martes, 25 de febrero de 2014

Paseando, sintiendo el frío golpeándome la cara, bien, estaba bien, con la mirada abierta al mundo.

 

     En esta racha de negrura que llevo, salgo del cole, con ese estrés mañanero que se me pega al cuerpo de lunes a viernes desde las siete y media de la mañana, que es cuando inicio la batalla matutina de despertar y preparar a los polluelos para su peculiar caminar por la vida, hasta las once de la noche, que es cuando me tiro al sofá con un gran soplido, y miro a mi marido con hartura, como si tratara de disuadirlo de cualquier aproximación sexual. El pobre también resopla, y continua mirando la tele con pasividad asumiendo que no hay nada que hacer para resucitar la libido de su agotada esposa, lanzando al aire palabras de apoyo, como si él mismo necesitara escucharlas.
     Pues bien, que digo, que salgo del cole y me encuentro con otra mamá estresada, no necesariamente por las mismas causas que yo, simplemente por un cansancio como consecuencia de un no parar. Y me cuenta, y yo asiento, identificándome con su cara de cansancio alterado, viéndome en ella reflejada como si fuera un espejo que cae ante mí para decirme que yo también debería parar.
    Pero, ¿parar? ¿parar de hacer qué? Parar de autoflagelarme con el "debo hacer" y no hago, con el "tengo que" y no tengo.
    Pues sí, para, para, para. Si no empiezas a abrigarte, tendrás frío. Si no acaricias el alma, llorarás sin saber por qué.
    Caminé, caminé mucho rato, mirando al cielo de vez en cuando, aproveché para hacer unas compras, congelé las ideas porque hacía mucho frío en la calle, y paseando paseando pasé por un lugar triste, en el tanatorio no dejaba de entrar gente. ¿Quién se habría ido? ¿sería una persona mayor? ¿por una enfermedad? ¿por negligencia? ¿por averías en el sistema? Unas mujeres estaban aparcando el coche, no estaban muy afectadas, se notaba que era un deber el entrar en el tanatorio. Justo caminaba por la acera de enfrente, y caminando caminando, me di cuenta de que estaba en un lugar en el que pasaban miles de cosas, una fuente me inspiró, y entonces hice la foto.
    Miles de cosas, miles de sueños, un centro de formación justo al lado de un tanatorio, unos señores paseando a sus perros, unas mujeres que corren para dar un último adiós, un grupo de jóvenes que vuelven a su curso de jardinería, y a mis espaldas un instituto, y más allá un colegio, y todavía más allá un cementerio y acá, justo dando el clic al móvil supersónico una madre estresada, yo, dándose cuenta de que la vida es mucho más que un momento, es una intensidad para cuya percepción debemos estar muy despiertos. Por eso cuando llegué a casa me preparé un café y me puse a teclear. Todavía tenía pendiente una lasaña por preparar pero decidí que primero debía acariciar mi alma.

Isolina Cerdá Casado




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