miércoles, 24 de febrero de 2016

Mientras espero, escribo.


Cien números por delante, qué hacer con tu tiempo para no sentir que lo estás tirando por la borda. Todo para sacar una cita a la que ya llegaba tarde. Mucha gente esperando como yo, de vez alguna se oían las quejas, los asombros ante semejante lista, cien números pero en realidad había varias listas diferentes, lo que suponía que las seis ventanillas abiertas no estaban volcadas en que la distancia de mi lista perteneciente a la letra C se acortara. La cuestión era qué hacer. Yo ya me había preparado, iba con la mochila llena de opciones con las que entretener mi tiempo. Hice varios intentos para no llegar con tantos meses de retraso, años, cada vez que iba tenía una lista de espera superior al año y me invitaban a que volviera al siguiente mes que seguramente abrirían nuevas listas. Entre tanto estuve metida en otra lista y otras pruebas, surgieron así mismo otras tantas, en fin, qué cansinas son las visitas obligadas a los centros de salud y a los hospitales pero qué necesarias al mismo tiempo. Total, a lo que iba, que saqué la libretita, una agenda nueva estupenda que tengo no solo para organizar mi vida sino también mi mente, cogí un pequeño lápiz y empecé a escribir...  



Hoy quiero escribir para mí, siempre lo hago en realidad, escribo porque necesito verlo escrito, necesito contarme un cuento, necesito decirme a mí misma desde dentro de mi alma cosas.
Muchas veces me llegan impulsos vagos de esos espacios interiores, voces que te empujan a quedarte tumbada, a regodearte en el estado del gusano, el caminar a rastras.
Pero de pronto te llega una voz de afuera, procedente de algún lugar de la realidad externa que te envuelve. "No es momento de tonterías, no hay lugar para caminar así. Levántate, coño, déjate de tonterías.Cuando te mueras te habrás muerto, pero mientras estés en el mundo camina, mira, besa, abraza, aconseja, comparte un café, pon una lavadora, ríete del mundo.
Es así, el impulso que dirige nuestros pasos, en ocasiones estás dormida o aplastada porque físicamente no estamos muy bien y se pone a dar martillazos en las neuronas, y algo del exterior te empuja, te obliga a caminar, te ofrece una razón para levantarte y aún en pijama sales a la calle y das un paseo por el parque.
La gente que te ve piensa que estás loca, pero el pijama se siente feliz porque por primera vez ha paseado por el parque sobre tu cuerpo y no dentro de una bolsa.




Ese pijama llegó a tu vida en navidad.
La navidad ya no es igual.
La navidad es un ser cambiante.
Antes era divertida, ahora también es triste.
Estamos en febrero, ¿por qué narices traes a la navidad hasta este texto?
Porque el tiempo pasa tan deprisa que da vértigo.
Acabo de sentirlo gracias a pasear por el parque en pijama.
Fue el pijama el culpable de todo.
En lugar de quedarse en la cama salió a pasear conmigo.




Esas dos mujeres cruzaban el paso de peatones. ¿Amigas? ¿Madre e hija? ¿Vecinas? ¿Cuidadora y paciente? ¿Qué estarían hablando? ¿Qué se estaban diciendo? 
Pues no me importa, pero es una imagen bonita, dos mujeres caminando juntas. 


Isolina Cerdá Casado

sábado, 20 de febrero de 2016

La jodida vida de una hipocondríaca. "Venga, anda, no te ralles, pedimos chino."


Su mano sostenía esos pensamientos extraños. Situada sobre la barbilla, tapando parcialmente la boca, como si quisiera impedir un probable grito de explosión del alma expresiva. Los ojos miraban hacia arriba, ¿veían el cielo? ¿era una nube? ¿tenía una ventana frente a ella? ¿en realidad no miraba nada y eran las preocupaciones las que dirigían sus ojos? Esos ojos llorosos, ella no sentía que estaban parcialmente acuosos. ¿Acaso había estado cortando cebolla y eso humedeció su mirada hasta lo imperceptible? ¿Qué era? ¿Qué era por Dios? ¿Se trataba de una araña en una de las esquinitas de su preciosa cocina? ¿Tenía una preciosa cocina en realidad? ¿O acaso era el olor a chamuscado de las lentejas lo que repentinamente la había hecho despertar del ensimismamiento en el que se encontraba frente a la pantalla del ordenador? 
    Tal vez podía ser alguna de esas cosas, me inclino por las lentejas chamuscadas.



Observó, en uno de esos momentos de vuelta a la realidad, cómo el suavizante, dándole la mano al lavavajillas, se subió encima de la mesa, la transparente botella de agua les acompañaba, la saludable manzana coronada por unos plátanos algo pasados sonreía, sabía que esa mujer anonadada podría seguir adelante con su vida a pesar de que la cocina entera oliera a chamuscado, e incluso a pesar de la conciencia de que ese aroma a lentejas tostadas seguiría presente por unos días en las paredes de su espacio creativo. Y todos ellos la animaron a que se dejara de tonterías y escribiera, era mejor que sumergirse en ese mundo hipocondríaco que la ahogaba, que la arrastraba a estados de aplastamiento, que la impedía caminar. La vida llena de oscuridad, la vida desesperanzada, la vida que solo piensa en que ya no hay horizontes, la vida amarga, la jodida vida de una hipocondríaca.

La mujer apreció el detalle del suavizante, cuya sonrisa era tan expresiva que la hizo sentir el jugo de la mandarina en sus adentros con tan solo mirarla. Supo que eso era la fuerza del corazón, no importaba de dónde procediera, solo sabía que esa energía estaría presente en ella a lo largo de ese extraño día.




Entonces sintió un impulso, la mano tenía que salir de aquella barbilla, sintió como se fue alejando de su cuerpo y acercando poco a poco a la mesa en donde se encontraba el ordenador, allí, en ese espacio era donde su mano quería llegar. Alcanzó el borde de la mesa...



Casi estaba llegando al teclado del mismo.



Por fin lo había conseguido, victoria...



Y empezó a bailar sobre el teclado.



Oh, cielo, 
maravilloso cielo azul, 
maravillosa esperanza
te ofrezco mi don,
te doy mi creatividad
abierta
descarnada
chorros de sangre fresca.

Pintaré unas fresas mientras se lo piensa la manta azulada que hoy cubre mi mundo.



Isolina Cerdá Casado





miércoles, 17 de febrero de 2016

Hay que vigilar a los ajos, aunque espanten a los vampiros pueden acabar con el vino tinto de un trago.



Primero saltó al interior del bote de la sal, necesitaba sentir que ella era el sazonador, la sal de la vida estaba en pleno apogeo en sus adentros, sus dientes querían morder. 





Después decidió subir a lo más alto de ese espacio cúbico en el que de un tiempo a esta parte le habían ubicado. Necesitaba ver toda la cocina desde otra perspectiva, era cierto que nada tenía que ver con el campo. Se dio cuenta de que encima de la televisión que su dueña miraba con tanta regularidad había más polvo que en la tierra de la que la extrajeron. Allí se sintió una cabeza libre. Le sugirió a la mujer que se dedicaba a quitarle dientes para el sofrito que hiciera lo mismo que ella, que cambiara de perspectiva, que se subiera a la tele en lugar de atontarse mirándola pasivamente. Pero se daba cuenta de que su idea era absurda. ¿Desde cuándo una cabeza de ajos tenía algo que decirle a una mujer que apenas encontraba consuelo en la telenovela vespertina? Entonces decidió armarse de valor. Y se dio un baño de vino. 

Vació la botella de vino tinto en la que se sumergía la señora de la casa, a una copa le siguió otra, y de este modo se emborrachó hasta los dientes. Era una cabeza llena de desvaríos, una cabeza de ajos ebria y a punto de cometer una locura. Estaba dispuesta a todo para enfrentarse a su destino, para evitar acabar dando saltos en el aceite hirviendo, para no mezclarse con el abrumador pimiento rojo ni con la cebolla encapada. 

Se acercó a la ventana.




Se acercó un poco más al borde de ese alféizar prometedor, y desde esa altura sintió la necesidad de volar, saltó, tal vez fue el exceso de alcohol en sus dientes, la sed de aventuras, la irracionalidad del momento. Al año siguiente sin saber por qué razón, los usuarios de la piscina comunal observaron una extraña planta cerca del césped, se dieron cuenta de que se trataba de un esqueje de ajo inquieto, que amplió su tiempo de vida y se enfrentó a los designios de ser un ajo destinado a acabar en la sartén de un sofrito.



    Aquella misma tarde, la tarde del salto del ajo, cuando acabó la novela, la señora de la casa se puso a preparar la cena para su familia, y por más que buscó no pudo encontrar la cabeza de ajos que le quedaba. ¿Sería por su desorden? Decidió tomar una copita de vino tinto, le gustaba recordar las mejores imágenes de la serie a la que estaba enganchada saboreando un buen vino. Atónita se quedó al comprobar que la botella estaba vacía. Si a su marido no le gustaba el vino, ¿qué paso con todo el vino que le quedaba? Jamás encontró una respuesta lógica. Pero no le dio más vueltas que las necesarias, abrió otra botella en cuanto subió de la frutería con su nueva malla de ajos.

Isolina Cerdá Casado

martes, 16 de febrero de 2016

El libro, una criatura con poderes.

Me puse a escribir, normalmente lo escribo casi todo, bueno, es cierto que voy por momentos, no suelo hacerlo de forma continuada, pero muchos episodios de mi vida están escritos. Es una necesidad interior. Este libro, mi primer libro, es el cuento del que parte todo, y por eso era necesario escribirlo, que viera la luz en forma de libro. Poco a poco irán llegando otras historias, seguro que sí, tengo muchos impulsos creativos, y de vez en cuando los dejo salir libres. El escribir este libro ha sido como una especie de convulsión emocional y cada vez que volvía a él, sentía como el corazón me abrazaba desde dentro, en ocasiones era una sensación de ahogo, como si de esa masa motora pudieran salir manos que me apretaban el esófago y la laringe, abrazando mi cuello hasta el ahogo. Es un libro muy duro, al menos así lo considero yo, que lo he escrito inspirándome en la realidad más cruda. Mi hijo de nueve años me ha dicho que lo quiere leer, y yo le he dicho que cuando sea mayor, entonces lo leerá y podrá entenderlo. 
    ¿Por qué una criatura con poderes? Porque es capaz de llevarte a otros mundos sin moverte de casa, porque te arrastra, porque te muestra un corazón que tiembla pero que a pesar de todo sigue palpitando sin descanso.

Isolina Cerdá Casado


PD

Informaré sobre las librerías en las que se podrán encontrar físicamente, además de estar ya en el catálogo de libros.com, así como el día y lugar de su presentación. De momento os dejo el enlace en donde podéis comprarlo por internet. Si sois aficionados al Ebook con tan solo cuatro euros podéis tener uno. 





lunes, 1 de febrero de 2016

En mis paseos veo cobras.

    Había una cobra en la carretera, justo al lado de la rueda de un coche blanco aparcado a la izquierda de la calzada. Era pequeñita, como un puño de hombre adulto. ¿Era eso posible? ¿Las hay tan pequeñas? ¿Una cría? ¿Dónde estaba su madre? ¿Había pues una cobra gigantesca desplazándose por las calles de Madrid? Un momento, tal vez no era una cobra, es posible que lo que hubiera en el asfalto no fuera una cobra sino una cuerda con forma de cobra. Es que incluso me pareció verla con la cabeza medio levantada y ensanchada con forma de cucharón, con sus ojos, su lengua bífida, con un ligero tono amarillento. ¿Existen las cobras amarillas? Olvídate, no, estaba teniendo un claro síntoma de miopía perceptiva deforme con incrustaciones por un exceso de imaginación creativa. Me acerqué con cierto repelús, porque seguía pareciéndolo a cada paso que daba. Sí, era una cobra. No, no, no. ¿Un lazo de pelo? ¿Cómo era posible haber imaginado que un mero accesorio para el cabello podía ser una cría de cobra? Tal vez a las crías de cobra no se le ensanchara la cabeza, claro, seguramente eso solo les pasa cuando son adultas. Había atribuido una característica de adulto a un bebé, una cría, una cría inexistente por otro lado. 
Aquella imagen me hizo pensar, ¿cuántas veces imaginamos cosas que en realidad no existen? A veces por los miedos, otras por la experiencia. Este blog fue abierto porque me gustaba escribir, me gusta, casi es una necesidad. Escribo cosas que me inspira la vida, siempre hay cosas que no cuentas, pero generalmente me desnudo más que cuando muestro una foto mía. 
    El otro día Isabel fue al médico, fíjate que a punto estuvo de no ir, "si es que es una tontería", pensaba. Una heridita que iba y venía, justo en la zona donde al sentarse es fácil rozar con la silla, especialmente a ella, que parece que tiene tornillos en las articulaciones de sus huesos y le sobresalen los huesos de anclaje, los de la columna se le marcan como si fuera un camino lleno de piedrecillas, también los de las muñecas y los hombros. En ocasiones bromea sobre ello con sus hijos: "Es que mamá tiene tornillos que se desenroscan". Fue al dermatólogo a regañadientes, "si es que ya lo tengo mejor, justo ahora no me noto apenas nada". Así que al entrar en la consulta iba pensando en cómo le iba a explicar al médico su hipocondría. El médico le pidió que descubriera la zona en cuestión. Estuvo mirando con lo que parecía ser una lupa especial para médicos. "¿Desde cuándo se ha notado esto?" Un año tal vez, le respondió ella. Entonces el doctor empezó a escribir en su ordenador. Isabel comenzó a excusarse con lo que ella consideraba una visita fruto de sus miedos. "Es que mi padre tiene cáncer de piel, y claro, pues como esta lesión no acaba de curarse pues pensé que no estaría de más que lo viera el médico." El doctor no dejaba de escribir. Isabel pensaba que no debía ser para tanto, que era exagerado todo aquel sonar del teclado, ¿qué escribía en el ordenador? ¿tanto había que contar? ¿si era una tontería de heridita? Tras un largo rato de pulsación de teclas, Isabel que no había dejado de pensar en lo absurdo de aquella visita, que veía cómo la enfermera aprovechaba ese momento de escritura del diagnóstico para echar una ojeada al móvil, el médico dejó de escribir. "Bueno, pues vamos a sacarlo. Podríamos hacer una biopsia previa, pero va a ser mejor quitarlo directamente. Así que te voy a citar para una cirugía y después analizamos." "¿Cómo? ¿Cirugía?" Isabel se quedó atónita. "Pero, ¿es malo?" Sí, como lo que me has contado de tu padre.-Añadió el médico sin querer utilizar la palabra que parecía tener poderes de boxeador, pues cada vez que se oye es como si un puñetazo te golpeara la sien. Fue Isabel la que utilizó la palabra: "¿Es cáncer?". "Sí, pero no hay que asustarse, no suele producir metástasis, es un cáncer causado por el sol y que sorprendentemente puede salir en cualquier zona del cuerpo. No le demos más importancia de la que tiene".-Añadió el doctor. Lo mismo el médico no quería que Isabel empezara a gritar o a montar un drama en su consulta, seguramente esa forma de comunicar la enfermedad concreta que padecía había sido fruto de mucha experiencia dando diagnósticos complicados y sabía que la mejor manera era la de decirlo sin inmutarse. Así que Isabel cogió el sobre con toda la información y la cita para su intervención quirúrgica y salió de la consulta con la misma actitud que la del doctor, sin inmutarse, con naturalidad. 
    Isabel se dirigió a concretar la cita para la cirugía sin ingreso. Se encontró con el padre de una amiga, le contó lo que había pasado porque él la vio salir de la consulta donde se concretaba la cirugía. "A mí, me operan a mí."-Respondió a su pregunta y de este modo le contaba a la primera persona con la que se había cruzado su nueva situación.  Fue caminando hacia su coche, pensando, dándole vueltas a la cabeza. Y una vez montada en él, cuando la intimidad del interior del coche liberó su contención inicial, comenzó a llorar. Necesitaba llorar. No era grave. No iba a morir mañana, o sí, quién sabe, todo ser vivo era susceptible de ello. Pero para Isabel fue como la primera confirmación de ese miedo hipocondríaco que siempre la estuvo rondando. Lloró sí, pero ahí quedó todo el llanto necesario. Bajó del coche y llamó a su hermano, se lo contó. Llamó a su padre y también se lo dijo. Y siguió caminando por la vida.

    No queda otra querida Isabel, ya lo sabes, tú tienes que ser fuerte como todos los que caminaron y caminan a tu lado. Porque nadie dijo que esto fuera fácil querida, se habló de intensidad, de contrastes, de vuelcos increíbles, de creación maravillosa, llena de luces y sombras. Cuando estés en la sombra recuerda que ésta solo es posible porque hay una luz muy intensa en el otro lado.

Isolina Cerdá Casado   

jueves, 28 de enero de 2016

"Algún día llegarás" está de camino, casi en la puerta, tocando el timbre.

Este momento ha sido muy bonito y quería compartirlo con vosotros, muchos sois mecenas del libro "Algún día llegarás", y hace un año que terminó la campaña que dio inicio a este sueño, y que finalmente el libro pudiera ser publicado en Libros.com: https://libros.com/comprar/algun-dia-llegaras/. Ayer me llegó la primera prueba de impresión. Fue un momento mágico, cuando abrí el embalaje y sacaba ese tesoro, toda la ilusión puesta en esos folios con márgenes y texturas, que pronto se convertirían en un libro. Un libro que gustará más o menos, pero lo que sí hará sin ninguna duda será emocionar, sorprender, mover sensaciones. Mis hijos aplaudían: "¿Es tu libro mamá? ¿lo puedo leer?", preguntaban emocionados. "Sí, claro que podréis leerlo. En unos años." Se cuentan cosas que no se pueden entender con siete años ni con nueve, es un libro en el que se habla de vivencias de una mujer adulta, que necesita contar un cuento, en ese cuento hay brujas, lobos, conjuros que rompen vidas, tortugas que logran vencer a liebres que ponen zancadillas. No es para niños porque en este cuento las brujas son de verdad y los lobos muerden y arrancan trozos de carne.  Mi hija me felicitaba, "qué bien mamá, enhorabuena por tu libro".
Yo me sumergía en su lectura, descubrí dos correcciones que había que hacer, pero básicamente ya está ahí, en la recta final, tocando a la puerta.
Sé que está tardando mucho en llegar, lo sé, sé que muchas personas dudaban por tratarse de una forma diferente de publicar y por lo extendido en el tiempo. Pero tengo que dar las gracias, siempre, porque si no fuera por ese impulso inicial que muchos tuvisteis al apoyar mi libro esto no habría sido posible. No sé exactamente los días, pero sin ninguna duda estamos en la recta final. Pronto lo recibiréis en casa, ya no debe quedar mucho, así que reitero mi agradecimiento ante vuestro apoyo. 

Isolina Cerdá Casado











miércoles, 27 de enero de 2016

Corrupción, comisiones y mordidas.

    Ese palabro, la corrupción, es tan doloroso ver esos contrastes entre coches de alta gama y carros llenos de cartones, o chatarra, o lo que sea. El político que trabaja pensando en enriquecerse se enriquecerá caiga quien caiga, y pise a quien pise, porque ha iniciado su carrera sin saber lo que es verdaderamente su trabajo. Es tan indignante ver la realidad, todo lo que se ha escondido por los recovecos de las decisiones políticas, las decisiones que no se tomaban por un beneficio social sino por la obtención de un beneficio privado, para uno mismo, para sufragar una vida basada en la opulencia y sostenida con el robo. Seguramente no se pensaba en cómo mejorar la situación de las personas dependientes, no se estudiaba la manera de que se pudiera mantener una ley de dependencia tan necesaria. Si al menos ese dinero en lugar de ir al bolsillo de uno se hubiera reconducido por caminos que mejoraran el estado de la sociedad en general,  como la investigación de enfermedades raras y las no tan raras, el desarrollo de políticas sociales que ayudasen a paliar la situación de crisis que asfixia a tantas familias que viven con poquísimos ingresos, ...tal vez entonces... Se me ocurre que podían oficializarse esas comisiones y que se dirigieran a donde debían ir, no al bolsillo de la persona que decide sino a las familias que necesitan ayuda de la sociedad, a la educación pública, a reforzar a los profesores en su importante papel, la de hacer de nuestros hijos, con la responsabilidad primera de los padres, personas adultas con ética, criterio y cultura.
    Yo sé que no es una cuestión de partidos políticos, la corrupción está presente en todos ellos. Supongo que antes de ser político o política se debe ser persona íntegra, con conciencia, con responsabilidad, con verdadera vocación política y con cultura y formación.
    Lo siento por los buenos políticos, pero tanta negrura les salpica irremediablemente, es el momento de limpiar, y a fondo, con desinfectante, hasta llegar a esos rincones que solo ellos conocen por más que digan que no sabían nada. Es hora de mover los muebles y sacar hasta la última pelusa de la casa.

Isolina Cerdá Casado

viernes, 22 de enero de 2016

Un segundo de cambio.

 

  La vida, la vida con cuarenta y tres años se ve de forma diferente, cada segundo de vida te cambia la percepción de todo. Eso significa que cuando estemos en un momento malísimo, de esos que casi nos obligan a quedarnos con los ojos cerrados y no respirar, de esos que nos empujan a volver a la cama y taparnos hasta las orejas, cerrando ojos y respirando como podemos el oxígeno que queda a cubierto de unas mantas... Significa, como digo, que ese momento también pasará. Dejarás de llorar, volverás a mirar por la ventana sin miedo, viendo la vida, percibiendo nubes, cielos, gotas de lluvia. No podemos tirar la toalla, ese segundo de vida llegará, porque si algo no se puede parar es el tiempo.
    Hoy camino más ligera, ese segundo llegó, liberándome.

    Hacía mucho que no escribía. Mal, muy mal. Prometo volver a frecuentar este lugar en el que se abre el alma.

Isolina Cerdá Casado

domingo, 10 de enero de 2016

Diez minutos.

    Bueno, hola, no tengo más tiempo, en realidad esto es una especie de tormenta de ideas. ¿Y para qué narices sirve esto? Me refiero al hecho de escribir de esta manera, ¿con qué propósito te sientas delante de la pantalla del ordenador sabiendo que en diez minutos tienes que salir zumbando a recoger a tu hijo de un parque de bolas? Este tipo de cosas solo te pasan a ti, ¿se trata de un impulso? ¿una necesidad de sentir que haces algo? ¿que parezca que en este domingo gris has hecho alguna cosa más que poner lavadoras, ducharte, fregar el suelo, tender ropa, comer, ver el inicio de una película, hacer las tareas con tu hija, ponerle de comer a tu perrita, limpiar el baño, hacer las camas, preparar la merienda de la niña... ¡Un momento! Has estado haciendo cosas sin parar, ¿por qué narices has sentido que debías ponerte frente a la pantalla del ordenador y vomitar letras? En realidad sé por qué, lo sé, me estoy entrenando, es un entrenamiento de ejercitación mental y de mecanografía creativa, me preparo. ¿Me preparo? Sí, me preparo para mi segunda explosión creativa que plasmaré en un libro, todavía no ha llegado el primero lo sé, llegará pronto. Cuando dije en el texto anterior que la vida era como unas cuerdas de guitarra que se afinan, es precisamente porque en ese momento, el momento en el que sentada en el vagón del metro escribía sobre un trozo de papel que tenía en el bolso, a sabiendas de que lo hacía con una especie de actitud mecánica de escritora frustrada, en ese momento un par de chicos jóvenes, qué horror, yo ya no lo soy tanto, entraron en mi vagón con guitarra en mano y se sentaron uno frente al otro para afinar sus instrumentos de cuerda. En la siguiente parada bajaron del vagón y volvieron a subir tres vagones más allá. Cuando se volvió a poner en marcha el metro, se oía de fondo una explicación previa y una música. Eran ellos, habían afinado sus respectivas guitarras y nos ofrecieron el fruto de las misma como resorte de un acto de agradecimiento no de compasión. 
    Yo no sé qué decir. Me pasó algo curioso. Olí la vejez, qué cosas, no fue grato. La mujer llevaba pendientes, iba pintada, medias, zapatos cómodos de medio tacón. Lo había percibido en hombres, nunca en mujeres. Ese día lo sentí, ese aroma rancio se metió en el hipotálamo a la fuerza, explosionó. Yo iba a ensayar. Ya. Han sido quince minutos. Ya.

Isolina Cerdá Casado

sábado, 9 de enero de 2016

En un trozo de hoja.

    Subí en Puerta del Sur.

  Decidiste hacer el experimento. Te metiste en el vagón de tren y con bolígrafo en mano te pusiste a escribir lo que saliera, el mundo que se presentaba ante ti sería la inspiración. ¿A caso pensaste que lo que iba a ocurrir ante ti iba a ser fuente de inspiración?, y no solo eso, en el hipotético caso de que lo fuera, ¿crees que lo que resultase de ese momento creativo iba a interesar a alguien más que a ti misma? No esperar nada es la respuesta, salga lo que salga será sincero. Hay veces que una puede ser testigo de conversaciones aclaratorias de vidas corrientes, en las que te ves reflejada, en la que te das cuenta de que tu vida es tan solo un pequeño grano de humanidad, de arena a veces, otras de pura grasa. Formamos parte de un todo, un todo que suena a cuerdas de guitarra afinándose. "Ella se piensa, ella se cree, ella es así y de esta otra manera". Todos necesitamos hablar y desahogarnos, confesar, gritar, jugar a sacarle los ojos a otros para que nuestros ojos no salgan de sus cavidades. Hay quien juega a las canicas con los ojos ajenos. Se sentó a mi lado un bicho. "Uf, no hables así". Lo sé porque la estoy escuchando hablar y sus palabras demuestran que no es trigo limpio.

    Bajé en Plaza de España.

Isolina Cerdá Casado

miércoles, 6 de enero de 2016

Ya ha pasado, casi sí, día de reyes culminando las horas, sorbiéndolas, rebozándonos en esos segundos, minutos, horas.

    Te bebiste una copa de vino con la idea de llegar a casa y ponerte a escribir, en lugar de eso decidiste vivir, o eso o que sencillamente no estabas inspirada en ese momento, eso suele pasarle a las escritoras impulsivas como tú, las que no tienen oficio sino necesidad, las que no escriben con la cabeza sino con las vísceras.
    Y mientras alguien buscaba en el teletexto los números premiados de la lotería yo leía que Corea del norte había alardeado de haber lanzado la primera bomba de hidrógeno. "Un momento, ¿ponía algo de la bomba atómica de hidrógeno?" Del roscón sin relleno apenas quedaban unas migas, del de nata medio y de los churros y porras que había comprado la abuela con todo el detalle de abuela cariñosa ya no quedaba ni el rastro de aceite. Los niños jugueteaban por la casa, alguien tenía vértigos, el montaje de algunos juguetes entretenían a algunos tíos, otros querían saberse afortunados buscando el resultado del sorteo y yo veía esa frase en el teletexto. "No puede ser, ¿lo habéis visto?" Hacía años que no veía el teletexto en la televisión, y me parecía una noticia extraña, fuera de lugar. Sentí miedo, un miedo parecido al que me produjeron los atentados de París y los de otros lugares, esos que pueden afectarnos a todos. Ya sé que todo puede pasarnos a todos, es lo que tiene este mundo global, también se globalizan los riesgos.
    Los niños estaban felices, jugaban tranquilos, nuestros niños. Recordaba las imágenes, del mundo global instantáneo, el de los cuerpos flotando por las pateras hundidas. En otro tiempo esos cuerpos pertenecían a personas que se sentaban frente al televisor a ver las noticias, desayunaban, los niños que ahora tienen frío entonces reían, jugaban también entretenidos con cualquier cosa, los niños no necesitan grandes juguetes para entretenerse, tienen una imaginación privilegiada y limpia. 
    Creo que sigo sin inspiración, eso o que no tengo necesidad, o ambas cosas. 

Isolina Cerdá Casado
    

Mariposas, cuerdas de colores y zapatitos llenos de vida... 25 de noviembre

Al rededor de ese día suenan gritos en el horizonte, hay gritos que vienen de atrás y gritos que están sucediendo ahora y gritos futuros que...