acaso olvidas que has lavado la cafetera italiana, después de descongelar las lentejas al baño maría, limpiar una zona muy concreta de la cocina, y poner el agua y el café en sus espacios correspondientes, encender el fuego y esperar? Ay que ver qué pregunta más larga. ¿No necesitabas impulso para hacer todo eso? Lo utilizaste sin ser consciente de que estabas impulsada. 
Tal vez tú estás buscando otro tipo de impulso, el impulso que te hace moverte con alegría, con entusiasmo, con la energía necesaria de la ilusión. ¿Querrá esto decir que estoy desilusionada? ¿triste? ¿deprimida sin saberlo? ¿aburrida quizá?
Ahora mismo no tengo ganas de hacer otra cosa diferente a la que estoy haciendo, escribir, mecánicamente, ¿mecánicamente? En realidad no es el hecho de escribir, tal vez escribiendo llegue al punto originario de mi ¿angustia? No estoy angustiada, no, no es angustia, es como una sensación de "tengo que hacer mil cosas pero no me impulso", de ahí la sensación de la carencia de impulso. ¿Estás bien hija? En realidad debo estar agradecida. La falta de ese algo, como de la energía ilusionada, se produce claramente por circunstancias que me rodean. Tengo poros sensibles, mi piel externa es igual que la piel del alma, poros abiertos que absorben todo lo que les llega.
 Vale ya, te estoy viendo venir, te siento tan triste que no sé muy bien por qué lado del cuerpo lanzarte el pañuelo. Tal vez las lágrimas empiecen a caerte por los oídos, y en esos pendientes de oro se añada a la piedra preciosa una lágrima transparente que procede del interior de un cuerpo que se arrastra por falta del desternillante impulso.
Qué sucederá en el caso de que las lágrimas se te escapen por la nariz, pensarán que moqueas, mejor, así nadie se dará cuenta de que en realidad estoy llorando con disimulo. Déjate ya de tonterías. Sí, me dejo, me dejo ya, lo único que quería era canalizar esta falta de ..., de lo que sea, no importa. Del sin sentido, del "¿por qué cojones tenía que pasar ahora esto?", del "a la mierda, me da lo mismo"...
La gente se impulsa.
Las personas normales caminan.
Los que son como yo escriben, y menos mal.
Esa foto de las flores preciosas la tomé en Galicia, en un jardín precioso, rodeada de gente a la que adoro. Era un viaje de celebración, lleno de contrastes. ¿La vida es eso no? Cada persona es un mundo, hay personas a las que les duele reconocer sus propias batallas, o hablar sobre ellas. Soy tan transparente que es fácil ver el brillo de mi alma cuando se ilusiona, o cuando llora. Esto es algo que no entienden otras personas, no entienden que una necesite contarlo casi todo, contarlo mediante la palabra escrita. No sé por qué me pasa, pero es así. Tal vez porque en ocasiones es mejor obviar el sufrimiento que regodearse en él, pero no es regodeo, es que a veces una necesita soltar peso, y cuando lo sueltas te sientes descargada, como más ligera, eso te permite caminar, simplemente caminar. 

Isolina Cerdá Casado

lunes, 4 de mayo de 2015

El monstruo le empujó a decir: "Me cago en tu raza" y a mí me llenó de miedo. Conclusión: soy una miedosa.


    Hoy me ha pasado algo que os quiero contar. No se lo he dicho a nadie, y estoy en casa todavía con el miedo en el cuerpo. Seguro que si se lo cuento a mi marido no entendería el miedo, seguramente diría que es una reacción exagerada lo que se ha producido en mi, ha sido físico, el dolor que siento en el pecho de vez en cuando y que muy interiormente atribuyo a una grave enfermedad incurable, se ha acrecentado e intensificado sobremanera. 
Íbamos Leia y yo paseando por la calle, por mi calle, no era una cualquiera. No había nadie, eran las once y pico de la mañana, Leia iba un poco apurada porque la sacaba más tarde de lo habitual a dar su paseo. De pronto veo que se acerca un señor, bueno un chico, vamos sobre unos treinta y cinco años o cuarenta, era gitano e iba vestido en tonos negros. Él venía en dirección contraria, de manera que nos acabaríamos cruzando, yo lo miré, y trataba de sostener a la perrita que tiraba con fuerza en dirección hacia la zona en la que la suelo llevar. La cuestión es que cuando el hombre estaba como a cinco metros de distancia, casi frente a frente, se le empezaron a encender los ojos, como de ira, y comenzó a gritar con un tono que daba terror dirigiéndose a mi perrita: "¡Me cago en tu raza!, ¡ME CAGO EN TU RAZA!". Luego me miró a mí, yo después de ver la cara de loco que se le puso, miré hacia adelante y aceleré el paso, rezando porque no tuviera un momento de esos que llaman "enajenación" y que exime de responsabilidades. Supongo que con mi sensibilidad esta reacción fue exagerada, sé que mi marido no le hubiera dado mayor importancia, no sé. Pero imagino que, como consecuencia de estas reacciones irracionales de diferentes personas que han tenido fatales desenlaces, me vino a la mente la posibilidad de ser objetivo de un ser enajenado, sentí pavor, y el pecho me ardía de puro miedo. 
    Leia es una perra pastor alemán que tiene mucho genio, y que además es muy ladradora, nada que ver con Paty. Temí que se diera cuenta de los improperios de este señor y empezara a ladrar, y que como consecuencia de ello el asunto fuera a peor. Sin embargo Leia le ignoró absolutamente, y no soltó ni un triste ladrido. Ni tuvo miedo ni el impulso de responder. Debería aprender de ella y de su reacción. No sé qué tipo de asociación tuvo este hombre, si es que tenía que ver con los alemanes o con los payos. La verdad es que a mí me aterrorizó su reacción como me aterrorizan los errores del pasado y muchas atrocidades del presente. En realidad el monstruo está en muchos lugares y lo que lo alimenta es el odio y la ignorancia.

Isolina Cerdá Casado 

miércoles, 29 de abril de 2015

Mocos y botas. Escribiendo en la calle.


    Estas botas me han traído hasta aquí. Es un lugar peculiar.  Hay un niño que llora, tiene sueño, su madre lo está calmando. Yo acabo de descubrir que puedo escribir aquí,  sentada en un banco que no es el de mi casa. Hoy me siento bien,  feliz porque he escrito un cuento para mi hijo. Siento que es un día productivo, lo valoro en función de las letras escritas. Imágenes del terremoto de Nepal vienen a mi cabeza. Cuando grita la tierra es muy difícil ignorarla. Qué lejos y qué cerca a la vez. Da miedo.  Nada podemos hacer, bueno sí, ayudarles claro.  Supongo que también podemos pensar en lo que no hicimos. No sé. El mundo es un pañuelo y los mocos nos alcanzarán a todos, no importa en qué esquina situemos nuestra nariz.

Isolina Cerdá Casado

El árbol.

    Había estado muchos años ahí, en el mismo lugar, su edad rondaba los treinta años. Se consideraba mayor, pero en realidad esa percepción era debida a los cambios en el paisaje de los que había sido testigo. Primero era una simple carretera de dos sentidos con apenas una capa de asfalto, luego vinieron el ensanchamiento y las rotondas, la de la fuente y esa maravillosa en la que un dragón alimentaba el mundo de los sueños.
    En todo ese tiempo se imaginó miles de historias y pudo ser el vigilante inmóvil del paisaje urbano, aunque no sólo incluía en el paisaje objetos inanimados, para él también era importante esa tribu urbana compuesta de hombres y mujeres, cómo iban evolucionando, pequeños niños y niñas a las que veía crecer día a día, que pasaban por su lado, se reían, jugaban entre ellos, sobre el césped. Veía cómo empezaban yendo subidos a un carrito, tal vez acompañando a sus hermanos al colegio, y apenas un tiempo después ya iban caminando. Llegaba un momento en que ellos, esos pequeños habían crecido lo suficiente e iban ellos mismos al colegio. Luego incluso corrían al trabajo, empujaban carros, etc.
    Poco se fijaban esos seres en él, esas personas que organizaban el mundo a su gusto y necesidad, que descuidaban en ocasiones la conservación de la naturaleza. Muchos primos suyos desaparecieron con la creación del nuevo parque de madera, tal vez porque no eran de la especie adecuada o simplemente porque no encajaban en el paisaje urbanístico propuesto.
    Pero si ellos hablasen, si pudieran decir algo estoy segura de que no se quejarían. Los árboles son seres que escuchan antes, que no imponen, simplemente proponen. Que disfrutan oyendo a los pájaros cantar, al viento soplar, al agua acariciar el suelo y en ocasiones taconear sobre él como si bailaran flamenco al son de relámpagos histriónicos.
    Los árboles son seres integrados con la tierra, seres sabios con savia, seres que bailan en los días de viento furioso. Él era un simple árbol, que lo había visto todo. Alguien dijo una vez que abrazar un árbol podía ayudarte a recuperar energía vital. Para poder abrazar árboles hay que plantarlos, hay que respetar su crecimiento, dejarlos libres. Seguro que ese árbol de treinta años vio mi incertidumbre al llegar a Leganés, y sintió mi ilusión, me vio caminar deprisa, tranquila, gordísima, empujando un carro, de la mano de un niño, triste, emocionada... Ese árbol me ha estado acompañando y apenas reparé en que estaba ahí, siempre estuvo. 
   Pero hoy, al pasar a su lado, de pronto, sin que hubiera una causa justificada en realidad, me ha llamado la atención, y he reparado en su belleza, increíble belleza natural.

Isolina Cerdá Casado

martes, 21 de abril de 2015

Ración doble de café.



    Recuerdo que estaba sentada en un banco, era de plástico gris, incómodo como él solo. Otras personas estaban sentadas como yo, se escuchaba de fondo un rumor ambiental típico de un lugar repleto de gente. No estaba sola, aunque sintiera por momentos que solo yo ocupaba aquel lugar. Era la antesala de los vestuarios y la piscina en la que mi hija recibía sus clases de natación. Me sentía absolutamente hundida, no se trataba de un hundimiento provocado por algo en concreto, no podía echarle la culpa a nada que me hubiera sucedido, ni tan si quiera a nadie. Se podía decir que era un estado anímico bajo procedente del complejo mundo interior que todos tenemos.
    Me había tomado dos cafés después de comer, normalmente solo tomo uno, y reconozco que lo único que buscaba con ello era un cambio en el impulso, tal vez en el semblante, en la actitud. Mi marido me había estado repitiendo una y otra vez que por qué no sonreía, que qué me pasaba. No lo sé, era obvio que un simple café no me iba a sacar del pozo, pero por cualquier razón yo confiaba en que ese gesto de sentarme con una taza entre mis manos me iba a ayudar a reconfortarme como en tantas ocasiones. Tras la primera taza de café apenas noté mejoría, me tumbé en la cama y cerré los ojos con la esperanza de que algo cambiara, pero no fue así, supongo que por eso decidí insistir en el mismo gesto anterior: servirme otro café y esperar. Nada, no cambiaba el ánimo, seguía hundida, pero no me podía permitir parar, eso es lo que nos pasa a los adultos que tenemos niños, responsabilidades, que esperan nuestro impulso. También les pasa a muchos niños a los que se les obliga a ser adultos, y tampoco ellos pueden detenerse. Triste, pero es así.
    Ahora me encontraba sentada en este banco gris de plástico duro, moviendo nerviosamente las piernas por el exceso de cafeína que había en mi cuerpo. Con esa sensación de ahogo y mirando al vacío. Intentaba encontrar sentidos. Supongo que en parte el reciente cumpleaños, esos cuarenta y dos añazos tenían la culpa, no tanto el número sino el verdadero sentir físico de que nuestro cuerpo no es una máquina sin fecha de caducidad, y eso que yo no podía quejarme, a mí no me pasaba nada, nada de lo que yo fuera consciente, nada que no estuviera causado por mi propia hipocondría, aunque como mi amigo Roberto decía: “Quién sabe si no habrá algo malo dentro de nuestro cuerpo de lo que no tenemos noticia por el momento”. Pues sí, tal vez no anda tan equivocado, así ha sido en cierto modo en el caso de su mujer, mi querida Noelia. Una señora preciosa, muy trabajadora, que en toda su vida laboral no ha salido de la cocina de su afamado restaurante, creadora de unos platos de postre deliciosos, y otros tantos platos principales, con ella al mando su cocina ha sido receptora de múltiples premios y prestigiosos reconocimientos. Siempre pendiente de todos, esa mujer cariñosa que siempre te recibe con una sonrisa y su cariñosa mirada azul. Ella siempre lo entiende todo, incluso esa situación en la que se encuentra ahora. Justo cuando está a punto de terminar su período laboral, a punto de jubilarse, la vida la obliga a verse buceando en los mares salvajes en los que solo son capaces de nadar las personas fuertes, las que son sorprendidas por esa enfermedad cruel provocada por las células sin sueño. Recuerdo que para mí, esa proximidad con el cáncer, esa cercanía a la tragedia y los golpes de la vida, me dejaron incrédula hasta la médula, alejada de dios y sus amparos. Pero ella, ella no, ella habla con aceptación, ella es fuerte, ella se llena de energía, ella nos anima a todos, que está bien, que tranquilos, que no le va a hundir, que hará todo lo que esté en su mano, que sigue saliendo a caminar y entra en la cocina y crea sus platos.
    Apenas quedaban unos minutos, tal vez quince, para que se oyera por la megafonía que ya se podía pasar a recoger a los niños. Era definitivamente un día gris, de esos días oscuros, difíciles, con cuarenta y dos años, sin saber si tenía algo en mi cuerpo con poderes malignos, pronto me haría una mamografía, pronto tendría noticias. Pero, ¿por qué narices no pensaba en las buenas noticias? En el estado positivo, en la frescura de la vida, en que podía estar allí sentada, en que tenía una hija, que además iba a natación, que la veía feliz, que detrás de las nubes había un sol precioso. El café, el histriónico café con cafeína, la vida y sus achaques.
    De pronto, mientras la mirada atravesaba la pared que había junto a la máquina expendedora, pensé en mi padre, pensé en él, no sé por qué, tal vez la palabra “achaques”, o la voz del señor que estaba sentado junto a su mujer, que debían tener más de setenta años y esperaban a su nieta. La mujer le decía que tenía sopa para cenar, y un pescadito. El hombre alababa a su mujer, aunque se quejaba porque lo había abrigado demasiado, que estaba muerto de calor. Me imaginaba, entre los pensamientos negativos, a la señora vistiendo a su marido, “mete la pierna, concéntrate en lo que estás haciendo, hombre”. Era un pensamiento absurdo, él era autosuficiente, imagino que ella le seleccionaría la ropa que se tenía que poner. Supongo que al ser testigo casual de esa escena de una pareja de septuagenarios pensé en el ya octogenario de mi padre, y su forma de caminar por la vida. Recordé su tono tranquilizador, su gran empatía, su actitud ante la vida, con ese sueño suyo de encontrar pareja. Todos lo considerábamos como un sueño imposible y prácticamente inalcanzable con ochenta y dos años, él nos dice muy convencido ante nuestra actitud: “Sí, sé que es difícil pero a mí ese pensamiento me ayuda a seguir adelante, es una ilusión que me impulsa, es algo que a mí me viene bien. Y es así como lo considero, un sueño que me energiza”.
    Entonces me reconforté, no sé, me sentí mejor, tal vez tenga que aprender como él a caminar despacio, tranquila, sin prisas, no hay por qué estresarse, al final los nervios no ayudan a nada, solo si se canalizan bien pueden sernos útiles. Entré a recoger a mi hija, yo tenía una mirada diferente, algo había cambiado en mí, me sentía tranquila, mi hija me vio entre todas las madres, vino hasta mí, sonriendo, feliz, con el albornoz mal puesto, toda mojada, empezó a contarme algunas cosas que habían pasado durante la clase, yo la abracé, la acompañé a la ducha, le di el gel y el champú y esperé a que terminara.
    La vida, las pequeñas cosas, los detalles, los grandes y los pequeños, todo vale para encontrar sentidos.


Isolina Cerdá Casado

lunes, 13 de abril de 2015

Una paleta extraterrestre.

    Hola, no me detengo en presentaciones, no tengo mucho tiempo, apenas unos minutos. Por favor, cuidado, estás al borde, no te das cuenta, no eres consciente, no lo sabes, lo estás ignorando pero estás a punto de caer. Eso que sientes, esa especie de pulsación ahí, justo donde te tocas cuando algo te duele y no sabes su origen, en ese plexo solar gigantesco que tienes en medio del pecho, eso es algo extraordinario. Estás en peligro por ello. Mis congéneres se han dado cuenta de que posees un gran poder,
y lo quieren, van a venir a por él, a por tu plexo. Estoy esperándolos, te crees que soy una paleta de cocina, anda que no has frito huevos conmigo, pero soy un extraterrestre camuflado, estoy esperando a que vengan a recogerme, pero no solo me van a llevar a mí, quieren llevarse todos los plexos que puedan empezando por el tuyo. Creen que con tu plexo también se llevaran la emoción. ¿Te puedes creer que se piensan que emocionarse es algo extraordinario? Yo les he explicado, con restos de aceite incluso, por mal lavada que me tienes, que no siempre es bonito, que llorar es duro, porque duele, pero nosotros, los extraterrestres, no tenemos esa suerte, porque somos increíblemente racionales, listos hasta la médula, consideraron que convirtiéndome en paleta podría estar interaccionando contigo, te han escogido como ser extraordinario que eres, algo así como un prototipo. Alucinan con tus discusiones absurdas, y los caminos intermedios que siempre ves, tus gritos, tus extraordinarias disertaciones con tus hijos y con tu marido, como si fueras una de nuestra especie pero con el plexo mágico ahí, en el pecho, donde te tocas cuando duele. Así que, con el poco tiempo que me queda y como, todo hay que decirlo, me has caído bien, porque eres especial, te tengo que advertir, métete en la bañera, ponte el gorro de baño de natación de tu hijo, y las gafas de bucear, llévate una pajita para respirar bajo del agua sin ahogarte, ya sé que si no te mueres, y en cuanto dejes de oír el ruido de los motores de la nave, porque vienen en una nave roja que suena un poco, así como un secador de pelo, ese negro que tienes, bueno, pues que dentro de nada llegan, llénala ya, y métete, y espera a dejar de sentir los motores. Lo único que quiero es que te dejen tranquila con tu plexo solar, porque sencillamente me has caído bien, les diré que no estás, que nos larguemos a otra casa, si es que quieren más plexos solares, yo con lo que he visto me sobra y me basta, no quiero que se me vaya la olla como a ti, que yo no digo nada, que te respeto, pero nosotros somos más complejos y sencillos a la vez. Tengo que hacerles cambiar de idea como sea, ya los oigo, vete, vete ya.

  - Pero, ¿dónde narices he puesto la paleta? No me jodas, en la maceta, esto es lo que me faltaba. ¡Nene! ¿Para qué has puesto la paleta con el geranio? ¿Te has creído que es un juguete? Peor, ¿te has pensado que era una planta? ¿O es que estabas haciendo un happening? ¿Era eso? Qué orgullosa me siento, ¡Has salido a tu madre!

Isolina Cerdá Casado

Foto inspiradora.

    Parece que fue ayer pero no fue ayer, fue hace mucho tiempo. La vida pasa sin apenas darte tiempo. Sí, vale, ya lo sabemos. Beberé un trago de agua, creo que lo necesito. Siento que la garganta se me seca por momentos, se convierte en un árido desierto impracticable que no me deja articular palabras, no tiene la culpa la garganta en sí, la responsabilidad está en preocuparme en excesivas cosas, como si eso cambiara en algo su estado objetivo. Mi subjetividad me hace sufrir. Como si se tratara de un cuchillo de cortar pan, lo mismo siento que sentiría el pan recibiendo los cortes, así está el interior de esa garganta enmudecida. 
    El oso no dejaba de sonreír, todavía me pregunto por qué narices no lo tomo como referencia, al menos la expresión impertérrita de su cara, con esa sonrisa cosida. Es como un bote lleno de leche condensada, no puedes pensar en un bocadillo de chorizo sino en algo dulce. Hay tantas cosas que podría empezar a cambiar. Me digo a mí misma que voy a empezar a limpiar más, a dedicarle más tiempo a coger el limpia cristales y a pulverizarlo por las superficies acristaladas de la casa, al fin y al cabo tengo un casa muy bonita, si encima estuviera limpia sería mucho más acogedora. Tampoco hay que obsesionarse, al fin y al cabo te vas a morir igual. Aunque no es lo mismo mirar hacia el mueble, una vez te ha dado esa especie de patatús o lipotimia, y ver una capa de polvo posándose sobre él con todo descaro, e imaginarte a los del Samur, digo yo que vendrían a rescatarme, pasando un dedo por el mueble y comprobando que esa mujer que ha caído rendida ante los sinsabores de la vida, y está casi muerta en el suelo del salón, apenas dedicó cinco minutos de su vida a quitar el polvo de esos muebles reciclados. "Se habrá muerto de aburrimiento, con lo divertido que es limpiar y en lugar de eso se habrá dedicado a sabe dios qué cosas improductivas, como escribir o memorizar un texto teatral".
    Pero qué tonterías estoy diciendo, ¿quién iba a llamar al Samur? ¿mi perra Leia? Es lista pero con sus patitas dudo mucho que pueda teclear en el teléfono ningún número. Tampoco te imaginarías a un oso de peluche cogiendo una vela y queriendo encenderla por la emoción de ver cómo se desgasta poco a poco. Sería tan absurdo como imaginarse al hermano de Chewbacca animando al oso a encender la vela. El oso no puede articular sus dedos, así que no podría darle al mechero. Qué importante es tener dedos. Solo se aprecia cuando uno tiene que hacer cosas con ellos y no los tiene. 
    ¿Estás ya mejor? Bueno, estoy contenta porque he tenido algún lector de Rusia, eso me ha hecho imaginar que un texto mío ha sido leído por unos ojos que estaban muy lejos, un alma tal vez se emocionó o empatizó o se puso en el lugar de mi alma inspirada. Y entonces ese hecho positivo ha animado a mi yo creativo a ponerse a teclear, pero como no lo tenía claro he hecho una foto, y me he propuesto escribir a partir de una composición. Le cogí el peluche a mi hija, la vela estaba al lado del oso, el vaso de agua en la cocina, acababa de beber, de hecho lo voy a volver a hacer antes de continuar. El cuchillo lo cogí del cuchillero y el bote de leche condensada estaba sin guardar, apenas modifiqué su posición original, me acababa de tomar unas fresas con leche. Qué suerte tengo, me siento afortunada, es bueno valorar esos pequeños detalles que te da la vida. De momento el del Samur no ha tenido que venir, es buena señal, pero quién sabe si no vendrán mañana. No, no voy a limpiar el polvo. El cristasol estaba también en la encimera, por la mañana había estado utilizándolo, lo utilizo de vez en cuando, no las veces suficientes solo las imprescindibles, que al no ser las suficientes siguen acumulándose motas de polvo en lugares insospechados. Hoy no estoy triste, aunque hace mucho aire, ya sé que una cosa no tiene que ver con la otra pero en ocasiones apenas es una brisa la causante, bueno más  bien el detonante de la explosión, del desahogo. No, hoy no es uno de esos días, no hay ni una triste nube en el cielo, pero se escucha al viento rugir eso bastaría para ponerme a llorar en otro momento. Mi amiga sigue enferma, la mujer de mi amigo, del amigo de mi madre, del amigo que es casi tanto como si estuviera hecho de mi sangre, como si tuviéramos sangre familiar. Sin embargo hoy me encuentro con más fuerza, una fortaleza en el alma que debería analizar, si todo está más o menos igual por fuera, qué ha cambiado por dentro. No lo sé. También he empezado a escribir pensando en la deuda pendiente, pero a pesar de ese impulso no he podido corresponder a mi promesa, sigo debiendo un texto positivo, muy positivo, mucho más que el que le ofrece a una la imagen de ver al oso intentando encender la vela. Un texto positivo que te anime a calzarte las zapatillas y salir a correr, o a poner música y dejarte llevar. ¿Cuánto tiempo hace que no me dejo llevar por ella? Mucho, querida, mucho. Pues muy mal. 
    Bueno, aquí lo dejo, lo dejo porque no me sale nada más, lo dejo porque me duele el cuello y no tengo necesidad creativa ahora mismo, al menos no lo suficientemente grande como para paralizarme y no poder hacer otras cosas más que escribir.

Isolina Cerdá Casado



Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

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