miércoles, 18 de octubre de 2017

Un día gris, por fin llueve en Leganés, y en Galicia. Abrazos, besos, palabras encadenadas frente a la alegría de un día tristón...


    Ella mueve la cabeza, en un giro muy suyo y de cualquier amigo perruno, con ese sabio movimiento se sacude aquello que no le gusta, aquello que de alguna manera le altera, como es ese goteo molesto que hoy le cae del cielo. En su sabiduría perruna es capaz de disfrutar la lluvia y también de sacudirse aquellas gotas que se posaron sin permiso.
    En un día gris como este que nos envuelve es frecuente que nos paremos, que observemos, que sintamos emociones que llegan con el agua, el agua es vida, el agua te abraza, la vida te envuelve, las emociones llegan porque las despierta el cambio de un azul por un gris. El gris también es bello, no lo es cuando nos dejamos arrastrar por él. Por un momento salí a mirar la lluvia caer del cielo, me tumbé en el suelo, ella vino a chuparme la cara, a lamerme como si quisiera quitarme las gotas grises que invadían mi alma. La dejé, qué más daba, a ver hasta dónde era capaz de llegar mi resistencia ante lo absurdo. En ocasiones lo absurdo te permite despertar y ser consciente del sentido que tiene, no ya el levantarte, no ya el preparar un café, no ya el desayuno, el sentido que tiene estar vivo.
    Ella dejó de lamer mi cara, se sentó a mi lado sin dejar de mirarme, giraba de vez en cuando la cabeza como esperando una reacción cuerda por mi parte, no cuestionó aquél extraño proceder de su amiga humana. Las gotas caían del cielo con más fuerza, entonces ella se abalanzó sobre mí, y empezó a mover mi cabeza con su cabeza, como si el verme allí tirada empezara a preocupar a su instinto perruno, tal vez intuyó que el catarro que me apretaba la garganta podría convertirse en una neumonía capaz de apretar mi alma. La abracé, ella empezó a ladrar. Me levanté, ella dejó de ladrar. Fui a la ducha y cuando empecé a sentir el agua caliente cayendo sobre mi piel desnuda sentí que había vuelto a nacer. Fue gracias a ella, o a la lluvia, o al impulso que decidí aprovechar.
    Y así sin más seguí caminando. Como todos, a pesar del gris, a pesar de lo absurdo. De vez en cuando muevo la cabeza perrunamente y alejo aquello que me aprisiona. 

Isolina Cerdá Casado

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