domingo, 20 de octubre de 2013

Un cielo rosado, un enanito chisposo, una hermana muerta y el cáncer de mama.

Domingo, un objeto de inspiración: Un cielo rosado, un enanito chisposo, una hermana muerta y el cáncer de mama.



    Todo estaba tranquilo, en muchas ocasiones no nos damos cuenta de la tranquilidad que nos rodea, ese día yo sí me daba cuenta, algo estaba a punto de pasar, era como si ese sexto sentido del que a veces se habla se estuviera manifestando, sin más. Atendía en clase, estábamos en clase de Lengua española, la profesora lograba hacer interesante una materia que en aquel entonces no me llamaba la atención, quién me iba a decir que mucho tiempo después hallaría algún consuelo jugando con esas normas básicas que a base de pizarra y análisis trataba de introducir en nuestro cerebro. Entonces entró, era el jefe de estudios, se acercó hasta la profesora y le habló en susurro, ella me miró, y asintió al hombre que había hecho su aparición con cierta actitud apesadumbrada. Mierda, tenía que ver conmigo, ese sexto sentido joder, el instinto estaba alerta, tal vez lo estuvo desde el mismo momento en el que la dejamos allí metida. Siempre supe que aquello no era una buena idea, por eso después me sentí tan culpable, porque en el fondo sabía que aunque estábamos esperanzados aquella no era la mejor solución. Tenía que marcharme a casa, cuanto antes mejor, deprisa, corre. Nadie me dijo lo que había pasado, pero indudablemente no se trataba de nada bueno. No insistí en preguntar más, cogí mi mochila, la llené de las libretas y el pesado libro de gramática lingüística y me dirigí caminando hacia casa. Iba con miedo, el corazón latía a un ritmo acelerado, quería pensar en que no iba a ser tan grave, que tal vez no tuviera que ver con ella, que a lo mejor un familiar lejano…no, en ese caso no hubieran llamado al instituto pidiéndome que corriera hasta casa. ¿Qué era lo que pensaba? Había leído las señales, y cuando llegué todo se confirmó. Mi hermana había muerto.
    ¿Que por qué hablo de esto ahora, en este artículo dominguero en el que escribo cosas ligeras y a poder ser divertidas? El proceso ha sido claro. Ayer fue el día internacional del Cáncer de mama, bueno, un montón de lazos rosas lo cubrieron todo, un montón de mujeres y hombres que por unos momentos se solidarizaron con la causa. Durante el día estuvimos en la parcela de la familia, era un día en el que se preveía lluvia intensa para toda la jornada, sin embargo no llovió nada, apenas unas gotas, eso sí, toda la lluvia que tenía que caer durante el día cayó minutos antes de irnos. Me llevé la cámara y comencé a echar fotos, pensando, es cierto, en el artículo de hoy. Normalmente utilizo una foto de un instante previo a escribir el artículo, pero pensé que allí podía obtener imágenes inspiradoras y sugerentes. Y al elegir esta foto como inspiradora, voy y pienso en mi hermana, en el cáncer de mama por el pequeño trocito color rosa de ese cielo inmenso que nos rodea, y la grandeza de la vida se me manifiesta, y voy yo y empiezo a escribir sobre uno de los momentos más dolorosos de mi vida, que aún en el día de hoy, mientras tecleo con ánimo logra empañar la mirada triste, hasta finalmente hacer rebosar toda esa pena recorriendo estas mejillas que ya han sido surcadas por montones de ríos intensos cargados de lluvias tormentosas.
    En el fondo soy consciente de que cuando imagino a un váter indignado, y me río hasta el fondo de mi alma de esa situación absurda, estoy tratando de quitarle peso a la realidad del váter inmóvil que lo único que hace es tragar y tragar mierda. Pobre váter, en serio, no sé cómo puede soportarnos.
    Mi hermana no murió por el cáncer, fue mi madre la que murió por cáncer de mama, diez años después de perder a mi hermana. Ayer estuve viendo hasta altas horas de la noche dos programas relacionados con el tema. Se contó la verdadera historia del lazo rosa, en su origen este lazo no era rosa sino naranja y fue una mujer la que intentando que se investigara y que se considerara la enfermedad envió cinco postales con un lazo naranja al Congreso, aquello fue creciendo. Fue una idea de la que se quisieron apropiar grandes firmas comerciales y para evitar problemas de derechos de autor y patentes, cambiaron el color naranja por el rosa, después de un estudio de mercado vieron que ese color es el que más se adaptaba al grupo al que iba dirigido, con muchos intereses económicos detrás más que intereses humanos. Una enferma decía que ella no veía nada rosa en la enfermedad, que era una enfermedad dura, terrible y oscura. Se trató el tema de los desodorantes con aluminio, que una investigadora demostró que sí era posible que las células se alterasen con la exposición continua a ese componente de los desodorantes, no de todos. Lo cierto es que en lugar de realizar estudios de mercado para ver con qué color tendrán más fuerza las campañas habría que centrarse en ver cuál es la causa, qué lo provoca.
    En fin, no sé, cada cuerpo es diferente, cada persona es un mundo, estoy segura de que el dolor es el mismo en todos, y sé que mi madre sufrió mucho, ¿fue el virus del dolor el que se lo produjo a ella? ¿Fue la falta de prevención? Nunca se había hecho antes una mamografía, tenía cincuenta años cuando se lo descubrieron, la edad que ahora mismo consideran como mínima para realizar una mamografía a una enferma sin antecedentes. Ella estaba en un grado cuatro cuando se lo diagnosticaron, no tenía antecedentes, murió con cincuenta y cuatro.
    Elegí un cielo nublado con mucha luz, una luz esperanzadora, quería escribir sobre las intensidades de la naturaleza, pero al final toda yo he sido arrastrada hasta las intensidades del alma, del dolor, de la vida…

    Un enanito perdido entre la naturaleza me ha susurrado al oído que no me preocupe, que viva, que abrace a mis hijos, que sueñe con que todavía me quedan muchos años para inspirarme, que no pierda la esperanza porque vivir sin esperanza es caminar apagado, sin sentido. Feliz domingo, también me deseó un feliz domingo, sí.


Isolina Cerdá Casado 

sábado, 19 de octubre de 2013

Paella atacante.

Robusto, fuerte, lleno de pasión, siempre encendido,... ¿De qué hablas? Pensaba en una gamba arrocera. Ah, creía que te referías a tu marido. Pero, ¿robusta, fuerte, llena de pasión, siempre encendida?¿una gamba? ¡Qué dices! No, no, no, quería decir cangrejo, eso, cangrejo arrocero. Pero, ¿robusto, fuerte? ¿Un pequeño cangrejillo? Ay, déjame, escribo como quiero. Ahora mismo es en lo que estoy. ¿Estás cocinando o pescando?


Estoy tratando de pescar el ánimo para ponerme a cocinar la paella que dentro de unas horas nos comeremos. Ay que ver, vaya ganas de ponerse a un asunto como ese a estas horas de la mañana. ¿Qué te ha dado para estar en estos menesteres un sábado por la mañana? Pues nada, me dio un ataque, tuve un hijo, luego me dio otro ataque, y tuve una hija, antes de eso me dio un ataque mayor, y tuve un hombre que es el causante de los posteriores ataques. Y ahora no me queda más remedio que cocinar para estas criaturas, pero no solo eso, me tengo que poner con otras historias menos agradables, tipo: quita polvos, lava montañas imposibles de ropa, cuenta cuentos, sonríe, planifica... Pues no sé qué decirte. ¿Por qué no te vacunaste para prevenir esos ataques? Es por la felicidad, vamos que yo quería ser feliz, tener ataques, maridos, trabajo, casa, coche,...etc. Vamos lo típico a lo que una persona debe aspirar. Aunque ahora sinceramente no sé si debería haber aspirado a tener una simple bicicleta como máximo, como mucho la hubiera tenido que llevar al taller para reparar algún pinchacillo, pero no tendría que vérmelas con un cangrejo arrocero para darles de comer a estos duendecillos atacantes. Pero, vamos a ver, ¿ataques de qué? Pues me dan ataques de todo tipo: ataques de histeria, ataques de risa, ataques de prisa, ataques de agobio, ataques de desesperación, ataques sin sentido, ataques de madre frustrada que se asoma a la ventana de su casa para respirar y tomar aire.

¡Ahhh! Pobrecilla, cómo te entiendo. ¿Y eso? Pues porque yo ahora mismo acabo de tener un ataque de esos, me he asomado a la ventana y me ha caído un chaparrón que me he tenido que enrollar una toalla a la cabeza para que el pijama no se me mojara del todo. Yo tengo un ataque, de esos que tú dices, metido en la cuna, es precioso, lindo, lindo. ¿Y si te digo que en el fondo me encanta tener estos ataques? Y si te digo que a mí también me encantan, ¿cómo te quedas? Pues que estamos tontas perdidas. En el fondo sabemos que si no tuviéramos hijos no tendríamos tantos ataques. Pues sí, aunque seguramente tendríamos sobrinos que también nos producirían ataques y para los cuales también tendríamos que vérnoslas con unos cuantos cangrejos arroceros.
    ¿Estás mejor? Bueno, un poco sí, gracias al teclado me he liberado un poco del estrés matutino de un sábado nublado sin aparentemente ninguna presión.

Isolina Cerdá Casado.

viernes, 18 de octubre de 2013

Duendes.

Rojo pasión...

    Qué imagen tan bonita me ofrecen estos granos de granada. Ahora mismo me estoy comiendo grano a grano esa intensidad de color, introduzco en mi cuerpo este tesoro de la naturaleza. Un solo grano no te atrapa de la misma manera en la ensoñación en la que me encuentro, pero es tan importante como el resto. La muestra de la naturaleza feliz y viva. Hoy algo me ha pasado en la noche oscura, algo me alteraba, algo me inquietaba, no me sentía cien por cien relajada, y desde las seis de la mañana he estado dando vueltas en la cama, como si estuviera llena de incómodos bultos que no me dejaban encontrar la postura necesaria para volver a conciliar el sueño. Era precisamente el sueño creativo el que no me dejaba caer en el sueño reparador. La vida es tan corta, pasa tan rápido, que no emplearse en los sueños es sinónimo de pérdida de descubrimientos de tesoros ocultos. Antes de que llegue ese momento, ese en el que ya no tengas el impulso de moverte, hay que lanzarse a bailar con los duendes, hay que dejarse sentir, acariciar el camino que lleva hasta lo más profundo del alma creativa.

Isolina Cerdá Casado

lunes, 14 de octubre de 2013

Es lunes, un lunes más.

 

 El bolígrafo me está hablando al oído (lo dice la botella), pocas veces tiene la oportunidad de hacerlo. Normalmente estoy metida en tu bolso, esperando a que uno de tus hijos te pida agua. Pero hoy me tienes aquí, no sé si lo que pretendes es que sirva de objeto decorativo o lo que pasa es que te has cansado de guardarme cada vez que me sacas. Los gusanitos están hartos de seguir en el mismo sitio. ¿Han crecido tanto tus retoños que ya no te piden gusanitos para calmar el hambre? El globo ha dejado de estar terso, pierde aire, poco queda de ese aspecto feliz y de ese movimiento de juego con el que tus hijos hacían luchas de aire contenido, el llanto de uno de ellos indicaba que tenías que intervenir.
      ¡Cómo pasa el tiempo! Disfruta ya mismo de las pequeñas cosas porque apenas estamos unos minutos paseando por la vida, es la percepción que uno tiene cuando ha pasado unos años brindando por uno y otro año nuevo. Personas a las que quieres, que ya no están por aquí, se han ido a otra realidad, todos nos vamos, el premio es el presente, vivir sintiendo que estás haciendo aquello que quieres y aquello que debes. El producto de algo que está bien hecho es la satisfacción. Pensar en que tal vez esta sea la última vez, sentir, ser capaz de respirar, gritar, saltar, sentirse plenos con apenas nada. Y mientras tanto el folio en blanco te mira tentador, a la espera, a la espera de que te sientas inspirada para contar el cuento que nunca antes contaste. Te tienes que poner, hablar, decir.
     Piensas en tu abuela, no sé por qué me ha venido a la cabeza ella; su imagen ante los demás no era la de una mujer ideal, ni admirable, solo respetable. Porque una mujer que se ocupa del campo y va a la iglesia los domingos a escuchar la lección del día es respetable, su falta de calor no era lo que había que evaluar, su frialdad tampoco, simplemente ese levantarse con los primeros rayos de luz y salir a trabajar al monte ya da derecho a cierto bien mirar social.
    Mi madre luchaba cada día, el apoyar en el suelo firme el primer pie que sacaba de la cama ya suponía una lucha, su cuerpo arrastraba a su alma a caminar, a pesar de los pesares, ella irradiaba una luz diferente, su lucha había sido tan continuada en el tiempo y tan constante en su vida que no había espacio para tontear con esas cosas nimias que nos paralizan en nuestras pequeñas afrentas diarias.
    Y yo estoy aquí, sentada, al lado de la ventana, hija de mi madre, luchadora también, inconsciente en ocasiones de la suerte de estar en este instante en el lugar en el que estoy, buscando un respirar profundo, sabiendo que nada es eterno, nada, ni si quiera lo es la vida, porque hubo un tiempo en el que no la había, y puede volver a llegar ese tiempo vacío de existencia y de dolor, y de sonrisas, de llantos, de pulsiones.
    Es lunes, un lunes más, pero siento como si en este lunes me hubiera subido a una gran montaña y desde aquí arriba me encontrara en disposición de observar y observarme. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Hasta dónde soy capaz de llegar? Soy una mujer. No lo sé, tal vez por encima de todo una madre. Llegaré seguramente más lejos de lo que nunca imaginé: hasta el final mismo, en donde se puede tocar el sueño, acariciarlo y poseerlo con amor. Mejor pensarlo así.

    Es lunes, un lunes más, pero en este lunes me siento distinta.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 13 de octubre de 2013

Pimientos, sueños y Lampedusa. Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento.

Domingo, un objeto de inspiración: Pimientos.



    Sabes perfectamente que no te importo menos que un pimiento, dímelo, solo tienes que decírmelo. ¿No los estás viendo? Quieren darse importancia, ponerse peso, cargarse de sentido, y para ello se están alineando para formar una cara, porque ellos mismos creen que para ser importantes tienen que parecer personas, pero qué es lo que significa eso de que los pimientos estén pensando cosas tan absurdas como que si no son humanos no tienen más valor que la de ser un simple, rojo o verde pimiento. Es como si los pimientos se estuvieran rebelando, no quieren seguir estando desconsiderados, ellos quieren ser iguales que el resto. ¿Qué el resto de pimientos, el resto de personas, el resto de qué?
    Yo los vi una noche, a ellos, a todos, iban subidos en una gran barca, flotando en la bañera, no sé quién se atrevió a jugar con sus sueños, sin los pimientos no seríamos lo que somos. Esa noche, yo me había sumergido en lo más profundo de mis miedos, la bañera estaba desbordante de agua espumosa, mi cuerpo tenía unos cuantos grados de alcohol prohibitivos si en lugar de manejar la esponja hubiera tenido que manejar un volante. No necesitaba sobriedad para conducirme hasta lo más resbaloso de la bañera. Tenía que haberme dado cuenta de que al estar borracha podía ver pimientos donde no los había, hasta incluso ser capaz de asignarles propiedades imposibles. Pero yo los vi, estaban confusos y hambrientos y muertos de frío. Iban buscando la otra orilla, alguien les había hablado de las maravillas de ese mundo que se encontraba más allá del mar. Entonces, el que parecía llevar el timón de esa barcaza a la deriva, el que se había autoasignado como la voz de aquel kilo y medio de pimientos, se dirigió a mí desde su singular altillo, dos pimientos lo sujetaban para que sobresaliera entre los demás. Ese pimiento gordo, rojo y orondo, ideal para asar al horno, se dirigió a mí. A esas alturas de la noche, cuando la llama de la vela y el olor a incienso apenas me dejaban ver con claridad; bueno lo más determinante en mi estado turbado fue el vino tinto, seamos claros. Pues, como iba diciendo, a esas alturas de la noche aquel pimiento me habló. Yo, en realidad, veía dos pimientos hablándome, y no entendía muy bien ese tono empleado, rebozado de cansancio, agotamiento, hasta unas gotas de súplica teñían sus palabras. Qué habían hecho ellos para merecer morir de aquella manera, sabían que sus sueños apenas estaban a unos kilómetros en línea recta, pero la barca no resistiría tanto, eran muchísimos, ¿no podía hacer algo para salvarlos de tanto desconsuelo? Su pueblo llevaba tanto tiempo inmerso en tal amargura vital, que no fueron capaces de ver el riesgo de aquel viaje. A mí sólo se me ocurría hacer un asado e invitar a comer a mis amigos, pero ellos esperaban mucho más de mí.
    ¿No podías escribir un cuento? ¿A caso no te quedaba imaginación para inmortalizar la causa de este pueblo injustamente exterminado? ¿Crees que tú no tienes nada que ver con ese ahogamiento? ¿Cómo puedes pensar que es posible crear un paralelismo entre una bañera y el mar mediterráneo? ¿Ves pimientos en lugar de hombres? ¿Todavía estás borracha? ¿Tu marido te trajo demasiados pimientos de la parcela? ¿De dónde te has sacado la idea de que a los pimientos les importes hasta el punto de que se puedan llegar a sentir desconsiderados por ti? ¿Has desayunado? ¿Todavía tienes restos de surrealismo pegados en tu cabeza de chorlita creativa? Es domingo, descansa, tírate un cubo de agua en la cabeza, y espera a que el mundo se arregle, o escribe, o sueña con que jamás volverá a ocurrir algo tan dramático en ningún mar del mundo. Sí, soñemos, pero soñando no se cambian las cosas querida. Lo sé.

Feliz domingo. Y que sueñen con hombres que no tengan que cruzar forzados los mares, que lo puedan hacer libremente, hombres, mujeres y niños.


Isolina Cerdá Casado.  

sábado, 12 de octubre de 2013

La felicidad es... es dejarse ser.

    Ser feliz por encima de todo.

Eso no es fácil.
No digas que no es fácil, di que no parece fácil.
Eso no parece fácil.
Tampoco parece fácil hacer el amor.
Eso es muy fácil.
No digo que no lo sea, digo que no lo parece.
Pues claro que parece fácil, porque es fácil.
Si analizaras con detalle todo lo que se produce dentro de ti cada vez que haces el amor, sencillamente no lo harías, no podrías llegar a ese estado de excitación, donde tu cerebro hace que la magia del cuerpo se produzca, y segregues de forma automática líquidos, y que de forma automática se concentren chorros de fuerza vital, y que de forma automática te dejes llevar por esa magia. Sin pensarlo, sin analizarlo, simplemente viviendo.
¿Y?
Ser feliz es dejarse estar feliz, sin pensarlo, sin analizarlo, se puede llegar a ser feliz simplemente viviendo.

Sonidos, imágenes, lavadoras girando, lavavajillas lavando,...y tú sentada en tu cocina, escribiendo...

Vasos que se rompen, y se han roto, de nada sirve lamentarse, pasó.

Cosas que suceden, cantos de agapornis que me perturban. Ignóralos.

No somos más que un trozo de pan esperando endurecerse para ser picado por una gallina hambrienta y pasar a formar parte de un futuro huevo frito mojado nuevamente por pan. La vida es un círculo. Pasamos una y otra vez por los mismos lugares, no siempre somos capaces de darnos cuenta de que es el mismo sol el que nos está dando la luz.

¿Estás surrealista o impresionista o expresionista? Lo único que sé es que estoy.

Isolina Cerdá Casado

viernes, 11 de octubre de 2013

Azul

 
  Llena de paz, así estaba la botella, ella se la zampó entera, la dejó vacía, llena de alteraciones desconocidas, y se tragó toda la calma de un golpe, como aquél que le dio la vida cuando pasaron aquellas cosas que no tenían que haber pasado. Tú sabes que la paz se gana, se paga, se compra. ¿A caso no es injusto que no sea accesible para todos? Esta sociedad está carente de botellas llenas. Paz. Un poco de paz para el alma herida. Yo voy a mirar por la ventana, hay un cielo azul, clarísimo, esperanzador. No veo nubes, en su lugar flotan en el cielo sombras heridas, pero el azul prevalece, se superpone, lo invade todo. El color azul es precioso...

Isolina Cerdá Casado

domingo, 6 de octubre de 2013

Enlace a vídeo de lectura dramatizada del texto de este domingo 4 de agosto, ¡de OCTUBREEEEEE!. Uffffffffffffffff...


http://youtu.be/8NO4vMyRC1k

Lechugas: Mi colaboración semanal en Héroes del pensamiento.

Domingo, un objeto de inspiración: Lechugas.



    Al mercado que me voy, a comprar unas hojas verdes, todas ellas unidas por un tronco, felices, arropadas, superpuestas,…Muchas veces me siento como una hoja de lechuga escondida en lo más profundo del matojo verde que me envuelve, en ocasiones son hojas secas con un tono marrón, apagado por el desánimo vital momentáneo que me persigue por las laderas del fregadero, especialmente cuando se me acumulan los vasos y los platos con restos de macarrones secos por la oxidación del impulso de recoger la cocina, cuando no recordé que debía ponerme una crema ultrasónica especial para evitar que las células se me fueran apagando, las células impulsivas me refiero…
    - ¿Pero de qué estás hablando hija? Es que ya estamos con la tontería dominguera, quieres hacer el favor de ponerte a escribir en serio, que no sé qué te ha dado con las cremas últimamente, para todo tienes una crema especial que resuelve el conflicto interno a través de una caricia externa. Pero tú sabes que la solución la mayoría de las veces está en el interior de uno, porque un nudo se ha formado y no se sabe bien cómo desenredar el asunto psicológico en cuestión.
    Me siento algo así como una lechuga deshidratada, con la hoja caída, sin fuerza…
    - Eso es porque no te has tomado el café al que acostumbras diariamente, y sin esa explosión energética sientes que no eres nada. Deberías dejar de tomar café, te has creado una dependencia absurda con el líquido negro. ¿Te gustan los negros?
   Me encantan, y me encanta el café, y ya no voy a casarme con un negro porque me encontré con un vaso de leche que me gustó y me venía bien para la hidratación anímica, pero no voy a dejar de tomar mi café como si de un negro se tratara, es lo único que me queda.
   - Cada vez estás peor, y te lo advierto, el mundo no está preparado para tus locuras transitorias y esporádicas, especialmente si las dejas inmortalizadas en un artículo.
    ¡Qué sabrás tú del mundo! Viviendo como vives en mi cabeza, y cuando no sabes hacer otra cosa que marearme y dirigirme, hacia aquí y hacia allá, y “esto está mal” , y “esto está bien”, y “esto lo tienes que hacer”, y esto…
- Pobre neurótica exprimida, estás al borde de otra crisis, ¿no te das cuenta de que las tormentas internas están emergiendo nuevamente? Tienes que cuidarte más, y poner orden, y limpiar la casa, si tu madre levantara la cabeza…
   Si mi madre levantara la cabeza me daría un abrazo gigantesco y me envolvería con su calor de madre, y me amaría tanto que yo me pondría bien en un instante mágico. Conciencia, querida, ayer estuve leyendo algunas cosas interesantes. Qué importante es el lenguaje, y cuántas cosas nos dice de nosotros mismos. Voy a dejar de utilizar el verbo “Tener”, a partir de ahora, cada vez que me tenga que referir a una cosa por hacer, utilizaré el verbo “Querer”. No es lo mismo decir: “Tengo que hacer ejercicio”, que decir: “Quiero hacer ejercicio”. Con el “tengo” se crea una obligación, con el “quiero” es una decisión libre que yo asumo. El libro en cuestión llegó a mis manos accidentalmente o fortuitamente, tenía tiempo y buscaba algo para leer, y perdido entre revistas de cotilleos, estaba él, “Cartas para Claudia” de Jorge Bucay, esperando ser cogido y buceado por alguien. De vez en cuando una necesita releerse algún libro de psicología, esta no es una relectura, pero al zambullirme en él he vuelto a tener el impulso de leer nuevamente información sobre el tema. Pues bien, quede constancia de que quiero leer más cositas sobre psicología; quede constancia también, de que quiero hacer las camas y darle el desayuno a mi hija, así como también quiero preparar cositas porque hoy tenemos visita; entre las muchas cosas que tengo que hacer, quiero decir, entre las muchas cosas que quiero hacer está limpiar la lechuga, quitarle las hojas oscurecidas por la oxidación y el paso del tiempo y del tormento de una vida ajetreada, y descubrir las hojas frescas, verdes, y relucientes que se esconden en su interior, de paso me quitaré mis propias hojas mustias y me quedaré más turgente e iluminada que, que, que,…que, ya me iba yo por otros caminos más propios de la noche que del claro domingo en el que nos encontramos…ha sido culpa de la palabra “Turgente”, creo que aparecía reiteradamente en textos de novela erótica a la que fui aficionada en una época de mi vida. Ahí tenemos una prueba más de la importancia del lenguaje. Una frase tan sencilla como: “Ay, qué turgente estás cariño”. Feliz domingo despejado y azulado, por lo menos aquí en Leganés.


Isolina Cerdá Casado

lunes, 30 de septiembre de 2013

De golpe llegó, y aquí se quedó...¿cuándo es que se va? ¡Pues anda que no queda otoño!

    Volvía a casa, iba en el coche, acababa de gastarme un pico en el supermercado, apenas tenía que comprar unos pequeños pollos, pero alargué hasta el pescado, pasé por la sección de los yogures, recordé que me faltaba leche, vi unas cuantas ofertas increíbles de la segunda unidad al setenta por ciento, me atrajeron los puerros y me acordé de las pocas gotas de champú que me quedaban en casa, y entonces, sumándole a esta larga lista unas galletas para los niños, pasé de los cuarenta euros en un plis. ¿Estaba sufriendo un ataque de consumismo arrollador como consecuencia del depresivo ambiente otoñal? ¿Debía personarme rápidamente ante mi médico y advertirle de este primer síntoma de una enfermedad terrible que es capaz de acabar con el control de tu fondo bancario? ¿Qué fondo bancario ni ocho cuartos? No tienes un duro con lo cual tu preocupación no tiene sentido, si no hay, no hay.
    Pero vamos a ver, algo habrá que te subió el ánimo en el día de hoy. Sí, claro, lo que me subió el ánimo fue ver a aquella mujer. Debía tener sobre los ochenta años, lo descubrí cuando levantó su paraguas y mostró su rostro. Llevaba un paraguas morado, con unos volantes preciosos, al verlo se me iluminó el alma, ya ves tú, con un simple objeto elevé mi ánimo hasta las nubes grises que me cubrían la mirada. Más me iluminé cuando vi que la persona que lo llevaba con tanto estilo era una mujer de ochenta años. Me sentí feliz, fue como una especie de asociación interna que mi alma efectuó en un segundo. A pesar de la lluvia, a pesar de que no se vean los rayos del sol, siempre podré conseguir un paraguas como ese para volverme a sentir llena de vida.
    Paré el coche, y le pregunté a la señora si me podía decir dónde había comprado aquel paraguas tan bonito. El coche que venía detrás empezó a tocar el claxon, la señora no me oía, y no dejaba de preguntarme que a dónde quería ir, que es que ella no sabía muy bien dónde estaba esa calle, pero que llevaba muchos años viviendo por la zona y nunca había oído hablar de la calle Paraguas, que le preguntara al señor del kiosco, que estaba a punto de retirarse y que seguro que él lo sabía. El señor del coche que venía detrás de mí, por fin pudo adelantarme, y al estar a mi altura le dio al claxon con tanta fuerza que todo el mundo me miró acusadoramente como si yo hubiera sido la culpable del dolor de tímpanos momentáneo que causó ese pitido otoñal. Le di las gracias a la señora, y me fui a casa, a colocar toda la compra que sin planearla había realizado casi compulsivamente. Y me puse a escribir, antes de hacer las camas, la comida y estresarme con todo el polvo que debía eliminar de mi acogedora y viva casa.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 29 de septiembre de 2013

Joyas: Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento.

Domingo, un objeto de inspiración: joyas.



Cogí los pendientes, esos de oro blanco que no sé cómo llegaron hasta mi joyero. Pues claro que lo sabes, te los regaló tu suegra, la primera de las tres suegras que has tenido. Bueno, bien, ya sabemos que la memoria es selectiva y que por alguna razón había dejado aparcado en el baúl de los recuerdos a olvidar este episodio de mi vida. ¿Te estás refiriendo a tu primera boda o tiene que ver con esa joya en concreto? ¿Qué recuerdo es el que causa estragos en tu alma? Ninguno de los dos me altera, en serio, creo que está bien tener experiencias en tu haber, al fin y al cabo es la evidencia de que has vivido. Pues habiendo vivido tanto, no entiendo cómo es que cometiste el mismo error tres veces. ¿Estás hablando ahora de tener tres suegras, de haberme casado tres veces o de meter demasiado pronto en ese baúl experiencias que después, al tenerlas olvidadas, no te sirven para evitar caer en el mismo precipicio? En serio, creo que en el fondo te gusta tirarte desde las alturas, a sabiendas de que la caída no será grata. Quizá el resultado no sea una pierna rota, pero tu alma sufre. Bah, te equivocas nuevamente. Mi alma es un pájaro inquieto que busca un buen nido, en el que desarrollarse y sentir, querer volar es poco porque lo puede hacer, pero decidir iniciar un nuevo vuelo es despertar inquietudes ante las que no me puedo resistir. Y ahora hablemos en serio, ¿de verdad crees que sumar maridos es algo apasionante? Empezaste por los pendientes, pero tú nunca llevas joyas. No tienes ni un solo rastro, fotos, amistades, de tus vidas anteriores. ¿Existieron realmente? Creo que tienes mucha imaginación, y en este domingo gris apenas dan color a los ojos que han llegado hasta aquí. ¿Puedes dar color? Bueno, no sé a qué te refieres con “dar color”. Que seas capaz de provocar algo, una risa, una emoción, un sentimiento que nazca de la lectura de tu texto. No tiene por qué nacer nada, ni si quiera sé por qué hablé de los pendientes. Igualmente podría haber puesto al Omeprazol, o a las tiritas de marca blanca que tengo a mi izquierda, o a la manzana que quedó ahí situada desde que ayer la inmortalicé en el texto de Blancanieves. Pues por eso precisamente, es confuso que aparezcan las joyas en este artículo, ¿no te parece? Es posible que por alguna razón mi mente las haya situado en un lugar prioritario justo en el instante en el que escribía el título. Un momento, acabo de averiguarlo, tras unos segundos de concentración y de miradas inquisidoras, tratando de escudriñar todo objeto que me rodea, por fin lo encontré. El pendiente: estuve tocando el pendiente solitario momentos antes, ese que tiene un colgante de cristal de Murano, que me regaló mi marido cuando aún no estábamos casados; me preguntaba dónde estaba su pareja. Tal vez por esa razón también surgió el tema de los matrimonios y de las suegras, porque mi suegra, vamos que entonces no lo era, fue con mi novio a Italia, y me trajo estos pendientes, bueno, el otro anda por ahí perdido, esperando reunirse con su igual para el resto de su vida. Querida, creo que llevas ya muchas líneas y todavía no has causado emoción alguna. La emoción solo se puede producir si comparto algo íntimo, quiero decir una emoción propia. ¿Y si cuento que el Omeprazol está ahí porque tengo un miedo grandísimo por un dolor extraño y que durante semanas he pensado que ese dolor era causado por una grave enfermedad? ¿Y si hablo de la caja de cartas que rescaté de un baúl para ver si me decían algo sobre mi salud pero no he tenido el valor de sacar ni una carta por miedo a que me dijeran que el final estaba cerca? ¿Y si cuento que en ocasiones siento que tengo frente a mí un verdadero y auténtico precipicio que no puedo sortear y que hace que mi estómago se hunda por la fuerza del aire al caer irremediablemente por la atracción gravitatoria? No es necesario que cuentes más. Pues ahora no me voy a callar, oh, dios mío, todo no es negativo, no querida alma aplastada, empapada en leche y rebozada en huevo, y finalmente receptora de una lluvia linda de azúcar con canela. ¿Estás hablando de las tostadas francesas que le has preparado a tu padre con todo el cariño del mundo en esta mañana gris y otoñal? Sí, en efecto, cambiemos el alma por una rebanada de pan de molde, y ahí la tendrás: una dulce y delicada tostada francesa para chuparse los dedos y quitarse el amargor de las preocupaciones mundanas. Feliz domingo, aprovechémoslo, aunque el lunes maravilloso de Mulero esté a la vuelta de la esquina.


Isolina Cerdá Casado 

Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...