Sí, está lloviendo, una lluvia pasajera, veraniega, una explosión del calor bochornoso, una locura de ambiente fresco que se recibe casi con necesidad. Hoy es martes, veinticuatro de junio, la vida sigue su curso, estoy en la hora terapéutica, en la que la escritura es el doctor que me dirige, quedo expuesta, lo sé, pero por cualquier razón esta forma de contar lo que me está pasando por dentro y me alivia.
En el tiempo que he tomado esta foto y la he subido a este blog la lluvia ha dejado de caer, lo mismo pasa con el desespero, era tan solo una sensación pasajera, ya vuelvo a respirar tranquila, estoy nuevamente balsámica.
Ayer estuve mirando cómo podía sacarle partido a este blog, qué absurdo, me doy cuenta de que la escritura como desahogo del alma no debe pensarse en términos económicos. Sí, y es verdad, pero, ¿qué pasaría en el caso de que no tuviera para comer? ¿qué ocurriría si mis hijos me pidieran yogures y no los hubiera en la nevera? Y no por olvido de una madre despistada, sino por falta de dinero para comprarlos; elegir el que más les guste, no los más baratos, abrir la cartera tranquila y pagarlos sin mirar si llegan o no llegan las monedas. En ese caso al alma no le importarían los problemas de un tiempo lisonjero, que se esfuma, que se pierde en su transcurrir; el alma estaría mirando los ojos de sus hijos y esa necesidad atravesaría mi cabeza transformando totalmente las necesidades y las preocupaciones. Supongo que por eso, por ese miedo repentino sentí de pronto el impulso de sacarle rendimiento a esta necesidad expresiva.
Volví a la mesa en la que me siento a escribir, la mesa de la cocina, mi centro de trabajo, y allí seguí tomando el resto de café con leche que me quedaba, a lo lejos se oían relámpagos rabiosos, pero el sol había salido nuevamente aun a pesar del grito de la lluvia. Estaba tranquila, pero no pude evitar hacerme unas cuantas preguntas: ¿Cuánto vale una lágrima que cae sobre una taza de café vacía? ¿Qué valor le damos a esa sensación angustiosa de la carencia de sentidos? ¿Cuánto se pagaría por una descripción de un cuerpo cuarentón al que le cuelgan sus protuberancias casi hasta los pies y cuya cabeza se empieza a llenar de blancura savia? ¿Quién pagaría por saber la vulnerabilidad de una escritora frustrada que no gana ni un céntimo con sus gritos deletreados?
- Yo, yo pagaría por sentir al leer un texto generoso, lleno de sinceridad pasmosa, pagaría sí, pero no tengo dinero.
No importa, ya me has pagado con tu tiempo dedicado, con tu apoyo, con esa capacidad tuya de creer en mí.
La lluvia siempre acaba despertando al alma añorante y triste que se esconde en un rincón de esta máquina compleja que es el ser humano.
Isolina Cerdá Casado
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