Ella era un saco de huesos, siempre corría a todos lados, y nunca encontraba un momento de tranquilidad para reflexionar sobre todas las cosas que tenía que hacer. Se había tomado una tostada empapada en aceite de oliva. Tras desayunar volvió al baño y se dio una ducha, buscó la camiseta gris porque su intención era salir a correr, pero no la encontró. El caos de vida que llevaba daba lugar a ese tipo de extravíos. También le pasaba mucho con el coche, cuando con llave en mano iba recorriendo la extensa zona de parking del Centro Comercial, solía tardar más de media hora en dar con el coche. En una ocasión tuvo que llamar a Matilde, su amiga del alma, que la conocía y comprendía mejor que nadie, la invitó a un café, y justo en el momento en el que movía el azúcar con la cucharilla le confesó que necesitaba su ayuda: "Matilda, he vuelto a perder el coche". Matilda reaccionaba muy bien, sabía que su amiga era un despiste andante, pero la quería mucho, por eso en una de esas explosiones creativas le pintó un cuadro maravilloso, quiso copiar uno que le regaló su hija pintado en un trozo de cartón, pero no hubo manera de acercarse ni por asomo al original. Aún así su amiga lo tomó con emoción y lo colocó en un atril de forja maravilloso que le había regalado su marido cuando estaba enamorado hasta las trancas, eso pasó hacía muchos millones de años, lo del enamoramiento me refiero. El tiempo es casi un misterio, nunca se sabe muy bien apreciar su ritmo, esa percepción depende de nosotros. Ella siempre calculaba mal el tiempo, sobretodo si tenía que decir exactamente los días y los meses. Desde que estuvo presa en la cárcel jamás volvió a ser la misma, se desorientó, mucho más que cuando salía con la compra a cuestas. Lo que nunca se olvidaba era meter en el bolso un paquete de pañuelos de papel, no solo por la alergia, ni por el constipado, era más una cuestión de sensibilidad. Ella lloraba por todo, era una mujer hipersensible, por esa razón debía estar prevenida, tenía el llanto fácil. Y aunque no se le ponían los ojos negros por el corrimiento de las pinturas en los ojos, rimel, lápiz de ojos, sombras, etc. porque la verdad es que no se pintaba ni para asistir a una boda, lloraba tanto que no le quedaba más remedio que utilizar papel si no quería ver cómo se le empapaba la camiseta. Esas torpezas en los Centros Comerciales no le pasaban cuando regresaba a casa con las llaves del piso, su casa siempre permanecía en el mismo lugar, y nunca tuvo que llamar a Matilda para que la socorriera.
Lo de ingresar en prisión fue una trampa del destino, en realidad nunca estuvo dentro, solo lo soñó, pero tenía tal empatía con el mundo onírico que ese día, justo después de haber soñado que estaba metida en una celda con apenas una ventanita de unos ochenta centímetros cuadrados, decidió que debía disfrutar más de la libertad. Así que todas las mañanas siguientes a esa extraña noche cogía su peine blanco, el que no le hacía daño -su sensibilidad llegaba hasta las mismísimas raíces capilares- y se peinaba, se ponía su crema labial y salía a correr con una cámara de fotos en la mano, no le bastaba su memoria fotográfica, ella quería recuerdos visuales palpables. Esa fue una de las razones por las que su casa se quedaba pequeña, tanto como su bolso negro que siempre llenaba hasta niveles impensables. En una de las habitaciones había instalado los álbumes de fotos de sus momentos de libertad y eran tantos que no cabía nada más que eso, fotos y más fotos.
Apenas tenía dinero en su cartera, así que el día que el saco de huesos necesitó una habitación más tomó una decisión drástica, se comió todas las fotos, así fue como pudo invitar a la que fuera su compañera de celda y gran amiga Matilda a pasar una temporada con ella. Desde aquel día, esta maravillosa mujer dejó de ser un saco de huesos y se convirtió en un álbum de libertad.
Isolina Cerdá Casado

Me encanta! Enhorabuena Soli, tienes mucho talento!
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