Supongo que es inherente al ser humano, nos tiene que doler la consciencia de que no vamos a volver a sentir físicamente a esa persona querida. En algún momento he escrito sobre la añoranza del cuerpo físico de mi madre, de sus abrazos carnosos, de su mejilla, ahora mismo ese recuerdo físico sensorial me ha llevado hasta ella, hasta su recuerdo.Y con ese dolor nos cerramos a valorar los momentos que tuvimos la suerte de caminar acompañados por esas bellas luces. Cuanto más bellas, más luces y más ciegos de dolor ante esa fortuna vivida.
Ahora puedo escribir así, pero llegar hasta ahí es un camino. ¿Cómo podría un padre dejar de recordar con dolor a un hijo que ya no está? ¿Puede uno distanciarse de ese dolor ante la pérdida de un ser que da sentido a tu vida? Lo único que puede servir es intentar que ese dolor no te impida ver aquello que dio tanta felicidad a tu vida, la felicidad de los instantes. Que el dolor no te impida recordarlo, que el dolor no ciegue el sentido que te dio y la luz que te aportó su siempre corta existencia. Es como esa canción tan preciosa, "hay una luz en tu interior, yo sé que no la puedes ver..." Esas luces están con nosotros, y a pesar del dolor y la impotencia, a pesar de que el corazón se arrastre por el peso, a pesar de lo oscuro que se ve todo ante la tragedia, ellas siempre estarán. Si el dolor consigue acabar con nosotros, entonces también acabará con esas luces, las de ellos, las que ellos depositaron en nuestro corazón en esos instantes de felicidad real, cuando había risa, o abrazos sinceros, o miradas cómplices... Cuando sentíamos que simplemente con estar junto a ellos ya éramos felices, porque nos aportaban riqueza en el alma.
Te pido que mires a la luz, que sientas que no estás solo, o sola, que sientas esa energía vital que ha quedado en tu interior y que procede directamente de esa persona que tanto añoras y cuya partida jamás entendiste.
Isolina Cerdá Casado

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