domingo, 25 de agosto de 2013

Mi colaboración de los domingos en Héroes del pensamiento: Restos...

Domingo, un objeto de inspiración:  Restos.


    Bueno, a ver, me siento contenta, he de confesarlo porque en muchas ocasiones no me siento así, de modo que es importante destacar el lado positivo, cuando lo hay. La sensación optimista que me ha embargado ha llegado hasta mí justo cuando he decidido inmortalizar el final del desayuno, mientras andaba preguntándome sobre qué iba a escribir, me di cuenta de que el tomate me miraba de forma extraña, apenas quedaban unos gramos de mantequilla y los restos del café con leche habían perdido toda su calidez, vamos que estaba frío de narices. El cuchillo de untar me preguntaba si lo iba a depositar en el lavavajillas y el plato de las tostadas se quería ir con su amigo alargado a que le sacaran esos restos incómodos de migas. ¿Cómo era posible que esa pequeña escena cotidiana produjera en mí tal sensación positiva? ¿A caso tenía que ver con el hecho de que mi alma se sentía así y sólo necesitaba una pequeña puerta a la que asirse para asentarse en mi conciencia? Entonces me di cuenta de que sí, de que mi estado positivo era previo, de que la gota que lo estaba haciendo rebosar era esa pulpa de tomate estrujada y esas manchas de mantequilla y mermelada en un cuchillo con buen tipo. Pero había más, claro que había más, se trataba de la sensación de libertad, yo era libre, libre de poder escribir sobre lo que me diera la gana, la creatividad no estaba sujeta a direcciones, ni itinerarios forzosos, podía inspirarme hasta en un resto de tostada miguera, o unas gotas de café con leche frío. Entonces volví a coger la cámara, la cámara abandonada, la pobre cámara que tantas escenas de aparentes cotidianidades insignificantes había inmortalizado, y lancé la foto, capturé al cuchillo y al tomate justo antes de que acabaran en el lavavajillas y en el cubo de la basura respectivamente. Pero, ¿a santo de qué me tenía que sentir así por una libertad que siempre he tenido? Pues muy claro, esta semana tuve un impulso, quise escribir por dinero, y respondí a una oferta de trabajo para redactores. “Sí, querido, ya verás qué bien, voy a poder trabajar de lo que me gusta. Escribiré mis artículos y comenzaré a ganar dinero, por poco que sea, qué más da”. Entonces me respondieron al correo, era la segunda vez que me metía en un berenjenal de esta categoría narrativa. Me pagarían poquísimo, una ridiculez. No me importaba, al fin y al cabo yo tenía imaginación y creatividad, podría ponerme a escribir sobre lo que me dijeran, eran trescientas palabras, eso no era nada, eso lo podía escribir yo mirando cómo el viento balancea el extremo de la cortina de la ventana de mi cocina. “Sí, cariño, ya lo sabes, a mí no me cuesta nada escribir”. Él, mi marido, se mostraba claramente en contra, no veía nada positivo en esa oferta de trabajo: “¡Treinta míseros céntimos! Para qué vas a hacer eso, tirar tu trabajo, infravalorar tu creatividad, que les den dos duros, no tienes por qué ser la negra de nadie. ¿Y si te pago yo? ¿Es lo que quieres? Escribe pero no para estos negreros sino para ti.” Total, que de nada sirvieron los consejos de mi marido, yo dije que sí, me ofrezco, contad conmigo. ¿Pero qué era lo que yo imaginaba? ¿Acaso creía que me iban a pedir que escribiera sobre cortinas y váteres? ¿Pensaba que iba a ser así de simple? No, no lo fue, me respondieron con posibles trabajos para redactores: telefonía móvil, vídeos didácticos, críticas de películas, etc. Eso era lo que tenían por el momento porque el hombre que manejaba los hilos se había tomado unas pequeñas vacaciones, pero que ya me mandarían más trabajos. ¿O sea que me tenía que poner a investigar cómo funcionaban los últimos modelos de telefonía móvil, tenía que estar a la última en cine actual y cine clásico y escribir artículos sobre esos temas en los que no soy especialista, todo por treinta céntimos, cincuenta si añadía imágenes? Y si yo tuviera una relación estupenda con las últimas tecnologías, pues bueno, a lo mejor hasta aprendía pero es que a mí me tienen que ayudar a manejar el wassap, que como lo cojo por wifi pues tengo que configurarlo para que me vaya funcionando, en fin que un desastre, que sí que yo puedo escribir sobre ese vaso transparente lleno de agua que me invita a darme un baño, cojo las neuronas y las suelto dentro, nadan y nadan, y luego las vuelvo a colocar en el circuito neuronal y ya refrescadas y con la piel de gallina son capaces de pensar con cordura, pero de ahí a escribir sobre telefonía de última generación pues hay una distancia de miles y miles de kilómetros que yo soy capaz de hacer con una escoba pero no con un vehículo de lo más normalito, que ni vuela ni nada.
    En fin, a ver, veamos, ochocientas veintiséis palabras más una imagen, muy simple eso sí, a treinta céntimos por cada trescientas palabras son setenta y cinco céntimos, más veinte céntimos por la fotito hacen un total de noventa y cinco céntimos. “Su artículo dominguero vale ese dinero, pero tenemos que descontarle cuarenta y cinco céntimos de comisión por gasto energético en la producción y gestión de su trabajo. Enhorabuena, acaba de ganar cincuenta céntimos, puede usted ir a comprarse una barra de pan, ah no, que ha subido, vale sesenta céntimos la barra, pues compre pan de molde que es más barato y le dura más tiempo.”
    En fin…, no, en principio. En principio seamos felices, que no nos machaquen, que somos muy válidos, que hay quien se las ingenia para crear una bombilla prácticamente de la nada, nos lo contó Carmen. Actitud positiva, siempre nos quedarán pulpas de tomate sobre las que escribir y cortinas en las que inspirarse. ¡Feliz domingo a todos!


Isolina Cerdá Casado

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