jueves, 24 de noviembre de 2016

Lina, ay, mi querida Lina.


El domingo 20 de noviembre de 2016, es decir, antes de ayer, hubieras cumplido setenta años. La sola idea de imaginarte con esa edad me emociona. En ocasiones pensar en eso, pensarte caminando, respirando, mirando con esa mirada tuya tan especial el mundo que nos rodea me causa cierto bienestar, como una caricia, una caricia que me llega desde la memoria emocional. Estás en mí, en ellos, en la gente que siempre te quiso, que vivió contigo tantas cosas. Sí, estás. Estáis todos. Pero aun a pesar de eso, aun a pesar de que sigues aquí de alguna manera, no puedo ignorar ese vacío, esa necesidad física de tu abrazo, abrazo cálido, carnoso. Se lo dije a tus nietos ayer. "Ayer la abuela Lina hubiera cumplido setenta años". Ellos me preguntaron porqué no les había dicho nada. No sé, quería haberte escrito algo, escribo mucho, pero no sabía por dónde empezar, me faltaba el impulso, estaba como ensimismada, me sentía con falta de energía, toda esa energía que a ti te sobraba, ya ves. 
Supongo que no siempre es posible describir una sensación, estaba entre la soledad y el vacío pero con tantos matices que no podría aproximarme realmente con la palabra escrita al dolor concreto. Sí era dolor, ahora lo veo. 

Isolina Cerdá Casado

martes, 15 de noviembre de 2016

Café con miel y pies en la cabeza.


Estaba en el borde, bueno, en realidad un poco más arriba. Miraba la taza de café, tenía muchas cosas que hacer, no era prioritario estar ahí, sentada frente al ordenador, con una taza de café con leche, mi segundo café de la mañana, un resto de tostada me miraba con cierto aspecto suplicante, como si no quisiera que mi boca volviera a acercarse a ella, quería seguir viva, tal vez con el único objetivo de ver en qué quedaba todo eso. Lo de sentarme, lo de encender el ordenador, lo de ponerme a escribir al tuntún, lo de fotografiar el café, lo de necesitar hacer algo que se alejara de las rutinas del mantenimiento de la casa. Y era cierto que la casa me pedía a gritos atención, pero yo pasaba por alto sus demandas. El desorden reinante se hacía cada vez más visible, el espejo del baño te devolvía la imagen llena de motas, gotitas de pasta de dientes que mezclada con saliva de niña decoraban una parte importante del útil mueble. Sabía dónde estaba el limpiacristales, sabía que todo era cuestión de ir a por el trapo o incluso el papel de aquel rollo gigantesco, pero me faltaba el impulso. Nunca he sido ordenada, ni limpia, no más de lo necesario, pero es cierto que estaba llegando a un límite. Seguro que si trabajara por horas en la limpieza de la casa no dejaría que llegara a este grado de acumulación polvoriento. Ya, lo sé, si me pagara alguien, no sé quién claro, a lo mejor el dueño invisible de esta mansión. ¿Vivo en una mansión? Sí, cuando tengo que limpiar me parece una mansión. Luego, en la vida cotidiana es cierto que me faltan habitaciones. Aunque también es cierto que no me permito una queja, porque la verdad es que tengo mucha suerte. Tal vez necesitaría una manta nueva, una especial, una que me envolviera en esos momentos en los que te permites horas de asueto. Momentos en los que te plantas, y decides no hacer más de lo necesario para poder estar pulsando teclas, y que salga lo que tenga que salir. Pues sí, es una suerte poder hacerlo, solo la conciencia es la que me grita desde dentro, pero en ocasiones soy tan fuerte que me vuelvo sorda, y no la escucho. Ahora es uno de esos momentos. Como cuando llamo a mis hijos y se vuelven sordos ante todo sonido procedente de mi boca. ¿Ellos se vuelven fuertes frente a mí? Tengo las manos frías, congeladas, lo mismo que los pies. El calor está dentro tal vez en el músculo del miedo, el Psoas, lo acabo de conocer. Somos tan densos. Como el gran bote de miel, toda mi mente es una gran masa pegajosa y dulce llena de propiedades. Y sin embargo, ahí está, dentro del bote, creando poso. ¿Para qué quiero el poso? Estoy empezando a notar que la miel de mi masa gris está saliendo por las orejas y justo en este momento me cae por la frente un chorro pegajoso que trato de atrapar con la lengua. Es dulce pero cada vez que la saboreo un temblor de vida como un escalofrío brutal, me tambalea el alma. Mencionar el alma me traslada a otra dimensión. Deja el alma. No quiero.



    El alma es lo que empuja a la miel gris a recorrer mi cuerpo y volverme pegajosa. Yo me quiero pegajosa, yo me sé viva, yo me voy a limpiar el baño y luego volveré a sentarme a contar un cuento que venga de dentro, sin planificar, como un goteo de miel que sale porque los pies creativos no paran de saltar encima de la cabeza. Claro, por eso me duele, son los pies locos llenos de miel que bailan libres. ¿Te vas a limpiar el baño? ¿La conciencia ha aprendido a proyectar? Espero que la miel logre detenerla. 

Isolina Cerdá Casado






lunes, 14 de noviembre de 2016

Los maravillosos abrazos del Hada Mariposa


Caminaba por el bosque, estaba triste, no sabía muy bien qué provocaba su tristeza. No siempre tenía que haber un motivo. Muchas veces le ocurría así, estaba triste y ya está, sin un por qué. Aunque si lo pensaba bien, esta vez sí había un claro porqué. No, no quería pensar otra vez en las personas que se habían ido, pero se habían ido, por una enfermedad, sin querer irse, sin estar preparada para decirles adiós. Eso era, sí, que no podía encajar tanto adiós forzoso.
Pero bueno, lo que le ocurría en el momento del paseo era esa profunda tristeza que sentía por dentro, y que le pesaba como si cargara con una gran losa invisible. El paisaje era precioso, sí, grandes árboles, hierbas y arbustos enmoquetaban el suelo, pájaros, cervatillos...bueno, lo cierto es que no vio cervatillo alguno. Comenzó a oír un tintineo, como unas campanillas que se aproximaban, entonces se encontró de frente con ella. Un hada, era una hada mariposa. Sí, brillaba mucho para ser solo una mariposa y tenía un aura mágica que la envolvía. Era tan bonita que cualquier amago de temor se esfumó ante semejante aparición. El hada la miró, le sonrió y acto seguido la abrazó. 


Uf, fue una sensación maravillosa: calor amable, cariño regalado, afecto gratuito, generosidad mágica. El hada no sabía que era un hada, no sabía de su tintineo, ni de su brillo en la mirada. El hada se dejaba llevar por el impulso, por un impulso interno, tenía una necesidad, la de dar un poco de su calor de alma viva llena de energía. No podía saber el poder que tenía de curación, pero sí sabía que cada vez que abrazaba a alguien esa persona quedaba consolada y arropada, porque ese abrazo mágico permanecía envolviendo al alma. No siempre triste, a veces el alma esperaba ilusionada la llegada de su tintineo. Los abrazos de las hadas que mutan en mariposas son especiales, solo las personas que los reciben pueden saberlo. 
De vez en cuando hay que mostrarle al hada su poder y su grandeza, de ahí que hoy escriba sobre ella, para que sienta mi agradecimiento por esos abrazos mágicos, el mío y el de todas las personas que han sido receptoras de su abrigo suave y calentito.

Isolina Cerdá Casado

lunes, 7 de noviembre de 2016

Labios negros

   Había tenido una mañana muy atareada. Sonó el despertador demasiado pronto, al menos eso le pareció a ella, sin embargo, eran las siete y veinte, sí, no había error. Abrió los ojos como pudo y se fue directa al baño, se lavó la cara, los dientes, se peinó, se aseó y mientras se preparaba un café se dio cuenta de que no se había mirado al espejo. ¿Cómo era posible? Había estado frente al espejo del baño y sin embargo su mirada estaba ausente. El nervio óptico estaba en modo off. Pero, ¿y el cepillo? ¿y la toalla? ¿el mismo grifo del lavabo? ¿No debía mirar antes de acceder a ellos? Y sobre todo, ¿no tenía que mirarse a sí misma? Por lo visto no lo necesitó. Claro debió ser el piloto automático. Volvió al baño, se miró. Uf, estaba horrorosa. Prefirió no indagar más en la caricatura que le devolvía el espejo. Se fue a despertar a los niños. Su tono empezó a elevarse cada vez más, sin embargo los niños parecían atender inversamente al volumen de sus gritos. Ellos también estaban en modo off, no la escuchaban. Así que el momento del desayuno fue un caos, lo mismo que la ida al cole, lo mismo que la llegada a aquella ciudad desconocida, lo mismo que su cita con el que podía ser su jefe. 
    Estaba sentada en la sala de espera, la secretaria le dijo que en un minuto la recibiría el señor García. Aquella mujer que custodiaba la entrada de la oficina del Director general era muy guapa, estilizada, adecuadamente vestida, elegante, perfecta, eso pensaba ella, la mujer estresada que no tenía tiempo ni para mirarse al espejo. Se dio cuenta de que la secretaria del señor García la miraba con cara rara, como si algo no cuadrara en su perfeccionamiento vital de perfecta gestora de agendas y personas. No le extrañó, al fin y al cabo ella era totalmente la imagen opuesta de la perfección. La puerta del Director tenía un cristal opaco, que devolvía la imagen de todo aquel que se colocaba frente a él. Y justo en ese momento ocurrió, sintió como si su seguridad se hubiera derretido y toda ella se viera desprendida de esa armadura tan necesaria cuando estás a unos minutos de un cambio de vida. Ese hecho apenas duró tres segundos, tiempo necesario para coger el pomo de la puerta, ver su imagen reflejada en el cristal y adentrarse en ella. ¡Se había pintado los labios de negro! Un negro perceptible, llamativo, chillón. Entonces, por fin, fue consciente de que algo no iba bien, justo en el momento en el que se dio cuenta de que se había pintado los labios con el rotulador permanente. Entonces, cuando se adentró en aquella oficina y vio a aquel señor sentado en un cómodo sillón de jefe, de piel negra y brillante, fue consciente de que algo había de bueno en aquellos labios. ¡Hacían juego con el sillón de aquel particular dios con la capacidad de cambiar el rumbo de su vida! Pero de pronto sucedió que le dio un ataque de risa, a la mujer, el señor García seguía con su cara de mueble de madera maciza. Tanto se desternilló que la secretaria del director abrió precipitadamente la puerta con el espejo opaco, con tres segundos de refuerzo supuso la mujer, preguntando si es que le ocurría algo a la señora de labios negros.

Entonces, la mujer se agachó, se levantó la capa de seguridad y les dijo a su ex-posible jefe y a la ex-potencial compañera de trabajo, que tenía que marcharse a casa, necesitaba ir al baño con su nervio óptico dedicado cien por cien así misma. Y se marchó, alejándose de su ex-futuro lugar de trabajo, dispuesta a reparar la carencia de atención que había tenido con ella misma. 

Isolina Cerdá Casado

jueves, 3 de noviembre de 2016

Asunción

    Mi querida tía Asunción se fue al cielo. Ahora toca, otra vez, reorganizar la realidad, la vida nos sigue poniendo a prueba. Mostrándose una vez más en su crudeza más dura y difícil de asumir. En los últimos años, ya más de diez, mi relación con ella se reducía a las visitas que le hacía, dos, tres veces al año, en esos viajes que hacemos de Madrid a Crevillente la iba a ver. Ella vivía en una cueva, en aquella cueva en la que mi abuela me ofrecía horchata de arroz, en una casa misteriosa y muy especial. Entrabas en su espacio mágico, con sus macetitas, con algún pájaro, con sus perritos de los que siempre hablaba con cariño, y te encontrabas con ella: una mujer grandísima, que te envolvía con sus brazos carnosos, con su abrazo afectuoso, con su sonrisa inconfundible, con su comprensión. Preguntaba por tu vida con mucho respeto, a mí me encantaba su forma de entender a los demás, de ponerse en el lugar del otro, del gran apoyo que era para sus hijos y sus nietos, hasta para mí. Con ella, cuando me sentaba en su sofá y hablaba conmigo, me sentía comprendida, sentía su apoyo. Tal vez no eran las palabras, era como el alma, sí, como si mi alma reconociera en ella un alma amiga. Es cierto que no la veía mucho, que no compartía sus momentos cotidianos, o esos momentos en los que el nerviosismo se apodera de nosotros, el estrés, no sé. Ella nunca se mostró nerviosa conmigo, o enfadada, solo tengo recuerdos de su sonrisa, de su mirada. Ahora, cuando me siento por fin a escribir sobre su recuerdo, añoro no haber compartido más momentos, no sé, bueno, sí sé, cocinar con ella, acompañarla en otras facetas de su vida, ella fue precisamente la que me habló de la mermelada de tomate, que ahora disfruto.  ¡Cuántos tesoros que tal vez hubiera podido tener si hubiera estado más tiempo con ella! Creo que esta especie de añoranza es buena, significa que ella siempre será una persona importante en mi vida, de cuyo recuerdo nunca se desprenderá esta memoria selectiva que tenemos.
No podemos retroceder en el tiempo, lo único que se puede es aprender, sacar un aprendizaje vital de lo vivido que nos ayude, que nos sirva para seguir construyendo una vida, para caminar con energía, cargados de sueños.

    Tu recuerdo me enriquece, querida tía, gracias por haberme recibido siempre con una sonrisa, gracias por apoyarme, gracias por quererme. Todavía no he encarnado tu pérdida, todavía no me lo creo aunque estuve ahí, acompañando tu cuerpo, acompañando a tus hijos y a todas las personas que te han querido, llorando. Descansa en paz y ten por seguro que cada una de las semillas que plantaste están dando su fruto, que tienes flores preciosas llenas de colores vivos poblando tu jardín. Te quiero mucho y siempre estarás en mi corazón.

Isolina Cerdá Casado

lunes, 24 de octubre de 2016

Bondad 1


No era consciente, no lo era, la vida estaba llena de belleza pero él no se había parado a mirarla desde otro punto de vista, había dejado que un velo negro cayera sobre sí mismo, perdió la esperanza de volar. Había voces que le decían que estuviera atento, que en cualquier momento todo iba a dar un giro. La vida es así, sorprende, aunque en ocasiones parezca que no hay vuelta atrás. Quería ser fuerte, quería hacer caso a lo que le decían las personas que se interesaban por él, pero algo en su interior, tal vez tristeza, como un pozo oscuro que se lo tragaba todo, le empujaba a pensar en un final aplastante. Un hombre sabio le había dicho que la bondad salvaría el mundo, le dijo que debía hablar sobre eso, que debía intentar hacer algo para que ese mensaje llegara lo más lejos posible. Tal vez hasta el propio pozo de negrura. Aquella flor, abierta, con otros pétalos emergentes cerca de esa belleza, le hizo ver una claridad que con el velo no pudo alcanzar antes. La bondad, ese cariño que mucha gente despertaba en él, ella debía estar bien arraigada en sí mismo, debía quererse, sentirse amado por su propio yo, debía entender que ese ser que veía reflejado en los cristales era importante, no solo para el mundo sino también para sí mismo. 
Se tumbó en la cama, se acurrucó, casi en posición fetal y dejó que sus propios brazos le dieran calor, se dio cuenta entonces de que jamás se había abrazado así mismo, su cuerpo importante había estado carente de sus propias caricias. Estuvo largo rato amarrado a su propio cuerpo físico, entonces el alma sintió que no era un ente ajeno al cuerpo y lo recorrió entero llenándolo de energía positiva y espíritu creativo. 

Ese día volvió a nacer, porque alma y cuerpo se encontraron, se amaron y respetaron. Así siguen, caminando juntos, muchas veces ambos regalan amor, un simple gesto positivo y lleno de bondad, y hacen de este mundo un lugar más agradable para todos.




Levantó su mano izquierda y la impulsó para que acariciara a su mano derecha. Le sorprendió el tacto de su propia piel. Ambas manos se cogieron y se apretaron, y fueron conscientes de que no estaban solas, se tenían la una a la otra.









Isolina Cerdá Casado

miércoles, 12 de octubre de 2016

La plancha y las fuerzas armadas.

He de reconocer que lo peor que llevo entre los muchos quehaceres que nos ofrece la casa es la plancha. No hay nada que me cause tanta pereza y a su vez tanto bienestar una vez terminada la tarea. El caso es que en esos menesteres me hallaba yo, de fondo unos locutores narraban el desfile de las Fuerzas Armadas, era lo que estaban echando por la primera de TVE. Era sorprendente ver desfilar a esa gran cantidad de soldados, de tierra, mar y aire. ¿Necesitábamos a tantos? En mi ignorancia, seguía con la boca abierta ante la gran variedad de tropas, y mantenía las manos ocupadas con la plancha, cuando de pronto llegó mi hija y se quedó mirando la televisión. 

Hija.- ¿Qué es eso?
Madre.- Es un desfile de soldados, de las Fuerzas Armadas.
Hija.- ¿Pero eso está pasando ahora?
Madre.- Sí, hija, es en directo, está lloviendo, como aquí. Porque hoy es el día de la Fiesta Nacional.
Hija.- Mamá, ¿entonces, si estamos en una guerra, ellos son los que nos defienden?

Lo ideal sería no llegar a estar nunca en una guerra, lo ideal sería que no fueran necesarios nunca, en ningún lugar del mundo. Pero por desgracia la amenaza existe. 


Mi hija preguntó también: -¿Y esas niñas rubias? ¿qué hacen ahí?
- Son princesas.- Respondí yo.
Hija.- Pues qué morro, sus padres son reyes y tienen más dinero y seguro que pueden comprar más cosas.
Madre.- Ya, pero tú estás en tu casita tranquila, no es un palacio, es verdad, pero es una casa linda. Si yo fuera reina no estaría tanto tiempo contigo, seguro que no. Aunque tampoco tendría que planchar, tendría a alguien que lo haría por mí. Jo, qué morro tiene la reina. 




Isolina Cerdá Casado




martes, 11 de octubre de 2016

Las chispas mágicas de Tepahi


    En los adentros de un mundo que avanza sin tiempo para encarnar suficientemente lo vivido, un montón de gente, padres y madres cargados de ilusión, vuelve a unirse para contar un cuento, para contar que la Naturaleza pide a gritos que reparemos en ella y que la cuidemos y la respetemos como merece, eso es Mami Naturaleza. Escenografía hecha a base del aprovechamiento de los recursos, procedente del reciclaje, de la creación colectiva y sobretodo de un trabajo ilusionado y gratuito. Del mismo modo el vestuario procede de esa misma forma de ver el mundo, generosidad, trabajo de uno mismo, trabajo de un colectivo, ideas que se hacen grandes, que crecen, que nos arrastran a un mundo lleno de imaginación y fantasía. 

Una madre sufrió una transformación metamórfica y anduvo gollumneando por el escenario.



https://www.youtube.com/attribution_link?a=OqAA2R57EYY&u=%2Fwatch%3Fv%3DPEIIBDr_Xok%26feature%3Dshare



Estos son solo unos pocos, el resto estaba liado y no se pudo poner a posar en la foto, el dire era uno de los que no se pararon para ser retratados. Menos mal que no nos vio. jejeje

Todos estábamos cargando con nuestros problemas, o nuestra vida cotidiana, nuestros sueños, nuestros recuerdos, todos con nuestra carga. Pero ahí, ese día, no importó nada más, ni las molestias musculares, ni los problemas de la hernia, ni la pierna herida, ni esa carga. Nos habíamos comprometido y debíamos responder ante nuestra gente y ante los curiosos y ante la Asociación de Vecinos. Tepahi lo volvió a hacer, volvimos a tener a una cantante en directo que se atrevió y lo hizo muy bien, por primera vez, valientemente. Los personajes caminaron por el bosque y llevaron de la mano a todos los niños y mayores que se adentraron en él. Nuestro director volvió a correr, a mil por hora, y lo hizo, dirigió y se implicó hasta la médula. Los técnicos corrieron y se estrujaron al máximo, yo creo que estaban contagiados de esa magia ilusionada. Al final salió bien, el público aplaudió con ilusión, con emoción, creo que se vieron salpicados por las muchas chispas mágicas que saltaban de esas hojas verdes llenas de esperanza de la Abuela Sauce, de las cabezas de los trolls, de las latas de los leñadores, de los pétalos de las flores, del brillo cegador de las hadas, del aleteo cubano de las mariposas, del azul de los avatares, del cabello de oro de los Elfos, de la grandeza de los Hobbits, de la marcha de Baloo y del Rey Loui y sus monos bailarines, de la calva de Gollum, de los saltos impresionantes de Mowgli, del caminar pausado de los Entz, del gorro verde de Duendolín, de la generosa mujer de negro y de las manos mágicas de un director que no se rinde nunca.

     Hoy el impulso de escribir sobre lo acontecido este pasado sábado 8 de octubre también me lleva a lo acontecido ayer. Todo Tepahi está triste porque un hada llora, pero yo sé que el hada se repondrá pues la luz está en ella, no se ha ido, se ha transformado y permanecerá por siempre a su lado iluminando su camino. 

Isolina Cerdá Casado


viernes, 7 de octubre de 2016

Actividad neuronal

 

Aire mojado
Caricias de jazmín
Sol naciente
Rostros matutinos
Cuerpos impulsados
Mujer reflexiva
pensante,
mujer que mira allá,
a lo lejos.
Sin ver nada
solo pensamientos.
Necesidad imperiosa
¿Por qué estaba aquí?
¿Cómo fue que llegó?

No importa el cómo
Estaba aquí.

Isolina Cerdá Casado


jueves, 6 de octubre de 2016

H2O


Allí estaban ellas, la miga de pan y los restos de café molido, se resistían a acompañar al agua por el desagüe, y aprovecharon la poca fuerza del H2O al marcharse para quedarse pegados al suelo del fregadero. Con un poco de suerte la mujer que limpiaba el contenedor de la vajilla sucia no se daría cuenta, y ambos restos podrían seguir ahí, a expensas del grifo, pausadas, mirando el techo de la cocina, disfrutando las unas de las otras, tampoco necesitaban más. Nada sabían ellas de lo que le había costado a la mujer con el pelo recogido en una coleta hacer desaparecer la montaña de platos sucios y de vasos llenos de los restos de ADN familiar. Quizá en ellos se pudiera estudiar su conducta, la de todos. Los restos de café molido sabían que su función ya había terminado, habían conseguido su objetivo, que la mujer de la coleta caminara con energía por la vida, era por la calidad del grano del que procedían. 
Un momento, ¿qué estoy haciendo? La mujer con coleta escribe sobre un fregadero sucio y lleno de migas de pan y restos de café molido. La mujer con coleta necesita hacer algo urgentemente con su creatividad pues de seguir así acabará escribiendo sobre su mal formación temporal en la piel de su pie producida por una arruga del calcetín tobillero unido este a la presión de una zapatilla de deporte atada con demasiada fuerza, tal vez por ponerse las zapatillas en un momento en el que apresurada se vio obligada a terminar cuanto antes con ese delicado trabajo diario de calzarse antes de salir de casa para ir a recoger a sus hijos, y que al apurar al máximo el tiempo de salida no le quedaba otra que darse mucha prisa, hasta el punto de no ser consciente de lo mucho que le apretaban las zapatillas, y como consecuencia de ello, justo antes de darse una ducha y liberar su pie de la susodicha zapatilla, casi se cae de culo al ver la extraña forma que había adquirido el pie aprisionado. No sabía si ducharse, planchar el pie o escribir sobre ello. 
Al final la mujer con coleta desarrolló el tema de la arruga tatuada en su delicado pie. La pobre está mal, tiene fiebre creativa.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 5 de octubre de 2016

Sombra de ave, que no sopa de ave.

    La sombra de aquella mujer era alargada, vista desde arriba, mirando lo que en el suelo se dibujaba de ella parecía una especie de ave, sin embargo no eran alas, aquello que franqueaba su figura ensombrecida por el sol que la perseguía era un larguísimo pañuelo con el que se resguardaba del frío mañanero. Ese día, de vuelta de dejar los niños en el colegio, le dio por fijarse en las imágenes que le ofrecía el trayecto que todas las mañanas recorría, primero acompañada de sus dos hijos y luego sola. Por alguna razón se centró más en lo que había a ras de suelo. ¿Era posible que su cabeza anduviera gacha por alguna razón que anímicamente la machacaba? ¿o se trataba sencillamente de una cuestión de ineficacia? Tal vez no había ingerido cafeína suficiente y su cabeza no se había acabado de erguir. También era posible que el café tomado no fuera de una calidad extraordinaria, solo uno con suficiente poso le habría enderezado aquella mañana en la que el cansancio se acusaba más de lo normal. ¡Ojalá hubiera sido un pájaro! Así no vería sombras alargadas sino cabezas en movimiento, que se desplazan de un lado a otro, potenciales nidos de bellos hijos aún por llegar.


En la hierba descubría cosas extraordinarias, una hoja y una pluma hablaban de sus experiencias vitales. La hoja cayó de un árbol movida por los vientos de otoño. La pluma cayó del cielo, de una paloma viajera que quiso dejar un resquicio de sí misma en ese tramo de hierba húmeda.


Desde los adentros subterráneos de una pesada chapa metálica un ratoncete me guiñaba un ojo. Hecho extraordinario si tenemos en cuenta la miopía de esa mujer alada que caminaba con la cabeza inclinada.


La mujer siguió caminando ajena a todo lo que acontecía a sus pies, pero consciente de que un mundo tan maravilloso como aquel no debía ser ignorado, lo mismo que lo que le ofrecía el sentido de la vista si ampliaba unos grados la inclinación de su cuello, e incluso si una vez enderezado su cuello levantaba la cabeza para llevar su mirada hacia el cielo y casi sentirse un ser afortunado a pesar de no ser un ave y no estar dentro de una olla para enriquecer un caldo.
La mujer cogió uno de los patines con los que cargaba y se fue patinando a casa con su pañuelo azul y los pies fríos. Era afortunada, sí, pues si fuera un ave no hubiera podido estar escribiendo como lo hacía tecleando con sus diez deditos en un ordenador maravilloso, algo cacharrete sí, pero maravilloso.

Isolina Cerdá Casado

Los colores que hay en ti. Un canto al amor propio, a la autoestima, al autocuidado, al impulso creativo...Tú lo eres todo, eres lo más importante.

Algunos de los pendientes mágicos creados por la guerrera del mar . Llevo días queriendo escribir algo, claramente me lo has inspirado tú, t...