Domingo, un objeto de inspiración: gafas mágicas.
Ay, no puedo más,
necesito cambiar el punto de vista o más bien filtrar la realidad que llega
hasta mí, no quiero sentir angustia, ni preocupación, ni agobios varios,
tampoco quiero convertirme en un ser asocial ni patológicamente insensible,
pero estar en el otro lado no es agradable. Así que he decidido comprar unas
gafas mágicas con una lente ultrasónica que difumine la realidad de tal modo
que su percepción sea mucho más suave y agradable. Pongamos por caso que hay un
problema que me causa malestar, activo la lente y automáticamente siento un
cosquilleo en las axilas, muy distinto del que pudiera producir el previo
untamiento de cera mantequillosa,
liberadora de antiestéticos pelos que hacen eructar efluvios insolentemente
insoportables.
No puedo más, es
así, bombas aquí, muertos allá, incendios, calor, enfermedades, enfados,
discusiones, políticos costrosos, esperanzas aplastadas e informes, y en medio
de todo ello el delicioso bizcocho gallego que me acabo de zampar. ¡Dónde
narices habré puesto las dichosas gafas! Son grandes, azules como el mar y el
cielo sin nubes grises, redondas como una gran tarta de chocolate, lúcidas como
la señora Basilisa en sus buenos tiempos. Necesito que alguien me cambie el punto
de vista, necesito que me saquen a bailar los monstruos desafiantes, quiero
pisarles los dedos de los pies.
¿Te
acuerdas cuando íbamos a bailar a la discoteca, Luisito? Era todo tan distinto
entonces. Ya sé que no viene a cuento chico, máxime sabiendo que tú y yo no
llegamos a ser novios, pero me gustabas, no puedo negarlo, y ahora ya ves, tú
casado y yo también, pero cada uno con una pareja que ni eres tú ni soy yo. ¡Si
te hubieras atrevido! Tenías que haberme pedido de salir, te hubiera dicho que
sí, aunque es verdad que cambiaste mucho, yo también, sí, pero tú más. A mí no
me ha salido ni una cana, te fastidias, haber dado el paso. Pero es cierto que
la vida da tantas vueltas, que ya ando mareada, sí, te lo reconozco, estoy
mareadísima. Ahora estoy aquí, pero quién sabe dónde estaré mañana. Tengo
hijos, ¿sabes Luisito? Se me dio bien, bueno, hasta que llegamos a conseguirlo,
manda narices la de veces que lo tuvimos que hacer, y sé que me estoy yendo
nuevamente, pero qué más da, si la vida son cuatro días, y dos de esos cuatro
te los pasas durmiendo y los otros dos pensando lo que harías el quinto día si
lo hubiera, que en ocasiones ni llega a cuatro, mira lo que le pasó a Josefita.
¿Te acuerdas? ¿No sabías nada? Ay, muy triste, acabó fatal, murió. Así, de golpe,
fue por un golpe, en accidente, horrible. Yo cada vez estoy más convencida de
que tú y yo teníamos que haberlo probado, juntos, salir y eso. Pero no me
atreví Luisito, y tú es que también te ponías muy tonto, que es lo de menos, si
yo hubiera sido como la Petra la cosa hubiera sido distinta. Válgame que ahora
me voy a sentir culpable, ya con hijos y pensando en ti. Si es que cuando te
cruzas y sientes algo, has de chocarte, para ver qué pasa. Quién sabe, de
habernos chocado, a lo mejor yo ahora tenía más canas y tú menos barriga, qué se yo.
Quién sabe eso. La Petra, esa sí que sabía Luisito, que se llevó al Carlos al
huerto y ahí que se tuvo que casar con ella, y al final el barrigón le costó un
piso y un mercedes, después del divorcio, porque se divorciaron, y después el
Carlos fue a parar con la que tenía que parar, la Juani, ¿te acuerdas de los líos
que se traía con el Paquito? Pues nada, ahí se quedó soltera, esperando al
Carlos, y al final se casó con él, pero el piso y el mercedes se lo quedó la
otra, la Petra, si es que esa sí que era lista Luisito. Ella se ponía sus gafas
ultrasónicas y ya podía llover como si cayeran pedruscos del suelo, yo fíjate,
Luisito, que a mí siempre me dio por pensar que esas gafas eran muy raras, no sé,
siempre estaba feliz, parecía como si pudiera ver el mundo de otro color, no sé, distinto al
nuestro. Pues no te vayas a pensar, que yo estaba convencida de verdad, llegué
a ir a la óptica y todo, pero me dijeron que no tenían más ejemplares. Ay,
Luisito, Luisito, si yo me hubiera puesto esas gafas entonces, hubiera metido a
la vergüenza en un barco y la hubiera mandado a cruzar el océano atlántico; y
ya sin vergüenza, vamos hombre, te hubiera llevado al huerto, que sí, visto con
el tiempo y la perspectiva vital que me dan los años y las nuevas gafas que me
he comprado, al final las conseguí, pues
ya te digo yo que sí, así que Luisito, ponte el Facebook, y no tengas problema,
que sé que te has quedado viudo, y yo estoy bien con mi Ernesto, la verdad,
pero me gustaría tenerte como amigo del Facebook, así que si te llega una
solicitud tú acéptala, que son cuatro días chico, y ya casi llevamos los cuatro
andados, tu imagínate que el quinto no nos toca, vamos a chocarnos hombre,
vamos a chocarnos. Que ya te digo yo que mi Ernesto lo comprende todo, y si se
pone tonto, le compro a él otras gafas para que vea las cosas desde otra
perspectiva, al fin y al cabo para qué tanto sufrir si al final vamos a acabar todos
como la Petra, jodidos, pero sin el piso
ni el mercedes.
Pues yo quiero mis
gafas ultrasónicas, pero no para encontrarme con el Luisito en el Facebook sin
sentido de culpa, no, yo quiero que el mundo entero me parezca un Luisito,
deseable hasta con barriguilla, quiero sentirme feliz como la Petra, pero no
necesito ni una barriga, ni un piso, ni un mercedes, me conformo con una
sonrisa auténtica cada día, como la que me devuelve el espejo en esta mañana de
domingo en la que las musas me han visitado en forma de recuerdo maravilloso de
esa estrella fugaz que el firmamento me regaló la noche de san Lorenzo, hacía
años que no veía una y lo estaba deseando tanto como esa mujer que se quedó sin
chocar con el Luisito. Yo choqué con el cielo estrellado aquella noche. Feliz
domingo a todos y que tengáis ocasión de chocar con algo que os importe.
Isolina Cerdá Casado
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