sábado, 26 de abril de 2014

Entre bambalinas. Duendolín, el duende que pone fin a los cuentos.



  Estábamos muy nerviosos, bueno, yo estaba atacada, arrastraba un estado de nervios como consecuencia de una serie de situaciones personales. Pero ahí nos encontrábamos nuevamente, en un espacio nuevo, en el que no habíamos podido hacer un ensayo general, y teníamos cogidas con pinzas las diferentes escenas que hubo que modificar, en movimiento y localización, por el espacio distinto y la inexistencia de telón.
    El director tenía mil cosas en la cabeza, una persona encantadora se prestó a ayudar en el aspecto técnico, lo cual hizo posible la representación. Pero eran mil cosas de las que había que estar pendiente, y no todo los aparatos funcionaron. La maravillosa voz de Rosa se vio alterada por el acoplamiento de los micros, o no sé que historias técnicas, ella cantaba pero de vez en cuando sonaba un sonido horrible que hacía que su trabajo no se luciera en toda su esplendor.
    Cuando ella terminaba su canción, Margarita debía entrar en su habitación y llamar a su mamá para que le diera las buenas noches. Pero tras la cantante, empezaron a sonar las pistas de música siguientes una de tras de otra, y las actrices maravillosas transformadas en hadas, al oír su canción, que era el aviso de su salida, entraron por platea. Pero Margarita no estaba en su cama, el fallo técnico hizo que la niña no saliera. Cuando las hadas llegaron a escena, sin entrar, empezó a sonar la siguiente pista de música, la entrada de la reina, y se quedaron de piedra al no ver a su querida niña, a la que despertaban con estornudos, dormidita en su cama. Entonces, en una extraña sucesión de decisiones rápidas y atropelladas, Margarita salió corriendo y se lanzó cual supermán sobre la cama, ésto descolocó a las hadas, y provocó una risa nerviosa en las portadoras de las grandes estrellas plateadas. Entonces el director se golpeaba la cabeza contra la pared, fue un impulso irracional para sacar fuera toda la tensión producida en un minuto que se hacía eterno. Mandaba salir a la madre, pero la madre decía que su hija no la había llamado a escena, Margarita, en las funciones normales, llamaba a su madre mientras entraba en su habitación, si ya estaba tirada en la cama, para qué entraba la madre. Entonces la niña se levantó, las hadas se fueron motivadas con una gran intuición escénica. Margarita levantándose de la cama gritó: "jo, no me puedo dormir, soñando con las hadas. ¡Mamá, ¿vas a darme un beso de buenas noches?" Y todo se reanudó, solo nosotros sabíamos el gran problema surgido inicialmente, pero lo resolvimos bien y seguimos adelante. El micro de la cantante seguía fallando, su maravillosa voz tenía que luchar contra esos golpes de sonido rotos. Siguieron produciéndose fallos técnicos, pero se fueron resolviendo, y el público, esos pequeñuelos agradecidos, con sus caritas inocentes, y los profesores que siempre pendientes de ellos se emocionaban con la representación, aplaudieron felices porque vieron el esfuerzo, les llegó la magia, la de la mesa que volaba y la de los actores transformados en magos, hadas, princesas y animales increíbles.
    Los actores y actrices, y los imprescindibles técnicos, y el director y la cantante y actriz, todos teníamos algún estado personal que nos alteraba: la mamá de Margarita se encontraba mal, por el dolor de un dedo dañado que le afectaba a su más preciada prenda, su hijo; Blancanieves tenía un dolor en el pecho que yo no percibí, y los niños tampoco; la maravillosa Cenicienta con su preocupación por la intolerancia a algún componente de la leche de su bebé precioso, aparcó los mil llantos de esos momentos previos al diagnóstico de su niña y las noches sin dormir saliendo a escena con su mejor sonrisa;  la reina de Corazones y Jazmín tenía un malestar del que tampoco me di cuenta; y las hormonas de mudito, y los nervios inseguros, y el estrés, y la tensión del jefe,...y los problemas personales...todo quedó en la intimidad más absoluta, incluso la gran tristeza de recibir una noticia dolorosa. Las sonrisas de esos niños, de ese público agradecido, hizo que mereciera la pena el gran esfuerzo.
    Gracias, gracias, gracias.

Isolina Cerdá Casado

 

martes, 22 de abril de 2014

Despedidas. Una lámpara se despide de su ex marido, un tubo de cocina fundido.


       Una señora lámpara, muy bien puesta, entra en la sala 3 del tanatorio. No hay nadie. A través del cristal se puede ver a un tubo de cocina negro por los extremos, reposando sobre una linda caja de madera de pino.

    ¿Se puede? ¿Estás bien? ¡Qué tontería de pregunta por dios! No iba a venir, eh, pero luego estuve dándole vueltas, es la última vez Mari Luz, y todo el mundo tiene derecho a una despedida digna. Que tú muy digno, muy digno, no has sido, Roberto, siempre con tus chulerías. Pero por qué narices tuviste que cortar de esa manera, ¿eh? Yéndote con esa presumida lamparilla de noche, por dios, que le sacabas medio metro. Y mira que a mí me gustan grandes, pero esa pájara es peor que yo, su hermana gemela es mucho más estilosa. ¿A caso no te bastó con la que montaste con los plafones del pasillo? Eso fue una orgía en toda regla, que a mí no me habría importado, cada uno es libre de llevar su vida sexual como mejor se le dé, o le guste. Que yo lo entiendo todo. Pero ahí fuiste demasiado lejos, Roberto, en mi propia casa, delante de mi prima Flori, en la habitación de la pequeña de la casa. Ella, que lo máximo que ha presenciado ha sido una rabieta de la niña, y vas tú y le ofreces una escena pornográfica digna de ser incluida en una película para mayores sobradamente experimentados.
    Bueno, que ya sabes que estuvo mal. La pobre Flori que no sabía cómo contármelo. "No será tan grave mujer, anda, cuéntamelo y no le des más vueltas que yo no me asusto, a mi edad no me queda nada por ver." No me imaginaba yo que me iba a hablar de su tío, vamos de ti. Pues por muy extraño que pueda parecer, no me sorprendió, ya sabía yo que tú muy normal no eras. A todas horas con tantas ganas, hijo, qué cansino, que sí, que el sexo es muy saludable pero lo tuyo ya era de enfermedad. ¿Y sabes qué? Mira a ver si lo de que te hayas fundido no tenga que ver con esa sobre carga sexual que siempre has tenido. Si es que a poco que me arreglara ya estabas tú con la testosterona deseosa, comiéndome un colgante. Y hasta incluso cuando los dueños de la casa estaban presentes, es que eras excesivo. Y luego, seamos claros, lo de asearte poco Roberto, y tú sabes que el olfato se me quedó muy sensible tras el embarazo, pues nada no te dabas por aludido, el olor a chamuscado no te lo quitabas con una simple toallita, que sí, trabajador mucho, pero tenías que haberte dado un poco más con la esponja.
    Que si "me voy a electrocutar Mari Luz, que me tienes cardíaco todo el día". Anda que necesitabas tú mucha animación. Si te levantabas animado, que era una cosa bestial. No me extraña que al final te diera igual ocho que ochenta. Cada vez que lo pienso, ¡con las lamparillas! ¡qué vergüenza!

Isolina Cerdá Casado

Pasos


        Uno no puede dejar de caminar, a pesar de todo, aunque le caigan gotas de lluvia sobre la cabeza cargadas de piedra. 
    Tienes tanto que decir, sí, ya te veo que vas a empezar con tus típicas diarreas mentales. Pero en realidad no ha pasado nada, nada fuera de lo común. Lo sabemos, todo sigue igual que siempre, con tus pensamientos que van y vienen, con la visión del mundo distorsionada por esa mirada tuya tirando a negativa, mezclada con detergente, endulzada con bizcocho. Los obstáculos siempre han estado ahí, aprende de ellos. 
    Ay, en realidad me siento feliz porque formo parte de la vida. 
    Si ya lo sé, que tú estás donde quieres estar, y que todo se está preparando para que el sueño se realice, te lo dicen las líneas de la mano. El destino de dolor y llanto está pasando página, no hay que dar tanta importancia al sufrimiento. Deberías quitarle peso, ya lo haces, lo sé. Tu hija escribe cuentos. 
    Sí, mi hija especial es tan creativa como su mamá. Mi hijo especial empieza a ser una especie de pilar; su madurez me deslumbra.
    Bueno, déjate de cosas personales, aunque ya sabemos que tú no sabes escribir de otra cosa que no sea aquello que te hace temblar el alma. 
    Bueno sí, es verdad, la emoción marca mis palabras escritas. Yo grito en el papel en blanco, lo decoro con gritos, con la elaboración de los ahogos, con el sentir de un corazón cargado de penas y que se amarra a lo creativo para encontrar sentidos.
    Pues entonces, sigue así querida, sigue, sigue vomitando impulsos literarios, sigue dejándote llevar por todo aquello que te turba, las camas pueden esperar a ver sus sábanas estiradas, prefieren que la mujer que se tumba en ellas tenga el alma tranquila y en calma.

Isolina Cerdá Casado 

martes, 15 de abril de 2014

Subconsciente: desorden, pesadillas, espíritus, incendios.

    Huele a restos de gamba cocida, gotarrones cuyo aroma quedó impregnado en la bandeja de madera en la que venían colocaditas y que ahora mismo, unas doce horas después, llenan la cocina de un olor nauseabundo. Ni si quiera el recuerdo de su buen sabor en el momento de comerlas logra apaciguar las ganas de vomitar que me invaden por momentos.
    Pues así con todo. Una no es capaz de equilibrar, sopesar, compensar en la cabeza ni en el alma. Porque si algo huele a podrido hoy es que en su esencia ya había podredumbre, al menos esa es la lógica. La cosa es que me siento aquí, del verbo sentarse, en la mesa de la cocina, en la silla de la mesa de la cocina, con el olor del habitáculo de las cobayas, con los doce huevos en su huevera, con el bote de cristalmina codeándose con el ordenador portátil. Algún día desapareceré engullida por el desorden reinante, alguien vendrá a buscarme y no me encontrará porque estaré tapada por los folios, camuflada entre cuentos de la biblioteca, con la chaqueta del chándal de mi hija sobre mis piernas y el mantel de cuadros tapándome la cara. Mi voz se enmudecerá como consecuencia de un ataque producido por una alergia a los restos del sacapuntas presentes en la increíblemente abarrotada mesa de la cocina, las cobayas señalarán hacia mí pero la persona que me busque no podrá dar conmigo porque estaré fusionada con el caos.

    ¿De qué ibas a escribir hija? Ay, no sé qué tienes pero muy bien no estás, algo te está pasando por esa cabecita tuya. ¿Quieres que vayamos a dar un paseo por el parque? ¿Visitamos a un médico? ¿Qué es lo que te impulsó realmente a sentarte frente a la pantalla del ordenador y ponerte a teclear? ¿Tiene que ver algo en ello el polvo de las cortinas? ¿A caso estás frustrada porque no te sientes bien? Pero si esto es algo transitorio hija, te lo digo yo. Es así, hoy estás bien y mañana no sabes cómo vas a estar. ¿A caso te ha afectado la noticia del accidente? ¿Empatizaste nuevamente con esa familia? ¿Y si nos vamos al psiquiatra y se lo comentamos? No es posible que andes con estas subidas y bajadas. ¿Es por lo del suavizante darramado por el suelo de la cocina? Pero si era de marca blanca, qué más da, si me dijeras que se te derrama el Mimosin, pero chica que es del Alcampo, vale suavizante concentrado, pero del Alcampo. ¿A caso tiene que ver con la cara que viste en el espejo que denotaba justamente tus cuarenta y pico años? ¿O es por el sueño terrible en el que yo aparecía y moría también en el incendio? Todo se quemaba sí, pero era una pesadilla, solo era un sueño. Ya sé que te levantaste algo alterada, todo influye, todo. Ay, querida, pues no te queda nada, la vida es eso, una lucha constante, olores nauseabundos que van apareciendo, simplemente hay que hacer limpieza, que ya sabes que el pescado huele fatal de un día para otro si tiras sus restos en la basura. Pues igual que el pescado los pequeños conflictos acaban por oler terriblemente si no se resuelven. Venga, vayámonos al médico ese tan bueno, a ver qué nos dice. Que no estoy muerta mujer, que sólo era un sueño, que yo estoy como una rosa, ya me ves, si por más que tu subconsciente quiera acabar conmigo estoy ahí, dando guerra, y a ver si vienes a limpiarme un poquito la lápida guapa, que me tienes contenta con tu dejadez, ni una mísera visita al campo santo. Pues que sepas que eso es lo que te está pesando, que el subconsciente te está recordando tus deberes, que a ti no te gustan estos sitios, pero a mí sí, ya sabes lo reluciente que lo dejaba yo cuando íbamos a ver a tu hermana, y que tenga que tener yo las flores de tela hechas una pena, no te digo las naturales, que no duran bien ni un día, ¿pero las de tela? ¡Vamos! ¡Indignada me tienes!

Isolina Cerdá Casado

sábado, 29 de marzo de 2014

Injusto.

 
  Hoy es un día gris, el cielo va a llorar de un momento a otro, acompañará con su pena a la tristeza de una familia que ha sufrido un golpe más. No podemos explicarnos por qué, por qué estas cosas pasan, estas cosas tristes de niñas que con tan solo quince años dicen adiós al mundo. Haya pasado esto o esto otro, haya ocurrido por un cáncer, por una caída fatal, por un atropello, por una enfermedad silenciosa y desconocida, da igual: el dolor es el mismo, la impotencia la misma, la pena igual de terrible e insoportable. Tengo cuarenta y un años, he visto y he vivido muchas cosas, muchas penas, muchas desgracias para las almas sensibles que caminan con sus cuerpos finitos. 
    Desgraciadamente sé lo que se siente, sé lo que significa, sé que esa herida siempre va a estar ahí. Con el tiempo se irá soportando mejor; menos mal que esta medicina gratuita e irremediable irá haciendo su efecto, y la vida seguirá con su transcurso de aparente normalidad. Quedarse con un buen recuerdo, aislar el dolor en una urna de cristal colocada al lado del corazón, sentir que esto estaba escrito en el libro del destino y que no había culpables, que no hay un responsable. 
    Ayer estuve moviendo tierra en mis adentros, y me di cuenta de que esas heridas te determinan tanto o más de lo que pudiera pensar tu cordura. Recuerdo un accidente terrible que ocurrió en mi pueblo, y tantos otros, pero este dio un vuelco al corazón muerto por la empatía. Era un niño de unos cuatro años, jugaba con su hermano a tirarse por una cuesta con un monopatín, lo hacían en una calle por donde nunca pasaba un coche, el padre trabajaba en un local que daba a esa calle en un negocio propio. Un día un coche subió por la calle, justo en el momento en el que los hermanos se tiraban con emoción por esa cuesta. El coche se tragó a uno de ellos, el otro lo presenció todo y por suerte no le alcanzó el golpe fatal. Conocía a ese angelito, y aquella trágica noticia me golpeó el alma. Pero estas cosas pasan, pasan una y otra vez. 
    Tengo cuarenta y un años, ya lo he dicho, y lo que más me atemoriza es la certeza de que estas cosas seguirán ocurriendo, normal que el miedo de vez en cuando baile conmigo y apriete tanto mis costillas que apenas me deje respirar.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 23 de marzo de 2014

Domingo, un objeto de inspiración: huellas.


    Hacía mucho tiempo que no escribía un domingo, empezando por el encabezado con el que iniciaba mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento. Pues bien, resulta que estaba en casa, acababa de poner una secadora y un lavavajillas, tenía unas tostadas frente a mí y un vaso gigante de café, me encontraba sola, literalmente, mis hijos se habían ido con su padre a la parcela, y yo, sola, en compañía de cobayas, tortugas, peces y pájaros, me sentía como en aquellos tiempos, en los que adquirí el compromiso de escribir un artículo cada domingo y era capaz de inspirarme hasta en una bayeta de cocina, mohosa y acartonada. Mi plan inicial era ponerme a ordenar la casa, seleccionar objetos, colocarlos en un lugar poco visible,  barrer, limpiar el polvo, poner una música agradable tirando a marchosa y sorprender a mi familia al regresar de sus horas de asueto en la naturaleza con una casa más limpia que la que podría ofrecer el mayordomo de don Limpio. Sin embargo, empecé a sentir un no sé qué en el cuerpo. ¡Mierda! ¡Lo iba a volver a hacer! 
    Una parte de mí buscaba desesperadamente un objeto de inspiración, quería recuperar esos momentos creativos en los que un zapato hablaba o un váter me perseguía por la casa, recordaba a la maravillosa fregona hacia la que sentí unos celos tremendos por su abandono, por su dejadez. ¡Quiero volver a sentirlo! La otra parte de mí se negaba, trataba de impedirlo, no, no lo harás, dijiste que no lo volverías a hacer, hablaste con Sera, "me siento con la obligación y sin embargo me falta el ánimo, bla, bla, bla..." Coge la escoba, maldita sea, no me vengas con chorradas, no hay historias que te hayan inspirado, ni tienes ensayo de teatro, ni tienes que estudiar un guión, ni coser un traje de carnaval, lo único que has  de hacer en este domingo frío y soleado es limpiar. 
    ¿Limpiar? ¿A eso se iba a reducir mi vida? Entonces mi parte racional se levantó, luchando fieramente contra esa otra parte que se negaba a aceptar que era una mujer dedicada a su casa, una maruja en toda regla, y que no estaba cumpliendo. Esa parte de mi, que me machacaba con el sentido de culpa, hizo que cogiera la balleta y comenzara a buscar un bonito lugar por el que empezar a cooperar con mi yo comprometido con el correcto funcionamiento del hogar. Pero cuando me acerqué al horno y vi aquella huella, oh, aquella maravillosa huella que mi hija dejó sobre él en el día de ayer, en el que un delicioso bizcocho se cocía en sus adentros, sentí que lo que verdaderamente me importaba era lo vivido, todo ese recuerdo de ella insistiéndome en que le preparase su bizcocho preferido. Recordé cómo me decía que un huevo olía a caca de gallina, vi la gallina correteando y poniendo el huevo. No podía borrar aquella huella de aquel momento. Entonces me fui al baño, al que se había convertido en un trastero provisional y cogí la pelota gigante de pilates, llevaba puesto el pijama con el que había interpretado a Margarita, aquella niña maravillosa me estaba poseyendo y tiró la balleta por la ventana, la balleta empezó a volar como aquellos pájaros que "volaban y volaban y volaban...." Y entonces la culpa se fue de viaje al país de los cuentos y yo me senté sobre mi pelota y me puse a teclear en el ordenador portátil, un domingo cualquiera, el primer domingo de primavera. 
   
     Había sido una semana intensa, podía perfectamente hacer las dos cosas, pero primero tenía que disfrutar de las huellas de la creación, primero eran las pulsiones del corazón, primero era el recuerdo de aquella historia de amor, primero era el grito de aquella niña viendo a las hadas de sus cuentos, primero era reconocer y acariciar a mi yo creativo, después ya sacaría brillo y pondría orden en mi guarida.

Isolina Cerdá Casado


jueves, 20 de marzo de 2014

Amor


        Hoy quiero compartir una historia de amor, como tantas historias preciosas que vivimos, que suceden, que pasan desapercibidas. Como dos rosas preciosas que estaban destinadas a aparecer juntas en la foto, o a compartir grandes momentos de una vida, caminando juntos en un trayecto lleno de creación y repleto de imágenes que quedarán para siempre grabadas en una película hermosa.
    Ella era más joven que él, era una bellísima mujer que tenía unas manos mágicas, transformaba rostros, perfilaba labios, embellecía y ponía a punto esas pieles que no debían brillar, perfeccionaba, ayudaba a que los actores se metieran en la piel de un personaje. De sus manos creativas se alimentaba la magia del cine. En ese mundo lo debió conocer a él, al hombre creativo, fascinado por el mundo del celuloide, inmerso en fantásticos rodajes, luchando, viajando, con ese punto de vista del hombre maravillado por las posibilidades de una cámara. Un hombre que iba más allá de la realidad, veía a través del objetivo, el plano perfecto, la luz ideal, todas las maravillas técnicas que tenían que ser dirigidas por una cabeza privilegiada llena de imágenes, era una especie de mago, llevaba a la pantalla todo aquello que andaba bailando en su imaginario. Y captaba, conseguía captar el mundo sin que le entorpeciera una sombra, encontraba la luz allá donde estuviera, estaba metido en las mismísimas entrañas del cine. 
    Ambos se encontraron y ya nunca más se separaron, eran almas que debían caminar juntas, y juntos viajaron, formaron una hermosa familia y todos se iban de acá para allá a grabar las maravillosas películas que salieron de esa cabeza privilegiada y llena de imágenes. Este señor maravilloso, Salvador, que así es como se llama, se llevaba con él a toda la familia, a esos rodajes larguísimos y emocionantes; y su querida mujer siempre estuvo con él, Victoria cuidaba de sus hijos y además trabajaba como maquilladora, creaba y creaba, era una artista. Para Salvador ella era la inspiración, si en algún momento tenía alguna duda, bastaba con verla para saber que su vida tenía una grandeza, un tesoro, el amor, el maravilloso amor que había logrado alcanzar con esa preciosa mujer que le había dado su mayor creación: sus hijos. Nada se podía igualar a ello, ni si quiera aquel momento grande, en el que fue el centro de todos los objetivos y todas las cámaras le miraban a él y aplaudieron su gran trabajo, el Goya fue un regalo que vino acompañando a su más preciado tesoro.  
    No es fácil conseguir un Goya, se ha debido trabajar mucho y muy bien, aunque ahora parezca demasiado lejano aquel momento o cercano en ocasiones, pasa tan rápida la vida. En cualquier caso Salvador es un gran señor, con una riqueza interior tan inmensa que va dejando trocitos de arte por donde quiera que pasa, no en vano muchos de sus hijos están tocados con la varita creativa del séptimo arte. Han pasado muchos años, muchos, aunque parece que fue ayer cuando rodaban en Almería una de aquellas producciones, y cuando el pequeño se subió al furgón y apareció en otra zona de rodaje. Su hija lo recuerda con cariño, aquellos momentos familiares vividos estarán siempre presentes en su haber, los viajes trepidantes, los entresijos cinematográficos en los que bailaban todos juntos.
    Los tiempos han cambiado mucho, la vida siempre trae consigo cambios, y con esos cambios hay elecciones que hacer y decisiones ante las que jamás tendríamos dudas. Victoria enfermó, y Salvador no tuvo dudas, ella era su gran película, ella era la protagonista de su gran historia de amor, ella estaría cubierta de amor por siempre, ella, convertida en la princesa de la casa, adorada por sus hijos, por sus nietos, y por el propio Salvador nunca estaría sola con el miedo, ellos le contarían cuentos, le arroparían, le acompañarían hasta ese momento en el que Victoria no pudiera expresarse con palabras, pero todavía pudiera sonreír y sentir los cuidados de las personas que la quieren con locura. 

    Una princesita preciosa, Rocío, baila delante de Victoria, Victoria sonríe, Salvador sonríe, Laura sonríe. En la vida hay que sonreír a pesar de todo, porque nunca se sabe, tal vez una noche cualquiera puedan sorprendernos unas hadas preciosas, irrumpiendo en nuestra habitación y llevándonos al país de los cuentos... un mágico lugar en donde todo puede pasar.

    Dedicado con todo mi cariño a Laura, mi querida hada Primavera, a su papá Salvador y a su mamá Victoria.

    Isolina Cerdá Casado

domingo, 16 de marzo de 2014

Cuento: Una mujer de cabellos blancos y un tesoro.

   


El sol se está marchando,
la luna le despide con cariño,
el sol la abraza con un último 
rayo anaranjado y lleno de vida.
"Vete tranquilo, has hecho un buen
trabajo querido,
 los habitantes
del mundo ya no tienen frío."



    Había una vez una mujer muy mayor, su pelo era blanco como la nieve, tenía la mirada profunda, como si se escondieran ellos los secretos de una historia que jamás pudo contar a nadie, tal vez por falta de tiempo.
    Muchas habían sido las veces en las que había tenido el impulso de compartir su tesoro, sin embargo no lo había hecho, porque sabía que no todo el mundo estaba preparado para escuchar y comprender.
    Así que hasta ese momento había caminado por la vida protegiendo su secreto, como si se tratara de un pequeño bebé al que cuidaba, alimentaba y cobijaba sin que nadie más supiera de su existencia, era un bebé que fue creciendo feliz.
    Se había dado cuenta de que con el paso de los años no solo ella iba cambiando, también su secreto cambiaba con ella. A veces parecía que el secreto tenía vida propia y se alejaba como esas formas que cruzan el cielo en los días azules, e ignorando su secreto se sentía perdida, como si la tristeza la hubiera hecho olvidarse de la existencia de su tesoro.
    Otras veces el secreto la abrazaba por la espalda, y la sorprendía llenándola de esperanza, se asomaba a él y encontraba lo que necesitaba saber en ese momento.

    La mujer con el pelo blanco como la nieve miraba a su nieta. La pequeña estaba con un cuento entre sus manos, uno de esos cuentos con relieve, de esos que se abren y parecen levantar ciudades enteras o niños con pantalones a cuadros, o árboles de cuyas ramas cuelgan apetitosos frutos.
     Entonces sintió el impulso de compartir con ella su precioso tesoro, ese tesoro guardado con tanto anhelo. El secreto que solo ella conocía; ella silenciosa, ella en la noche callada, ella escondida entre las sábanas, ella abriendo esa cajita que sólo tomaba forma en su interior luminoso.

    ¿Cómo la iba a mirar su nieta a partir de ese momento? El momento recreado en su imaginación en el que le decía a esa pequeña flor que también ella podía tener un tesoro como el suyo, un tesoro que crecía paso a paso.

    Sí, mi querida Lara, todas las experiencias que vives van llenando tu cajita de piedras preciosas y la única manera de ir llenando el cofre de tesoros es caminando, y aunque pienses que un camino recorrido fue absurdo si miras hacia adentro verás cómo se ha llenado un poquito más tu alma. Para enriquecer tu alma juega, salta, ríe, vive y si puedes sumérgete en la lectura de miles de historias, aprende con ilusión porque la riqueza interior nadie te la puede arrebatar, ninguna crisis mundial terrible podrá arrancar el tesoro de tus entrañas, por más sofisticadas máquinas de las que dispongan, sólo con la riqueza interior tu mente podrá seguir siendo libre.

    La mujer de cabellos blancos apretaba el mando de su silla de ruedas, había perdido la movilidad de su cuerpo, apenas le quedaba una posibilidad de presión en la mano derecha. Su hija la cuidaba y su nieta seguía alegrando su alma. A pesar de que ya no podía caminar sola seguía llenando su cajita de tesoros, y esperaba seguir haciéndolo durante mucho tiempo.

Isolina Cerdá Casado
    

sábado, 1 de marzo de 2014

Sigue, lluvia, sol; sigue, caminando, viendo, sintiendo; sigue, la vida, sigue, sigue...

    Hoy ha amanecido lloviendo, con el insomnio de la nube, con la tristeza del alma herida. La vida sigue, ya sabemos que nosotros seguiremos luchando, caminando sobre suelos mojados, lluvias purificantes, y nuevos miedos, nuevas situaciones, nuevos retos. Aprendiendo de las caídas, sabiendo que el sol saldrá de nuevo. Que tus hijos seguirán reclamando tu fuerza, tus abrazos, tus ojos esperanzados y soñadores. Sí, la vida sigue, inexplicablemente...

Isolina Cerdá Casado

viernes, 28 de febrero de 2014

Tragedia.

    Dejaré a un lado las palabras elaboradas, ahora mismo no sé si tienen algún valor. ¿Es posible que una tragedia terrible haga que despiertes del quejido falso e impulsivo que ahora parece no tener ningún sentido? ¿Mala racha? Ahora me doy cuenta de que es absurdo utilizar este tipo de términos, todo es tan relativo como las sensaciones que cada uno encarna ante un hecho objetivo.
    Nuestra alma está bailando en un mar variable, calmado en ocasiones, en otras tormentoso.
    Preparaba la cena, la noche del 26 de febrero, mi marido y mi hijo estaban en clase de natación, mi hija jugaba con sus princesas, y yo pelaba patatas escuchando de fondo las noticias, nuevos chorizos mohosos destapados de sus guaridas, entierros dolorosos, y nuevas víctimas de violencia de género. Una mujer en Barcelona y una en Fuenlabrada, ésta última apareció en su casa con signos de violencia y su expareja estaba también en el mismo piso muerto, no se sabía muy bien qué había causado su muerte.

     Hacía un mes que el amigo de mi marido había vuelto a vivir a su casa de Alcorcón porque su pareja había cortado con él y le había echado de la casa de Fuenlabrada en la que vivía con sus cinco hijos. Juan, que así se llamaba, era una persona normal, muy bueno, siempre atento y servicial, con una disposición a ayudar casi excesiva. Estaba destrozado, se mostraba incapaz de aceptar que su relación había terminado, continuamente hacía referencia a ella, a sus hijos, a las niñas especialmente de las que hablaba como si fueran sus propias hijas. Mi marido y él se conocieron tres años atrás, a través de los pájaros, ambos tenían en común la afición de tener pájaros, su cría, su cuidado, casi su estudio. Y a partir de ahí empezaron una relación de amistad que fue creciendo.
    Nuria era su pareja, llevaban unos cinco años juntos, ella tenía dos hijos biológicos y tres hijas que había adoptado, eran hijas de una hermana que había tenido problemas y ella se hizo cargo de ellas. Por lo tanto Nuria era una persona admirable, generosa, entregada y muy trabajadora, con un gran corazón. Ambos se conocieron en el trabajo. Ella era profesora en un centro de integración, él trabajaba en el mantenimiento del mismo centro.

    Hasta el 25 de febrero mi marido había estado en contacto con Juan casi diariamente, todos los fines de semana se iba con él y le ayudaba a arreglar los animales, pájaros, gallinas. En dos ocasiones ella había roto, Nuria lo había echado de su casa; él decía que ella quería que estuviera pegado a ella, que le pedía que alquilara su piso para ayudar económicamente. Él decía que no podía alquilar su piso porque entonces no tendría un sitio a donde ir en caso de que ella rompiera con él. La primera vez que cortó con él nosotros estábamos en Galicia. Volvió con ella a la semana porque ella le volvió a llamar. A él lo veíamos como una persona increíblemente generosa, asumiendo una situación particular de su pareja que no era fácilmente asumible, por lo cual era admirado. Ocuparse de cinco hijos que no eran suyos, ayudarla a ella en la vigilancia de las niñas cuando ella trabajaba, acompañarlas a cumpleaños, las niñas pequeñas tienen ocho y diez años. Ella había perdido su trabajo,  y esa situación le preocupaba a él, no hacía más que repetir que a ver qué iban a hacer sin su ayuda, que qué sería de las niñas, que cómo se las iban a apañar.
    Había perdido mucho peso, decía que se le había cerrado el estómago y que no tenía hambre, que no dormía porque se despertaba y no era capaz de conciliar nuevamente el sueño. Estuvo comiendo en nuestra casa dos domingos, esos días por la mañana se había ido con mi marido a la parcela y al regresar también él se quedó a comer en casa, mi marido lo veía muy decaído y creía que le vendría bien comer acompañado. Cuando mis hijos le saludaban con un beso o se despedían de él con afecto, Juan mencionaba a las niñas, que no podía, que se acordaba de ellas, que las echaba mucho de menos. Reconocía que estaba abatido, le hacíamos ver que debía tratar de rehacer su vida, que con el tiempo se daría cuenta de que era posible, que podría encontrar a otra mujer y tener hijos propios, que era una persona muy válida. Pero él hablaba nuevamente de comenzar con ella, hablaba de futuras condiciones que ella le pudiera poner, de que no iba a aceptar cualquier cosa. Él había llevado su nevera a casa de Nuria porque la que ellos tenían se había estropeado y él no tenía nevera, decía que no quería pedirle la nevera porque les iba a hacer una faena, no le había devuelto las llaves. Y al parecer había seguido en contacto con las niñas a través del wassap hasta hacía algo más de una semana, le preocupaba el que no pudiera seguir en contacto por falta de medios económicos para recargar la tarjeta de la niña. Sentía mucha pena por las niñas y lo manifestaba una y otra vez.

    El 26 de febrero mi marido le había estado enviando mensajes que no hallaron respuesta, se preocupó, y el 27 había resuelto acercarse a su casa después de dar su clase de entrenamiento para saber de él, porque le parecía muy raro que no respondiera a sus mensajes. Del trabajo mi marido vino directo a ver el festival de Carnaval del colegio de los niños. Salimos corriendo porque después tenían el entrenamiento padre e hijo, de camino a casa, para cambiarse, recibimos una llamada en el manos libres del coche. Aquella voz era igual que la de Juan, era su hermano, "¿ha pasado algo?", "le he estado llamando y enviando mensajes", "sí, sí ha pasado, lo han encontrado muerto, en casa de Nuria, los dos muertos". Mis hijos no se dieron cuenta de la otra parte de la tragedia, que Nuria también estaba muerta, poco más sabía el hermano. Recordé la noticia de Fuenlabrada que había escuchado el día anterior mientras pelaba las patatas para la tortilla, tuve como una pequeña intuición, no sé, yo no sabía dónde vivía Nuria y nunca había estado en su casa pero entendí que era de Fuenlabrada, al ver la valla de acceso a la comunidad, pensé muchas cosas. "Parecía un sitio grande, ella vivía en una comunidad grande, no, no, qué va. Tenían piscina, no desde la puerta no se veía piscina alguna, qué va, no, no. Pero si tenían las niñas, pero, qué va, no, no". Ni si quiera se lo comenté a Agus, además él hablaba todos los días con él, se habría enterado. Además, no, ¿Juan? Pero si nunca tuvo una mala contestación ni un mal gesto, ni si quiera cuando hablaba de Nuria, siempre hablaba con cariño y desde la preocupación. Pero cuando su hermano nos dio esa trágica noticia, entonces mi mente se fue a aquella noticia del día anterior.
    ¿Cómo es posible que haya pasado esto? ¿acaso habían habido malos tratos anteriores? ¿Puede uno fiarse de su propia percepción de las personas? ¿Estaba premeditado? ¿Por qué lo de las bolsas de basura en sus pies? ¿Fue un accidente? ¿Perdió el control de sus actos totalmente? ¿Cómo pudo camuflar tan bien su verdadero estado crítico? ¿Y por qué tuvo que ir a casa de Nuria? ¿Quería recuperarla a ella con la excusa de la nevera? ¿Qué paso por su cabeza? ¿Una discusión fue el desencadenante de todo? ¿Fue la insoportable soledad de él? ¿Cómo una vida tan aparentemente ejemplar podía terminar así? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Y ella? ¿Y sus hijos? ¿Qué será de esas criaturas sin el cariño y las atenciones de una madre ejemplar? ¿Por qué su vida se ha tenido que ver así truncada? Una mujer que asumió la maternidad de unas criaturas necesitadas de cariño y atención, una persona extraordinaria con tanto amor en sus adentros que se embarcó en una gran travesía de entrega hacia los demás, que la crisis la había llevado a una situación dura porque sin trabajo era difícil llevar a buen término su afrenta. No se merecía ese trágico y triste final.

    En el tanatorio conocí al padre de él, un hombre extraordinario, decía que la policía cuando fue a tomarle declaración trataba de consolarlo, habían hablado con una larga lista de personas, ninguno había dicho nada negativo de Juan, al contrario, todos lo describían como un buen hombre, con buenas acciones, con grandes gestos. La madre, una señora entrañable, sentada frente al cuerpo de su hijo, toda vestida de negro, hasta el fondo de su alma, lloraba desconsolada, temblorosa, frágil. Nadie se explicaba lo que había pasado. En navidad habían estado todos juntos, los cinco hijos de Nuria y la familia de Juan, y Juan nos contó que Nuria lloró con su madre preocupada por un posible diagnóstico de cáncer de mama, que al final fue negativo y se resolvió bien. Apenas dos meses después estábamos en ese tanatorio de Alcorcón, con el cuerpo presente de Juan; ella, Nuria, también muerta en otro tanatorio suponemos de Fuenlabrada, con tantas lágrimas cayendo, derramándose desconsoladas, incrédulas, despavoridas por una tragedia que jamás debió producirse. Una mujer, sentada junto a esa madre enlutada no dejaba de repetir que era el destino, que cada uno tenía escrito su propio destino, y que ese era el de su hijo, el destino, todo está escrito.
    No lo sé, sólo sé que el lunes 24, cuando llegaba con mis hijos de la clase de inglés, había hecho compra, mi marido se llevaba al niño a natación, y Juan y él habían estado juntos, le habían vendido una pareja de canarios a alguien. Esperaban en la calle, hablaban con otro hombre, yo bajé del coche cargada de bolsas, mi marido se iba en el coche con mi hijo a natación, yo subía a casa con las bolsas y con la niña. Entonces Juan se acercó a mí y se ofreció a ayudarme a llevar la compra, le agradecí el gesto pero le dije que no era necesario, que yo podía. Insistió en ayudarme, finalmente desistió ante mi negativa y se fue a su casa. Él era así, servicial, dispuesto a ayudar, una buena persona. Es imposible no estremecerse al pensar en que un desenlace similar haya tenido lugar, y en ese estremecimiento una pregunta siempre quedará ondeante en nuestros adentros, ¿Cómo una persona como Juan ha sido capaz de hacer algo tan terrible? ¿Por qué? ¿Por qué?
    Desgraciadamente he tenido que vivir una tragedia de violencia de género, muy de cerca, conociendo al causante, al hombre que la mató, y comprobando que la violencia de género es una lacra social porque no se la ve venir, no se imaginó, era inimaginable, impensable. Pero está ahí, rodeándonos, y aunque tal vez nunca la maltrató físicamente, bastó una vez, y acabó con ella. ¿Por qué? No lo sabemos, no lo sé, no me lo explico.

Isolina Cerdá Casado

martes, 25 de febrero de 2014

Paseando, sintiendo el frío golpeándome la cara, bien, estaba bien, con la mirada abierta al mundo.

 

     En esta racha de negrura que llevo, salgo del cole, con ese estrés mañanero que se me pega al cuerpo de lunes a viernes desde las siete y media de la mañana, que es cuando inicio la batalla matutina de despertar y preparar a los polluelos para su peculiar caminar por la vida, hasta las once de la noche, que es cuando me tiro al sofá con un gran soplido, y miro a mi marido con hartura, como si tratara de disuadirlo de cualquier aproximación sexual. El pobre también resopla, y continua mirando la tele con pasividad asumiendo que no hay nada que hacer para resucitar la libido de su agotada esposa, lanzando al aire palabras de apoyo, como si él mismo necesitara escucharlas.
     Pues bien, que digo, que salgo del cole y me encuentro con otra mamá estresada, no necesariamente por las mismas causas que yo, simplemente por un cansancio como consecuencia de un no parar. Y me cuenta, y yo asiento, identificándome con su cara de cansancio alterado, viéndome en ella reflejada como si fuera un espejo que cae ante mí para decirme que yo también debería parar.
    Pero, ¿parar? ¿parar de hacer qué? Parar de autoflagelarme con el "debo hacer" y no hago, con el "tengo que" y no tengo.
    Pues sí, para, para, para. Si no empiezas a abrigarte, tendrás frío. Si no acaricias el alma, llorarás sin saber por qué.
    Caminé, caminé mucho rato, mirando al cielo de vez en cuando, aproveché para hacer unas compras, congelé las ideas porque hacía mucho frío en la calle, y paseando paseando pasé por un lugar triste, en el tanatorio no dejaba de entrar gente. ¿Quién se habría ido? ¿sería una persona mayor? ¿por una enfermedad? ¿por negligencia? ¿por averías en el sistema? Unas mujeres estaban aparcando el coche, no estaban muy afectadas, se notaba que era un deber el entrar en el tanatorio. Justo caminaba por la acera de enfrente, y caminando caminando, me di cuenta de que estaba en un lugar en el que pasaban miles de cosas, una fuente me inspiró, y entonces hice la foto.
    Miles de cosas, miles de sueños, un centro de formación justo al lado de un tanatorio, unos señores paseando a sus perros, unas mujeres que corren para dar un último adiós, un grupo de jóvenes que vuelven a su curso de jardinería, y a mis espaldas un instituto, y más allá un colegio, y todavía más allá un cementerio y acá, justo dando el clic al móvil supersónico una madre estresada, yo, dándose cuenta de que la vida es mucho más que un momento, es una intensidad para cuya percepción debemos estar muy despiertos. Por eso cuando llegué a casa me preparé un café y me puse a teclear. Todavía tenía pendiente una lasaña por preparar pero decidí que primero debía acariciar mi alma.

Isolina Cerdá Casado




Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...