Maik estaba muy cansado, cansadísimo, estaba hasta los mismísimos nervios neuronales, hasta el extremo axonal más alejado de la neurona situada en el lugar más recóndito de su cerebro. El cansancio estaba más que justificado, Maik trabajaba en el hospital La Paz de Madrid, era un celador de urgencias, estaba muy tocado, como tantos compañeros suyos que habían vivido de primera mano esa lucha contra el Covid-19. De vez en cuando Maik recordaba aquellos días terribles, en los que se tenía que preparar para la batalla, aquello era muy similar a lo que veía en los escenarios de guerra de las películas medievales hollywodienses, en las que los soldados se ataviaban de armaduras metálicas para no ser atravesados por pesadas espadas y hasta algunos cubrían sus cabezas con imponibles yelmos. Maik tenía mucha imaginación, y como aquello que estaba viviendo era tan surrealista él lo adornaba con gotas creativas. Cuando llegaba la hora de vestirse para ayudar a las auxiliares en el aseo de los pacientes él se imaginaba al Covid como un bicho que se multiplicaba con facilidad al mismo tiempo que era invisible, lo imaginaba viscoso, como si se adentrara en los humanos de una manera imposible de ver, si llegaba hasta ti su viscosidad se pegaría a tus pulmones, cabeza o incluso piel, te quitaría el gusto, el olfato, te produciría fiebre, te agotaría hasta el infinito y más allá.
Maik estaba agotado, claramente, no se podía imaginar que en su hospital se volviera a repetir el mismo escenario.
Había veces que se irritaba sobremanera, especialmente cuando veía a la gente pasándose por el forro las recomendaciones, se encendía, ardía de rabia, porque sabía que era posible evitar que se repitiera ese escenario desolador, así que decidió dar luz verde al botón del aprendizaje forzoso, el llamado: "Estratosfayer". Eso sucedía muchas veces en el metro.
Tras su jornada de trabajo volvía a casa sentado en uno de los vagones del metro de Madrid, en mil ocasiones se repetía la misma situación. Una persona con la mascarilla cubriendo la barbilla, ni nariz ni boca, toda la barbilla, sin ningún retazo de piel barbillera sin cubrir, hasta se cubría parte del cuello. En ese momento Maik actuaría, y una vez comprobado que no se trataba de una persona que justificadamente pudiera no llevar la mascarilla cubriendo boca y nariz, pulsaría el botón. Al instante el maquinista recibiría el aviso de la presencia de un incumplidor, egoísta y casi sociópata, en el asiento veintidós, entonces se pulsaría el Start del Estratosfayer, y el asiento saldría despedido hacia la estratosfera y allí se quedaría hasta que poco a poco el Covid-19 se desintegrara por falta de cuerpos sin protección, por escasez de descerebrados sin marcarilla.
Lo mismo les sucedería a los grupos de personas que codo con codo se ríen de un chiste o se toman unas cañas, o juegan a las cartas, o bailan juntos con la mascarilla cubriendo el codo, protegiendo ese lugar esquinado sin acordarse para nada de que el viscoso invisible se adentrará en sus pulmones y cuando visiten a sus familiares y les abracen, y les sonrían y les cuenten cómo lo pasaron aquel día con sus amigos, el Covid se instalará en su familia y se cebará.
- Maik creo que te han llamado por megafonía, le dijo su compañera con problemas de audición desde que lleva la mascarilla puesta sin descanso.
- ¿A mí?
- Sí, he oído "Maik Rodríguez pase por sala Tres".
- Pues me acerco en un momento.
- ¿Necesitáis algo de mí?
- No, llamábamos a los familiares de Miguel Rodríguez, para informarles de su estado, ha empeorado.
Miguel Rodríguez era un joven de veinte años que jamás creyó que fuera cierto que un bicho viscoso e invisible estuviera pululando por la ciudad.
PD
Texto inspirado por mi compi Rafa, en una conversación sobre las vivencias en el metro y la valoración de cómo evoluciona la Urgencia en este período veraniego. Claro temor a que se vuelva a repetir lo ya vivido.
Isolina Cerdá Casado
sábado, 1 de agosto de 2020
jueves, 30 de julio de 2020
De guerreras, de valientes, de amigos que luchan...
Cogí la prenda, era una camiseta de pijama, la coloqué en la percha y la colgué en el tendedero, tiendo con perchas, sí, me resulta cómodo y rápido. Entonces iba a ponerme a estudiar un rato, seguía teniendo cosas pendientes, pero volví a sentir el impulso. Días atrás lo había sentido, cuando mi compañero me contó su historia, la de su mujer, la de él mismo, esa lucha que cada uno lleva, que tantos llevamos, más cerca o más lejos, en tiempo, en distancia física, en afectos, en sangre. El impulso que volví a sentir era el de escribir, es como una caricia en el alma, como una especie de pausa reflexiva, cada uno lo hace a su manera, hay quien se va al campo, hay quien respira profundo, medita, cierra los ojos y se aleja, va al cine y se sumerge en historias que nos alejan de la realidad a través de otras realidades...yo escribo. Bien, cuando lo de mi compañero tuve un impulso, sentí que tenía que escribir algo, su mujer está en otra batalla, de esas que cansan mucho, agotan y hacen que los pilares vitales tiemblen a tu alrededor. Me dije, es una heroína, él también, y su amigo, el amigo de mi marido, y su mujer, y la vecina, y el marido de mi vecina, y su hijo, y sus nietos...En aquel impulso pensé en qué podía decir, qué. Decir que no estás solo, ni él, ni ella, ni tú...
Decir que de alguna manera en esa lucha diaria que parece ser de uno estamos todos implicados, arrastrados por la marea negra. Ahora me ha venido a la cabeza ese montón de manos amigas que limpiaron las playas de Galicia, y me viene a la cabeza ese conductor de autobús que despierta a mi amigo para que no se le pase la parada, cansado de ir de un hospital a otro, durmiendo de agotamiento. Agotamiento hecho de cansancio físico, cansancio mental, preocupación, incertidumbre, necesidad de fuerza, lucha, más lucha, no venirse abajo, levantar el ánimo, rezar en silencio, gritar de vez en cuando, bailar en la oscuridad.
Recordé varios momentos de mi vida, momentos con personas que no estaban, me vi paseando por un monte, despertando de una siesta, saludando a mi tía, abrazando a mi madre, yendo al colegio con mi hermana.
Es curioso, a veces un simple gesto te inspira, en ocasiones una palabra te hunde, otras una simple mirada te arrastra hasta lo más profundo de su universo y entonces un abanico de posibilidades se presenta ante ti. La mente es maravillosa, hay que saber qué tecla hay que pulsar para ir más allá de la situación que estás viviendo y ser capaz de extraer el lado bueno de las cosas. A veces caminamos tan deprisa que no vemos el camino. Párate y respira.
Isolina Cerdá Casado
Decir que de alguna manera en esa lucha diaria que parece ser de uno estamos todos implicados, arrastrados por la marea negra. Ahora me ha venido a la cabeza ese montón de manos amigas que limpiaron las playas de Galicia, y me viene a la cabeza ese conductor de autobús que despierta a mi amigo para que no se le pase la parada, cansado de ir de un hospital a otro, durmiendo de agotamiento. Agotamiento hecho de cansancio físico, cansancio mental, preocupación, incertidumbre, necesidad de fuerza, lucha, más lucha, no venirse abajo, levantar el ánimo, rezar en silencio, gritar de vez en cuando, bailar en la oscuridad.
Recordé varios momentos de mi vida, momentos con personas que no estaban, me vi paseando por un monte, despertando de una siesta, saludando a mi tía, abrazando a mi madre, yendo al colegio con mi hermana.
Es curioso, a veces un simple gesto te inspira, en ocasiones una palabra te hunde, otras una simple mirada te arrastra hasta lo más profundo de su universo y entonces un abanico de posibilidades se presenta ante ti. La mente es maravillosa, hay que saber qué tecla hay que pulsar para ir más allá de la situación que estás viviendo y ser capaz de extraer el lado bueno de las cosas. A veces caminamos tan deprisa que no vemos el camino. Párate y respira.
Isolina Cerdá Casado
lunes, 20 de julio de 2020
Para mis valientes compañeros celadores y celadoras del hospital La Paz
https://anchor.fm/isolina0/episodes/Para-mis-valientes-celadores-del-hospital-La-Paz--texto-de-Isolina-Cerd-epajlr
Qué puede relacionar una imagen con otra, una tarta de frutos rojos del bosque con la puerta de urgencias de un hospital, pues lo que hace que ambas instantáneas estén relacionadas es un celador, es una recuperación, es una muestra de la grandeza y también de la amistad y el compañerismo, y por qué no decirlo, de un artista repostero. ¡Venga si solo es una tarta! Sí, pero está cargada de emociones, de promesas cumplidas, de celebraciones pospuestas, de cariño, de superación.
Cuando escribo sobre aquellos meses especialmente difíciles siempre lo hago volviendo a las imágenes que se sucedían dentro de los boxes y las diferentes salas, esas muertes, esas agonías tan dolorosas de las que hemos sido testigos enfundados en nuestros epis, pero me faltan tantas cosas por sacar a la luz, entre ellas las vivencias como grupo, como colectivo de celadores y celadoras, sí, nos afectó a todos los gremios hospitalarios, y no solo hospitalarios lo sé. Pero tengo la sensación de que me olvido de los compañeros y compañeras que se vieron obligados a parar, a aislarse en sus casas, a permanecer encerrados en una habitación para proteger a sus seres queridos, para impedir que el virus se extendiera, no he escrito sobre ellos y ellas pero no lo olvido, todo está ahí, en esa especie de agujero negro que absorbe todo cuanto tiene que ver con la pandemia y lo guarda en un estante, pero yo soy muy desordenada y de vez en cuando tengo que sacar y volver a colocar las imágenes, y ahí es donde te das cuenta de que hay cosas que hay que tirar sin más y otras que aunque intentes deshacerte de ellas pesan demasiado.
Recuerdo aquel día que vino Nico tras permanecer días aislado en su casa, vino por las Urgencias del Hospital La Paz, consciente de que su situación había empeorado y que no bastaba el aislamiento, necesitaba oxígeno y tratamiento. Recuerdo su mirada, es el efecto de las mascarillas, todo se expresa con los ojos, recuerdo haber tenido que reprimir el impulso de abrazarlo, recuerdo verlo desde su silla de ruedas dar indicaciones de la peligrosidad de no acercarse, todavía no estaban demasiado claros los protocolos y la gente aún no era consciente del riesgo. Él lo advertía desde su silla de ruedas. También me acuerdo de Pau, cuando sentado en lo que apenas unas semanas atrás era una sala de espera y ahora era un box más de atención previo a ingreso, rodeado de montones de personas que como él necesitaban la entrada inminente de oxígeno en sus pulmones nos saludaba con gestos porque apenas podía hablar sin agotarse. Imposible olvidar al siempre irónico y bromista Rafa, cuando sentado en uno de los sillones del cuarto de celadores afirmaba no encontrarse demasiado bien, con una tos atípica, sin gusto ni olfato e intuyendo que el virus estaba pululando en sus adentros, con la gran preocupación de que sus padres no se vieran afectados. Luchando contra el miedo y el temor con esa sensatez que le caracteriza. Sí, se hizo la prueba y dio positivo. Pronto llegaría la noticia de que dos compañeros estaban muy graves, uno de ellos pasó meses luchando en la UCI, ahora sigue luchando. Era todo tan duro, ver cómo un compañero tras otro bajaba a la Urgencia porque tenía síntomas, y la mayoría se veía obligado a parar porque tenían el Covid. No solo celadores, claro, pero es que a nosotros se nos consideró personal de bajo riesgo y a las pruebas me remito de que fue una consideración errónea. Bajaban muchos compañeros como digo, sabías que eran de la casa, bajaban con el uniforme y todos con la misma mirada de terror porque lo primero que pensaban era en su familia. Recuerdo cuando Nuria empezó con dolor de tripa, positivo, su madre persona de riesgo, miedo, terror, aislamiento. Mónica y su asma, luchó y lo superó. También Soraya, que empezó conmigo el año pasado, ¿quién nos lo iba a decir cuando ilusionadas volvíamos en el metro de firmar el contrato? ¿Quién podía prever algo semejante? O cuando nuestra encargada dio positivo y estuvo meses aislada, la imaginaba subiéndose por las paredes porque es muy activa, sabedora de los riesgos, estoy segura de que nos tenía a todos sus celadores en la cabeza. Entonces le tocó a Isa, otra encargada, que estuvo en las Urgencias dándolo todo, el virus también le atacó el motor de arranque y tuvo que parar. Tantos compañeros celadores, Esther, Rosa, Emi... Ahora casi todos están de vuelta, y Nico hace una tarta deliciosa que dejó pendiente, y Rafa está bromeando siempre que puede, y Nuria prepara coreografías mágicas para dar ánimo, Paulino vuelve a estar en la puerta de abajo poniendo orden, y Mónica te sonríe feliz cada vez que te cruzas con ella, supongo que ya habrá recuperado el gusto tanto tiempo alejado de sus sensaciones y Eli ya ha vuelto a la Urgencia con las mismas ganas de siempre y esa energía arrolladora que la caracteriza, también Isa vuelve a estar al frente de la conserjería. Pero aún hay compañeros de baja por secuelas del Covid. Esto no ha acabado, lo sabemos.
Un año, ha pasado un año desde que empecé a trabajar como celadora, pero parece una eternidad, el cuerpo está cansado, el alma tocada pero me siento feliz. Sigo sintiendo que este trabajo es especial, donde se cruzan miradas de forma transitoria, donde una mano es más útil que nunca, una actitud, una sonrisa, una alerta; y sigo sintiendo que hay un buen equipo de celadores y celadoras con los que aprendo día a día en las Urgencias de la Paz. Gracias: Donato, Mayte, Carmen, Sole, Marijose, Sergio el valenciano, Pedro, Javi, Luis, Eva, Sergio, Paula, Manoli, Isa, Marga, Laura, Julia, Alberto, Ángel, Antonio, Silvia, Ana, Sandra, Esther, César, Marisa, Miguel Ángel, Mari Ángeles, Jaroso, Bibi, Leti, Jose, Bea, Patri, Gema, Susana, Tere, Marlene, Susi, Paqui, Almu, Lola, Fer, Rita, Sagrario, Olga, Martín, Kiko, Merce, Marta, Gema, Rocío, Mónica, Noemí, Óscar, Charlie, Juanma, María Jesús, Paloma, Ramón, Fernando, Maica, Juan, Irene, Jessy, Lessly, Yoli, Miguel, Patri, Lourdes, Candi, Juan Carlos, Dani, Juanjo, Josefina y un largo y valiente ejército de luchador@s.
No quiero que se vuelva a repetir la imagen, una mujer con apenas un hilo de vida, en la pared que tenía frente a su cama un dibujo precioso, un arcoiris con un mensaje de esperanza, tal vez mandado por su nieta con todo el cariño del mundo, seguramente era de su nieta o de un niño que quiso compartir su fuerza. Imaginas sus manitas dirigiendo el rotu, su carita inocente, su mirada azul y la pones frente a esas manos cargadas de surcos de vida, con su mirada asustada, y sus ojos también azules. No lo sé. Pero, ojalá no volvamos para atrás, porque los sanitarios estamos muy tocados, todos, porque los que no cayeron y estuvieron al cien por cien también tienen secuelas, las tenemos, y si un simple gesto puede evitar que se monte nuevamente una carpa para poder organizar la urgencia de un hospital, si el cumplimiento de unas mínimas directrices pueden evitar que una persona tenga que pasar por lo que pasaron y están pasando tantas personas sería muy triste, sería un golpe bajo por parte de nosotros mismos, no del Covid, el o la Covid va de frente, y te va a atacar al mínimo descuido, en cuanto bajes la guardia. Por ti, por mí, por esa mujer o ese hombre que gracias a tu gesto no perderá la vida.
Isolina Cerdá Casado
viernes, 17 de julio de 2020
Imágenes
Parece que fue ayer, pero no hace tanto tiempo que ha pasado. Es por eso que cuando me ataca el recuerdo, como si éste fuera un objeto punzante que se enreda en mis entrañas como si fuera un gancho que va atrapando sentidos, me hundo en el desconsuelo más absoluto y lloro. El otro día me ocurrió conduciendo, mi hijo de copiloto. "¿Qué te pasa mamá? ¿Por qué estás llorando?" -Preguntaba mi hijo con sorpresa, reiterando una y otra vez la pregunta. Nada, le respondí yo, cuando esa congoja repentina me lo permitió, no lo sé, pero lo cierto es que no podía dejar de llorar. Las lágrimas llegaron hasta mí de repente, una simple imagen fue la detonante, era una imagen creada por la imaginación, el reencuentro después de más de seis meses con mi familia, nos dirigíamos hacia Crevillente. Supongo que a esa imagen le acompañaron los motivos pandémicos, entonces a estos le acompañaron imágenes reales que llegaban desde lo más profundo del subconsciente, cuando apretaba las manos de los pacientes enfundada en un traje de buzo y les susurraba a gritos palabras de ánimo. "Su familia está ahí fuera, no se rinda, luche", "No estás sola, estamos aquí contigo, ánimo bonita"... Pero aquello fue tan duro, era como si de repente nos hubiéramos sumergido en un contexto bélico, un ambiente cargado de dolor e impotencia pero también de valentía, no me daba tiempo de pensar lo que estábamos haciendo, esa lucha contra el virus desconocido que atacaba con crueldad y casi sin tiempo de reacción a gente tan vulnerable, obligando a un aislamiento forzoso que no solo afectaba al enfermo sino también a su familia. Porque no se podían despedir y conocedores de esa tristeza infinita tratábamos de transmitir el cariño y la atención necesaria para calmar y sosegar en la medida de lo posible. Lo vivido no pasa desapercibido para el alma, está ahí, y poco a poco tiene que ir saliendo para que no se pudra y te queme por dentro.
Isolina Cerdá Casado
jueves, 30 de abril de 2020
Entrañas
Eso que nunca te podrán arrebatar, la libertad de expresarte, ni siquiera las imágenes horrendas, ni ese sonido al respirar, ni el recuerdo de sus ojos. No, al menos podré seguir escribiendo, aunque lo haga sobre lo terrible, intentando ver luz a través de la penumbra. Esto es transitorio, la sensación de ahogo, de que respiras con una dificultad que te asfixia, como un golpe seco en la garganta. Estoy bien, sabes que no hay otra posibilidad, afirmar para ver si se hace realidad, a veces uno desea tanto algo que el universo se lo concede, lo deseo, lo estoy. Tarde o temprano todos lo estaremos. Vivos o muertos. No te vayas, no te vayas a ese lugar de charco barroso y agua escasa, donde la hierba no es verde, es de un marrón oscurecido por heces líquidas ennegrecidas por la sangre, con pieles que parecen mapas de dolor pintadas por derrames de un largo e irreversible adiós. Yo ya no soy yo, soy la suma de lo que han visto mis ojos multiplicado por cien y elevado al cuadrado de un alma rota. Tal vez en un futuro todo sea diferente, seguro que sí pues si no no habrá futuro. El paso del tiempo hará que sane, con vómitos de llanto, a base de gritos de auxilio amargo que solo oirán aquellos que quieran llorar conmigo. Mejor no, caminaré ligera para que no se den cuenta de que en cada paso que doy de un tiempo a esta parte unas cuantas perlas de dolor están aquí dentro, en mi pecho, en mi cabeza, en el interior de mis entrañas, así voy caminando a trompicones por el dolor de cabeza y del abdomen, retorciéndome para que parezca que bailo en lugar de arrastrarme para seguir. Porque hay que seguir, eso lo sé, está internalizado desde muy niña, allí en los adentros de mi ser, donde se atreven a salir tulipanes plagados de moratones cada primavera.
Isolina Cerdá Casado
jueves, 9 de abril de 2020
Coronavirus 3: Soltar. Escrito terapéutico.
Cierra los ojos y escribe, escribe sobre eso, eso que te hace llorar en cuanto te paras, no necesariamente sentada, de pie incluso, te paras con la mente, con la mirada, y ves más allá del presente palpable, ves a través de la memoria, y revives imágenes, sin querer necesariamente, ahora sí lo estoy haciendo, ahora vuelvo consciente, como una especie de tormenta de ideas para descargar, no sé si a otros compañeros les pasa lo mismo, de esta sensación no he hablado con todos, una compañera me dijo que a ella le salía el llanto en la ducha, supongo que era cuando podía hacerlo íntimamente y disimulando la pena. Otro compañero explotó justo en el momento que pudo salir de la REA, cuando pasó el instante en el que ayudaba a prolongar la vida de una mujer con el ambú dirigido por las personas que no se atrevieron a entrar en la habitación por miedo a ser contagiadas, él, un celador valiente, ahí estuvo sintiendo esa responsabilidad tremenda. Explotó con llanto, sabía que no era solo por ese momento, lo sabía, era un cúmulo de momentos. La mujer después de superar tres paradas murió allí, en aquella REA apenas media hora después. Así mismo me pasa a mí por momentos, no puede ser estrés postraumático puesto que seguimos estando en plena pandemia, y aunque ha bajado la carga en número, no se ha extinguido, ojalá llegue pronto ese momento, pero mientras deseo que llegue solo puedo escribirlo, escribirlo para descargar, sí, ya lo sé, en el fondo esto es un acto de egoísmo, soltar para sentirme mejor, como cuando hablas sobre algo que te hace mucho daño y parece que cuando lo cuentas pierde peso por dentro y te liberas, pues lo mismo, esto es puramente descarga.
En un texto anterior, en el que apenas escribí por encima algunas cosas que había vivido, una amiga me dijo que tenía suerte, que podía escribir sobre lo que sentía y que eso era una buena forma de soltar. Yo le explicaba que sí, que siempre había escrito porque tenía esa necesidad de expresar con palabras lo que me inspiraba la vida, tenía impulsos que nacían de dentro y que eran claramente para ser leídos. Hoy empiezo a escribir con otro propósito, o en el fondo es el mismo propósito, el de expresar eso que me hace llorar en cuanto fijo la mirada hacia el infinito, como cuando miras hacia un punto y eres capaz de atravesarlo porque tu concentración no te deja desviar la mirada y te quedas ahí, mirando fijamente sin más, y empiezas a llorar, te caen las lágrimas, sabes que es por ese conjunto de cosas, por todas esas imágenes, que no lo son, son vidas, es la vida latente, latiendo, luchan por seguir haciéndolo porque no merecían otra cosa que seguir impulsando vida.
¿Por dónde empezar? ¿De verdad quiero empezar? ¿De dónde crees que viene la lágrima? Separa, busca, no es todo, es un conjunto de todo, es como una masa compuesta por muchos ingredientes. Higiene de manos, guantes azules pegados a las muñecas para que no se escurran en ningún momento, cabeza cubierta, mascarilla FP2, bata impermeable, otros guantes también cogidos con esparadrapo a la bata, pantalla. Celadora lista para entrar. Toda una sala con pacientes encamados esperando ser atendidos. Hace calor, yo tengo calor con ese traje impermeable, con la pantalla que me aprieta el cráneo, nunca he soportado las diademas, con la mascarilla que casi no me deja respirar. Él está peor, miro su pulsera identificativa, apenas puedo verlo, Pedro. Hola Pedro, ¿cómo estás? Vamos a mirar tu pañal, ¿de acuerdo? Le hablo con un tono fuerte, porque apenas se nos oye, la mascarilla y la pantalla se comen nuestra voz. Pedro nos dice que vale, muchas gracias, muchas gracias...Cuando le toco para movilizarlo girándolo hacia mí siento su calor, lo siento a través del triple guante, está ardiendo, tiene mucha fiebre. Se deja asear, agradeciendo. Pedro, sé fuerte bonito. Pedro me mira, asiente llorando. Yo le aprieto la muñeca para transmitirle fuerza y le sonrío con los ojos, él asiente con la cabeza. Y pienso, no quiero pensar pero pienso, y me acuerdo de mi padre. Pedro no es tan mayor pero tendrá hijos. No puedo llorar, cómete las lágrimas, aquí no ayudan a Pedro. El ambiente de la sala está muy cargado.
Camas y más camas, un total de doce camas, en el centro del pasillo de la sala tres, todas llenas de pacientes, los sillones de la entrada también están llenos de gente esperando cama, algunos hasta dos días de espera, cansados, agotados.
Se oyen gritos, una mujer pide que la saquen de allí, señora, señora, ¿puede llamar a mis hijos? Que me quiero ir de aquí, por favor, dígales que entren. No pueden pasar señora, miro su pulsera, Petra, Petra en cuanto se ponga buena se va a su casa, sus hijos están afuera, pero no pueden entrar. Pero ¿por qué? Porque si entran se pueden poner malos. Tranquila Petra, tenga fuerza, necesita sus fuerzas, no se rinda Petra.
El sonido de los reservorios de oxígeno, ese sonido que se te clava en la sien, sabes que está necesitando mucha ayuda el paciente. Hay muchos encamados con reservorio. Como el del aislado, está muy quieto, no respira, parece que no respira. Nos acercamos la auxiliar y yo, no hay nada que hacer, está frío, ya está frío, entre una vuelta y otra respiró por última vez. Solo, hasta que dejó de estar consciente quería estar con los suyos, hasta que dejó de respirar echó de menos a su familia, lo mismo que su familia a él, estuvo solo consigo mismo en esa lucha para la que no nos prepara la vida, después de tanto luchar. Hay una imagen que no me la quito de la cabeza, la rigidez del cuerpo inerte, su color...Me da miedo el normalizar esa imagen, me da miedo que no me dé miedo, me da miedo que se esté convirtiendo en un quehacer tan frecuente el movilizar cuerpos sin vida.
Como en las películas, cuerpos y más cuerpos, buscando espacios nuevos en el hospital para poder albergar los éxitus, allí te salva la ficción, pero aquí no te salva nadie, sabes que este virus es mortal, no es una película que ves desde la protección de una sala de cine, o desde la distancia de un sofá, sabes lo que les hace a los mayores y no tan mayores, no puedes evitar empatizar y tener miedo. Llora, llora, llora.
Salí del cuerpo, salí, volando, volaba por encima de mi cuerpo. ¿Era ese mi cuerpo? ¿era yo tan mayor? No, yo no me sentía así. Para nada, tenía mucha vida por delante, pero mucha, mis nietos, mis hijos...¿mi mujer? ¿ella estaba conmigo? ¿vino ella también? ¿la buscaré? Pero...¿dónde estoy? Es un hospital...al final lo cogí. Cabrón del bicho. Perdí la noción de todo. Estuve como ese hombre. Desorientado, se ha quitado la vía, pobre...parece que llora, debe ser una doctora o enfermera...acaba de tocar mi cuerpo...yo ya no estoy en él...ahí está el bicho solo...protegeos...yo ya salí de ahí...acaban de comprobarlo con un electro, no estoy pero me despedí luchando, que lo sepan, que en la primera línea de batalla estuve fuerte, y si salí de mi cuerpo no es porque me rindiera ni porque me venciera, salí porque no quería que él siguiera vivo, el bicho, fue una lucha sin cuartel...Están tristes, sí, yo tenía mucha vida, están tristes porque no me pudieron coger la mano, y yo estaba tan desorientado y concentrado en la batalla que no supe que la mano que me cogía no era la de mis seres queridos, no lo supe, pensé que eran ellos, no fui consciente. Ahora soy yo quien les coge la mano a ellos, pero el dolor no les deja ser conscientes de que yo siempre estaré a su lado, seré esa luz que ilumina los nuevos caminos para la esperanza.
Vamos a salir de zona sucia. Virkon, el desinfectante rosa, tercer guante fuera, virkon, segundo guante fuera, virkon, pantalla fuera, virkon, bata fuera, virkon, marcarilla y capuchón fuera, virkon, primer guante fuera, desinfectante de manos, virkon, a los zapatos, por arriba y por abajo. Salimos a zona limpia.
Respira, ve a echarte agua a la cara que está roja como un tomate, y sudada, como tu traje, y tocada, como tu alma, tocada pero no hundida, las imágenes estarán contigo, esas que te hacen llorar. Respira, hay que seguir. Cabrón del bicho. Vamos compañeros y compañeras celadores, vamos médicos, enfermeros, auxiliares, limpiadores, ambulancieros, cocineros, soldados, repartidores, bomberos, policías, luchadores recluidos, luchadores esenciales, luchadores pequeños y grandes...Juntos lo conseguiremos.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 5 de abril de 2020
Coronavirus 2: Esperanza, luz al final del túnel.
Hoy es domingo 5 de abril, domingo de ramos, un domingo de ramos atípico, extraño, inimaginable. Ayer volví a mi trabajo en el Hospital La Paz después de tres días de descanso, y del mismo modo que me puse a escribir aquel 22 de marzo, no hace tanto y lo digo como si fuera un tiempo lejanísimo, pues bien, igual que aquel día compartía ese dolor tremendo que me produjeron tantas imágenes, corazones en sus últimos latidos, cuerpos sin vida o llegando a ese final que jamás imaginaron en una soledad tan amarga; del mismo modo que conté la explosión de llanto de aquel día al salir de las Urgencias desbordada de cansancio físico y mental, hoy tengo que escribir sobre esta luz esperanzadora.
Sé que seguimos en un punto álgido del coronavirus en España, sé que tal vez, y solo tal vez estemos en una especie de meseta que tal vez sea un oasis en medio del desierto, pero lo cierto es que ayer pude saborear el agua, sentir su función sanadora. No nos confiaremos pero...dejénme que me regodee en esa sensación de optimismo que tanto necesitamos.
Entré en el hospital con la misma sensación de miedo, de angustia, de incertidumbre. De hecho cuando estaba entrando por la puerta iba hablando con una compañera que me dio una mala noticia, otra compi del turno de noche había caído, ella, su marido y su hija... Otra vez esa sensación de impotencia, de sentir que no solo me estaba poniendo en riesgo a mí sino también a mi familia, enseguida la descarté, lo importante es que estamos trabajando para ganar la batalla contra el virus, todos estamos en eso, todos estamos haciendo lo que podemos.
De la Consejería nos dirigimos a la Urgencia, preguntas al turno al que íbamos a relevar y repuestas positivas. "Bien, bien, ha estado bien". ¿Bien?-me preguntaba con incertidumbre, ¿qué significa bien? ¿ha mejorado? ¿hay menos pacientes afectados? Fui a presentarme a mi sala, estaba en la UCE, de camino a ella pasé por la sala tres. Vi camas vacías, muchas. En la UCE me dijeron que la primera vuelta sobre las cuatro y cuarto, que no había mucho pañal. La sala 2 ya no tenía camillas y sillones llenos en medio de las camas, la sala 1 tenía camas libres, la sala de espera convertida en una sala más estaba al diez por ciento de su capacidad, lo mismo el gimnasio que tenía apenas un veinticinco por ciento de pacientes, la sala de terapia cerrada, en la carpa apenas quince pacientes algunos de ellos fuera de la carpa. Entonces me invadió una alegría maravillosa, me emocioné, muchísimo, lloraba por momentos, cuando nadie me veía, era un llanto feliz, esperanzador. Del mismo modo que cuando toda esta situación arrancó la Urgencia funcionó como una especie de espejo de lo que iba a suceder después en la sociedad, tuve la sensación y la esperanza de que lo mismo iba a ocurrir con esta maravillosa normalidad hacia la que parecía que nos dirigíamos en la Urgencia y que por ende lo miso ocurriría en el resto del país. Me permití sentir esa alegría que pronto íbamos a sentir todos, sentí que sí, que por fin estaba viéndose la luz, que había esperanza, que este estado de alarma, este reclutamiento forzoso, este encierro tan duro que tan bien se estaba cumpliendo por parte de la mayoría de ciudadanos especialmente por los más pequeños de las casas, esta situación inimaginable estaba dando sus frutos.
Podría decirse que la UCE mostraba los resquicios de lo que estaba siendo este manto oscuro del coronavirus, había un pre-éxitus, un señor mayor, como los tantos mayores que han estado y están luchando al límite de sus fuerzas; hombres y mujeres con miedo pero con valentía afrontando esas afecciones que el monstruo les causó; una auxiliar encamada, tosiendo costosamente, como reflejo de lo que esto ha causado en los sanitarios, expuestos, en primera línea, lo mismo que el resto de colectivos tan importantes gracias a los cuales estábamos ayer en ese nivel de mejora. Porque sí, porque es mejora, porque estamos mejorando. No hay que tirar la toalla, ni confiarse, ni bajar la guardia, no, es solo que hoy, esa luna y ese sol, nos están enviando un guiño de luz, para que lo veamos, para que sigamos fuertes. Ayer no fueron lágrimas llenas de agobio, impotencia y tristeza, no, eran lágrimas de esperanza. Por eso lo comparto, porque ahora no nos podemos relajar, lo estamos haciendo bien, el esfuerzo tan grande de quedarse en casa está siendo devuelto, hay menos enfermos nuevos, más altas, y poco a poco lo conseguiremos.
Isolina Cerdá Casado
domingo, 22 de marzo de 2020
Coronavirus 1: Estado de alarma, dolor, fuerza de aplausos, solidaridad. Una celadora en el hospital La Paz.
Al principio de todo esto no tenía tiempo de pararme a escribir, luego no tenía impulso, empecé a escribir en una libretita en el metro un día, y la otra noche camino del hospital La Paz seguí escribiendo, tal vez animada por Linda, que me dijo que lo mismo me ayudaría. Los primeros días estaba tan desolada y afectada y cansada física y psicológicamente que no podía ni escribir, el dolor de cabeza era constante.
Los que saben cómo contener esta expansión terrible del virus son las autoridades sanitarias, ellas son las que nos dicen que hay que quedarse en casa para poder luchar, para hacer algo por acabar con esta lacra terrible, sé que es un esfuerzo terrible, pero es la única manera de que no colapse el sistema sanitario y de que no se expanda más y acabe poseyendo la cordura y el último resquicio de la tierra.
Es algo que va a hacer tambalearse nuestra forma de vida, pero resistiremos a ello y cuando todo pase inventaremos nuevas formas. Así que gracias a todos los que estáis haciendo ese esfuerzo tan duro, especialmente a nuestros niños y a nuestras niñas, que han asumido que han de hacerlo así, y que dibujan arcoiris, y que nos animan a todos a seguir adelante con sus aplausos y su fortaleza.
Nunca pensé que iba a vivir algo parecido a esto, ni tú tampoco lo pensabas, ni nuestros hijos y menos aún nuestros mayores. Esos grandes luchadores que han afrontado tantas batallas y cuyas cicatrices son el resquicio de todo lo que lucharon y lo mucho que sacrificaron. Su confinamiento es una pesadilla, una guerra que jamás pensaban que iban a tener que vivir, era inimaginable.
Cuando el verano pasado comencé a trabajar como celadora en el Hospital La Paz de Madrid, sentí que una puerta llena de oportunidades se abría ante mí, jamás pensé que meses más tarde iba a formar parte de esos guerreros en la segunda línea del frente. Los que están en primera línea son los pacientes, esos luchadores que van a resistir, sí, se lo decía a Manuel, que me gritaba que le dejara en paz cuando iba a cambiarle de cama en la habitación de la primera planta de trauma, o a María, cansada de estar tumbada, que anhelaba su casa, su familia, y yo le decía que ella no estaba sola, que un montón de palmas estaban aplaudiéndola, a ella y a todos los que estamos ahí, y a los que están allí, dentro de sus casas, cada uno haciendo lo que puede hacer para combatir al bicho, algunos hasta creando mascarillas y pantallas protectoras, como Óscar y su hijo que impulsan a todo un equipo solidario. Como decía Carmen gritando: "Pero, doctora, ¿tengo el bicho o no lo tengo?" Pues yo no lo sé, le decía, pero sepa usted que va a salir de aquí caminando, ya verá, no está sola Carmen. "Pero es que no sé nada de mi familia". Su familia no ha dejado de estar pendiente de usted,- le respondía yo- le envían fuerza y mucha energía porque están deseando verla bien. Yo le cojo la mano y les digo: "Ánimo, ya verá como todo sale bien. No se rinda."
Pero cada día que voy en el metro camino del hospital el miedo me invade, el temor a lo que me voy a encontrar. ¡Cuántas cosas más me seguirán llenando el alma de congoja y miedo! ¡Cuántas lágrimas se seguirán acumulando ante la impotencia!
Siento que no es suficiente decirles que no están solos, que mucha fuerza, que saldrán de esta....Y si para mí es duro para ellos lo es muchísimo más, y para sus familias también, esa impotencia porque no pueden estar cogiendo la mano de su ser querido. Por eso yo les cojo la mano y pronuncio su nombre y trato de animarles a seguir sin rendirse, por su familia, por ellos mismos, trato de que de algún modo esa energía que el mundo lanza al aire con sus palmas, sus gritos de ánimo e incluso canciones, les llegue a ellos también.
Sé que todos mis compañeros lo hacen del mismo modo, con cariño, con esa delicadeza que saben que sus familiares tendrían, por eso es una carga emocional tan grande, porque en cada abuelo que atiendo veo a mi padre con ochenta y seis años, en cada joven que llevo a ingresar veo a mi hermano, porque lo único que podemos hacer es no decaer, como todos los que salimos de casa para ir a los hospitales, o a las tiendas, o a los camiones, o a la calle a patrullar, porque los que se quedan en casa luchan contra el desánimo por no decaer y mantener esa energía poderosa que nos permite seguir día a día.
Hay muchas imágenes que afectan, hoy lo más duro ha sido la de los dos hermanos. En una de las habitaciones he ayudado a la auxiliar a cambiar a un paciente, estaba febril y muy desorientado, temblaba y le faltaba el aire, cambiamos el pañal y las sábanas, tuvimos que ponerle sujeciones blandas. En la otra cama el compañero de habitación era muy menudito y delgado, cuando me acerqué resultó ser una mujer, entonces al verme sorprendida por compartir habitación con un hombre, la auxiliar me contó que eran hermanos. No tenían fuerza ni para reconocerse. Ella temblaba de frío, la colocamos y la tapamos con una manta. Apenas era consciente, le hablaba pero ella no respondía, me miraba fíjamente. "Tranquila, estamos contigo y aquí está tu hermano. Todo saldrá bien bonita, ya lo verás". En el fondo sabes que no siempre sale bien, sabes que esa lucha va a ser muy dura, sabes que algunos no podrán, pero descartas rápidamente esa idea y te aferras a lo positivo. Porque lo van a conseguir. Porque además de agarrarse con uñas y dientes a la vida, esa fuerza y esa fe que tenemos todos les salvará.
Les salvará, nos salvará, todos juntos lo lograremos, ánimo a todos porque esa energía vital les está llegando y les hace más fuertes. Gracias.
Isolina Cerdá Casado
Los que saben cómo contener esta expansión terrible del virus son las autoridades sanitarias, ellas son las que nos dicen que hay que quedarse en casa para poder luchar, para hacer algo por acabar con esta lacra terrible, sé que es un esfuerzo terrible, pero es la única manera de que no colapse el sistema sanitario y de que no se expanda más y acabe poseyendo la cordura y el último resquicio de la tierra.
Es algo que va a hacer tambalearse nuestra forma de vida, pero resistiremos a ello y cuando todo pase inventaremos nuevas formas. Así que gracias a todos los que estáis haciendo ese esfuerzo tan duro, especialmente a nuestros niños y a nuestras niñas, que han asumido que han de hacerlo así, y que dibujan arcoiris, y que nos animan a todos a seguir adelante con sus aplausos y su fortaleza.
Nunca pensé que iba a vivir algo parecido a esto, ni tú tampoco lo pensabas, ni nuestros hijos y menos aún nuestros mayores. Esos grandes luchadores que han afrontado tantas batallas y cuyas cicatrices son el resquicio de todo lo que lucharon y lo mucho que sacrificaron. Su confinamiento es una pesadilla, una guerra que jamás pensaban que iban a tener que vivir, era inimaginable.
Cuando el verano pasado comencé a trabajar como celadora en el Hospital La Paz de Madrid, sentí que una puerta llena de oportunidades se abría ante mí, jamás pensé que meses más tarde iba a formar parte de esos guerreros en la segunda línea del frente. Los que están en primera línea son los pacientes, esos luchadores que van a resistir, sí, se lo decía a Manuel, que me gritaba que le dejara en paz cuando iba a cambiarle de cama en la habitación de la primera planta de trauma, o a María, cansada de estar tumbada, que anhelaba su casa, su familia, y yo le decía que ella no estaba sola, que un montón de palmas estaban aplaudiéndola, a ella y a todos los que estamos ahí, y a los que están allí, dentro de sus casas, cada uno haciendo lo que puede hacer para combatir al bicho, algunos hasta creando mascarillas y pantallas protectoras, como Óscar y su hijo que impulsan a todo un equipo solidario. Como decía Carmen gritando: "Pero, doctora, ¿tengo el bicho o no lo tengo?" Pues yo no lo sé, le decía, pero sepa usted que va a salir de aquí caminando, ya verá, no está sola Carmen. "Pero es que no sé nada de mi familia". Su familia no ha dejado de estar pendiente de usted,- le respondía yo- le envían fuerza y mucha energía porque están deseando verla bien. Yo le cojo la mano y les digo: "Ánimo, ya verá como todo sale bien. No se rinda."
Pero cada día que voy en el metro camino del hospital el miedo me invade, el temor a lo que me voy a encontrar. ¡Cuántas cosas más me seguirán llenando el alma de congoja y miedo! ¡Cuántas lágrimas se seguirán acumulando ante la impotencia!
Siento que no es suficiente decirles que no están solos, que mucha fuerza, que saldrán de esta....Y si para mí es duro para ellos lo es muchísimo más, y para sus familias también, esa impotencia porque no pueden estar cogiendo la mano de su ser querido. Por eso yo les cojo la mano y pronuncio su nombre y trato de animarles a seguir sin rendirse, por su familia, por ellos mismos, trato de que de algún modo esa energía que el mundo lanza al aire con sus palmas, sus gritos de ánimo e incluso canciones, les llegue a ellos también.
Sé que todos mis compañeros lo hacen del mismo modo, con cariño, con esa delicadeza que saben que sus familiares tendrían, por eso es una carga emocional tan grande, porque en cada abuelo que atiendo veo a mi padre con ochenta y seis años, en cada joven que llevo a ingresar veo a mi hermano, porque lo único que podemos hacer es no decaer, como todos los que salimos de casa para ir a los hospitales, o a las tiendas, o a los camiones, o a la calle a patrullar, porque los que se quedan en casa luchan contra el desánimo por no decaer y mantener esa energía poderosa que nos permite seguir día a día.
Hay muchas imágenes que afectan, hoy lo más duro ha sido la de los dos hermanos. En una de las habitaciones he ayudado a la auxiliar a cambiar a un paciente, estaba febril y muy desorientado, temblaba y le faltaba el aire, cambiamos el pañal y las sábanas, tuvimos que ponerle sujeciones blandas. En la otra cama el compañero de habitación era muy menudito y delgado, cuando me acerqué resultó ser una mujer, entonces al verme sorprendida por compartir habitación con un hombre, la auxiliar me contó que eran hermanos. No tenían fuerza ni para reconocerse. Ella temblaba de frío, la colocamos y la tapamos con una manta. Apenas era consciente, le hablaba pero ella no respondía, me miraba fíjamente. "Tranquila, estamos contigo y aquí está tu hermano. Todo saldrá bien bonita, ya lo verás". En el fondo sabes que no siempre sale bien, sabes que esa lucha va a ser muy dura, sabes que algunos no podrán, pero descartas rápidamente esa idea y te aferras a lo positivo. Porque lo van a conseguir. Porque además de agarrarse con uñas y dientes a la vida, esa fuerza y esa fe que tenemos todos les salvará.
Les salvará, nos salvará, todos juntos lo lograremos, ánimo a todos porque esa energía vital les está llegando y les hace más fuertes. Gracias.
Isolina Cerdá Casado
jueves, 30 de enero de 2020
Para Lola
Unas palabras para ti, la mujer enérgica, la que estuvo en los principios, trabajando en la zona cero del hospital La Paz, en las Urgencias, sorteando camillas para trasladar con eficacia y efectividad, cuando no había "transfers" que facilitaran el trabajo, cuando había que defender una profesión y situarla en su justo lugar.
Lola apuntaba maneras desde el principio hasta que subió una planta, y la pusieron al frente de la Consejería del Hospital General en el turno de tarde, desde allí, con un teléfono que no dejaba de sonar te conocí yo, dirigiendo, gestionando, acompañando. Admiro tu valía, esa capacidad para atender un teléfono y dirigir a un ejército de hombres y mujeres vestidas de blanco, o de verde, o de rojo de quirófano.
Defendiendo a los celadores, comprensiva pero exigente con los tuyos, efectiva y eficiente, pero ante todo persona.
En breve dejarás la Conserjería del turno de tarde, cambiarás de rumbo. Y he de decirte que no será lo mismo sin ti, y te echaremos de menos porque los profesionales como tú dejan huella pero las personas más, y tú tienes una energía que envuelve, que arrastra, que contagia. Yo me he sentido respaldada por ti, orientada, guiada y como mi encargada he sentido que estaba bien dirigida, protegida. No necesitaba más para saber que si algo me pasara estabas tú para responder por mí.
Así que gracias, gracias Lola por hacer grande este oficio, por ser torrente de luz y de fuerza para los que estaban, los que están y los que llegamos y nos encontramos con esa mirada maternal, cargada de compañerismo y a la vez exigencia. Gracias por ser ejemplo. Te deseo lo mejor, lo mereces.
Isolina Cerdá
Lola apuntaba maneras desde el principio hasta que subió una planta, y la pusieron al frente de la Consejería del Hospital General en el turno de tarde, desde allí, con un teléfono que no dejaba de sonar te conocí yo, dirigiendo, gestionando, acompañando. Admiro tu valía, esa capacidad para atender un teléfono y dirigir a un ejército de hombres y mujeres vestidas de blanco, o de verde, o de rojo de quirófano.
Defendiendo a los celadores, comprensiva pero exigente con los tuyos, efectiva y eficiente, pero ante todo persona.
En breve dejarás la Conserjería del turno de tarde, cambiarás de rumbo. Y he de decirte que no será lo mismo sin ti, y te echaremos de menos porque los profesionales como tú dejan huella pero las personas más, y tú tienes una energía que envuelve, que arrastra, que contagia. Yo me he sentido respaldada por ti, orientada, guiada y como mi encargada he sentido que estaba bien dirigida, protegida. No necesitaba más para saber que si algo me pasara estabas tú para responder por mí.
Así que gracias, gracias Lola por hacer grande este oficio, por ser torrente de luz y de fuerza para los que estaban, los que están y los que llegamos y nos encontramos con esa mirada maternal, cargada de compañerismo y a la vez exigencia. Gracias por ser ejemplo. Te deseo lo mejor, lo mereces.
Isolina Cerdá
domingo, 19 de enero de 2020
Pilar
Ayer, cuando volvía a casa después de haber hecho Las Criadas, sentada en el tren de cercanías, cogí el móvil, y al ver uno de los chats de los celadores de La Paz y leer la triste noticia, fue como un golpe seco en el pecho, como si de pronto el corazón se hundiera hacia dentro de la cavidad torácica y un chorro de sangre subiera hacia la cabeza, y entonces toda esa tormenta de tristeza se agolpara en los ojos y no pudieras evitar llorar, y las personas cercanas, sentadas frente a ti observaban esa pena materializándose cuyo origen era desconocido para ellas. Pero si hubieran sabido del triste acontecimiento, si se hubieran cruzado con ella en el retén de los celadores, si hubieran recibido ese saludo cariñoso que siempre te daba, si la hubieran oído hablar con ese conocimiento que otorga la grandeza humana entonces... entonces habrían llorado conmigo, como lo hacen en este momento sus compañeros, sus amigos, su familia...
La recuerdo este verano, cuando empecé a trabajar como celadora, siempre dispuesta a ayudarte, cualquier cosa que le preguntaras ella te respondía cariñosamente, hasta compartí con ella el primer escrito sobre los celadores que me impulsó aquella emoción tan increíble. La recuerdo con un libro en la mano, con esos movimientos delicados, ese cuerpo esbelto con su caminar tan característico, su pelo rubio, su mirada, y su sonrisa...
Cuando suceden estas cosas intentas explicarte por qué, encontrar razones, buscar justicias e injusticias vitales...El dolor te invade, el recuerdo de sus gestos bondadosos te lo agranda todavía más...Y entonces, tal vez egoístamente, piensas en lo afortunada que fuiste porque llegaste a conocerla, poco, apenas nada, pero lo suficiente como para darte cuenta de que era un ser especial. Y entonces lo piensas, ella era una de las personas que formaba parte, y seguirá formando parte por siempre, de este colectivo de trabajadores y trabajadoras que acompañan a los pacientes, que los trasladan, que los movilizan...cuántas personas han recibido su bondad, su cariño, sus buenas maneras,...Gracias Pilar, gracias porque tú has sido una de las personas que me ayudó, sin conocerme, sin saber nada de mí, y como a mí también al resto de mis compañeros, y a todos los pacientes que con tus sabias manos ayudaste. Gracias siempre Pilar, nos embarga el dolor de no haber estado más tiempo contigo pero de alguna manera nos queda el consuelo de haber caminado junto a ti y eso nos dará fuerza para seguir adelante a pesar de tu ausencia.
Isolina Cerdá
miércoles, 4 de diciembre de 2019
El paso del tiempo, el ser mayor. Un SER MAYOR.
¿En qué momento fue? ¿Cuándo ocurrió todo? ¿En qué instante empezaste a llegar a mi vida? ¿Cuándo se inició la transformación? ¿Hace cuántos años? ¿Meses? ¿Días? ¿Horas tal vez?
Sentada en esta sala repleta de personas en las que tú ya estás presente, en unos más que en otros. pero no hay duda de que eres implacable con todos, no importan los números que tenga tu cuenta corriente, ni los metros cuadrados de tu casa, ni la cantidad de hijos, calidad de tu trabajo o el color de tus ojos.
Tú siempre llegas, y no es que hasta hoy hubiera vivido en la ignorancia de tu existencia, pero había épocas en las que quería verte avanzar más deprisa, y quería llegar a la veintena, y soñaba con una treintena estable emocionalmente y con una economía sana, no pensaba entonces en la calidad del aire, hoy sí. Había épocas en las que soñaba con una cuarentena estereotipada en la que la felicidad iba a ser irremediablemente hermosa y calmada, e iba a zambullirme en escenarios repletos de sueños.
Pero entonces llega un día como hoy, en el que no hace mucho tus hijos te recordaban que ya tenías más de veinte canas en la cabeza (ignorando las incontables en lugares inexplorables), cuando te sobrevino un dolor nuevo en la cadera, cuando empezaste a desear que el tiempo no pasara tan deprisa.
Y los ves a ellos, los otros, lo que tienen setenta, ochenta y los que alcanzan los noventa en un estado medianamente llevadero para sí mismos. Y te das cuenta de que a ellos les pasa lo mismo que a ti, no saben en qué momento empezaron a transformarse, a pasar de ser joven a jovial (con suerte), a pasar a ser personas cuya sabiduría vital les ha estirado tanto el cerebro que se les ha arrugado la piel, personas que tienen tanta luz que su pelo se le ha decolorado y teñido de plata hasta convertirse en hilos blancos de experiencias vitales.
Lo peor es que si encima de todo esto te das cuenta de que no eres ni tan buena, ni tan maja, ni tan dulce...O peor, si no te das cuenta, entonces...uf, entonces es que...La vida.
Bueno, déjalo, en otro pestañeo estoy en la cincuentena, casi al mismo tiempo que tardo en llegar a la siguiente estación de metro: Príncipe Pío. Continué escribiendo el texto en el interior del vagón de metro.
La vida te mantiene ocupada, lo suficiente para no darte cuenta de que el final del trayecto está a la vuelta de la esquina, en la siguiente estación.
Y mientas tanto te entretienes en la avería inesperada del coche, la suerte de tener un trabajo, la terrible noticia de otra mujer víctima de la violencia machista, el terremoto de Albania, la entrega de premios Actúa, el examen de mate de tu hija, o el de física del niño adolescente...Y pasó...pasa...la vida.
Y sin saber cómo empiezas a ser referencia, a ser la adulta, a ser mayor, y caminando, caminando te das cuenta de que vuelves a aspirar a algo, a convertirte es ese SER MAYOR, que de verdad ES un gran SER.
Isolina Cerdá
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