sábado, 30 de noviembre de 2013

Mi querido comensal: ¡A la mierda!


    Primero pedir disculpas por haber incluido una palabra tan fea en el título de un texto en el que se hace alusión a la comida y aparecen imágenes de socorridos puerros y zanahorias con melenas verdes. Todo comenzó una  bonita mañana de noviembre. Paseaba por el mercado buscando el producto adecuado para preparar una deliciosa crema de calabaza, entonces me fijé en el esplendor de este manojo espectacular de puerros confitados con nutritiva tierra natural, a su lado las maravillosas y anaranjadas amigas desenterradas me miraban con ojitos lindos y atrayentes. En ese momento me embargó una duda, ¿por qué no podía engrandecer el puré primigenio que me había inspirado la espectacular calabaza con puerros y zanahorias cortaditas en cachitos lindos? Me apropié de ese instante inspirador y llevé a mi cocina a todos los ingredientes para el espectacular puré de verduras que iba a preparar con todo el cariño del mundo. Descarné la calabaza, lavé las zanahorias pasando primero por una sesión de peluquería en la que corté la melena preciosa con la me atrajeron en el puesto del mercadillo y separé el trío de puerros para finalmente cortar uno de ellos en mil pedazos. Añadí cebolla, ajos, patatas y un toque de caldo de carne para incrementar sabores. Así los tuve cociendo, mientras hacía camas, limpiaba polvos y fregaba suelos. Oh, qué feliz me sentía. De vez en cuando bailaba, tenía de fondo a Mozart, sé que no es habitual, pero a mí me inspira. Como una mujer feliz, dedicada al buen funcionamiento del hogar, iba y venía a ver el estado de cocción de los puerros, patatas y demás familia de hortalizas acogidas y troceadas previamente en la olla heredada de mi querida abuela que en paz descanse, merecido lo tiene, el descanso, ya cocinó bastantes verduras y hortalizas la mujer. Al  lío, que me voy para Burgos... Pues feliz estaba yo, mis hijos llegarían del cole hambrientos, y mi querido marido, cansado y agotado, seguramente recibiría ese plato delicado, dulce, nutritivo y sano, con todo el cariño del mundo. Todo iba muy bien, la jornada transcurría con normalidad, yo me sentía feliz: mi familia iba a ser alimentada con un plato muy sano y bueno para el cuerpo. Entonces, sucedió algo terrible. El niño estaba enfermo, se negó a comer; mi hija que le hace ascos a todo menos a las patatas fritas decidió que hoy no era un buen día para comer puré y todo el que le obligué a comer lo vomitó sin tapujos; y cuando llegó mi marido, me advirtió que había estado picando en un bar porque un compañero le invitó por su cumpleaños, así que no tenía hambre. Toda esa positividad que yo tenía se vino abajo, qué sentido tenía todo esto, mi tiempo, mi sabiduría, mi energía, todo perdido, sin valor, tirado,...Se me empezaron a poner rojas las orejas, los ojos se salían de la cavidad ocular y yo, no sabía qué hacer, había ido al mercado solo a por la calabaza, toda la mañana había estado bailando alrededor de una olla, y nadie había sabido valorar mi esfuerzo...Del mismo modo con las camas, con el polvo, con el suelo...No hay trabajo peor valorado que el de casa, no hay refuerzo posible que verdaderamente compense: ¿una sonrisa? ¿tus hijos que van creciendo? ¿la casa limpia? ¿una buena comida? 
    La única forma de valorarlo, el trabajo en casa me refiero, un plato de comida elaborado, una cama hecha, con sus sábanas limpias y la habitación aireada...la única forma de darle valor es pasándote tú mismo todo el día trabajando e invirtiendo tu tiempo para elaborar un puto plato, o para hacer cosas en casa, ...Reconozco que desde que soy lo que soy, y hago lo que hago, nunca se me ocurriría despreciar una comida elaborada, por muy poco que me guste. 
    No, no, si mi marido se come mis purés, faltaría más. Y mis hijos también. Sí, pero ¿cuántas veces he sentido que todo el trabajo no ha sido valorado lo suficiente? Supongo que lo primero es que una o uno valore su propio trabajo para que sepa ver si es o no valorado por los demás. 
    Yo no he nacido para ser ama de casa, no, por eso veo purés que hablan, que se extienden, que gritan, que rebozan y envuelven, que cantan. Yo no he nacido para ser la responsable de que una casa esté limpísima, tanto que se pueda comer en el suelo. Por favor, yo como en un plato limpio, punto. 
     - Pero, entonces, ¿para qué has nacido tú? 
    - Yo he nacido para volar, pulsando teclas, escribiendo.
    - Ya, pero ¿tendrás que comer? ¿dormir? ¿ducharte?
    - Sí, sí, por eso preparo purés, y hago camas, y limpio baños...
    - Y tienes hijos y un marido, ¿no?
    - Sí, sí, por eso preparo más purés, y hago más camas, y limpio más el baño...
    - ¿Entonces?
    - Nada, que a veces me canso y exploto.
    - Ah.

Isolina Cerdá Casado

lunes, 25 de noviembre de 2013

MALTRATADOR


        Ardía, todo era calor interno. Paseaba con normalidad, todos podían ver a una sencilla mujer que caminaba con su hijo. No parecía esconder nada, no había ningún gesto que hiciera intuir que algo estaba cociéndose por dentro. Sin embargo ella lo tenía claro, ya nunca nada volvería a ser igual. Había estado soportando durante mucho tiempo su sinrazón, y dentro de sí misma no cabía más injusticia, así que se había llenado de valor. Sabía lo que había hecho. Eso no estaba bien, pero ¿alguien había reparado en todos los actos violentos que había estado soportando una y otra vez? ¿alguien había reaccionado ante las manos levantadas y los gritos? Ese miedo terrible que la inundaba por dentro, había llegado al máximo, no sería capaz de soportar ni un grito más, su cuerpo físico tampoco. Estaba mal, sí, claro que estaba mal. Ella esperó a que su marido llegara de su salida vespertina, quedaba con esos amigos interesados que solo aparecían en la puerta de los bares y se le pegaban como losas para que la generosidad del hombre embriagado les invitara a emborracharse gratuitamente. Cuando regresaba a casa la mayoría de las veces estaba borracho como una cuba, y siempre la utilizaba como le daba la gana, marcándola con moratones como si su cuerpo le perteneciera. No estaba bien, lo que había hecho era algo brutal, pero no tanto como la paliza que le dio ante su propio hijo. Hacía tiempo que lo había estado pensando, quería marcharse pero algo la paralizaba, era el miedo, tampoco tenía dinero suficiente para emprender una nueva vida. Pero ya había llegado su momento, no estaba bien, dejar a un hombre atado y con sus partes íntimas al descubierto, en pleno balcón, expuesto ante vecinos y demás ojos curiosos, con un cartel gigante que ella misma había escrito con el rotulador permanente con el que marcaba la ropa de su niño, las letras eran muy grandes, todos podrían leerlo: MALTRATADOR. Todo el mundo lo sabría. Seguro que alguien lo habrá intuido, pero nunca hizo nada, tal vez también tenía miedo. La cartulina la compró en una tienda de chinos que habían abierto en los bajos de su edificio. ¿La meterían en la cárcel? Capaz, ya no creía en nadie, sólo en su familia, y ese cerdo que estaba resacoso e inmovilizado iba a saber lo que era bueno. Cargaba con su hijo, esperó a que llegara el siguiente autobús y se marchó. Le habían hablado de un lugar en el que se sentiría verdaderamente protegida, así que cogió lo más necesario y tras inmovilizarlo, se largó con su tesoro más valioso en busca de una vida tranquila.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 17 de noviembre de 2013

La salud es lo primero; mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento.

    Federica y Juanito se encontraron en el rellano del portal del edificio número 58...

   
   Juanito.- Bueno, querida, ¿qué tal te ha ido todo?
   Federica.- Si tú supieras cómo me siento...
   Juanito.- No será para tanto, ¿qué te dijo el médico?
   Federica.- Al final no pude ir.
   Juanito.- ¿Por qué no fuiste? Me dijiste que hoy tenías la cita, y que era la segunda vez que te la daban porque la primera vez tuviste que llevar a tu niña a que la viera el especialista, sólo porque no te gustaba nada el aspecto de dos granitos que le viste, claramente picaduras de mosquito. Pero ¿y esos bultos de los que me hablaste?
    Federica.- Ya iré en otro momento, ahora estoy en otra cosa.
    Juanito.- ¿Qué otra cosa hay más importante que la salud?
    Federica.- No seas exagerado, no sé por qué te conté nada de esos bultos.
    Juanito.- Pero, ¿por qué no has ido hoy a ver al médico? ¿Qué te ha pasado?
    Federica,. Tenía que venir el del gas, y claro, me dieron una hora aproximada, no podía retrasar más que le echaran un vistazo a la caldera, porque si de pronto se rompe, ¿qué? No podría bañar a mis hijos, y la calefacción no funcionaría, con este frío.
    Juanito.- ¿Y qué ha pasado? ¿Te la han arreglado?
    Federica.- Oh, no, me han asegurado que mañana vendrán, es que el técnico tuvo un repentino mareo y pensaban que era un ataque al corazón porque también le dolía un poco el pecho y al parecer tuvo un amago anteriormente, así que se fueron a comprobar que no le pasaba nada, ya ves, qué marrón, si de pronto le hubiera dado en casa un paro cardíaco, me hubiera dado un patatús. La salud siempre es lo primero, así que no me he quejado a la empresa de gas.
    Juanito.- Claro, no había otro técnico que mandar.
    Federica.- Pues no sé Juanito, hijo, tienes unas cosas, solo faltaba que me dieras la vara tú, con lo mal que me encuentro, me siento fatal, son muchas cosas las que tengo que atender.
    Juanito.- Pero, ¿y tu marido?
    Federica.- Déjalo al pobre, bastante tiene con su paro, está desesperadito. Ahora se ha ido al gimnasio, le viene fenomenal para las varices, no le duelen tanto las piernas.
    Juanito.- Ya, ¿y tus hemorroides?
    Federica.- Ahí siguen, chico, me voy corriendo, que llego tarde, tengo que ir a por la niña, que la he apuntado a un curso de inglés, porque sabemos que es muy importante conocer idiomas, por si se tiene que ir a trabajar fuera, porque al paso que vamos...¿Y tú? ¿Cómo vas con lo tuyo? Habrás ido al médico, ¿no? Ya te dije que no lo dejaras.
    Juanito.- He ido sí, y al final me tengo que empastillar.
    Federica.- Mira que te lo decía, vete al médico, que no es normal.
    Juanito.- Pues sí, resulta que tengo hipertensión.
    Federica.- Pero si no estás gordo.
    Juanito.- Ya, pero debe ser que estoy muy alterado.
    Federica.- Pues no sé de qué.
     Juanito.- Pues por muchas cosas hija, empezando por ti, tú me alteras.
    Federica.- Pero, ¿qué dices?
    Juanito.- Sí, ya está bien, Federica, quiero seguir teniéndote como amiga, y por eso me importas; piensas en tus hijos, "oh, que no pasen frío, hay que arreglar el gas antes que nada"; piensas en tu marido, "el pobre, está fatal, en paro, no, no se puede quedar él a esperar al del gas porque si no perdería su gimnasio y, ¿qué pasaría entonces con sus varices?" Pero la realidad es que no tienes ningún respeto por ti y no te quieres nada, ni a ti ni a tus hijos, si tú no estás bien no podrás cuidar de ellos, así que nos vamos ahora mismo al médico, para ti, me voy contigo, y que tu marido se ocupe de la niña, que por otro lado ya es bastante mayorcita con quince años ya iba yo a trabajar con mi padre.
    Federica.- Eh, pero...¿y la portería? ¿Quién se va a quedar en el portal? ¿Y si te ponen una queja los vecinos?
    Juanito.- No lo creo, tú no me pondrás una queja, eso lo tengo claro.
    Federica.- Claro que no, si eres la única persona con la que hablo todos los días, eres mi amigo.
    Juanito.- Pues tu amigo te lleva ahora mismo al médico.
   

    Federica no entendía nada, pero le chocó tanto esa actitud de preocupación y cariño de su amigo que se dejó llevar. Juanito estaba muy preocupado por su amiga porque sabía que algunas enfermedades debían cogerse a tiempo, su madre había muerto de cáncer unos años antes y si se le hubiera descubierto con tiempo tal vez todavía estaría por el mundo. A Federica la había conocido en ese trabajo como portero de un gran edificio del centro de Madrid, ella era la única que había reparado en su existencia e iniciaron una amistad que se iba alimentando día tras día. A Juanito la vida le había enseñado que la salud era importante, pero no sólo la salud de los demás, también la propia, y se había propuesto que su amiga Federica aprendiera la lección a tiempo.
    A veces estamos tan centrados en la felicidad de los que nos rodean que nos olvidamos de que nosotros somos una pieza tan importante como las demás. ¡Un saludo y feliz domingo a todos!

Isolina Cerdá Casado

sábado, 16 de noviembre de 2013

Estoy sanándome, en pleno proceso curativo interior. ¿Qué haces exactamente? Escribo un libro.

     Quiero compartir con aquellos que han tenido interés en adentrarse en mi blog en algún momento y por cualquier circunstancia, que ahora mismo, en estos días, ya llevo una semana, estoy trabajando en un proyecto precioso y muy beneficioso para el alma. Estoy escribiendo por y para mí, no sé si al final saldrá un libro, no sé que pasará con la multitud de folios que llevo escritos y los que me quedan, pero estoy muy volcada en ello, y por primera vez tengo el convencimiento de que sí, tal vez salga algo que merezca la pena compartir en formato de libro. Supongo que hasta el momento en que una escritora no ve publicado un libro no se siente escritora como tal, yo estoy trabajando en esa dirección, así que mis artículos extraños y las visiones del mundo que me rodea que he estado plasmando en este espacio con asiduidad serán un poco menos frecuentes. Es por una buena causa, espero salir reforzada de esta experiencia. Un beso a todo el que ha leído con cariño estas letras y se ha alegrado por mí.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 10 de noviembre de 2013

Huevos rotos; mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento.

Domingo, un objeto de inspiración: Huevos rotos, tostadas quemadas...



    Las cáscaras de huevo me miraban desde el bol de cerámica que había utilizado para echar los restos, al verlas pensé que podía ser una fuente de inspiración, de pronto me vino a la mente una familia, pero no una familia concreta, sino una abstracción de familia, todos estaban unidos en aquel recipiente, irremediablemente conectados por la misma sangre. Estuve a punto de fotografiarlo, no lo hice, todo quedó en mi mente. A pesar de estar rotos, la forma del receptáculo en el que se encontraban amontonados parecía forzarlos a quererse y defenderse por encima de estos ojos curiosos que eran los míos. ¿Qué es lo que me está pasando? ¿No crees que algo no va bien por las alturas? ¿Están atrofiadas tus conexiones? ¿En qué estado puede estar una neurona cuando comienza a ver lazos sanguíneos entre cáscaras de huevo? Solo faltaba que hubieras intuido cualquier problema en el reparto de la herencia de estos huevos rotos. ¿A manos de quién fue a para la huevera acartonada que los sostenía colocaditos uno al lado del otro? ¿Tenían vida por sí mismas las cáscaras? ¿Estaban rezando por el paradero de sus inseparables yema y clara? ¿Habría una buena relación entre ambas? ¿Clara tendría cierto odio oculto hacia yema por su exultante color anaranjado y por ser la preferida de las migas de pan? ¿Y qué pasa con la gallina? La única realidad es que se me han quemado las tostadas, demasiado pronto para hablar de huevos rotos cuando aún no tengo un café en el cuerpo, y dudo mucho que estas tostadas negras lleguen a poder ser comestibles: rascaré y rascaré y lo negro le quitaré. No, no voy a decir que no estoy inspirada porque es obvio que la inspiración viene conmigo a donde quiera que yo vaya, ayer me acompañó de camino a la producción de una santa tortilla de ocho huevos y un tercio de palmo de ancha, con un diámetro de plátano y medio. Todo depende claro está del tamaño del palmo y del plátano, pero era grande y estaba buenísima, que básicamente es lo importante, no lo del tamaño sino lo de suculenta. En fin, a dónde llegaré hoy, o hasta dónde seré capaz de llegar, tal vez a algún capítulo de mi vida agradable, en el que gozar con un chocolate caliente y unas filloas gallegas. Un saludo y feliz domingo a todos los héroes del mundo.


Isolina Cerdá Casado

domingo, 3 de noviembre de 2013

Calabazas podridas y vasos sucios. Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento.




    Sí, hoy no estoy demasiado inspirada. Es lo que tiene depender de cómo se levanta el ánimo para ser creativamente rentable. A pesar de que he estado dudando, de si escribir o no escribir, al final me he arrancado. Y partiendo de esa calabaza ennegrecida por el paso del tiempo, hablo de lo negro que está el corazón de algún que otro transeúnte del mundo, que aunque tenga el rostro anaranjado y pretenda mostrar la dulzura propia de la calabaza en buen estado, la realidad es que está podrido por dentro, tan negro como esta pobre se acabó poniendo al oxigenarse y contactar con el mundo. No digo que siempre, pero mucho cuidado con las calabazas que brillan demasiado, a lo mejor están deseando escupir su lado negruzco en cuanto alguien se deje seducir por la capa externa, o su arte creativo, o por su capacidad de mostrar compostura de buena calidad. Las calabazas podridas buscan a las calabazas auténticas, quieren contagiarlas y ennegrecerlas, para que su podredumbre no se sienta sola.


    Y a otra cosa mariposa…Vasos sucios, estropajo enjabonado, manos que le dan movimiento al estropajo, que lo arrastran por la superficie llena de residuos, restos de galleta seca, grasa incrustada de chorizo o chuletas de cerdo, tazas con posos de color marrón indicativo de que allí dentro residió por unos minutos un cafetito lindo…Y unas manos que mueven el susodicho áspero aparato verde con esponja y otras manos que hacen la foto. Y la madre que le dice a la niña: “Venga, tira la foto ya, así, muy bien Lara, gracias por tu ayuda”. Y la niña que le dice: “Mamá, yo quiero ser profe cuando sea mayor”. “Pues me parece muy bien, hija”. “Porque trabajar en el teatro es un rollo”. Bueno, si trabajara…seguramente no sería un rollo. ¿Eh? ¿Teatro y vasos sucios, llenos de mierda? No estás inspirada, anda, déjalo, vete a dormir, haz las camas, despierta. Son cosas contradictorias, ¿vale? Es muy cómodo, sí, ahora escribo este artículo, no estoy inspirada, digo que no estoy inspirada y ya estoy justificando que no haya salido bien. Pero qué significa bien o mal, para quién, ¿para tu propio espíritu crítico? ¿O para las personas que se molestan en llegar hasta esta línea y comprobar que efectivamente aunque había mucho que decir, no diciendo nada lo has dicho todo? Uf, pues no sé qué decir. Pues no digas nada, creo que ya lo has dejado bastante claro. Es domingo, un domingo más, tengo un dolor de cabeza extraño, desde ayer, está instalado ahí, y no se me ha pasado a pesar de haber dormido unas cuantas horas, siento como si un martillo le estuviera dando a mi cráneo de un modo crónico, sin dejar de golpear. ¿Me estará avisando el cuerpo de que algo no va bien en las alturas? No empecemos, ya estamos hipocondriándonos, no pasa nada, si me muero me he muerto, ya está. Tan cortante como cierto, es lo que me dijo mi profesora de expresión oral. Iba a hacerme una mamografía, se lo conté, le hablé de mis miedos, no utilicé la palabra mal sonante del cáncer. Pero ella sí, me dijo: “no pasa nada, si tienes cáncer tendrás que enfrentarte a él, cogerás el toro por los cuernos y ya está”. “¿Cáncer? ¿Podría tener cáncer? Yo no había dicho nada de cáncer.” Fue inmediato, un shock que me hizo darme cuenta de que si la prueba mostraba la peor cara, yo lucharía, y punto. No mostró nada negativo, todo normal, mi madre había muerto de cáncer pero yo de momento estaba a salvo. Tenía treinta años. Podía haber tenido un accidente, me podía haber pillado un coche, o darme un ictus, o caer desmallada subiendo unas escaleras y morir por un golpe fatal, podía haberme muerto ahogada al comer cacahuetes, pero no…eso no me daba miedo….el caminar no me atemorizaba…¡Ay que ver cómo somos los seres humanos! ¡Ay que ver cómo soy yo! Feliz domingo, y cuidado con las calabazas negras por dentro y los restos de galleta seca en los vasos de un día para otro, es difícil desincrustarla del transparente vaso de cristal. Claro que si tú no friegas los vasos no serás capaz de valorar el trabajo del lavavajillas. ¿Y por qué teniendo lavavajillas friego con el estropajo? ¿En realidad me gusta fregar la loza? Mira, bonita, para no estar inspirada estás alargando mucho el artículo dominguero. Pues es verdad. Ala, que me voy a poner orden en esta casa de locos bajitos y alterados.


Isolina Cerdá Casado  

jueves, 31 de octubre de 2013

Blancanieves y un veintiuno por ciento de IVA sobre la cultura...


    "A mí dejadme, que estoy que no me tengo, tanto barrer y barrer, y para qué, estos jodidos enanos que no dejan de tirar papeles y otras tonterías al suelo, qué les costará tener un poco de cuidado. Estoy deseando hacerme la muerta para que se acabe este tormento de casa, y que venga el príncipe para arrancarle de las entrañas una galleta rellena de chocolate. Y que le den dos duros a estos pequeñajos, a ver para qué narices quiero yo tanta piedra preciosa si no me puedo ir a tomar un café con una amiga y menos irme al teatro, con el cojonudo IVA que nos ha implantado en la cultura desde palacio..."

Isolina Cerdá Casado

     

miércoles, 30 de octubre de 2013

Hallowen.

    La pobre calabaza se está pudriendo...


    Ha empezado a salirle moho, eso pasa con todo lo que se oxida, que le sale la parte negra y se transforma, evidenciando que la vida tiene un tiempo máximo de estancia exultante e intensa; después se va perdiendo el color, se chamusca, se pudre. Ha empezado por la comisura de los labios, esos labios que en su tiempo besaron con fuerza y se apretaron con entusiasmo el uno contra el otro para evitar que un rico alimento saliera chorreoso por las rendijas de esa boca hambrienta de sueños. Y ahora, con la resaca de una larga noche de amor, donde la presencia de líquidos sensuales la llenaron de babas, ahora se ha de despedir con presencia de mosquitos negros que velan sus últimas horas de transformación. No acabará en puré, porque alguien decidió que esta hermosa calabaza sería cogida por un niño lindo, y vaciada por la agresiva cuchara que en lugar de alimentarla, la dejaba vacía por dentro para albergar el fuego luminoso de una pequeña e inofensiva vela. El niño estaba feliz, mientras la calabaza pensaba que al menos durante unos minutos habría servido para algo más que para llenar estancias estomacales. Ella, por unos días, lo que le deje la madre naturaleza, que ya está diciendo: no más. Ella ha hecho sonreír a ese pequeño hombre que en sus brazos la llevaba emocionado a través de las habitaciones oscuras de la casa, buscando fantasmas invisibles, sintiendo que ella era un juego divertido además de un puré potencialmente rico. 
    La noche de los muertos se convierte en algo lúdico y divertido, mejor, porque ya es bastante dura la noche de los vivos. Lo único que me alegra de la noche del treinta y uno de octubre es que, como consecuencia de las tantas noches tristes que me ha tocado vivir, tengo muchas almas queridas que tal vez vengan a verme, y me hagan compañía. Así que esa noche no debería sentirme tan sola como me sentí cuando se fueron, también me tranquiliza la idea de que estén de fiesta en su desconocido país.  

Isolina Cerdá Casado

martes, 29 de octubre de 2013

No estoy chisposa, aunque no quiera no puedo ignorar las anotaciones en la agenda de mi memoria. 26 y 30 de octubre, días tristes.

    Mi querida estrella, cuánto tiempo sin dirigirme a ti directamente. Ya hace veintitrés años que te fuiste, y parece que fue ayer, bueno, ayer ayer no, sé que no, no ha podido ser un sueño todo lo que ha pasado desde ese momento.


    Mañana hará doce años que murió esa otra gran estrella de mi vida y de la tuya. Hace pocos días una foto despertó mis recuerdos de infancia. El babi, el uniforme, unas escaleras que bajábamos y subíamos todos los días durante el recreo, las monjas que nos enseñaban a rezar y a agradecer a dios, y alguna de ellas nos enseñaba otras cosas,...todo ello no era para mí un buen recuerdo, porque entonces tú ya llorabas al instante sin poderte defender de la invasión de la tristeza. Esas terribles depresiones que te hacían caer en un pozo sin fondo y apenas te dejaban respirar. 
    No quiero llorar, no quiero que este texto sea un cúmulo de anotaciones tristes, de recuerdos aplastantes para el ánimo, porque no es mi propósito en este día. Hablar de ti y para ti sin llanto de por medio. ¿Lograré que así sea? He mirado por un hueco de la cortina de la ventana de la cocina, en ese huequito se puede ver el azul de un cielo con alguna pequeña nube pasajera, que parece flotar llevada por la paz del día, hace más frío que en la tarde de ayer, cuando observaba a mis hijos cómo se columpiaban solos en el parque, yo me envolvía el cuello con la chaqueta de Lara, porque estaba entumecida y muerta de frío. Estas fechas no son buenas para mi cuerpo. Los recuerdos se van presentando, como si fueran imágenes que ha inmortalizado la mente y que el alma guarda en un cofre que a finales de octubre se abre solo. Y ahí, en los restos de pastelitos de la fiesta de cumpleaños de tu sobrina se me aparece una cama de hospital y una despedida a la que no me quiero enfrentar. Y en los globos que han quedado, dos o tres, pegados al mueble que restauré y redecoré para mi primera boda, veo las caras de mi abuela Asunción, y de la tuya, que era capaz de derrochar ternura con un niño a la vez que hablaba con desprecio a su hija. Ella, la Asunción de Laiantes, esa aldea de Galicia en la que apenas quedan tres o cuatro habitantes. La mujer que salía al campo con las vacas, la que mandó a su hija a estudiar con las monjitas, la que mataba a los conejos de un golpe seco en el pescuezo, esa mujer sembraba y después cuidaba con mucho más cariño a una mazorca de maíz que a su propia hija, porque quería que la hija fuera recta y ejemplar, y el maíz se lo daba a los cerdos y a las gallinas. Aún está la casa, aún están todos los aperos del campo, aún me resisto a pensar que no volveré a estar viviendo temporalmente en esa casa de Laiantes. Oh, mi querida hermana, cuántas cosas que contarte. Lo estarás viendo, seguro, qué penita no poder tenerte aquí, compartiendo un café, una taza de la que beber las dos, una taza llena de vida y de esperanza, con sorpresas de niños rebeldes que nacen para alegrarte la vida y llenártela entera con sus sonrisas y alaridos. Parece que no, pero me pongo y entonces surgen las historias, historias de un día, de un momento, de un instante, del propio hecho de respirar, de ensanchar la caja torácica, de expandirla hasta grados extremos donde hay riesgo de explosión por exceso de oxígeno y de elongamiento. Entonces te pienso, entonces te lloro, y agradezco a la vida que me de la oportunidad de llegar hasta el infinito y más allá gracias a la inmortalidad que te dan las palabras y esos mapas que dibujo cargados de emoción en los que viajo a través de mis recuerdos y llego hasta vosotras, estrellas de mi vida.
    La imagen que presento es una foto del final de un día, un día más que estaba a punto de acabar, en el que se vislumbraban los últimos rayos del sol que nos estuvo alumbrando durante todo el día, mi hija estaba feliz, lo estábamos todos, pero esa imagen en el cielo trascendía, estaba situado en medio de dos fechas tristes, celebramos el cumple de Lara un 27 de octubre. El 26 de octubre del año 1990 nació una estrella, y el 30 de octubre del año 2001 otra estrella se fue a poblar el cielo de la noche. No debería extrañarnos que en esta época no estemos para tirar cohetes, ni que nuestro ánimo no muestre su mejor cara, aunque no queramos la memoria del tiempo se hace presente en nuestra agenda vital.

Isolina Cerdá Casado     

sábado, 26 de octubre de 2013

Una bañera, una hija y un té. Mi artículo de los domingos en Héroes del Pensamiento.

Domingo, un objeto de inspiración: una bañera, una hija y un juego de té.



    Estaba muy cansada, tenía que darme una ducha, tenía el pelo sucio y estaba con mucho estrés en el cuerpo. Mi marido y mi hijo habían salido, se fueron a ver el fútbol a un bar, era uno de esos partidos Madrid-BarÇa que los futboleros no quieren perderse. Yo tenía frente a mí una montaña de ropa, una niña que tenía que merendar y un estado turbulento en el interior. Opté por concederme un baño relajante, apañé la merienda de la niña, la dejé en el salón, con todo el suelo invadido por playmobiles y llené la bañera. Me llevé un libro y me imaginé cubierta de agua, leyendo relajada, reponiéndome, llenándome de fuerza. Entonces, cuando ya estaba metida en la bañera llegó mi hija con su bocadillo de jamón York, diciéndome que si se podía quedar en el cuarto de baño mientras yo estaba inmersa en aguas jabonosas. -Bueno hija, si no te apetece jugar con los miles de muñequitos que tienes escampados por el comedor, puedes quedarte.   - Zí, me quedo. -Bien.- Se puso a observarme al lado de la bañera.
-Mamá, tienes una vulva muy fea. - ¿En serio? – Zí, está llena de pelos. Pero, ¿cómo puedes hacer pis?¿Eh? – Pues por el agujerito hija.  – Ah, zí. Pero tu vulva ez muy fea. La mía es máz bonita. - Lara, ¿por qué no te vas al comedor a jugar mientras meriendas? – No, me quedo aquí sentada, encima del wáter. Mamá, ¿tu tienes cuarenta años no? Pues cuando tengaz cincuenta te vaz a morir. –Espero que no, querida. Mi madre tenía cincuenta y cuatro cuando murió. –Y ¿se murió mientraz dormía? – No, murió poco a poco, estaba en una cama en el hospital. – ¿Era una cama de ruedaz? Ya lo zabía. ¿Ella tenía cáncer no? – Sí, estaba malita. – Volvió a situarse al lado de la bañera, observando mi cuerpo nuevamente. – Mamá, tú tienez laz tetaz muy gordas. Y se te van a ir poniendo más gordaz y más gordaz. – No creo que crezcan más hija.         –Mamá, hay hormigaz en la bañera. – Son pelusas hija.  – Cuando tenga una hija la voy a llamar Corazón. – A lo mejor de aquí a que la tengas cambias de idea. – No, mamá, no me gusta otro nombre. ¿Qué es esto? – Un libro, un libro de Isabel Allende, con cuya lectura quería relajarme metida en la bañera.  – Uf, qué rollo, no me guzta. A ver qué pone. No sé lo que pone. ¿Te vaz a tomar un té conmigo? – Bueno, vale.
    Salí de la bañera, envolví mi larga cabellera mojada en una toalla, me metí en mi albornoz y ahí acabó mi baño relajante, mi hija se comió su bocata sin dejar de hablarme y mi baño relajante acabó en el mismo instante en el que mi hija entró por la puerta. Minutos después estaba sentada en el sofá tomándome un café con el juego de té que le habían traído los últimos reyes, me echó café, leche y unos gramitos de azúcar imaginaria. Y tras unos cuantos sorbos, me dijo que quería ver dibujos. Encendí el televisor y busqué algún canal en el que hicieran dibujos animados y sentí que me tenía que poner a escribir urgentemente. Estas conversaciones con mi hija de cinco años recién cumplidos tenían que ser inmortalizadas, yo no recuerdo ninguna conversación con mi madre cuando tenía esa edad. Tal vez si mi madre la hubiera escrito yo hubiera podido saber qué tipo de conversaciones entablaba con esa edad y no me hubiera pillado tan desprevenida.
   En fin, que eso, que me adelanto un día porque mañana tengo por delante una jornada de domingo ajetreada, celebramos el cumple de la pequeñaja con la familia en la parcela y me voy a hinchar a cocinar, y no sé si voy a tener tiempo de mi momento artículo dominguero. Sean felices lo que queda de sábado y disfruten a tope el gran domingo alargado que tenemos por delante.


Isolina Cerdá Casado

viernes, 25 de octubre de 2013

Ayer empecé a leer un libro de Isabel Allende...

    Yo no tengo un cuarto especial en el que sentarme y dejarme ir, aunque a nadie le importa que lo haga, tienes ganas de ser creativa y de que surjan las palabras, tienes la sensación de que hay muchas cosas que contar, pero en realidad no haces más que mirar al cielo y quedarte exhausta, estás sin fuerzas, en ocasiones faltan los sentidos, y no eres capaz de hacer las cosas como deberías. ¿Qué es lo que te hace pensar que aquello sobre lo que quieres escribir es importante? ¿Crees realmente que tiene alguna importancia para un tercero leer eso que pueda llegar a salir de ti? Creo que sí, que es importante. Recuerdo tantas cosas de aquellas épocas difíciles, aunque en aquellos momentos no me parecía que fueran malos tiempos. Yo era una niña, recuerdo que iba tumbada en el asiento de atrás del furgón de mi padre, era un sábado por la mañana, a eso de las seis, intentaba no dormirme porque debía estar vigilante, poco tiempo atrás mi padre había tenido un accidente con el furgón yendo a trabajar, era vendedor ambulante y se dirigía al mercado de Torrevieja. Ahora mismo me sorprende mi actitud de niña acatadora de las circunstancias en las que me había tocado vivir, recuerdo que con diez años tenía que faltar a clase porque mis hermanos eran pequeños y mi madre se tenía que quedar a su cuidado, así que salía con mi padre al mercado algún día entre semana además de los sábados.   
    Ahora miro el cielo, me siento feliz, a pesar de todo lo que he vivido, porque resulta que muchas veces me pregunto por qué tengo esa especie de impulso, como una necesidad de escribir algo que hay dentro, pues claro que sí, tengo cosas que contar, experiencias vividas que no han salido, que no se han manifestado creativamente y que por alguna razón mi alma necesita contar. Tal vez porque hay mucho maquillaje en la vida, porque es mejor pintarlo bello que sentir que el cuadro era feo, es preferible engañar a los sentidos y creer que tu vida no está tan condicionada por las circunstancias; pero mi vida estaba y siempre ha estado condicionada por circunstancias jodidas. Pero todo se podía relativizar, si comparaba mi vida con la vida de mi madre, yo debía sentirme afortunada; y si pensaba en la infancia de mi padre, debía sentirme la niña más afortunada del mundo, el simple hecho de poder comer todos los días formaba parte de mi peculiar fortuna. 


    Fortuna, fortuna, era el nombre del tabaco que fumaba mi madre, luego se pasó al Nobel.
  Muchas veces fui a comprar su paquete de cigarrillos. ¿Por dónde empezar a escribir?¿Cómo organizar el cuento? ¿Y si empiezo aquel día en el que me asomé a la ventana del cuarto de baño del cuarto piso en el que vivíamos y miré hacia abajo sopesando los pros y los contras de hacer una locura? Apenas debía tener doce años, imaginé mi cuerpo sobre aquella uralita que cubría parte del bajo del edificio. Luego pensé en mis padres, deseché la idea al momento y nunca más volví a pensarlo, pero el recuerdo de aquel planteamiento momentáneo viene conmigo y no lo he olvidado jamás. Nunca lo compartí con nadie. Paradógicamente, años después, como dieciocho, yo debía tener treinta años, al volver de la Escuela Superior de Arte Dramático una cinta de la policía local rodeaba una superficie de la carretera a unos metros del portal de mi casa. Una vecina, una niña, de unos quince años, se había lanzado desde su habitación de su piso de la quinta planta, y acabó con su vida, todavía quedaban restos de la tragedia cubiertos con montones de arena blanca. 
    Los cielos grises, de nubes que van y vienen, de recuerdos que se despiertan y que se vuelven a dormir, por el calor de la vida que se quema segundo a segundo, que se reinventa y se transforma y te da la oportunidad de volver a soñar. Nunca se debe tirar la toalla. Al final la justicia llega. Saul Bellow, un escritor canadiense de origen judío dijo: "La única curación segura es escribir un libro", se le atribuye esa frase, se dijo que la dijo. La cogí, la hice mía, la anoté en mi cuaderno de notas y la llevo conmigo. Y creo que en mi caso, como persona neurótica que soy, estoy convencida de que es ciertamente así: sólo podré sentirme libre y bien si escribo el libro de mi vida, que tiene muchas vidas a su alrededor, y en la que todas ellas tienen un papel importante.

Isolina Cerdá Casado


Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

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