viernes, 26 de agosto de 2016

Ascuas de árboles que abrazan.


Todo comenzó con las cenizas, todo se inició en lo negro y oscuro de lo perdido, los últimos resplandores luminosos indicaban que había ardido hasta lo indecible. ¿Qué quedó de aquel objetivo indiscreto que ponía la mirada en los rincones más desapercibidos del mundo? Tras su paso el interés por la vida renacía. Pero si ya no está, ¿qué pasa con el mundo casi muerto por ignorado?
¿Qué quedó de aquel amor apasionado que platónicamente te llevó hacia el mundo desconocido del erotismo? No quedó ni tan si quiera el resto de calor de aquella caricia imaginada tras el cruce de miradas llenas de deseo prohibido. 
¿Qué? ¡Qué! Que no quiero que se queme nada más, que no quiero ver más ascuas que llegan de un pasado lejano, que quiero que los restos de vida sean caricias que vuelven, abrazos intensos que retornan de guerras brutales, pero vuelven, que quiero tenerte siempre para no tener que recordarte nunca.
Todo tiene un porqué, las cosas pasan por algo, pierdes para valorar lo que tienes e incluso para ser consciente de lo que tuviste. Que no tengas que ver cenizas para querer y recordar  a aquel árbol que te dio sombra y te protegió del fuerte viento tormentoso. 

Isolina Cerdá Casado


Flores rosas y abrazos carnosos




Estas tres flores tienen un significado, no hay que rendirse nunca, es posible que parezca imposible conseguir un sueño, pero cuando menos te lo esperes te sorprenderá ese colorido, esa pequeña gota de luz. Esta planta es muy típica en Galicia, la recuerdo en macetas de diferentes casas en las que paseé en mi infancia, con mi madre caminando a mi lado, yo bajo su ala. Hace muchos años y tras morir mi madre, ya en Madrid, la echaba mucho de menos, supongo que se trató de uno de esos momentos de profunda nostalgia que en ocasiones se nos sume el alma, paseaba con mi marido por una tienda de jardinería y vi estas hojas, recordé sus flores, y me amarré a ella, la abracé como se abraza un recuerdo infantil que de pronto te sorprende y compartes con cariño. Año tras año la planta no me regalaba ninguna flor, regalé un esqueje a una vecina y a ella sí le salieron flores, pensé que la había cuidado mal, que tal vez no estaba en el mejor lugar, la tenía en el baño. Recuerdo que una persona se refirió a ella como un privilegio que yo podía permitirme por tener ventana en el baño. La plantita se iba alargando, crecían sus ramas con el paso de los años, pasó por estados depresivos, que más parecía a punto de morir que de seguir creciendo. Pues bien, esta semana, después de casi diez años de convivencia, va y me regala esta imagen, tres flores preciosas y llenas de vida y recuerdos. No he podido evitar acordarme de ella, de ti, de tu energía arrolladora, de tus abrazos, de tu mirada cómplice y de tus palabras siempre sabias. 

Isolina Cerdá Casado

Maldades


El mundo está lleno de buenas cosas, sí, muy buenas cosas, pero hay otras partes, otras cosas que también están en el mundo y que son oscuras. Es cierto, todo no es bondad, hay personas malas, gente insana, que tiene suciedad, y no le importa nada, nada, son personas ajenas al dolor del otro, son seres peligrosos para las buenas almas. Dan miedo, siembran dudas, golpean, aprietan, estrujan, aplastan.
Cuando tienes hijos dan más miedo, o te sientes más vulnerable porque sabes que ellos lo son, van a tener que sufrir hasta que aprendan a reconocer las señales, la información inequívoca de que la maldad camina muchas veces a tu lado, te pisa los talones, te da la mano y trata de conducirte por sus caminos, los que ella conoce, caminos en los que eres absolutamente vulnerable.
La maldad te saluda, con un movimiento de cabeza, levantando la mano, guiñando un ojo, cediéndote el paso.
La maldad se mete en el cuerpo de un desconocido, de un vecino, de un policía, e incluso se mete en el alma de un niño, a veces se queda instalada en él. En ocasiones la maldad lo impregna todo, el aire que respiras, tú y tus hijos, y entonces no sabes qué hacer. Te da miedo, lo sientes. ¡Lo sientes tanto! Y te gustaría limpiar el aire, purificarlo, pero no es posible, no, no lo es, ellos tienen que aprender a defenderse, a fortalecerse frente a las malas personas. Si no les dejas aprender, entonces serán eternos seres vulnerables, y cuando tú no estés se sentirán débiles e incapaces. Entonces vivirán con miedo y llorarán en silencio en un rincón oscuro de la noche. 


PD

Quería escribir sobre la esperanza de que esa maldad desaparezca, de que una persona mala se convierta en buena, de que se produzca el milagro, para ofrecer esperanza a esa niña con rizos que camina al lado de su mamá. Pero no, siempre hay que estar alerta.

Isolina Cerdá Casado



sábado, 20 de agosto de 2016

Cadenas invisibles y lazos de esparto

    De pronto se encontró perdida en la selva. Un mundo lleno de sorpresas llevadas a cabo por las maravillas de la naturaleza. Pero ella no tenía la capacidad suficiente para apreciar su valor, no había tenido la oportunidad de ser abrazada por él. Se sentó en el suelo, un trozo de suelo despejado, sin dolor, sin verde, sin palabras bruscas ni miradas acusadoras, y allí se encogió toda, replegó su cuerpo todo lo que pudo, sus rodillas pegadas a su cara, los brazos envolviendo toda la parte de sí misma que podía ser abarcable por unas extremidades temblorosas, la melena negra cayendo sobre sus pies dormidos. Al principio los pobladores de la selva la miraban desde la distancia, poco a poco se acercaban a ella, se atrevían a pasar a su lado, incluso alguno la rozaba. Ella solo quería protegerse ante un mundo desconocido. No quería verse arrollada por las prisas, ni deseaba ser atropellada por ningún loco caminante, tampoco quería ver cómo se destruían los unos a los otros. Cerró los ojos y se quedó esperando a que los vientos cambiaran.Tal vez no era solo cuestión de esperar, lo mismo el mundo que la rodeaba esperaba verla en toda su esplendor de mujer fuerte y vital. El mundo no sabía de las cadenas invisibles que como mujer debía soportar, no, no sabía nada de los lazos que la aprisionaban, de las palabras que la amartillaban. Era una selva, lo que para una occidental que camina entre bloques de hormigón supone una selva. Todo eran miedos, monstruos con pinchos disfrazados de tiernos amantes. Debía levantarse, debía caminar. Cadenas invisibles y lazos de esparto. No estaba sola. Todas, todas estaban atrapadas.Una noche algo pasó. Un grito que se formó con la suma de millones de gritos, un grito poderoso, un grito liberador. Todas gritaron al mismo tiempo. El grito se fue haciendo más fuerte. Era un grito sobrecogedor y paralizante. Ese grito la hizo levantarse, ese grito la impulsó a seguir viviendo. Cada vez que un monstruo levantaba la mano, o intentaba clavar un cuchillo o aplastar la cabeza sin piedad, el grito entraba por los oídos del salvaje, se apoderaba de él y todo el mal que quería verter sobre el corazón de la mujer se volvía contra él, para que supiera del dolor, para que fuera conocedor de esos pequeños gestos que mataban como grandes errores salvajes que esparcen sangre. 

Isolina Cerdá Casado
    
     

viernes, 19 de agosto de 2016

El espejo.


Su pelo parecía una masa estropajosa gigantesca, era un cuerpo delgado con unos pechos enormes, al verse en el espejo sintió nauseas, que no era porque no se gustara así misma, ni porque pensara que se trataba de una imagen aberrante, ni si quiera pensaba en lo que pasaría por la cabeza de su pareja cuando la viera con esa imagen, no, ella sentía que no se reconocía ante el espejo. Se preguntaba quién era esa mujer. Se veía excesivamente alta, más de lo acostumbrado, sentía que la imagen que le devolvía el espejo no era la suya. ¿Era posible que el espejo se hubiera equivocado? Tal vez lo había pillado en un mal momento y entre todas las imágenes disponibles aquel espejo del baño tomó la que más cerca estaba de ella. Era cierto que ese pelo era suyo, pero era el pelo que tenía cuando tenía diecisiete años, tras someterse a un tratamiento regular de alisamiento había conseguido terminar con el encrespamiento. Delgada, lo que se dice delgada ya no era, tras sus embarazos su cuerpo había experimentado una transformación dolorosa, un montón de kilos se habían quedado instalados en su cuerpo y nada podía hacer con ellos mas que aprender a convivir con ellos. Los pechos sí eran suyos, claramente, aunque no recordaba que estuvieran tan levantados, en realidad en otra época había sido la envidia de su mejor amiga, su inseparable no disponía de semejantes protuberancias. Y era obviamente una envidia sana, eso es lo que dicen los que se mueren por tener lo que los demás tienen y no valoran. La verdad es que para ella sus pechos siempre fueron un incordio. ¿Pero qué le estaba pasando? ¿O qué le pasaba al espejo? ¿o eran sus ojos? ¿su mente traicionera? Fue corriendo hasta el umbral de la puerta, sus hijos dormían, existían pues, estaban vivos, así que todo lo que pensaba que era su vida era cierto, ese cuerpo no era suyo, ella no era ella. ¿O se trataba de un mensaje a través del tiempo? ¿Iba a empezar a contarle algo esa otra yo? ¿Algún mensaje desde el pasado? 
Se puso a pensar si esa otra yo que se miraba al espejo hacía más de veinticinco años estaría dispuesta a contarle algo. Pensó y pensó, trató de ponerse en su mente, esa mente joven de antaño, llena de sueños y de propósitos, y se acordó de los hijos que quería tener, de su sueño de vivir de su trabajo centrado en la creatividad, de su gran creatividad que no se había resentido por el paso de los años. Estuvo tentada de ponerse a bailar porque se dio cuenta de que esa otra yo que se le presentaba aquella mañana solo podía sonreír, porque lo que esa joven greñuda podía pensar de la mujer de pechos caídos era simple admiración, por no rendirse, por su tesón, porque aunque habían aparecido grandes obstáculos no habían sido lo suficientemente profundos como para rendirse y tirar la toalla, porque esa mujer oronda era feliz e inteligente, tenía un alma limpia y llena de arte por eclosionar. Poco a poco a la imagen de la mujer que le devolvió el espejo el pelo se le fue alisando, el cuerpo se le llenó de marcas de vida y de volumen y rebajó unos centímetros su altura. Lo único que no cambió fue su mirada, en ella estaban todos sus anhelos intactos. 
Se lavó la cara y los dientes, se volvió a mirar con coquetería y se guiñó un ojo. Preparó un café y se puso a trabajar en el nuevo proyecto creativo.

Isolina Cerdá Casado


martes, 16 de agosto de 2016

Avanti.

-Recoge, venga, nos vamos ya. Es la hora.-Le dijo con toda la delicadeza que pudo su amigo Martín.
"No voy, ve tú, yo me quedo aquí."
-Anda, no seas así, a mí no me espera nadie, además tampoco me pasa nada, no necesito hacer nada, yo estoy bien, tú no.-trató de convencerlo para que saliera por la puerta, pero él no quería, tenía miedo, era lo que le pasaba, tenía miedo a todo, tal vez le habían presionado demasiado y le daba pavor fracasar. 
Qué era el fracaso, ¿qué significaba exactamente? ¿Quién era el responsable de que dicha palabra adquiriera tal profundidad en el desarrollo del bienestar emocional? Se daba cuenta de que tendría que intentar no fracasar aunque no sabía muy bien por qué. Todo era relativo, siempre lo era. Intentarlo es atreverse a ser valiente.
Estaba sentado en el sofá cama del salón que solían ocupar las visitas que se alargaban noches enteras, tenía un café con leche entre las manos, movía la cucharilla de forma automática, sin ningún propósito más que el de entretener sus manos. Le gustaba tomar el café con la leche muy caliente, para él era un momento de relax justificado mientras el líquido conservara un resto de temperatura. Normalmente lo acompañaba con unas pastas. Martín seguía ahí, de pie, mirándolo, había cogido las llaves e incluso la cazadora de piel negra que tan bien le sentaba a Roberto.
Pero el café seguía caliente, Roberto no lo iba a dejar enfriar en el fregadero, la taza contenedora del café era de porcelana blanca con flores rojas, la había heredado de su madre, con otras cinco más, cada vez que se tomaba un café en ella y la sostenía entre las manos, recordaba algún momento que había compartido con ella. Se trataba del Teatro Español, un sueño.
Su madre le había animado a seguir su camino. Sorbió por última vez, ya no quedaba ni una gota de miedo. Se levantó, agradeció a Martín su impulso y se fue al casting. No esperaba nada, pero tenía que ir. 

Es lo mejor,
no esperar nada,
así cuando llegue algo
te sorprenderá gratamente,
una lluvia fresca para el alma.
La cuestión es tocar una puerta tras otra.
Seguro que alguien está esperando oír tu llamada.
También es posible que primero tengas que oírte tú mismo 
y creer, creer que tú eres capaz de abrir la puerta y entrar.
Avanti.


Isolina Cerdá Casado





lunes, 15 de agosto de 2016

El alma.


¿Por qué tal día como hoy pienso en eso? De pronto empecé a ver una sucesión de rostros sin vida, rostros de personas que había conocido, de personas que habían caminado conmigo, a mi lado, transitoriamente o desde siempre, y entonces tuve un lapsus, me quedé parada, bloqueada mentalmente, un instante de vacío y silencio. Cuerpos sin vida, sin alma, lo que los hacía especial había desaparecido, y lo que amaba, admiraba o simplemente respetaba, ya no estaba, sí estaba su cuerpo, su físico enfermo, pero el verdadero pulso vital se había ido.
El cuerpo es el contenedor de un alma, ella lo posee y le da sentido. Pero, ¿a dónde se va el alma cuando sale de él?
Se queda, está en otras almas, el alma no se va, no muere, un trozo de ella se queda, se reparte entre las personas que caminaron con ella, que la abrazaron, que la supieron ver en profundidad, más allá de un cuerpo físico.
Cuando mi mamá murió escribí un texto, en él decía que ella no se había ido realmente, que seguía aquí, que estaba en nosotros. 
Pero he de reconocer que el alma que encarna un cuerpo de vez en cuando echa de menos abrazar a otra alma encarnada en su propio cuerpo, entonces escribe: echo de menos el calor de tus abrazos carnosos, el tacto de tu mejilla angulada, tu pelo blanquecino y grueso, tu regazo envolvente, tu manita sin dedos, tu mirada.

Isolina Cerdá Casado 




sábado, 13 de agosto de 2016

Qué sabía él.


Y qué sabía él de lo que le iba a deparar la vida. Pues lo mismo que todos, nada. Nada de los besos con aliento a vieja, nada de los apretones impulsivamente cariñosos en la mejilla, nada del calor de un regazo cariñoso. Y aunque todo lo que encontró no le resultó agradable, la mayoría de las sensaciones fueron un regalo de vida. Le gustaba mucho el olor a tierra mojada que lo impregnaba todo tras una lluvia de esperanza. Lo tierno de tener a un bebé recién nacido entre tus brazos, la misma ternura que percibía el bebé inspirador. La mirada cruzada llena de deseo, o de impulso juvenil, o de sensaciones nuevas que jamás antes se permitió. Tampoco podía olvidar la mirada del enfermo, él, que nunca había enfermado, él, que jamás había ingresado en un hospital ni para enyesarse una articulación de niño travieso, que lo fue, y mucho. Ahora, que la veía a ella temblar de miedo, no podía expresar su dolor, porque ella era lo mejor que le había pasado en la vida, una mujer que le acompañaba en todas sus afrentas, en sus batallas, que comprendía sus momentos de evasión en solitario. Ahora, cuando estaba solo, no liberaba el alma, bueno, un poco sí, aprovechaba para llorar, dejaba caer las lágrimas, acercaba la taza de café a sus labios y siempre le caía alguna pena mojada en él. El dueño del local sabía que no iba al bar buscando conversación, ni para llenar horas de hastío, ni para entretener el alma con alguna partida de mus, Roberto solo quería llorar tranquilo. Esa noche Matilde no podía descansar por el dolor, ya le había pasado antes, pero esa noche lo vio claro, su mujer estaba verdaderamente mal. No había perdido la esperanza, eso nunca, cuando ella apareció en su vida lo hizo en el momento más oportuno, cuando apenas un hilo de luz entraba por la ventana. Matilde fue su esperanza, no podía fallarle ahora. Ese día el café estaba más salado de lo normal. Pero no tiraría la toalla. Decidió añadir azúcar. Antes de subir a casa compró kilos y kilos de azúcar, sabía que Matilde no podía tomar azúcar en exceso, pero él solo quería rebozarla, llenarla de esperanza, de fuerza. 
Qué sabía él de la alegría, la verdadera alegría energética, la que proporciona la esperanza, la que da la curación, porque Matilde tras esa noche floreció, flores de colores. Comprendió que la palabra milagro existía porque en ocasiones sucede, se produce, se crea, se fuerza el milagro. Pero qué sabía él de todo aquello, solo era un hombre.

Isolina Cerdá Casado

viernes, 12 de agosto de 2016

Matriarca, bye.

No pasa nada, tienes la sensación de que no está pasando nada, y sin embargo sí pasa, pasa mucho, siempre pasa mucho, siempre está pasando algo, en un instante mil llantos, mil risas, mil carreras, mil bromas, mil miradas al mundo, mil cruces de palabras: mil por mil, vida.

La mujer que no se podía mover, la que necesitaba de las manos de Berta, la que no era capaz de caminar hasta la ventana para echar un vistazo a la calle desierta, esa mujer que ya no controlaba ni el cuerpo ni las palabras, murió. Cinco hijas y solo una se compadeció de ella, cinco hijas y solo una la estuvo acompañándola hasta que el otro día se despidió para siempre de la única hija a la que lanzaba sus esputos con palabras hirientes. Eso era así porque en realidad era la única que estaba a su lado y la escuchaba. Berta siempre había tenido un corazón inmenso, tanto que en ocasiones le impedía caminar, por el peso, tener que cargar con tanto sentimiento le resultaba muy difícil en determinados momentos, ella no sabía porqué le pasaba eso, pero cualquiera que la hubiera tratado un poquito concluiría a ciencia cierta: "A esta mujer le pesan sus emociones". No es algo malo necesariamente, su grandeza le permitía disfrutar de pequeños placeres que pasaban desapercibidos para el resto de los mortales. Si alguien se iba de viaje y le preguntaba qué le podía traer, ella pedía una piedrecita contenedora del viento, la tierra y el impulso del que se la ofrecía. 
    Berta era una diminuta gota en medio del mar, cerca de la orilla, expuesta a quedar posada en una roca y desaparecer en una caricia de sol, dejando apenas un rastro imperceptible de sal. 

Isolina Cerdá Casado


jueves, 21 de julio de 2016

Escritura creativa: La boda pistacha de Julia.


El reloj rosa indicaba que iba a ser un día ajetreado, no iba a ser puntual, otra vez. ¡Las doce y cuarto! Llegaba tarde, no podía ser que el tiempo corriera tan deprisa, era increíble, pero si apenas se acababa de levantar, llevaba unos días rara, eso pasa de vez en cuando, la rareza vital: estás rara, estoy rara, está raro. Se sentía así, pero jamás imaginó que su rareza le podía afectar tanto a la percepción del tiempo. Tal vez se había apretado mucho la goma de pelo con el lazo blanco, abusaba del pelo recogido, su prima se lo decía una y otra vez: "Con lo bonito que tienes el pelo, ni una cana Julia, eso no es algo frecuente a tu edad, sabes que yo llevo tiñéndome años y me fastidia que tú con ese pelo negro no lo dejes volar al viento, además que estás más guapa con el pelo suelto, seguro que si te soltarás el pelo más a menudo ya habrías conseguido un buen marido." Ella no entendía ese empeño de su prima por conseguir un buen marido, ¿a qué se refería exactamente con lo de buen marido? ¿Qué es un buen marido? ¿El que es capaz de arreglar una lavadora con un tubo de pegamento comprado en un Chino? ¿O el que pone una lavadora sin echártelo en cara veinte veces? ¿Qué le pasaba hoy con las lavadoras? ¿A caso tenía un bañador metido dentro de ella que le mandaba mensajes subliminales? "Lávame, lávame de una vez, estoy acartonándome junto a la toalla?
    Respecto a los maridos, ella estaba muy bien como estaba: dibujando y comiendo pistachos. Comía tantos pistachos y se acordaba tanto de su prima, que en ocasiones veía maridos apistachados,y fantaseaba con ellos, e imaginaba maridos con ojos achinados, bocas de finos labios y orejas ahuecadas, y el pelo, oh, sí, el pelo al viento, los cuatro pelos negros sueltos, sin una sola cana.
Ella siempre había soñado con un marido hecho a base del mejor y más saludable fruto seco: el pistacho.





Y sin esperar la opinión de su querida prima, decidió que ya era hora de casarse, así que le pidió que se casara con ella, el marido apistachado asintió a su propuesta sin dudarlo ni un segundo, entre otras cosas porque no podía cambiar el gesto, organizaron una boda espectacular, ella accedió a la petición de su marido: no incluirían ningún plato con pistachos en el menú del restaurante en el que celebrarían la gran boda pistacha. 


    Y colorín colorado un extraño cuento les he contado, con unos cuantos ingredientes que en una foto he inmortalizado: una goma de pelo, un tubo de pegamento, un rotulador permanente, una servilleta superabsorbente, un montón de pistachos y un reloj rosado que mi hija dejó olvidado.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 20 de julio de 2016

Cambios


    Hay momentos en los que parece que la vida es una cuesta arriba continua e interminable, no sé por qué, pero ocurre. Y no es interminable, puede que arriba haya unos cuantos amigos esperándote para tomar una caña. Pero si lo piensas no es algo inevitable, lo de la cuesta arriba me refiero, bastaría con darse la vuelta y en lugar de subir, bajamos. O girar, noventa grados, a la derecha, cruzar la calle, sentarte, respirar. La opción más interesante sería coger un patín, y lanzarse nuevamente hacia abajo, tal  vez de esa manera podríamos apreciar los detalles del camino que pasamos por alto por correr tan deprisa. A lo mejor son los zapatos: cámbialos, tal vez con un poquito de tacón irías más segura; a lo mejor es por la sensación de frío: ponte un abrigo. No lo sé, pero si te está costando tanto tendrás que cambiar algo. Yo ya tengo el patín.

Isolina Cerdá Casado

Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...