Las suelas gastadas de los zapatos indican que he caminado mucho, las arrugas del rostro que voy cumpliendo años por suerte y el impulso de escribir, de coger un bolígrafo o una página en blanco del ordenador para contar cuentos, significa que todavía tengo algo que contar. Por lo tanto debo estar agradecida, tengo suerte, las pequeñas batallas cotidianas no me han impedido seguir caminando, no dejemos que la mirada gris se imponga, no dejemos en el olvido todas esas cosas buenas que nos pasan día a día. Todas las noches antes de dormir me visita un duende, me susurra al oído las cosas que me han pasado, las buenas y las malas, me dice que he tenido suerte, he podido desayunar tranquila, en casa, con un café con leche reposado, con unas tostadas, con imágenes del mundo. He tenido la suerte de despertar a mis hijos, de tocarles, de abrazarles, de acompañarles al colegio. Son cosas buenas que dejamos de valorar, nos olvidamos, las pasamos por alto.
Hoy es un día lluvioso, no siempre resulta inspirador un cielo gris que lloriquea, sin embargo hoy pienso en la suerte que tengo de caminar bajo la lluvia, de ser arrastrada por mi amiga de cuatro patas, por su energía, de pasear tranquila aunque vaya con una perrita hiperactiva, disfrutando.
La vida es eso que pasa casi sin darnos cuenta. Supongo que por eso hay que vivir sin cadenas, sin limitarnos con constricciones que se originan en la culpa.
A veces no hablamos por miedo a que se sepa la verdad, tememos que esa verdad pueda destruirnos, como si el recuerdo que nos quedó de algo vivido (y doloroso) tuviera que permanecer oculto dentro de un rincón de la memoria para que nadie lo llegue a saber nunca. Pero no nos damos cuenta de que el daño de ese silencio nos lo hacemos a nosotros, callamos pero eso que no dijimos ni contamos grita por dentro, nos aplasta, nos ahoga. En algún momento un mensaje de adulto atrofió nuestra pureza de niño libre y nos arrastró hasta el rincón del deber y de lo aceptable.
Somos seres sociables, necesitamos que se nos acepte, muchas veces aun a costa de nuestra salud. Pero el tiempo pasa, pasa tan rápido todo, y esos silencios forzosos quedan ahí, guardados a la fuerza, hasta que empiezan a mordernos, sentimos la carne desgarrada, pero seguimos callados. Llega un momento en el que entra en juego la propia cordura, el equilibrio, nuestra vida.
Y entonces miras atrás y te preguntas en qué momento cambió tu alma de niña y se inició el sufrimiento. ¿A caso no hay veces en las que esa actitud positiva está tan forzada que la risa no te libera, simplemente te ayuda a respirar?
Si lo necesitas debes contarlo.
Isolina Cerdá Casado
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