domingo, 6 de julio de 2014

Instinto. Él la mató, yo quedé tocada, la vida cambió, rebosó el vaso de las tragedias.

Haz caso a tus instintos, ellos te avisan, te dicen cosas. Vale, es cierto, sí, uno no puede vivir con miedo a que ellos se pronuncien en contra de tu avance. ¿Pero qué es avanzar? ¿A qué llamamos evolución en el camino?
Estoy mucho más afectada de lo que jamás imaginé que podría llegar a estar. Esas dos muertes, ellos, él que la mató a ella, ella que murió de golpes en la cabeza. Él que no era capaz de comerse un pollo al que había ayudado a matar.

Esto ha sido como la gota,
la gota de lluvia, la gota de pena,
el rebosar de un cúmulo.
No importa de qué,
importa la sensación de ahogo.

Pero el aliado está aquí, en el fondo está presente, demasiado, sobre él cuento mis desdichas. Parezco infeliz, ya, pero no es así como me siento realmente.

Y entonces me digo, calla ya, que tú tienes suerte, suerte de poder abrir un mueble de cocina, buscar y rebuscar hasta dar con esos sobres de manzanilla, y en el vaso de agua hirviendo que floten las hiervas de la calma y la resignación.
Estás perdida, no sabes qué hacer, hacia dónde dirigir tu concentración y la escasa fuerza que te sobra.
Es bueno querer hacer algo, que haya impulso; en realidad no soy consciente de cuán importante es que tenga algo por lo que moverse. Y que me deje a mis locuras, libre, sin riendas. Como debe ser, no tienes ningún privilegio.
Ser afortunada e incapaz de verlo.
Sufrir tontamente, sin un sentido,
espero que nazcan pronto las patatas.
¿Está rica la galleta?
¿Tiene algún sentido esto?
Pues claro que sí, tu vida.
Si no escribiera estaría muerta.
Estoy convencida de ello.
Muerte por explosión interna,
por ahogo.


    Sé lo que pasó, bueno, lo que quedó en el escenario del crimen: tú muerta, tu cuerpo inerte sobre la cama con golpes visibles en la cabeza, él tirado en el suelo del baño, como si hubiera sufrido un ataque la corazón, por los gestos que se habían quedado petrificados en su rostro. Ven, siéntate aquí, cuéntame lo que pasó.

    -Bueno, él entró, quería hablar, pero no estaba bien, yo no le abría la puerta, pero él tenía llave y se atrevió a entrar sin permiso. Entonces le reproché su atrevimiento. Parecía estar ido. Seguramente no había dormido ni comido lo que debió. Era otro hombre. No lo conocía, sentía que no lo conocía. Entonces me preguntó por qué le había jodido la vida, no era él. "Yo no te he jodido nada", le dije, no llamé a nadie, no lo creía capaz de una actitud violenta, pero lo hizo, me golpeó, no era él, el que yo conocí nunca habría hecho nada parecido. Fue en la cabeza, le grité, le supliqué que no me golpeara, por las niñas, las que ya no le dejé ver más, no eran suyas. Mis hijos fueron el último pensamiento. Me asesinó, no soportaba estar solo y me arrastró hasta el fondo del lago donde me ahogué con él, yo no soy un pez. 
    Dejó a mis hijos, niños y niñas frágiles, sin el calor de una madre, yo les habría dado amor de por vida. Nadie les arropará como yo lo hacía, nadie les amará como yo, sin esperar nada a cambio, reconfortada por su sonrisa tranquila. 
    No fue justo. No lo fue.

    ¿Habrías cambiado algo?

    -En algún momento sentí algo, un instinto, no sé, en realidad creo que no, porque actué llevada por el amor, y no podía adivinar el futuro. Todos pensaban que era un ángel que había llegado a mi vida, yo no iba a renunciar a mis cinco hijos y él los acogió y los asumió como propios, como si fuera una actitud sorprendente, tal vez la suya no era una actitud generosa en realidad. Es posible que muy en el fondo se escondiera un monstruo al que acallaba en el silencio de la noche, tal vez ni si quiera él sabía de su existencia. Las personas somos mucho más complejas de lo que parece a simple vista. 

    Claro, por eso existen los psiquiatras, los psicólogos y el arte, para calmar a los monstruos. Yo escribo sin parar, para no volverme loca. Descansa querida, descansa.

Isolina Cerdá Casado



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