Estoy agotadísima, un cansancio acumulado que apenas puedo gestionar, no le doy tiempo para que se vaya repartiendo y compensando el descanso necesario. El bote de mayonesa está histérico perdido, no deja de mirarme y de dirigirme palabras de reproche: que a santo de qué me pongo a quejarme, que si él se tuviera que quejar por las molestias físicas a las que se ve sometido lo llenaría todo de salsa, de tanta lágrima contenida. Al pobre bote de cristal lo llenaron de mayonesa, y después de estar expuesto meses y meses en el estante del supermercado, llegó hasta mi casa después de golpearse con el bote de café y el cartón de leche. Pues yo lo entiendo, pero a mí no me han creado para contener mayonesa, yo soy una mujer cansada pero llena de ilusiones y sueños, mi salsa se crea en el mundo onírico, yo vivo feliz porque de vez en cuando chorreo mayonesa por los cuatro costados. La mayonesa se ha convertido en sueños potenciales. Lo que pasa es que no solo hay salsa, también la sangre roja se agolpa, corre, baila; en la sangre se gestan las ilusiones que caminan por las obligaciones mundanas, los dolores, las adversidades. Estoy blanda, como un montón de flan colocado sobre una lavadora antigua en pleno centrifugado. Bailando sin parar, cargando miedos en grandes sacos, tratando de no verlos, pero los llevo colgados a la espalda, por eso me duele tanto. Estamos a mitad de semana, sigue habiendo objetivos, sigo planeando explosiones creativas. Vamos, vamos Mari, que no se diga que no tienes energía, con todo lo enérgica que tú eres. Que es que la vida es corta, es que pasa muy deprisa, es que mi madre no está, es que mi hija me pide que le cuente un cuento, es que yo quiero poder contárselo durante toda la vida, es que me tiemblan las piernas y no me pasa nada. Agua, quiero beberme un vaso grande de agua fresca. Bien, adelante, hazlo bajo la mirada atenta del bote me mayonesa. Sí, así lo haré, con su permiso, en lugar de beberme el agua me voy a lanzar sobre ella. Y brindaré por los soñadores incansables que tienen mayonesa en las venas.
Isolina Cerdá Casado
miércoles, 18 de septiembre de 2013
domingo, 15 de septiembre de 2013
Jarras de cerveza. Mi colaboración en Héroes del pensamiento. Voy con retraso, no hay manera.
Domingo más uno, un objeto de inspiración: jarras de
cerveza.
Entre que lo voy retrasando, entre que voy algo piripi,
entre que son las 1:45 del lunes ya, entre que estoy resacosa de la actuación
de hoy, no sé qué narices va a salir de aquí. Veo doble, bueno, tengo que fijar
la vista, creo que aún queda algún resto de efecto gradoso (de los grados de la
cerveza, quiero decir). Me siento feliz, la verdad, sé que no estoy ante ningún
tribunal que valore estados anímicos, sé que me pongo a escribir y soy una
transparencia vulnerable, pero es que encima con esas cacho jarras de cerveza
que sólo costaban un eurillo pues me ha salido medio barato alimentar la locura
transitoria o el pedo, vamos, que espero comprensión por parte de los más
comedidos y recatados. Ya ves, que no he hecho nada extraño, ni nada que se
salga de lo que mucha gente suele hacer, sin embargo siento que me he liberado,
como una especie de aventurilla que estaba absolutamente justificada. He
aparcado a mi marido y a mis hijos, y a mi padre, que anda pasando unos días
con nosotros, y me he ido a desmelenarme, primero en el escenario, el papel que
interpretaba ayudaba, la verdad, la Toñi, era una mujer algo ninfómana a la
cual le ponía cualquier hombre, vaya, que daba igual su estructura física, a
ella solo le importaba que tuviera pelo, porque le encantaba sentir el tacto de
una densa superficie capilar, sobre todo en los bajos fondos innombrables.
Después con la cacho jarra de cerveza. La gente pasando, nosotros sentados,
actores recién paridos, felices aunque igual de pobres que antes de taconear en
el escenario, hablando de futuros hijos faranduleros. Puf, lo más de lo más. La
realidad ya es bastante dura, en medio de toda la vida dura que nos rodeaba, en
el centro del círculo que los cuatro actores habíamos formado estaba el sueño
por crear, por seguir montando cosas, por sentirnos vivos y esperanzados. Chelo
con su ictus, su amiga con su sueño de ser actriz, Paco con su añoranza de
Alicante, ellos estaban pegados al círculo, pero en nuestro círculo había
cotidianidades oscuras, difíciles, rebozadas de sueños. Hospitales repletos de
pacientes en espera de una cura, un cambio de postura o un suministro médico;
intervenciones quirúrgicas dolorosas y que despiertan miedos inconfesables;
dificultades terrenales con futuros inciertos; ocupaciones mundanas que van
poco a poco desencantando a la soñadora imaginaria. Y esas cuatro jarras
cerveceras que empapaban nuestros sueños de alcohol imprudente, soñar era
gratis; crear sueños es gratis, sí, pero
creer en ellos no siempre es fácil. Me he subido al borde de la jarra, he
mirado abajo, he querido lanzarme de cabeza, y he buceado. Por dios, que no
estás acostumbrada, que vas pedo perdida con una mísera jarra y media que te
has tomado, que ahora mismo las letras están bailando y escribo como a tientas,
feliz sí, pero a tientas, sin pensar demasiado en el despertador de mañana, que
apenas dentro de unas pocas horas sonará con la misma fuerza de todos los días,
pero yo seré distinta, estaré distinta, porque la noche anterior algo pasó, y
no tuvo nada que ver ese hombre extraño que me miraba en el vagón de metro, ni
el hombre que estaba sentado a mi lado, un señor grande, de grandes brazos, en
los que por unos segundos quise dejarme caer buscando apoyo, tal vez era
peludo, yo que sé, sólo vi que tenía unos brazos gordos y fuertes, y pensé que
estarían bien para apoyar mi cabeza, luego pensé, pero en qué narices piensas,
ni si quiera le había visto la cara, ¿a caso estaba siendo poseída por Toñi?
Pero si no sé si tenía pelo o no tenía, sólo lo vi reflejado en la ventanilla
de enfrente, oh, dios mío, la jarra gigantesca me estaba desencajando mi
absoluta mente cuadriculada. Pero si nunca he tenido una mente cuadriculada. Ya
lo sé, pero es que hoy, hoy ha terminado siendo un gran día, hasta mi marido se
ha dormido pese al sonar de las teclas, ya tengo el portátil en forma pero
ahora escribo en la habitación de matrimonio, después de que la Toñi hubiera
actuado en forma de mujer complaciente. Por dios, no me echéis de la sección,
es el alcohol el que me hace escribir así, mañana ya no seré nadie, la Toñi se
habrá ido a tomar fresco, y la Juani se habrá ido con la Kiki de cañas, pero
hoy, hoy es el día en el que por primera vez las musas están borrachas y apenas
dan dedo con tecla, hoy me siento burbujera o burbujosa, que en ningún caso está
bien escrito pero ya me entendéis, que viva el teatro, que al final no me apoyé
en esos brazos desconocidos, llegué a Puerta Sur sana y salva y cuerda y capaz
de no equivocarme de andén para coger el metro que me llevaba hasta casa, salí
de la estación y me recibió la luna, susurrándome palabras de amor. Sonreí, no
era necesario decir nada más, ella me entendía, hoy la Toñi me había dejado
bailar. Mañana tendré agujetas.
Feliz lunes porque ya se me ha pasado el domingo cañero en
cuatro caminos.
Isolina Cerdá Casado
martes, 10 de septiembre de 2013
Fajas. Mi colaboración de los domingos con retraso en Héroes del pensamiento.
Domingo más dos, un objeto de inspiración: fajas.
De pronto me ha
venido a la cabeza el nombre de faja, y me ha hecho mucha gracia, aunque
confieso que no voy a hablar de ellas, me ha gustado el concepto, el
aprisionamiento de algo que no queremos que se vea, la parte de ocultación que
tiene la faja en sí misma. Uno piensa en una faja y se puede imaginar a una
señora gorda intentado colocársela, pero es posible que algunos señores gordos
también hayan echado mano de una faja, hasta incluso señoras muy aparentes las
utilizan para que su imagen no se vea deteriorada por un plus de chicha en las
caderas. ¿A caso hay alguien libre de pecado cuando hablamos de ocultar algo?
Un pensamiento, un exceso de aires, un grano inoportuno, una cana terriblemente
visible,…qué más da de qué se trate, el caso es que todos andamos enfajados.
La mente nos
enfaja constantemente, miles de cosas que uno diría pero que por llevar esa prenda
culpabilizadora y encorsetadora, nos
reprimimos y cerramos la boca. Y eso hace que la faja apriete a nuestra alma, la
ahogue, y de pronto vas caminando por la calle y oyes la noticia: “Se ha
encontrado un alma amoratada al borde de la carretera, tirada, abandonada a su
suerte”. Seguramente el dueño se cansó de sentir el ahogo constante y continuo,
era un hombre bueno que había sido correctamente educado para integrarse y
socializarse en un mundo lleno de normas. Pero su alma no aguantó esa prenda
tan ceñida.
Recuerdo un día
que lo hice, me quité la faja, salí a la calle con la intención de sentir la
libertad más absoluta, con la emoción de quitarme esa prenda tan molesta, me
animé arrastrada por los vientos del cambio, y me seguí quitando más y más
prendas, quise caminar medio descalza, luego me molestaban también los
calcetines; quise caminar medio desnuda, pero después me molestaba la ropa
interior, así que salí desnuda de casa. Ese deseo de libertad apenas pudo
hacerse realidad porque en cuanto pisé la calle llegó una señora y me puso una
manta encima, yo no tenía frío, estaba feliz, no es agradable pisar el asfalto
pero sí es una sensación nueva caminar sobre él con el pie al descubierto. Lo mismo
me pasaba con la faja, sentir el movimiento libre de mis carnes era una
sensación explosiva, y yo sonreía, pero esta mujer gritaba y gritaba: “¡Está
loca, llamen a una ambulancia!”. Y por más que trataba de explicarle que sólo
quería sentirme libre, no me entendía, ella seguía preocupadísima por mi
desnudez: “¡Niños, hay niños, tápese señora, por el amor de dios!” ¿A caso esos
niños no han visto nunca el cuerpo desnudo de una mujer? Fue tal el revuelo que
se montó, que no lo volví a intentar, la señora tuvo que ser llevada a un
hospital porque no pudo controlar el ataque de ansiedad que le produjo mi
imagen. Entonces me di cuenta que debía cambiar las formas, a partir de ese
momento, cuando necesito quitarme las fajas, me voy a la punta de la montaña
más alta y lo hago allí; al principio trataba de imaginarme haciéndolo en la
ciudad, pero el recuerdo de esta señora encamada me devuelve al lugar
maravilloso en el que me encuentro, en plena naturaleza, es cierto que los buitres
me miran mal, creo que es porque nunca han visto a una de mi especie sin ropa y
sin enfajar.
Isolina Cerdá Casado
martes, 3 de septiembre de 2013
La felicidad, Rosa y el miedo.
En muchas ocasiones es suficiente con estar vivo, no necesitas más para sentirte el ser más afortunado de la tierra, sin embargo, en otro momento no dejas de emprender nuevos caminos para ver si alcanzas el bienestar y el solo hecho de iniciar algo y saberte camino a la consecución de un objetivo es lo que te llena por dentro. Sin lugar a dudas, ahora lo tengo claro, se me presenta transparente como el rollo de film que envuelve los filetes: la felicidad es un estado personal, una percepción muy subjetiva. Somos tan complejos pero a la vez tan simples. Ser capaces de sentirnos plenos con pequeñas cosas es inteligente, una vez que tenemos, eso sí, las necesidades básicas cubiertas. Yo tengo las necesidades básicas cubiertas, si no fuera así, debería ser capaz de sentirme feliz si pudiera alcanzar un buen plato de espaguetis, pero qué pasa cuando puedes tener ese plato delante de tus narices y comerlo cuando quieras, pues que ya no te hace feliz, sin embargo debería hacerte feliz igualmente, o deberíamos ser capaces de sentirnos felices con cada una de las cosas que podemos disfrutar por pequeña e insignificante que pudiera parecer.
Recuerdo una escena de la que pude ser testigo, mi tía, que había llegado de Brasil y pasaba una temporada en Galicia, hablaba con su hija que estaba en Río de Janeiro y atravesaba un momento difícil, anímicamente estaba destrozada. El consejo que Rosa le dio fue que mirara las flores. ¿Cómo que mire las flores? ¿A caso las flores la iban a tranquilizar? ¿Le iban a consolar esos seres vivos de mil colores pero mudos como un transistor sin batería ni corriente eléctrica? No, las flores no le iban a decir nada, era ella la que tenía que ser capaz de escuchar. ¿Pero escuchar qué? Ser capaz de respirar profundo y mirar más allá de la flor, en su interior. En ese espacio donde los monstruos persiguen a las niñas buenas y a los niños nobles, en donde hay espadas que cortan el alma y la dejan enferma permanentemente, dolorida, ese lugar oculto a unas vendas palpables, sin posibilidad de poner ningún antiséptico efectivo que evite infecciones. Así que muchas veces me veo así, mirando fijamente a las flores, esperando descubrir en ellas la inteligencia emocional de esa rosa preciosa que está llenando de colorido el cielo. Cuando Rosa estaba entre nosotros, no era imaginable el mundo sin ella, lo mismo pasaba con mi madre o con mi hermana.
A veces me ocurre algo terrible, de esas jugarretas del alma herida, el miedo al monstruo se manifiesta imaginando otros monstruos que vienen a invadir mi tranquilo pueblo. Entonces recuerdo esas ideas imposibles de antaño, las ideas que el paso del tiempo pisoteó como quiso, la imposibilidad, lo inimaginable de ciertas ausencias, de personas a las que querías tanto que la fuerza del amor que despertaban en ti hacía que pareciese imposible que dejaran de estar caminando por la vida. Pero ya no están. ¿Y si tú dejaras de estar? De repente piensas que tú misma podrías desaparecer, ¿qué pasaría con tus hijos? ¿quién cuidaría de ellos? Sí, es cierto, estaría su padre, estarían sus tíos, pero ¿y su madre?
Mil cuchillos cortan la paz. Tranquila, mira las flores. No ha pasado nada de eso. Estás viva, estás bien. Sí, pero los monstruos del miedo emiten sonidos estridentes y me angustian hasta lo indecible.
Isolina Cerdá Casado
Recuerdo una escena de la que pude ser testigo, mi tía, que había llegado de Brasil y pasaba una temporada en Galicia, hablaba con su hija que estaba en Río de Janeiro y atravesaba un momento difícil, anímicamente estaba destrozada. El consejo que Rosa le dio fue que mirara las flores. ¿Cómo que mire las flores? ¿A caso las flores la iban a tranquilizar? ¿Le iban a consolar esos seres vivos de mil colores pero mudos como un transistor sin batería ni corriente eléctrica? No, las flores no le iban a decir nada, era ella la que tenía que ser capaz de escuchar. ¿Pero escuchar qué? Ser capaz de respirar profundo y mirar más allá de la flor, en su interior. En ese espacio donde los monstruos persiguen a las niñas buenas y a los niños nobles, en donde hay espadas que cortan el alma y la dejan enferma permanentemente, dolorida, ese lugar oculto a unas vendas palpables, sin posibilidad de poner ningún antiséptico efectivo que evite infecciones. Así que muchas veces me veo así, mirando fijamente a las flores, esperando descubrir en ellas la inteligencia emocional de esa rosa preciosa que está llenando de colorido el cielo. Cuando Rosa estaba entre nosotros, no era imaginable el mundo sin ella, lo mismo pasaba con mi madre o con mi hermana.
A veces me ocurre algo terrible, de esas jugarretas del alma herida, el miedo al monstruo se manifiesta imaginando otros monstruos que vienen a invadir mi tranquilo pueblo. Entonces recuerdo esas ideas imposibles de antaño, las ideas que el paso del tiempo pisoteó como quiso, la imposibilidad, lo inimaginable de ciertas ausencias, de personas a las que querías tanto que la fuerza del amor que despertaban en ti hacía que pareciese imposible que dejaran de estar caminando por la vida. Pero ya no están. ¿Y si tú dejaras de estar? De repente piensas que tú misma podrías desaparecer, ¿qué pasaría con tus hijos? ¿quién cuidaría de ellos? Sí, es cierto, estaría su padre, estarían sus tíos, pero ¿y su madre?
Mil cuchillos cortan la paz. Tranquila, mira las flores. No ha pasado nada de eso. Estás viva, estás bien. Sí, pero los monstruos del miedo emiten sonidos estridentes y me angustian hasta lo indecible.
Isolina Cerdá Casado
lunes, 2 de septiembre de 2013
Mi colaboración semanal en Héroes del pensamiento: Lo imposible.
Domingo más uno, un objeto de inspiración: Lo imposible.
¿Puede ser “lo imposible” un título de algo? Bueno sí, lo es
de una película, y lo va a ser de este artículo retrasado. Es precisamente el
retraso del artículo en cuestión lo que me inspira, la respuesta a la tardanza.
Y es que en ocasiones las cosas imposibles se dan, supongo que hasta que no me
toque la lotería, encuentre un trabajo o me case de nuevo, no volveré a
escribir en un portátil. Lo de casarme de nuevo lo digo no porque los asuntos
matrimoniales vayan mal, que podrían ir mejor sí, pero no es eso, es porque fue
el regalo de boda que me hizo mi marido antes de que se oficiara la ceremonia
por lo civil, para nosotros fue ceremonioso igualmente aunque no estuviera
dirigida por un sacerdote, encima el hombre me regaló un ordenador portátil
para que no me fuera corriendo en el último momento. Y la foto de arranque, que no he podido colgar, es
precisamente la que muestra mi nueva mesa de trabajo, ya no lo hago en la
cocina, no me inspiro en plátanos o trapos, ahora mismo estoy haciéndolo en la
habitación matrimonial, uf, que nadie espere que relate aquello que pueda
inspirar una cama, ahora mismo estoy algo falta de inspiración pasional, y eso
que en el siguiente trabajo actoral voy a representar a una ninfómana, lo cual según
mi marido es algo absolutamente imposible por falta de identificación con el
personaje, él me ve más metiéndome en la piel de una monja, no sabe lo que su
mujer oculta, pobrecillo. No tengo problema con mis excesos literarios y mis
desnudeces, él no lee ni aunque le obligue un pollo.
Pues total, a lo
que iba, que las cosas imposibles no son tales, igual que lo del tsunami tuvo lugar, del mismo modo mi tazón de café
con leche volcó sobre el cursor de mi portátil, al principio no reaccionaba
pero ya ha empezado a dar síntomas irreversibles de acciones automáticas no
dirigidas por mí. Una y otra vez me lo recuerda mi marido: “Mira que te lo
dije, anda que no te lo repetí veces, no te
tomes el café con leche cuando escribes en el ordenador, se te va a caer encima
y te lo vas a cargar”. Y una y otra yo le respondo lo mismo: “Pues tú no
sabes la de cosas interesantes que he escrito yo a la sombra de un café con
leche”. “Qué cosas interesantes
escribías, mira que te lo dije…te lo dije…” Vale, ya lo sé, mea culpa.
Total que ese sueño que siempre tuve se esfumó con mi café con leche, el sueño
de la escritora viajera con un portátil bajo el brazo en el que escribir sus
aventuras e impresiones. Es verdad que escribir escribía pero viajar no viajaba
mucho, vamos nada, y desde que se rompió la batería ni si quiera viajaba con mi
portátil hasta la terraza de casa. ¿Será que el café con leche no es tan sano y
beneficioso como creo? ¿Debería dejarlo y darle a la manzanilla? ¿Tendría que
hacer rosquillas en lugar de escribir artículos? No lo sé, la verdad, ahora
mismo estoy en estado de shock, es como si de repente se hubiera roto una parte
de mí, y a raíz de esta rotura me he dado cuenta de lo enganchada que estaba a
estar actualizada, bueno, de ver si había algo nuevo en facebook, de mirar el
correo, las cuentas, las noticias, etc. Llevo varios días sin entrar en
facebook y ya he pasado ese mono inicial, creo que he superado mi dependencia,
bueno, aunque como ya he arreglado el ratón del ordenador grande, el de la
torre, pues tal vez vuelva a actualizar mi grado adicción. En fin, que ya que
no puedo desear un feliz domingo, espero que el lunes venga bien, cargadito de
energía para arrasar con esta semana llena de potenciales cambios.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 25 de agosto de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: Restos...
Domingo, un objeto de inspiración: Restos.
Bueno, a ver, me
siento contenta, he de confesarlo porque en muchas ocasiones no me siento así,
de modo que es importante destacar el lado positivo, cuando lo hay. La sensación
optimista que me ha embargado ha llegado hasta mí justo cuando he decidido
inmortalizar el final del desayuno, mientras andaba preguntándome sobre qué iba
a escribir, me di cuenta de que el tomate me miraba de forma extraña, apenas
quedaban unos gramos de mantequilla y los restos del café con leche habían
perdido toda su calidez, vamos que estaba frío de narices. El cuchillo de untar
me preguntaba si lo iba a depositar en el lavavajillas y el plato de las
tostadas se quería ir con su amigo alargado a que le sacaran esos restos incómodos
de migas. ¿Cómo era posible que esa pequeña escena cotidiana produjera en mí
tal sensación positiva? ¿A caso tenía que ver con el hecho de que mi alma se
sentía así y sólo necesitaba una pequeña puerta a la que asirse para asentarse
en mi conciencia? Entonces me di cuenta de que sí, de que mi estado positivo
era previo, de que la gota que lo estaba haciendo rebosar era esa pulpa de
tomate estrujada y esas manchas de mantequilla y mermelada en un cuchillo con
buen tipo. Pero había más, claro que había más, se trataba de la sensación de
libertad, yo era libre, libre de poder escribir sobre lo que me diera la gana,
la creatividad no estaba sujeta a direcciones, ni itinerarios forzosos, podía
inspirarme hasta en un resto de tostada miguera, o unas gotas de café con leche
frío. Entonces volví a coger la cámara, la cámara abandonada, la pobre cámara
que tantas escenas de aparentes cotidianidades insignificantes había
inmortalizado, y lancé la foto, capturé al cuchillo y al tomate justo antes de
que acabaran en el lavavajillas y en el cubo de la basura respectivamente. Pero,
¿a santo de qué me tenía que sentir así por una libertad que siempre he tenido?
Pues muy claro, esta semana tuve un impulso, quise escribir por dinero, y
respondí a una oferta de trabajo para redactores. “Sí, querido, ya verás qué
bien, voy a poder trabajar de lo que me gusta. Escribiré mis artículos y
comenzaré a ganar dinero, por poco que sea, qué más da”. Entonces me
respondieron al correo, era la segunda vez que me metía en un berenjenal de
esta categoría narrativa. Me pagarían poquísimo, una ridiculez. No me
importaba, al fin y al cabo yo tenía imaginación y creatividad, podría ponerme
a escribir sobre lo que me dijeran, eran trescientas palabras, eso no era nada,
eso lo podía escribir yo mirando cómo el viento balancea el extremo de la
cortina de la ventana de mi cocina. “Sí, cariño, ya lo sabes, a mí no me cuesta
nada escribir”. Él, mi marido, se mostraba claramente en contra, no veía nada
positivo en esa oferta de trabajo: “¡Treinta míseros céntimos! Para qué vas a
hacer eso, tirar tu trabajo, infravalorar tu creatividad, que les den dos
duros, no tienes por qué ser la negra de nadie. ¿Y si te pago yo? ¿Es lo que
quieres? Escribe pero no para estos negreros sino para ti.” Total, que de nada
sirvieron los consejos de mi marido, yo dije que sí, me ofrezco, contad
conmigo. ¿Pero qué era lo que yo imaginaba? ¿Acaso creía que me iban a pedir
que escribiera sobre cortinas y váteres? ¿Pensaba que iba a ser así de simple?
No, no lo fue, me respondieron con posibles trabajos para redactores: telefonía
móvil, vídeos didácticos, críticas de películas, etc. Eso era lo que tenían por
el momento porque el hombre que manejaba los hilos se había tomado unas
pequeñas vacaciones, pero que ya me mandarían más trabajos. ¿O sea que me tenía
que poner a investigar cómo funcionaban los últimos modelos de telefonía móvil,
tenía que estar a la última en cine actual y cine clásico y escribir artículos
sobre esos temas en los que no soy especialista, todo por treinta céntimos,
cincuenta si añadía imágenes? Y si yo tuviera una relación estupenda con las últimas
tecnologías, pues bueno, a lo mejor hasta aprendía pero es que a mí me tienen
que ayudar a manejar el wassap, que como lo cojo por wifi pues tengo que
configurarlo para que me vaya funcionando, en fin que un desastre, que sí que
yo puedo escribir sobre ese vaso transparente lleno de agua que me invita a
darme un baño, cojo las neuronas y las suelto dentro, nadan y nadan, y luego
las vuelvo a colocar en el circuito neuronal y ya refrescadas y con la piel de
gallina son capaces de pensar con cordura, pero de ahí a escribir sobre telefonía
de última generación pues hay una distancia de miles y miles de kilómetros que
yo soy capaz de hacer con una escoba pero no con un vehículo de lo más
normalito, que ni vuela ni nada.
En fin, a ver,
veamos, ochocientas veintiséis palabras más una imagen, muy simple eso sí, a
treinta céntimos por cada trescientas palabras son setenta y cinco céntimos, más
veinte céntimos por la fotito hacen un total de noventa y cinco céntimos. “Su
artículo dominguero vale ese dinero, pero tenemos que descontarle cuarenta y
cinco céntimos de comisión por gasto energético en la producción y gestión de
su trabajo. Enhorabuena, acaba de ganar cincuenta céntimos, puede usted ir a
comprarse una barra de pan, ah no, que ha subido, vale sesenta céntimos la
barra, pues compre pan de molde que es más barato y le dura más tiempo.”
En fin…, no, en
principio. En principio seamos felices, que no nos machaquen, que somos muy válidos,
que hay quien se las ingenia para crear una bombilla prácticamente de la nada,
nos lo contó Carmen. Actitud positiva, siempre nos quedarán pulpas de tomate
sobre las que escribir y cortinas en las que inspirarse. ¡Feliz domingo a
todos!
Isolina Cerdá Casado
sábado, 17 de agosto de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: Gafas mágicas.
Domingo, un objeto de inspiración: gafas mágicas.
Ay, no puedo más,
necesito cambiar el punto de vista o más bien filtrar la realidad que llega
hasta mí, no quiero sentir angustia, ni preocupación, ni agobios varios,
tampoco quiero convertirme en un ser asocial ni patológicamente insensible,
pero estar en el otro lado no es agradable. Así que he decidido comprar unas
gafas mágicas con una lente ultrasónica que difumine la realidad de tal modo
que su percepción sea mucho más suave y agradable. Pongamos por caso que hay un
problema que me causa malestar, activo la lente y automáticamente siento un
cosquilleo en las axilas, muy distinto del que pudiera producir el previo
untamiento de cera mantequillosa,
liberadora de antiestéticos pelos que hacen eructar efluvios insolentemente
insoportables.
No puedo más, es
así, bombas aquí, muertos allá, incendios, calor, enfermedades, enfados,
discusiones, políticos costrosos, esperanzas aplastadas e informes, y en medio
de todo ello el delicioso bizcocho gallego que me acabo de zampar. ¡Dónde
narices habré puesto las dichosas gafas! Son grandes, azules como el mar y el
cielo sin nubes grises, redondas como una gran tarta de chocolate, lúcidas como
la señora Basilisa en sus buenos tiempos. Necesito que alguien me cambie el punto
de vista, necesito que me saquen a bailar los monstruos desafiantes, quiero
pisarles los dedos de los pies.
¿Te
acuerdas cuando íbamos a bailar a la discoteca, Luisito? Era todo tan distinto
entonces. Ya sé que no viene a cuento chico, máxime sabiendo que tú y yo no
llegamos a ser novios, pero me gustabas, no puedo negarlo, y ahora ya ves, tú
casado y yo también, pero cada uno con una pareja que ni eres tú ni soy yo. ¡Si
te hubieras atrevido! Tenías que haberme pedido de salir, te hubiera dicho que
sí, aunque es verdad que cambiaste mucho, yo también, sí, pero tú más. A mí no
me ha salido ni una cana, te fastidias, haber dado el paso. Pero es cierto que
la vida da tantas vueltas, que ya ando mareada, sí, te lo reconozco, estoy
mareadísima. Ahora estoy aquí, pero quién sabe dónde estaré mañana. Tengo
hijos, ¿sabes Luisito? Se me dio bien, bueno, hasta que llegamos a conseguirlo,
manda narices la de veces que lo tuvimos que hacer, y sé que me estoy yendo
nuevamente, pero qué más da, si la vida son cuatro días, y dos de esos cuatro
te los pasas durmiendo y los otros dos pensando lo que harías el quinto día si
lo hubiera, que en ocasiones ni llega a cuatro, mira lo que le pasó a Josefita.
¿Te acuerdas? ¿No sabías nada? Ay, muy triste, acabó fatal, murió. Así, de golpe,
fue por un golpe, en accidente, horrible. Yo cada vez estoy más convencida de
que tú y yo teníamos que haberlo probado, juntos, salir y eso. Pero no me
atreví Luisito, y tú es que también te ponías muy tonto, que es lo de menos, si
yo hubiera sido como la Petra la cosa hubiera sido distinta. Válgame que ahora
me voy a sentir culpable, ya con hijos y pensando en ti. Si es que cuando te
cruzas y sientes algo, has de chocarte, para ver qué pasa. Quién sabe, de
habernos chocado, a lo mejor yo ahora tenía más canas y tú menos barriga, qué se yo.
Quién sabe eso. La Petra, esa sí que sabía Luisito, que se llevó al Carlos al
huerto y ahí que se tuvo que casar con ella, y al final el barrigón le costó un
piso y un mercedes, después del divorcio, porque se divorciaron, y después el
Carlos fue a parar con la que tenía que parar, la Juani, ¿te acuerdas de los líos
que se traía con el Paquito? Pues nada, ahí se quedó soltera, esperando al
Carlos, y al final se casó con él, pero el piso y el mercedes se lo quedó la
otra, la Petra, si es que esa sí que era lista Luisito. Ella se ponía sus gafas
ultrasónicas y ya podía llover como si cayeran pedruscos del suelo, yo fíjate,
Luisito, que a mí siempre me dio por pensar que esas gafas eran muy raras, no sé,
siempre estaba feliz, parecía como si pudiera ver el mundo de otro color, no sé, distinto al
nuestro. Pues no te vayas a pensar, que yo estaba convencida de verdad, llegué
a ir a la óptica y todo, pero me dijeron que no tenían más ejemplares. Ay,
Luisito, Luisito, si yo me hubiera puesto esas gafas entonces, hubiera metido a
la vergüenza en un barco y la hubiera mandado a cruzar el océano atlántico; y
ya sin vergüenza, vamos hombre, te hubiera llevado al huerto, que sí, visto con
el tiempo y la perspectiva vital que me dan los años y las nuevas gafas que me
he comprado, al final las conseguí, pues
ya te digo yo que sí, así que Luisito, ponte el Facebook, y no tengas problema,
que sé que te has quedado viudo, y yo estoy bien con mi Ernesto, la verdad,
pero me gustaría tenerte como amigo del Facebook, así que si te llega una
solicitud tú acéptala, que son cuatro días chico, y ya casi llevamos los cuatro
andados, tu imagínate que el quinto no nos toca, vamos a chocarnos hombre,
vamos a chocarnos. Que ya te digo yo que mi Ernesto lo comprende todo, y si se
pone tonto, le compro a él otras gafas para que vea las cosas desde otra
perspectiva, al fin y al cabo para qué tanto sufrir si al final vamos a acabar todos
como la Petra, jodidos, pero sin el piso
ni el mercedes.
Pues yo quiero mis
gafas ultrasónicas, pero no para encontrarme con el Luisito en el Facebook sin
sentido de culpa, no, yo quiero que el mundo entero me parezca un Luisito,
deseable hasta con barriguilla, quiero sentirme feliz como la Petra, pero no
necesito ni una barriga, ni un piso, ni un mercedes, me conformo con una
sonrisa auténtica cada día, como la que me devuelve el espejo en esta mañana de
domingo en la que las musas me han visitado en forma de recuerdo maravilloso de
esa estrella fugaz que el firmamento me regaló la noche de san Lorenzo, hacía
años que no veía una y lo estaba deseando tanto como esa mujer que se quedó sin
chocar con el Luisito. Yo choqué con el cielo estrellado aquella noche. Feliz
domingo a todos y que tengáis ocasión de chocar con algo que os importe.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 11 de agosto de 2013
Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: pintalabios
Domingo, un objeto de inspiración: pintalabios.
Bueno, ya está,
ya está, ale, venga, ponte a escribir, aunque sea sábado, sabes que mañana ce ne sera pas possible. Porque estarás
haciendo maletas estresada para irte nuevamente de viaje. Y no te queda otra,
tienes que seguir escribiendo porque algo está ardiendo en tu interior, llámalo
equis, llámalo y, o llámalo filete asado. Tu mundo no puede detenerse porque
hayas dejado de pintarte los labios con carmín rojo. Hija, por dios, mírate, si
apenas prestas atención a tus llamadas, algo está cambiando pequeña bruja
estresada, algo está tiñendo de esperanza tu corazón, y todo acaba encajando,
todo.
Hace un sol increíble,
sol veraniego, estoy tomando mi café con tostadas, a estas horas 11:32 horas,
trato de acabar el texto que inicié ayer pensando que no iba a tener tiempo de
publicar, el sentido de culpa sigue sin dejarme tranquila en verano, mañana
salimos de viaje, a tierras norteñas, y esta noche ha sido terrible, he vuelto
a sufrir el insomnio indomable, a las tres de la mañana estuve a punto de
levantarme a escribir el artículo. Dándole vueltas a todo, que si por qué tengo
que escribirlo todo, que si por qué no tengo trabajo, que si por qué narices he
leído tantos libros y estudiado dos carreras y sigo con el mismo interés de
seguir leyendo y aprendiendo, y que para qué esto, y que si qué sentido tiene
todo, y ahí llegué, al sentido. En esas largas horas de insomnio sofocado,
retomé otro libro, andaba leyendo con el pesado tomo de Ana Karenina de Tolstoi
cuando tuve el impulso de ir a buscar a mi pequeña biblioteca el libro de Viktor
E. Frankl, “Teoría y terapia de las neurosis”, y volví a ver esa palabra tan
importante, el sentido, es importante que encontremos el sentido de todo lo que
hacemos para que no perdamos el interés por la vida. Como decía Nietzche: “Sólo
el que sepa por qué vivir será capaz de soportar casi todas las condiciones de
la vida”. Frankl hace una introducción a
la llamada logoterapia y al análisis existencial, yo llegué a este libro hace
muchos años, cuando ya mi mente me turbaba y sentía el impulso de saber más
sobre ella. Así fue como en medio de las dos carreras estudié el primer ciclo
de Psicología por la UNED. En este libro encontré cosas interesantes, que me
aliviaron momentáneamente, tales como que “la angustia es el vértigo de la
libertad”, o ante mi excesivo sentido de culpabilidad, “solo un ser que es
responsable se puede llegar a sentir culpable”. Pero también aparecían cosas
como que “la simple reflexión es la enfermedad mental más peligrosa”, según
Schelling. Y según éste último, yo estoy enferma perdida, volando por el cielo,
saludando a las estrellas, mirando desde arriba un mundo que me supera, ¿el
valor cultural es el que da sentido a mi vida? Es posible, es seguro.
Venga, venga,
venga, te estás yendo guapa, te estás yendo, y no estoy hablando de que te estás
yendo a Galicia, sino que estás bordeando el sentido del artículo dominguero, y
el sentido de tu vida, que por cierto no sé a santo de qué tienes que traer aquí,
desnudándote, ¿es que acaso eres una actriz porno frustrada que trata de
realizar su verdadera pasión a través de la palabra escrita? Mira, mira, no,
no, no, no me hagas sentir más culpa de la que arrastro.
Basta, basta ya de
tantas angustias, sí, lo reconozco, soy actriz porno, estuve interviniendo en
la película “Almas neuróticas enrevesadas”, y en la cueva oscura en la que se
rodó la tercera secuencia, en esa que no se veía nada de nada, estaba yo, la
recatada controladora, exigí tan poca luz que no se me vio, así que nadie se
cree que yo era esa actriz que hacía gritar a ese bestia negruzco de grandes
trompas…
Escucha, escucha,
no tienes que llegar a esto para ganar audiencia, en serio, tu escribe
tranquila tu artículo pero no es necesario que te quites el sostén, de veras,
guapa, aquí estamos para otros menesteres, no sé, puedes escribir de váteres, de
lavadoras, de sombreros, no sé tantas cosas, de felpudos, no, no, de felpudos
mejor no.
Lo sé, siempre me
han dado carta blanca, pero es que tengo tanto calor que no se me ocurre otra
cosa más interesante o inspirador que sacarme ropa.
Bien, bien, hazlo,
pero no hace falta que lo escribas, tú si quieres, puedes escribir desnudita,
pero no lo cuentes.
Bueno, ya escribo
desnuda, eso no es algo novedoso.
Bueno, bueno, y si
te despides ya, eh, que mañana te vas de viaje y tendrás que preparar maletas,
eh. Ale, hasta el domingo que viene, guapa.
Ay, pues vale, ya
me despido pues, tengo unos calores conmigo que…¡Feliz verano a todos!
Isolina Cerdá Casado
martes, 6 de agosto de 2013
En la oscuridad de la noche nuestros cuerpos estaban unidos... In the darkness of the night our bodies were together...
In the darkness of the night our bodies were together, they were a single body, the moon was allied with our desire and the stars shone brighter than usual. The sound of a cry in the night rocked off to dreams. You sang me with caresses that ran hidden corners of my body. I whispered to love songs rendered. I am a woman rendered to you, your love surrounds me, I feel like you're my second skin and I have you close to me all night, with the nod of the moon. And if at any time I felt fear before the world, tonight I have become strong as an oak that resists the looming rain storm thanks to a sincere love.
En la oscuridad de la noche nuestros cuerpos estaban unidos, eran un solo cuerpo, la luna se alió con nuestro deseo y las estrellas brillaban con más luz que de costumbre. El rumor de un llanto apagado mecía en la noche a los sueños. Tú me cantabas con caricias que recorrían rincones ocultos de mi cuerpo. Yo te susurraba al oído canciones de amor rendido. Soy una mujer rendida ante ti, tu amor me envuelve, te siento como si fueras mi segunda piel y quiero tenerte pegado a mí toda la noche, con el guiño de la luna. Y si en algún momento sentí miedo ante el mundo, esta noche me he vuelto fuerte como un roble que resiste ante la amenazadora tormenta gracias a una lluvia de amor sincero.
Isolina Cerdá Casado
En la oscuridad de la noche nuestros cuerpos estaban unidos, eran un solo cuerpo, la luna se alió con nuestro deseo y las estrellas brillaban con más luz que de costumbre. El rumor de un llanto apagado mecía en la noche a los sueños. Tú me cantabas con caricias que recorrían rincones ocultos de mi cuerpo. Yo te susurraba al oído canciones de amor rendido. Soy una mujer rendida ante ti, tu amor me envuelve, te siento como si fueras mi segunda piel y quiero tenerte pegado a mí toda la noche, con el guiño de la luna. Y si en algún momento sentí miedo ante el mundo, esta noche me he vuelto fuerte como un roble que resiste ante la amenazadora tormenta gracias a una lluvia de amor sincero.
Isolina Cerdá Casado
"You're still the one", aunque hubo algunos elfos más...
Tantas veces he escrito sobre lo mismo, doy mil vueltas para llegar al mismo punto, pero por más que escribo y escribo nunca siento que lo he escrito todo. Dependo tanto del impulso interior, que no soy libre para crear, en el fondo tengo que tener ganas de desnudarme para poder escribir algo que merezca la pena.
Coges un abanico, lo mueves con arte y buen hacer, y a la vez que disfrutas de ese aire naturalmente fresco eres consciente de que unos metros más allá, alguien está expirando, y sabes cómo es ese instante, estuviste al lado de tu madre cuando pasó. ¿Es acaso el exceso de consciencia o de empatía lo que te obliga a pensar en eso que está ocurriendo unos metros o kilómetros en línea recta atravesando paredes, carreteras o parques? ¿Ese peso no te deja disfrutar del aire libre de tu abanico? Disfruta, en ocasiones no somos conscientes de que apenas queda tiempo. El tiempo pasa volando acompañando a una paloma blanca. El tiempo se ríe de ti porque tú no sabes medirlo, porque mientras te quedas llorando en la acera no cruzas el río, no ves los miles de peces que nadan libres dejándose llevar o luchando contra corriente. Tú te apagas, te pones el semáforo en rojo, y lo dejas ahí, en lugar de desnudarte de todas las ataduras que no te dejan moverte, eres tú tu propia cárcel, eres tú la que no mueve las piernas y camina. Te crees que lo difícil es llorar, sentada en una hamaca, pero no, lo difícil es no llorar y caminar, y mandar a la hamaca de vacaciones a Burgos.
Un lejano día de verano tuve un encuentro amoroso con un Elfo, me dijo que yo era demasiado blanca, demasiado alta, demasiado sonriente, demasiado bella, demasiado dulce, demasiado llorona; era demasiado para seguir amándome hasta el final de los tiempos. De todos los demasiados que me echó en cara, el que más me molestó fue el de llorona, así que cogí el pañuelo lleno de mocos y se lo lancé con todas mis fuerzas a la cara. Se quedó con mis mocos de por vida, yo seguí siendo demasiado todo lo demás, y no volví a perder el tiempo llorando por absurdeces, solo lloro cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando no me queda más remedio. Ese Elfo no solo era tonto sino que también era aburrido, por eso yo lloraba tanto. Ahora, en lugar de llorar intento escribir, esa es la razón por la que mis textos están llenos de dolor y algún que otro moco pegado, porque no tengo tiempo para aburrirme y sin embargo siento ganas de llorar en medio de los días atareados. Se me va el tiempo, hasta cuando estoy de vacaciones. Pues que se vaya, qué más da. Has de vivir, ahora mismo, vete, vete a darte un baño a la salud del tiempo y a tu salud. Qué vida esta.
"Looks like we made it
Look how far we've come, my baby."
Isolina Cerdá Casado
Coges un abanico, lo mueves con arte y buen hacer, y a la vez que disfrutas de ese aire naturalmente fresco eres consciente de que unos metros más allá, alguien está expirando, y sabes cómo es ese instante, estuviste al lado de tu madre cuando pasó. ¿Es acaso el exceso de consciencia o de empatía lo que te obliga a pensar en eso que está ocurriendo unos metros o kilómetros en línea recta atravesando paredes, carreteras o parques? ¿Ese peso no te deja disfrutar del aire libre de tu abanico? Disfruta, en ocasiones no somos conscientes de que apenas queda tiempo. El tiempo pasa volando acompañando a una paloma blanca. El tiempo se ríe de ti porque tú no sabes medirlo, porque mientras te quedas llorando en la acera no cruzas el río, no ves los miles de peces que nadan libres dejándose llevar o luchando contra corriente. Tú te apagas, te pones el semáforo en rojo, y lo dejas ahí, en lugar de desnudarte de todas las ataduras que no te dejan moverte, eres tú tu propia cárcel, eres tú la que no mueve las piernas y camina. Te crees que lo difícil es llorar, sentada en una hamaca, pero no, lo difícil es no llorar y caminar, y mandar a la hamaca de vacaciones a Burgos.
Un lejano día de verano tuve un encuentro amoroso con un Elfo, me dijo que yo era demasiado blanca, demasiado alta, demasiado sonriente, demasiado bella, demasiado dulce, demasiado llorona; era demasiado para seguir amándome hasta el final de los tiempos. De todos los demasiados que me echó en cara, el que más me molestó fue el de llorona, así que cogí el pañuelo lleno de mocos y se lo lancé con todas mis fuerzas a la cara. Se quedó con mis mocos de por vida, yo seguí siendo demasiado todo lo demás, y no volví a perder el tiempo llorando por absurdeces, solo lloro cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando no me queda más remedio. Ese Elfo no solo era tonto sino que también era aburrido, por eso yo lloraba tanto. Ahora, en lugar de llorar intento escribir, esa es la razón por la que mis textos están llenos de dolor y algún que otro moco pegado, porque no tengo tiempo para aburrirme y sin embargo siento ganas de llorar en medio de los días atareados. Se me va el tiempo, hasta cuando estoy de vacaciones. Pues que se vaya, qué más da. Has de vivir, ahora mismo, vete, vete a darte un baño a la salud del tiempo y a tu salud. Qué vida esta.
"Looks like we made it
Look how far we've come, my baby."
Isolina Cerdá Casado
Insomnio.
Estoy sufriendo insomnio, por el café de las siete de la tarde al que no quise renunciar, soy muy fácil de tentar en lo referente a líquidos excitantes. Estaba ya en la cama, intentando dormir; son más de las dos de la madrugada, la casa está plagada de respiraciones relajadas de la gente que duerme: mi marido, mi padre, mis hijos, la ninfa. Y yo, también estaba en la cama con esa energía espabilada que me proporcionaba el insomnio incómodo, molesto, porque además de no dormir me venían a la cabeza pensamientos negativos, dolorosos, aterradores.
"Estás de vacaciones, estás de vacaciones..." Me repetía una y otra vez. Pero estaba en un momento de vulnerabilidad, expuesta a las garras del miedo, y me atrapaba, y me ahogaba con mi propio temor. Entonces pensé que a pesar de las horas podía encender la luz y cambiar el punto de vista de la mente, podría leer algo, pero cuando ese pensamiento horroroso me vino a la cabeza y me dio un tortazo con su negatividad decidí levantarme, coger un bolígrafo y escribir casi a tientas a los pies de la cama y de mi hija, con la que compartía la cama.
La imagen aterradora era la siguiente: Estaba sentada en la terraza del restaurante de unos amigos. Mis hijos jugaban tranquilos. Esa terraza da a la carretera general Orense-Carballino. Al otro lado de la carretera hay un espeso bosque de carvallos. Entonces, en un momento, observo como mi hija, fascinada por algo que ha descubierto en ese bosque se dirige hacia él, sin ver que en medio hay una peligrosa carretera por la que con frecuencia pasaban coches y camiones a gran velocidad, actualmente han hecho una autovía que ha desviado mucho tráfico. Entonces yo empiezo a gritar con toda la potencia que puede emitir mi garganta, pero la niña sigue caminando hacia la peligrosa carretera. Yo grito más fuerte, mis amigos y mi marido también gritan. Se dan cuenta de que yo corro tanto como puedo tratando de detenerla con mis brazos puesto que parece que la niña no es capaz de oír nada. Se acerca peligrosamente a la carretera, un camión de gran tonelaje se aproxima a toda velocidad y comienza a pitar con fuerza, pero ese maldito bosque la llama, le grita más fuerte, la atrae hacia sí consciente del peligro. No hay marcha atrás, mi hija ha pisado el borde de la carretera, el camión se acerca con velocidad a pesar de que los frenos están actuando. Y entonces lo veo. Van a ser testigos de la mayor de mis desgracias. Mi hija va a morir y yo voy a ver su muerte, y mis amigos además de ver esa imagen terrible, van a ver cómo se destroza mi vida en un instante, y varias vidas, y todo dejará de tener sentido.
Pero, en mi conciencia despierta, en el insomnio iluminado con la luz tenue de la lamparilla, yo soy capaz de ver otro final.
Ese camión de gran tonelaje, justo antes de ver a la niña, tuvo un reventón de ruedas, eso hizo que una cadena de acontecimientos ocurrieran: un tubo gigante se desprendió y fue rodando a caer al parque en el que estaban jugando mis hijos minutos antes, pero gracias a que ella había comenzado a caminar hacia la luz, mi hijo subió a la terraza pidiendo ir al baño, y ambos se salvaron de verse aplastados por un tubo de gran tonelaje.
No, claro que no ha pasado nada de eso, en realidad todo ha sido un miedo desarrollado en la penumbra de la noche, ese miedo que descartas estando bien pero que en pleno insomnio agobiante es capaz de acecharte y terminar con tu tranquilidad.
Aún así, nunca puedes tener la certeza de que un niño no va a hacer algo o de que va a actuar de una manera concreta. Siempre hay que estar prevenido por si el bosque le llama o una rueda revienta.
"Estás de vacaciones, estás de vacaciones..." Me repetía una y otra vez. Pero estaba en un momento de vulnerabilidad, expuesta a las garras del miedo, y me atrapaba, y me ahogaba con mi propio temor. Entonces pensé que a pesar de las horas podía encender la luz y cambiar el punto de vista de la mente, podría leer algo, pero cuando ese pensamiento horroroso me vino a la cabeza y me dio un tortazo con su negatividad decidí levantarme, coger un bolígrafo y escribir casi a tientas a los pies de la cama y de mi hija, con la que compartía la cama.
La imagen aterradora era la siguiente: Estaba sentada en la terraza del restaurante de unos amigos. Mis hijos jugaban tranquilos. Esa terraza da a la carretera general Orense-Carballino. Al otro lado de la carretera hay un espeso bosque de carvallos. Entonces, en un momento, observo como mi hija, fascinada por algo que ha descubierto en ese bosque se dirige hacia él, sin ver que en medio hay una peligrosa carretera por la que con frecuencia pasaban coches y camiones a gran velocidad, actualmente han hecho una autovía que ha desviado mucho tráfico. Entonces yo empiezo a gritar con toda la potencia que puede emitir mi garganta, pero la niña sigue caminando hacia la peligrosa carretera. Yo grito más fuerte, mis amigos y mi marido también gritan. Se dan cuenta de que yo corro tanto como puedo tratando de detenerla con mis brazos puesto que parece que la niña no es capaz de oír nada. Se acerca peligrosamente a la carretera, un camión de gran tonelaje se aproxima a toda velocidad y comienza a pitar con fuerza, pero ese maldito bosque la llama, le grita más fuerte, la atrae hacia sí consciente del peligro. No hay marcha atrás, mi hija ha pisado el borde de la carretera, el camión se acerca con velocidad a pesar de que los frenos están actuando. Y entonces lo veo. Van a ser testigos de la mayor de mis desgracias. Mi hija va a morir y yo voy a ver su muerte, y mis amigos además de ver esa imagen terrible, van a ver cómo se destroza mi vida en un instante, y varias vidas, y todo dejará de tener sentido.
Pero, en mi conciencia despierta, en el insomnio iluminado con la luz tenue de la lamparilla, yo soy capaz de ver otro final.
Ese camión de gran tonelaje, justo antes de ver a la niña, tuvo un reventón de ruedas, eso hizo que una cadena de acontecimientos ocurrieran: un tubo gigante se desprendió y fue rodando a caer al parque en el que estaban jugando mis hijos minutos antes, pero gracias a que ella había comenzado a caminar hacia la luz, mi hijo subió a la terraza pidiendo ir al baño, y ambos se salvaron de verse aplastados por un tubo de gran tonelaje.
No, claro que no ha pasado nada de eso, en realidad todo ha sido un miedo desarrollado en la penumbra de la noche, ese miedo que descartas estando bien pero que en pleno insomnio agobiante es capaz de acecharte y terminar con tu tranquilidad.
Aún así, nunca puedes tener la certeza de que un niño no va a hacer algo o de que va a actuar de una manera concreta. Siempre hay que estar prevenido por si el bosque le llama o una rueda revienta.
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