El sol se está marchando,
la luna le despide con cariño,
el sol la abraza con un último
rayo anaranjado y lleno de vida.
"Vete tranquilo, has hecho un buen
trabajo querido,
los habitantes
del mundo ya no tienen frío."
Había una vez una mujer muy mayor, su pelo era blanco como la nieve, tenía la mirada profunda, como si se escondieran ellos los secretos de una historia que jamás pudo contar a nadie, tal vez por falta de tiempo.
Muchas habían sido las veces en las que había tenido el impulso de compartir su tesoro, sin embargo no lo había hecho, porque sabía que no todo el mundo estaba preparado para escuchar y comprender.
Así que hasta ese momento había caminado por la vida protegiendo su secreto, como si se tratara de un pequeño bebé al que cuidaba, alimentaba y cobijaba sin que nadie más supiera de su existencia, era un bebé que fue creciendo feliz.
Se había dado cuenta de que con el paso de los años no solo ella iba cambiando, también su secreto cambiaba con ella. A veces parecía que el secreto tenía vida propia y se alejaba como esas formas que cruzan el cielo en los días azules, e ignorando su secreto se sentía perdida, como si la tristeza la hubiera hecho olvidarse de la existencia de su tesoro.
Otras veces el secreto la abrazaba por la espalda, y la sorprendía llenándola de esperanza, se asomaba a él y encontraba lo que necesitaba saber en ese momento.
La mujer con el pelo blanco como la nieve miraba a su nieta. La pequeña estaba con un cuento entre sus manos, uno de esos cuentos con relieve, de esos que se abren y parecen levantar ciudades enteras o niños con pantalones a cuadros, o árboles de cuyas ramas cuelgan apetitosos frutos.
Entonces sintió el impulso de compartir con ella su precioso tesoro, ese tesoro guardado con tanto anhelo. El secreto que solo ella conocía; ella silenciosa, ella en la noche callada, ella escondida entre las sábanas, ella abriendo esa cajita que sólo tomaba forma en su interior luminoso.
¿Cómo la iba a mirar su nieta a partir de ese momento? El momento recreado en su imaginación en el que le decía a esa pequeña flor que también ella podía tener un tesoro como el suyo, un tesoro que crecía paso a paso.
Sí, mi querida Lara, todas las experiencias que vives van llenando tu cajita de piedras preciosas y la única manera de ir llenando el cofre de tesoros es caminando, y aunque pienses que un camino recorrido fue absurdo si miras hacia adentro verás cómo se ha llenado un poquito más tu alma. Para enriquecer tu alma juega, salta, ríe, vive y si puedes sumérgete en la lectura de miles de historias, aprende con ilusión porque la riqueza interior nadie te la puede arrebatar, ninguna crisis mundial terrible podrá arrancar el tesoro de tus entrañas, por más sofisticadas máquinas de las que dispongan, sólo con la riqueza interior tu mente podrá seguir siendo libre.
La mujer de cabellos blancos apretaba el mando de su silla de ruedas, había perdido la movilidad de su cuerpo, apenas le quedaba una posibilidad de presión en la mano derecha. Su hija la cuidaba y su nieta seguía alegrando su alma. A pesar de que ya no podía caminar sola seguía llenando su cajita de tesoros, y esperaba seguir haciéndolo durante mucho tiempo.
Isolina Cerdá Casado


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