sábado, 17 de agosto de 2013

Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: Gafas mágicas.

Domingo, un objeto de inspiración: gafas mágicas.

    Ay, no puedo más, necesito cambiar el punto de vista o más bien filtrar la realidad que llega hasta mí, no quiero sentir angustia, ni preocupación, ni agobios varios, tampoco quiero convertirme en un ser asocial ni patológicamente insensible, pero estar en el otro lado no es agradable. Así que he decidido comprar unas gafas mágicas con una lente ultrasónica que difumine la realidad de tal modo que su percepción sea mucho más suave y agradable. Pongamos por caso que hay un problema que me causa malestar, activo la lente y automáticamente siento un cosquilleo en las axilas, muy distinto del que pudiera producir el previo untamiento de cera mantequillosa, liberadora de antiestéticos pelos que hacen eructar efluvios insolentemente insoportables.
    No puedo más, es así, bombas aquí, muertos allá, incendios, calor, enfermedades, enfados, discusiones, políticos costrosos, esperanzas aplastadas e informes, y en medio de todo ello el delicioso bizcocho gallego que me acabo de zampar. ¡Dónde narices habré puesto las dichosas gafas! Son grandes, azules como el mar y el cielo sin nubes grises, redondas como una gran tarta de chocolate, lúcidas como la señora Basilisa en sus buenos tiempos. Necesito que alguien me cambie el punto de vista, necesito que me saquen a bailar los monstruos desafiantes, quiero pisarles los dedos de los pies.
     ¿Te acuerdas cuando íbamos a bailar a la discoteca, Luisito? Era todo tan distinto entonces. Ya sé que no viene a cuento chico, máxime sabiendo que tú y yo no llegamos a ser novios, pero me gustabas, no puedo negarlo, y ahora ya ves, tú casado y yo también, pero cada uno con una pareja que ni eres tú ni soy yo. ¡Si te hubieras atrevido! Tenías que haberme pedido de salir, te hubiera dicho que sí, aunque es verdad que cambiaste mucho, yo también, sí, pero tú más. A mí no me ha salido ni una cana, te fastidias, haber dado el paso. Pero es cierto que la vida da tantas vueltas, que ya ando mareada, sí, te lo reconozco, estoy mareadísima. Ahora estoy aquí, pero quién sabe dónde estaré mañana. Tengo hijos, ¿sabes Luisito? Se me dio bien, bueno, hasta que llegamos a conseguirlo, manda narices la de veces que lo tuvimos que hacer, y sé que me estoy yendo nuevamente, pero qué más da, si la vida son cuatro días, y dos de esos cuatro te los pasas durmiendo y los otros dos pensando lo que harías el quinto día si lo hubiera, que en ocasiones ni llega a cuatro, mira lo que le pasó a Josefita. ¿Te acuerdas? ¿No sabías nada? Ay, muy triste, acabó fatal, murió. Así, de golpe, fue por un golpe, en accidente, horrible. Yo cada vez estoy más convencida de que tú y yo teníamos que haberlo probado, juntos, salir y eso. Pero no me atreví Luisito, y tú es que también te ponías muy tonto, que es lo de menos, si yo hubiera sido como la Petra la cosa hubiera sido distinta. Válgame que ahora me voy a sentir culpable, ya con hijos y pensando en ti. Si es que cuando te cruzas y sientes algo, has de chocarte, para ver qué pasa. Quién sabe, de habernos chocado,  a lo mejor yo ahora  tenía más canas y tú menos barriga, qué se yo. Quién sabe eso. La Petra, esa sí que sabía Luisito, que se llevó al Carlos al huerto y ahí que se tuvo que casar con ella, y al final el barrigón le costó un piso y un mercedes, después del divorcio, porque se divorciaron, y después el Carlos fue a parar con la que tenía que parar, la Juani, ¿te acuerdas de los líos que se traía con el Paquito? Pues nada, ahí se quedó soltera, esperando al Carlos, y al final se casó con él, pero el piso y el mercedes se lo quedó la otra, la Petra, si es que esa sí que era lista Luisito. Ella se ponía sus gafas ultrasónicas y ya podía llover como si cayeran pedruscos del suelo, yo fíjate, Luisito, que a mí siempre me dio por pensar que esas gafas eran muy raras, no sé, siempre estaba feliz, parecía como si pudiera ver  el mundo de otro color, no sé, distinto al nuestro. Pues no te vayas a pensar, que yo estaba convencida de verdad, llegué a ir a la óptica y todo, pero me dijeron que no tenían más ejemplares. Ay, Luisito, Luisito, si yo me hubiera puesto esas gafas entonces, hubiera metido a la vergüenza en un barco y la hubiera mandado a cruzar el océano atlántico; y ya sin vergüenza, vamos hombre, te hubiera llevado al huerto, que sí, visto con el tiempo y la perspectiva vital que me dan los años y las nuevas gafas que me he comprado, al final las conseguí,  pues ya te digo yo que sí, así que Luisito, ponte el Facebook, y no tengas problema, que sé que te has quedado viudo, y yo estoy bien con mi Ernesto, la verdad, pero me gustaría tenerte como amigo del Facebook, así que si te llega una solicitud tú acéptala, que son cuatro días chico, y ya casi llevamos los cuatro andados, tu imagínate que el quinto no nos toca, vamos a chocarnos hombre, vamos a chocarnos. Que ya te digo yo que mi Ernesto lo comprende todo, y si se pone tonto, le compro a él otras gafas para que vea las cosas desde otra perspectiva, al fin y al cabo para qué tanto sufrir si al final vamos a acabar todos como la Petra, jodidos,  pero sin el piso ni el mercedes.
    Pues yo quiero mis gafas ultrasónicas, pero no para encontrarme con el Luisito en el Facebook sin sentido de culpa, no, yo quiero que el mundo entero me parezca un Luisito, deseable hasta con barriguilla, quiero sentirme feliz como la Petra, pero no necesito ni una barriga, ni un piso, ni un mercedes, me conformo con una sonrisa auténtica cada día, como la que me devuelve el espejo en esta mañana de domingo en la que las musas me han visitado en forma de recuerdo maravilloso de esa estrella fugaz que el firmamento me regaló la noche de san Lorenzo, hacía años que no veía una y lo estaba deseando tanto como esa mujer que se quedó sin chocar con el Luisito. Yo choqué con el cielo estrellado aquella noche. Feliz domingo a todos y que tengáis ocasión de chocar con algo que os importe.


Isolina Cerdá Casado

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