viernes, 5 de febrero de 2021

Rosa, la guerrera del norte.



  Ayer falleció Rosa, nos dejó, se fue prácticamente sin avisar, tal vez para que no intentáramos retenerla. Ella siempre fue un alma libre, y muy, muy valiente. Hace más de cincuenta años hizo su primer viaje a tierras alemanas, se fue a trabajar, a cambiar su vida, fue una más de esas emigrantes gallegas que se la jugaron, que arriesgaron la tranquilidad previsible de una aldea de Ourense para embarcarse en una aventura que determinaría el rumbo de su vida. 

    Mi recuerdo de Rosa, el recuerdo de su esencia quiero decir, es el de la mujer enérgica, la gallega fuerte y luchadora, cuya robustez no solo estaba en ese físico fuerte y enérgico que la acompañó sino que trascendía más allá de lo físico para llegar a lo espiritual y ser revelado en un carácter de peso. Esa energía que quiero plasmar aquí es muy parecida a la que tenía su hermana Carmen, esa fortaleza que te está diciendo que no te puedes rendir, tú tampoco, que la lucha de ella es una lucha de mujer de aldea, en la que la actitud estaba rebozada por una sonrisa afable que te ofrecía una copita de licor café para quemar a las neuronas ralentizantes, las que impedían que el resto de las conexiones funcionaran. 

    Esa esencia de Rosa es la que me viene a la cabeza al recordarla, y hoy al pensar en su marcha pienso también en esa energía que entraba en casa cuando ella venía, o la que pululaba alrededor de la mesa en la que las amigas compartían unas larguísimas partidas de chinchón. Me las imagino, a mi madre y a ella, repartiendo las cartas celestiales, bueno, o charlando de sus batallas, o viendo sus respectivas vidas como una película en la que ellas fueron las estrellas de la alfombra roja.

    Gracias a la guerrera del norte yo estoy aquí hoy, sí, de esos hilos conductores que fueron determinantes, el efecto de sus alas de mariposa libre determinó que hoy yo esté aquí, es una bonita historia... En Alemania conoció a Manuel, allí decidieron casarse, no sé si antes, después, el caso es que Rosa era de A Touza, una aldea de Ourense, mientras que Manuel era de Crevillent, un pueblo de Alicante. Mi padre, Joaquín, de Crevillent, acompañó a su primo en el casamiento y fue el padrino de boda, el representante crevillentino de la familia de Manuel. Aquella boda trajo otra boda, la de mi madre Isolina con Joaquín. Y así fue como Isolina, otra gallega de la aldea vecina, Laiantes de arriba, acabó viviendo también en Crevillent. La boda de Isolina y Joaquín trajo otra boda, la de Martín, gallego de pura cepa, y Conchi, crevillentina preciosa y fina. Así fue como Crevillent se convirtió en un pueblo que acogió otros tantos emparejamientos en los que se entremezclaría la sangre levantina con la galaica, apareciendo una nueva especie que algún día estudiarán los historiadores, bueno, o simplemente será anecdótico para muchos y, sin duda, algo muy especial para otros.

    Pero bueno, este escrito es para Rosa, y para sus hijos, y para su marido. Ella siempre estará con nosotros. En sus últimos meses de vida apenas podía moverse, ella, que caminaba kilómetros sin agotarse, ella que había sido una mujer con un físico que siempre la acompañó en sus batallas. Recuerdo cuando me dijo, fue antes de esas caídas y de terminar en silla de ruedas, me dijo: "Soli, este cuerpo ya no es el que era. Anda que no he caminado yo sin cansarme, siempre fuerte, y ahora..." Cuando me decía eso, yo pensaba en su aventura, la de Alemania primero, sin móviles, apenas sin teléfonos, irte así, con una maleta cargada de ilusiones, desoyendo a los miedos, caminando fuerte por tierras desconocidas...Y después aventurarse a vivir en otra zona de España muy distinta a la tuya de origen, abriéndose paso y abriendo camino a su vez a otras personas que llegarían después.

    Gracias Rosa por tu valentía, por tu energía, por el cariño que siempre me has mostrado, por ser una guerrera que no tuvo miedo a adentrarse en mundos desconocidos, gracias por esos consejos que alguna vez me diste. Cuando te vi este verano empezabas a tener problemas de memoria, tenías lapsus, a mí me conociste, aun con mascarilla, y me sonreíste, sonreíste mucho aquel pequeño ratito de reencuentro casi fugaz, en el que ni nos tocamos por el dichoso virus. Siento que esta pandemia nos haya privado de verte algún ratito más y de despedirte estando al lado de los tuyos. Lo hago desde la distancia pero con el mismo amor y cariño hacia ti y que siempre estará en mi corazón. Ahora tú eres una luz más que ilumina a mi alma en esta vida de amor y de tragedia, de luces y de sombras, de guerra y de paz.

Con todo mi cariño,

Soli.


viernes, 29 de enero de 2021

Segismunda y Gumersinda. Secuela de "La mosca". Breve texto inspirado por Bibi.

   https://anchor.fm/isolina0/episodes/La-venganza-de-Segismunda-y-Gumersinda-epl917


  Segismunda y Gumersinda eran dos compañeras de viaje, bueno, digamos mas bien que la vida las llevó a estar juntas durante un período de tiempo. Segismunda era una araña muy maja que se había establecido en una esquina del hospital, situada en un pasillo cercana al mortuorio. la mosca Gumersinda llegó hasta allí en busca de su prima, por lo visto había sufrido graves quemaduras de café con leche muy caliente, Gumersinda que adoraba a su prima decidió no darla por perdida y se fue a buscarla a uno de los hospitales de referencia como era el Hospital La Paz de Madrid. El accidente de la prima había tenido lugar en un domicilio particular situado en Leganés perteneciente a una trabajadora de dicho hospital. Al haber sido causante de dicho accidente Gumersinda confiando en el civismo y la cordura humana consideró que la dueña de la casa habría podido llevar a su prima a la planta cuarta de quemados situada en el edificio de traumatología. Está claro que Gumersinda no era conocedora totalmente de la historia de su prima, así como de lo cojonera que podía llegar a ser. Obviando totalmente la posibilidad de que su prima hubiera ido a parar directamente al cubo de la basura. La cuestión es que tras recorrer todo el hospital y casi esperando una ultima posibilidad de reencuentro con lo que quedara del cuerpo de su familiar, Gumersinda se fue buscando el mortuorio. Simplemente tuvo que seguir a un par de celadores que llevaban una camilla con lo que debía ser un cuerpo inerte, vamos un éxitus, y allí investigar si las moscas también llegaban a hospedarse transitoriamente en las cámaras frigoríficas. 

    Una vez que llegó al mortuorio se quedó por allí rondando para investigar. Vamos que se echó unos vuelos mosquiles tanteando el territorio y los diferentes accesos. En esos vuelos escuchó una voz procedente de una atareada arañita que mientras tejía y tejía iba recitando una extraña mezcla de "La vida es sueño" y "Hamlet", al parecer Segismunda había sido actriz de teatro y de vez en cuando se metía en el papel de algún personaje para darle sentido a una vida que nada tenía que ver con su sueño de multitudes, escenarios y grandes trajes que cubrieran sus largas y numerosas piernas. 

    "Ser o no ser, he ahí la cuestión, en esta vida amargada y triste, de altos muros, donde la libertad queda restringida por la más absoluta oscuridad. Qué puede haber más duro que ver una y otra vez el mismo muro. Si tan larga y pesada vida espero, y tengo, que muero porque no muero. A caso no es más feliz una mosca incluso en una vida hostil. No debo pensar que esto es el fin, las cadenas que me amarran salen de mi propia piel. Y si ellos son felices, aunque lleven camillas tristes...¿No debo ser yo un poco mejor y vivir con ilusión? No te amargues querida Segismunda, porque tal vez esto sea un sueño y los sueños, sueños son".

   "¡Bravo! ¡Bravo!- Arrancó gritando Gumersinda a la vez que aplaudía emocionada. "¡Fantástico monólogo, Segismunda! ¿Qué haces aquí en vez de estar en un teatro maravilloso recitando algo tan hermoso?..."


    Así fue como Segismunda y Gumersinda  iniciaron su relación, una deseando actuar y la otra adorando ver esas maravillosas obras que la trasladaran a otros tiempos y otras vidas. Gumersinda le contó a Segismunda toda esa vorágine de idas y venidas por el hospital buscando a su prima, le contó que deseaba establecerse en algún lugar porque se había dado cuenta de que en aquel mortuorio jamás encontraría el cuerpo de su prima, ya que los cuerpos que traían los celadores eran enormes, gigantes, tal vez algún día pudiera ver el cuerpo de la asesina de su prima, sería tal vez lo único que podría traerle algo de paz, en el Hospital La Paz. Segismunda la tranquilizó, e hizo ver a Gumersinda que la mejor venganza sería seguir molestando terriblemente a la susodicha asesina de moscas cojoneras, convenciéndola para esperarla allí, ya que por lo visto era celadora, y en el momento que la viera se pegara a su oreja y la estuviera fastidiando hasta el resto de sus días. Así mismo, y ante la admiración demostrada por Gumersinda hacia la araña Segismunda, ésta le prometió que jamás se la comería, y que podrían convivir juntas en esa esquina hasta que llegara el momento de la venganza. 

    "Calla, calla, que viene alguien...Voy a seguir tejiendo".


    Bibi había llegado al mortuorio con mucho tiempo de antelación. Esperando a que llegaran los celadores para guardar el éxitus hasta que vinieran los de la funeraria, estuvo mirando ensimismada cómo una araña de patas larguísimas tejía increíblemente una telaraña. Se dio cuenta de que una mosca estaba volando por allí cerca. La telaraña estaba maravillosamente elaborada, y se preguntó si sería capaz de atrapar a aquella mosca. Entonces le vino a la cabeza una idea, seguramente si viera esto Isolina tal vez haría uno de sus textos, como aquel de la mosca cojonera en la que un café con leche ardiendo acababa con el dichoso aleuródido, jiji.


Isolina Cerdá Casado

domingo, 17 de enero de 2021

48 deseos

https://anchor.fm/isolina0/episodes/48-deseos--texto-de-Isolina-Cerd-y-msica-de-Martinjn-de-Boer-NiGiG-ep5um8


 Ayer fue mi cumpleaños, cumplí cuarenta y ocho años. No me atrevo a decir que es un bonito número y que me gusta mucho. Y todo porque el año dos mil veinte también me parecía un buen año recién estrenado, aún con la copa de sidra en la mano, y sin embargo...

He vivido, yo solo sé que he vivido, y que quiero seguir viviendo. Me gustaría que este número fuera significativo y especial, que fuera un año de grandes logros para todos, pero ya el inicio fue distinto. 

Aunque en ocasiones basta con desearlo... 

Deseo que seas feliz, tú que estás leyendo esto, deseo que asomada a la ventana respires profundo y sientas que estás donde querías estar. 

Deseo que esto que nos perturba a todos desaparezca pronto, que se vaya, con vacuna, con sentido común, con una estrategia coherente, pero que nos deje seguir caminando. 

Deseo verte pronto, que todo aquel que tenga ese deseo lo pueda llevar a cabo y sin peligro, que no haya prohibiciones porque ya no esté el innombrable. Que podamos abrazarnos, reírnos sentados en la misma mesa sin necesidad de una mascarilla... Y vernos la sonrisa, el gesto completo, el alma abierta. 

Deseo correr por el parque sintiéndome libre y con impulso, y con ganas, muchas ganas. Deseo cuidarme, que te cuides, que se cuide, que le cuiden y deseo cuidarte hasta el dedo más lejano de tu pie. 

Deseo sonreír con ganas y con fuerza. Y que no sea algo extraordinario, ni extraño ni infrecuente, que me harte hasta rebosar por los poros de la piel la alegría sobrante, que hasta pueda regalar kilo y medio de risas a las finas hierbas y bañadas en champán o vino tinto.

Deseo bailar pegada a un colchón de abrazos frescos y achuchones llenos de amor y alguno también de deseo loco y sin razón. 

Deseo escribir un cuento alegre que al ser leído revuelva el alma y llene de sentido emociones convulsas, que yo me convulsione, que tú te convulsiones, que él se convulsione... De la locura emocional enriquecedora y loca del amor profundo por la vida.

Deseo que no te canses, de seguir queriendo explorar mi cuerpo, y el cuerpo de la montaña verde o el del campo beige, y el de aquella ensoñación que tuvimos juntos aquel día azul de invierno gris.

Deseo que me cantes con los ojos, y escucharte con mi boca y sentir que me escuchas con tu piel y me oyes con tus manos. 

Deseo sentirme viva, y que tú te sientas viva y que él se sienta vivo, y que de tanto sentirnos vivos tengamos que gritarlo, al pie de la montaña, en lo alto de una cascada, en medio de un jardín lleno de flores de mil colores. 

Deseo que tengas salud, y fuerza para luchar y que no te rindas para recuperarla si es que estás en medio de un camino helado lleno de tubos por todos lados. 

Deseo que aunque no haya nadie más, nunca te sientas solo, ni sola, ni blanco ni negro, que simplemente sepas que tú siempre estarás contigo. Y él, y ella, y ellos, y ellas, pero sobretodo tú contigo mismo. 

Deseo que tengas fuerza y fortaleza, para cerrar puertas, para adentrarte por caminos nuevos, para lanzarte por toboganes  de arcoiris sin miedo y sin necesitar impulsos externos a tu cuerpo ardiente de oro negro. 

Deseo que quieras jugar a la comba, o al pilla pilla, o al escondite inglés, aunque tengas cuarenta, ochenta o dieciséis.

Deseo que duermas bien, que no te duela el cuerpo, ni el alma, ni el peroné, que tu cabeza se adapte bien hasta en una almohada de papel. 

Ayer fueron cuarenta y ocho, y en un vaivén serán otros tantos más. La cuestión es que de momento será mejor caminar y no darle demasiadas vueltas a cómo narices llegué a esta edad casi sin darme cuenta ni de respirar. 

Isolina Cerdá Casado 



martes, 12 de enero de 2021

Acerca de la emoción producida por la iniciativa SOS 4X4 RESCATE

 




Ayer por la tarde, cerca de las siete de la tarde algo pasó que me hizo gestar este texto. El sábado 9 de enero tuve las primeras noticias de la existencia de esta iniciativa para ayudar a las personas que necesitaran desplazarse a los hospitales, tanto pacientes como sanitarios. Una amiga escribió sobre lo orgullosa que se sentía de que su marido estuviera colaborando con ellos. El viernes por la tarde fui una de las afortunadas que pudo llegar a casa tras la jornada de trabajo ya que todavía funcionaba la línea 10 de metro que me permitió llegar a Leganés desde el Hospital La Paz sin demasiados problemas. El problema lo tuvieron compañeros dependiendo del lugar de origen y destino desde el mismo viernes por la noche. Muchos dejaron el coche y se fueron en metro, otros se tuvieron que quedar a doblar porque no había forma de salir del hospital con el transporte que necesitaban para llegar a sus casas. El problema gordo fue a partir del sábado tras la gran nevada y las bajísimas temperaturas, ya no había ni metro, línea 10 cortada en el tramo que enlazaba con las poblaciones del sur de Madrid. Bueno, y muchos problemas sin Cercanías, sin coches, las carreteras como estaban...un largo etcétera. 

La cuestión es que mi amiga habla de SOS 4X4, y yo me emociono; veo imágenes de personas anónimas con su vehículo que se suman a esta iniciativa, y yo me emociono; compañeras del hospital agradecen a través de las redes la maravillosa actuación de estos ángeles gracias a los cuales consiguen llegar el domingo y el lunes a sus puestos de trabajo, yo sigo emocionándome. Y ayer, ayer en la Urgencia del Hospital La Paz, a eso de las siete de la tarde llegan dos personas que acaban de traer a un matrimonio que tenía que venir al hospital se ofrecen para llevarse a gente que lo necesite en el viaje de vuelta, y yo me vuelvo a emocionar, trato de disimular las lágrimas emocionadas, bendita mascarilla que en este caso me permite disimular el llanto emocionado. Entonces vi a mi encargada, que les orientó para que dos pacientes de diálisis pudieran irse a casa con ellos, se acercó a una de mis compañeras y le dijo que se tenía que ausentar un momento, yo la observé por el rabillo del ojo, acercaba una mano a los ojos mientras desaparecía de la puerta de la urgencia, observé que algo le había pasado e intuí que también ella se había emocionado. Cosa que me confirmó después. Ahí fue cuando sentí este impulso y la necesidad de escribir sobre ello. 

Y es que estas personas con esa iniciativa absolutamente altruista nos han emocionado a todos, porque han sido la esperanza cuando las ambulancias no podían abarcar todo y muchas no podían circular, cuando los taxis tampoco lo podían hacer, cuando no había posibilidad para muchos de desplazarse, ellos han ayudado, han sido héroes, porque ponían en riesgo sus vehículos, su propia integridad física para ayudar, sin más, sin más rendimiento que un agradecimiento sincero. Hoy he sabido que han sufrido agresiones e incluso personas que han abusado de su generosidad. Siempre hay una excepción que confirma la regla, y la regla en este caso es el agradecimiento por haber estado cuando se les ha necesitado, sin más, por habernos dado esperanza de que no siempre se hacen las cosas por dinero, muchas veces el ser humano saca a pasear su lado más noble y hace que el resto de las personas reconozcamos esa cualidad y volvamos a creer en ella. Creo que es eso, esa sensación de volver a creer en las personas buenas, de sentir que hay esperanza después de todo. De ser consciente de que ese impulso lo tuvieron personas que eligieron salir de sus casas e ir a ayudar, no porque es tu trabajo sino porque es una responsabilidad que asumes solo porque puedes y sin ninguna duda eres una buena persona. 

Así que mil gracias por hacernos creer en que los héroes anónimos existen y que cuando parece que todo está a punto de reventar o irse al garete, llega alguien con buen corazón y te ofrece su mano para que sigas caminando, y entonces darte cuenta de que merece la pena el esfuerzo, venceremos porque como dijo mi amiga Laura: "Entre todos salimos mejor de los problemas". 

Isolina Cerdá Casado

viernes, 1 de enero de 2021

Confidencias de una silla

 


Ay, déjame que descanse un poco, acabo de sacar a un señor que debía pesar más de cien kilos, sé que para ti eso no es nada, eres joven y me atrevería a decir bella y voluntariosa. Pero en mi caso hasta me chirrían las ruedas según el peso del paciente. Ahora también te digo que no me voy a retirar por voluntad propia, aguantaré hasta que me dejen las juntas metálicas, bueno y el ánimo, también te digo que tal y como ha sido el año 2020 no sé si podría soportar otro año igual. Sí, es verdad que empezamos un año nuevo y que no pinta muy bien, me da a mí que la tercera ola está en pleno arranque, yo no quiero ser pesimista amiga pero tú sabes tanto como yo lo que pasó en este hospital. Y si volviéramos al mismo nivel... Uf, no creo que lo pudiera soportar. Y eso que yo soy bastante resistente e intento no empatizar pero te digo yo que la celadora que me lleva y me trae, esa, no sé... Es muy blanda, o muy dura, no sabría decir, un día iba empujándome y hablaba con el paciente, el paciente no la veía, pero ella lloraba, lo sé porque me soltó en un momento mientras esperaba el ascensor y con un pañuelo secó sus lágrimas. Por lo visto el señor ingresaba en planta, había perdido a su mujer un día antes por esa dichosa enfermedad que aún era casi una desconocida. Aquello solo fue el principio. Cuando lo del gimnasio convertido en una sala gigante de preingreso por Covid. Ahí trabajamos muchísimo, subiendo a los pacientes que podían subir sentados a planta desde la Urgencia. Nunca he estado en una guerra pero yo creo que lo más parecido a un campo de batalla se libró en los hospitales, aunque tengo una prima que estuvo en una residencia y el trauma fue casi peor, ella decía que en su residencia entró el virus y poco faltó para que se llevara a todos los residentes. Sé que prefieres que no te cuente nada, pero es que por la noche me vienen ciertas imágenes y siento que de alguna manera quedan cosas por decir, será esta sensación algo parecido a un trauma, puede ser, ¿no crees Azulina? Ya sé que trabajo en un hospital y que debería asumir que estas cosas pasan, pero te voy a decir una cosa, esto que ha pasado en el 2020 no es normal, ha sido algo terrible y por tanto si escarbas un poco vas a encontrar algo que no te gustará, porque es parecido al lodo, arenas movedizas en las que no hay ramas a las que asirse. Lo sé por esa pobre que me empuja, parece que está bien, como si fuera posible haber estado aquí en aquel tiempo y no verse afectado, son seres sensibles, pobres, hacían como que eran fuertes e incorruptibles por el dolor ajeno, pero no hacía falta nada más que escarbar, ahí aparecían los ríos de lava arrastrando gritos silenciosos, miradas apagadas, cuerpos vacíos de vida, y aquella sucesión de camillas con sudarios cubiertos por sábanas blancas de limpieza, cariño y soledad. ¿Te diste cuenta de aquello Azulina? Yo sí, la edad la hace a una observadora. Yo estuve a pie de sala, hubiera sido mejor no haber estado, en las salas repletas de camas se pasó peor, he tenido suerte de no ser una cama de aquel tiempo, hace apenas unos meses pero parece que fue un siglo, es como si la memoria lo hubiera querido borrar pero el alma arrastrara tanto dolor que le fuera imposible dejarlo ir, al recuerdo Azulina, al recuerdo. Las camas vieron más, sintieron el peso repentino, el adiós desorientado, el último suspiro.

Espero que esta sensación que tengo de que se aproxima una tercera ola que sube poco a poco el nivel del mar sea errónea, espero que los hierros me fallen y que esta calma tensa traiga jóvenes ebrios como el de hoy, una pena chica, el de la ambulancia lo traía con una bolsa de basura en la cabeza a modo de bacinilla para vómitos imparables, lo mismo había tomado un vasito de sidra de más, a lo mejor estaba de celebración, el fin de un año negro como yo, un año enlutado de pena carbonera. Oye Azulina, a ver si esta vez te coge a ti el ambulanciero que te ven tan reluciente que te dejan de reposo y a mí me estrujan para retirarme por desgaste. Anda, no te hagas la remilgona y ponte a trabajar. Lo mismo me pido un traslado al Zendal y me retiro especializada en el dichoso virus de las narices. Lo que me faltaba Azulina, a la vejez viruelas.

Isolina Cerdá Casado 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Adiós 2020, adiós.

 https://anchor.fm/isolina0/episodes/Adis-2020--adis--Con-la-msica-de-Martijn-de-Boer-NiGiD--Romance-for-pian-and-Cello-eodlvr


Apenas unas horas quedan para despedirnos, para dejarte atrás, para olvidarte del todo. Has sido un año terrible, porque nos has llenado el alma de imágenes muy duras, imágenes que jamás hubiéramos creído verosímiles en esta época, ni en este tiempo. Nos has hecho darnos cuenta de cuán importantes eran los abrazos, la cercanía, la proximidad física de corazones que palpitan. Hemos visto morir a gente luchadora, una generación que ya vivió un escenario bélico y sabía lo que era el hambre y la asfixia económica. Mucho dolor, por el tiempo perdido, por las distancias forzosas, por los momentos que no hemos podido compartir con tantos seres queridos. A cambio el valor de una llamada, el tiempo hacia dentro, la mirada a un yo perdido y angustiado. Cuerpos inertes, pieles quietas, sueños rotos. Ya solo pienso en vivir, en no perder más momentos, en agradecer estar viva y abrir la ventana y respirar profundo. Sé que este año también nacieron príncipes y princesas, que hubo bodas, bautizos y cumpleaños atípicos. Aplausos en ventanas, en balcones, en terrazas, a valientes, que salieron de casa para caminar entre reservorios llenos de miedo y de impulso vital. Te vas ya 2020. Te vas habiéndote llevado tantas cosas, tantos momentos, a tantas personas... Sé que el 2021 no va a ser fácil, no, porque tendremos que seguir luchando, porque tu recuerdo trágico estará presente, como las lágrimas que absorbieron las mascarillas de papel, pero también estarán presentes esas vacunas que serán la muestra de que el ser humano no se va a rendir en esa lucha, porque estamos juntos en esto, aunque haya personas incrédulas, también hay personas que engrandecen al ser humano y dan sentido y valor a la naturaleza, y en ella encontraremos el camino. 

Pensé que ibas a ser un año bueno 2020, y no lo has sido para nada, porque la excepción ha sido ese niño que nació en medio de la pandemia, o la recuperación, la superación y las tantas muestras de lo creativos que somos, de dar pasos hacia adelante y seguir luchando por los sueños que iluminan nuestros pasos. 

Te vas ya, casi te has ido, ojalá pudieras llevarte también esta tremenda tristeza generalizada. Pero has de saber que venceremos, que aunque tu número ya está asociado al de la gran pandemia también lo está a nuestra alma guerrera que en el 2021 seguiremos luchando para conseguir ganar la batalla.


Isolina Cerdá Casado

sábado, 12 de diciembre de 2020

Estrellas en las Urgencias del hospital La Paz.





Hoy al pasar por el pasillo de la sala 1 de la Urgencia, justo al entrar por la puerta que da el acceso más directo a la REA, un montón de estrellas cubría la pared que está frente a la puerta de cristales que se abre automáticamente cuando las ambulancias traen pacientes que requieren una intervención rápida. Si te parabas a mirar el detalle de cada una de las estrellas podías ver algunos de los nombres de las personas que forman parte del equipo humano que trabaja en las Urgencias de la general del Hospital La Paz. Había casi quinientas estrellas, cada una tenía un nombre y debajo el colectivo al que pertenecía. Por lo visto una enfermera del turno de mañana, Ana Guti, había tenido el impulso de recopilar nombres de los diferentes colectivos, enfermeras, médicos, auxiliares, celadores, personal de limpieza, personal de admisión, de atención al paciente, de seguridad, es cierto que no estaban todos los que en un momento u otro ha pasado por la urgencia, o incluso forma parte de ella, los celadores de rayos no se encontraron pero estaban, estaban porque el impulso era incluir a todas las estrellas que iluminan las Urgencias de la Paz. 



Ha sido un detalle muy bonito y simbólico, al verlo he sentido que éramos un conjunto, un gran equipo de trabajo, que todos y cada uno de nosotros éramos necesarios, no sé por qué pero recordé que justo en aquel pasillo, en la sala de sillones fue donde se situaron los primeros casos de sospecha de Covid, quién iba a imaginar lo que sucedería después, cuando casi el noventa por ciento de la urgencia albergaba pacientes de Covid, cuando dentro de las salas todos estábamos cubiertos por los EPIS y apenas había diferencia entre los distintos colectivos, combatíamos todos cada uno dentro de su especialidad, nadie se rindió y muchos cayeron, enfermaron a pesar de las medidas de protección. Paradójicamente ver estas estrellas me ha recordado un poco a aquellos momentos. Todos tenemos una función y en ese trabajo hay luz, mucha luz. La verdad es que ha sido un detalle muy bonito, ver tantas estrellas, tantos nombres, tantos colectivos representados. Y todos iluminando la entrada de la puerta más próxima a la REA. Me dije, simbólicamente todos estamos ahí, cuando llega un paciente a la urgencia nuestra actitud, nuestro deseo, nuestra vocación es la de ayudar al paciente para que mejore, para que supere ese momento crítico, para que pueda recuperarse cuanto antes. Estrellas iluminando al paciente en medio de la noche, estrellas que no son más que el reflejo de un sol cuya luz intentan recuperar, lucimos gracias a las personas que necesitan nuestra ayuda. 

Ha sido un gran regalo de navidad, muchos sonreíamos al verlas, algunos se buscaban, se fotografiaban, nos ha iluminado el alma, nos ha llenado de alegría el detalle y es que la mejor decoración de navidad son las personas, las que con su grandeza humana enriquecen este trabajo tan importante y necesario. 

Gracias Ana por tu impulso, y gracias a todos por aceptarme en este cielo maravilloso que forma parte de la Urgencia.


Isolina Cerdá Casado

domingo, 6 de diciembre de 2020

Deseos navideños desde el Hospital La Paz

 

Se llama Nuria y es un elfo, ah, también es celadora del Hospital La Paz. 


Noche de urgencias en el Hospital la Paz, segunda vez que soy testigo de una propuesta preciosa. Una compañera de trabajo, una celadora con el corazón de oro nos pide a los celadores que si podemos escribirle una carta de deseos, en voz baja nos confiesa que ella es un paje mágico, y tiene doble trabajo, no es por acaparar sino que es muy buena en su trabajo y tanto Papá Noel como los Reyes Magos se la rifan. La cuestión, esta compañera nos ha estado alentando para que todos escribamos esa carta de deseos, eso sí, pone una condición, no pueden ser deseos materiales. "Ya sabéis que con esto del virus puede acarrear problemas, es un virus muy travieso y se contagia fácilmente. Pero podéis pedir lo que sea, hasta la cosa más rara, somos tantos que no sería extraño que aparezcan deseos increíblemente raros. Sería representativo de nuestro sector." Hoy ha explicado sus razones. Este elfo tan especial cree ciegamente en la Navidad pero sobretodo cree en las personas y está convencida de que expresar esos deseos será una forma de hacerlos fuertes, mucho más fuertes que este horrible Covid que tanto dolor nos está causando.

Este elfo ha sufrido, tanto como lo viví yo, cómo estuvo la Urgencia en aquellas semanas de marzo y abril, bueno todo el hospital la Paz, fue terrible. Aún hoy me tiembla la voz y se me humedece la mirada cuando lo recuerdo. Pero desgraciadamente no es un recuerdo lejano, todavía este virus está muy presente en cada uno de nosotros y de todos los madrileños, y de toda España y de todo el mundo... Pero hay esperanza, hay un gran movimiento esperanzador...

Este elfo estuvo con un EPI puesto, corrió empujando camillas a la REA, cambió pañales a pacientes muy malitos, se llenó de fuerza cuando el Covid entró en sus carnes y lo echó como pudo y lo aisló de su familia y gritó y bailó hasta que pudo volver al hospital a seguir con su tarea.

Hoy nos pide que le escribamos una carta... Yo deseo despertar mañana y ver a la gente feliz y sonriente, deseo que el Covid 19 desaparezca, que no hubiera existido jamás, que siguiéramos viviendo con la tranquilidad que lo hacíamos antes; cuando veíamos a un amigo y le abrazábamos efusivamente, o nos encontrábamos con  nuestro sobrino y le dábamos dos besos, o cuando tomábamos tranquilamente un café en un bar sin recortar tiempo ni acompañantes. Deseo volver a dar abrazos, deseo poder moverme con libertad, deseo que todo vuelva a la normalidad y que los investigadores con su varita mágica hecha de trabajo, destreza y financiación lleguen a conseguir que este virus sea inocuo, que se esfume sin dejar rastro.

Este año la Navidad es un campo de combate hecho de abrazos contenidos, de distancias forzosas, de mil momentos de añoranza. Nuestras armas serán los besos no dados, las copas sin brindar, los pensamientos tristísimos por no poder reunirnos alrededor de una mesa todos los que otros años lo hicimos. Pero a cambio ganaremos la guerra, a cambio no contagiaremos a ese ser que tanto amamos. 

Este año todos somos soldados en una guerra que afecta a toda la humanidad. Y ganaremos porque no hay otra opción. 

El deseo más grande de todos es que podamos vencer al virus, y que salgamos más fuertes de esta pandemia, y que todos los que cayeron en el camino nos sostengan con su recuerdo de grandes hombres y mujeres valientes, luchadores inocentes, sabios llenos de luz. 

Cuando empecé a escribir la primera vez esta carta de deseos, este es el segundo intento, tuve que parar, por la tristeza, por la pena que me daba, porque este peso nos afecta a todos. Entonces leí un artículo que hablaba sobre esa tristeza generalizada, porque todos estamos acusando esa falta de abrazos, esa preocupación global, ese miedo continuo, y me di cuenta de que no estaba sola, en realidad todos estábamos en el mismo lado de la trinchera, todos íbamos a experimentar la misma sensación que ese soldado solitario lleno de barro en una noche lluviosa vigilando el frente, todos comunicados con nuestros teléfonos móviles, o con señales de humo, ninguno se iba a echar atrás, todos unidos en la misma guerra, todos juntos podremos acabar con el enemigo común. Así que ese será mi pensamiento cuando el día de nochebuena no pueda estar con la Familia y el mismo pensamiento tendré este fin de año, en el que no estaré con mi padre por primera vez en cuarenta y siete años de vida, ni con mis hermanos, ni mis cuñadas, ni mis sobrinas. Este año estamos en guerra para no perder ningún efectivo más. Estas navidades no abriremos las puertas al virus, defenderemos a la humanidad desde la trinchera. ¡Y ganaremos! 

Aquí explicando su maravillosa idea. 


Isolina Cerdá Casado 

 



viernes, 30 de octubre de 2020

Los abalorios de una bella princesa que ha vivido mucho



 Abalorio: "Objeto de adorno vistoso y generalmente de poco valor". Esta es la primera acepción de la RAE cuando buscas el significado de la palabra abalorio. Hay que cambiar el título de este artículo, no sirve, porque lo que lo ha inspirado ni tiene poco valor ni es meramente un adorno. Pero contaré desde el principio de dónde surgió la princesa y qué quería exactamente decir con abalorio.

    Estaba en la puerta de las Urgencias del Hospital La Paz, allí trabajo como celadora, mi puesto de trabajo principal esa tarde era la puerta de la urgencia, recibes a la gente, gestionas diversas historias, llevas los papeles a su casillero correspondiente, acompañas a los pacientes a un box o a sala, resuelves dudas y una serie de funciones más que no vienen a cuento aquí. La cuestión, una de las administrativas majísima, y con la cual no había coincidido con anterioridad, o al menos con la cercanía de aquella tarde, como digo la administrativa separada por un cristal de la celadora, me sonreía con los ojos cada vez que me daba un papel que tenía que acercar al filtro. Era muy amable, su corte de pelo era más bien aniñado, melena corta con flequillo, pelo negro, sin muestra alguna del paso del tiempo. Delgadita, más bien bajita, cuerpo pequeño. Sabía que era si no de mi edad, rondaba, unos cincuenta, a mí me faltan dos y medio para alcanzar la cifra, pero vaya, más o menos estábamos cerca, eso creía yo. La cuestión es que en un momento dado, y bajo la protección de su mampara de cristal mágico anti Covid, se atrevió a quitarse la mascarilla, no del todo, solo la cogió, la bajó hasta la barbilla y respiró profundo, justo me pilló mirándola, y entonces vi lo que he llamado abalorio pero que en realidad quería decir "haberes" de lo mucho vivido. Y es que la zona del labio superior, donde sale el bigotillo, que los hombres afeitan y las mujeres depilan, estaba repleta de arruguillas, plieguecillos, montañitas con algún pelillo fino y casi imperceptible. No sé por qué pero me inspiró sobremanera. Aquellas muestras de vida vivida, rasgos de sonrisas, de miles de morretes regalados, de ceños fruncidos, de vida vivida con intensidad. Allí estaba, aquella princesa, cuya intensa vida se resumía en plieguecillos y pelillos tapados por una mascarilla obligatoria. Y entonces pensé que la piel carga con toda la vida y con su riqueza, entonces sentí que tener arruguillas en los labios era una suerte, indicaba que seguías poniendo caras, gesticulando, riendo, llorando,...como una especie de tesoro mágico. 

"¿Ves esta primera? Oh, sí, esta salió el día que mi madre me castigó sin cenar porque me puse a hacer magdalenas sin avisarla y cuando ella se levantó de la siesta descubrió que su cocina estaba repleta de harina, montó en cólera, ya que se había pasado la mañana limpiando, yo me puse a llorar porque nunca la había visto tan enfadada, aunque luego se puso a reír, y yo con ella porque le hacía mucha gracia cómo el cocinero de cerámica que sujetaba las paletas estaba lleno de harina y no entendía cómo narices le había caído tanto polvo blanco encima del sombrero azul, yo le explicaba que al abrir la harina se me rompió el papel del envoltorio porque no conseguía abrirlo y todo se llenó de un blanco navideño, el cocinero de cerámica que además era un cerdito rosado se volvió blanco y comenzó a saltar de la alegría porque jamás imaginó una nevada semejante en una cocina. Sí, esa fue la primera arruga. Qué gran momento fue aquel. La conservo con cariño... "

    Entonces aquella imagen me llevó a las miles de historias vividas que hay detrás de una cara llena de arrugas y sentí que había mucha belleza ahí metida, en los rostros, en los cuerpos, de hombres, de mujeres, y quise escribirlo, quise gritarlo, porque era esperanzador, porque en realidad no había que esconder nada, ni tapar, ni disimular, pinta la arruga, sueña feliz porque has vivido tanto que rebosas vida princesa...

Isolina Cerdá Casado

lunes, 19 de octubre de 2020

Marina en busca de la inspiración

Se sentó a los pies de aquel árbol, y mirando hacia arriba pudo ver como éste con sus ramas más jóvenes acariciaba las nubes. Ella debía estar haciendo lo mismo, sin embargo tan solo podía tocar la tierra áspera, alguna piedra que sobresalía del suelo y el manto verde de la hierba llorona del amanecer. 
Estaba descalza, había salido de su casa en pijama, era muy temprano, intuyó que no se iba a cruzar con nadie y así fue. Empezaba a sentir el frío aunque ya lo hacía cuando aquella madrugada abrió la puerta sigilosa y la cerró tras ella. 
 Algo le había despertado, era la necesidad, había estado impulsándola una y otra vez de un sitio a otro, siempre dando tumbos. Sentía que su vida había sido eso: una extraña sucesión de golpes, saltos, giros. Pero esa madrugada, supuso que serían cerca de las cinco de la mañana cuando escuchó aquella voz, fue como una brisa alentadora, que la empujó a saltar de la cama, parecía haberla enganchado a su corriente esperanzadora y sin saber muy bien a dónde la llevaba se dejó arrastrar. Y así, sin más explicación que un impulso, envuelta en esa especie de magia sonanbulista llegó hasta él, el árbol de hojas alargadas, extrañamente impregnadas por un poder sanador que no todo el mundo conoce. Ella buscaba inspiración, quería que él dirigiera sus letras porque algo sentía en su interior, un impulso explosivo tal vez, que necesitaba que saliera y se mostrara, a lo mejor él la podía ayudar.

Esos días había estado dándole vueltas a aquella historia que su abuela le había contado una y otra vez en sueños; su abuela era una persona distinta en el mundo onírico a la que había sido en la realidad. Recordaba sus asperezas, como si la vida que le había tocado vivir no fuera lo bastante interesante como para dejar que su verdadero yo se expresara libre. Pero en los sueños su nieta la veía de otra manera. Las abuelas son seres sabios, mujeres profundas que están en lo alto de tu árbol genealógico, si ellas no saben por dónde seguir, quién lo va a saber; esa teoría de abuelas como seres sabios a Marina se le confirmaba en sueños. La vida no estaba siendo precisamente como ella había imaginado. Siempre había sabido que era una mujer especial, en sus años de infancia, su madre le decía una y otra vez que debía volver a la realidad, que era una niña demasiado creativa, con mucha imaginación, tal vez también demasiada; le recordaba que la vida no era como en los cuentos. Pero en realidad quién puede creerse en posesión de saber cuáles son las medidas adecuadas de semejantes maravillas del alma humana e incluso de juzgar su nivel. Vaya que sí, su madre tenía mucha razón, la tuvo, como si de alguna manera hubiera sido capaz de prever su turbio y, contradictoriamente a la vez, brillante futuro. Cuando su profesor advirtió a su mamá que de no ponerle los pies en la tierra su hija se iría volando por el mundo de la imaginación, no estaba mal encaminado como futurólogo. Las advertencias de este señor sobre su maravillosa capacidad creativa y la posible desaparición de la cordura debido a una previsible autofagia pura y dura de aquel inmenso mundo imaginario prácticamente se cumplieron, Marina estuvo a punto de desaparecer sin ser vista, alejada del sistema, del mundo real, inmersa en su locura. Pero no desapareció, casi, pero no, su breve desaparición como persona cuerda fue en realidad una transformación, pura alquimia, en la que liberó su locura a través del arte, pintaba y escribía. La escritura siempre le había liberado el alma, reorganizaba sus complejos nudos espirituales con uno o dos párrafos de explosión repentina. Llevaba meses sin escribir y sentía estar al borde del abismo. 

Tocaba la tierra fresca. Sentía los pies cada vez más fríos. “Tiene que llegar”, se repetía a sí misma. “Tiene que llegar”. A esa mujer le llegó, en aquel árbol, o si no era aquel fue uno parecido, daba igual, no importaba, el caso es que tenía que llegar la historia, esa que su abuela sabía que escondían los eucaliptos. 
Cuando su madre reproducía las palabras de aquel profesor que le advertía del peligro de los viajes que hacía su hija desde un simple pupitre, no sabía lo que iba a ocurrir en realidad. Ciertamente jamás llegó a ver a su hija siendo una mujer adulta integrada en el sistema, en realidad no tuvo tiempo de verla llegar a esa edad, moriría antes. Justo cuando la niña dejó de serlo, la madre se convirtió en alma errante, un espíritu que la andaría rondando para protegerla, sin perder esa obsesiva manía de controlarlo todo para evitarle dolor. Eso creía la madre, no se daba cuenta de que el dolor que trataba de evitar estaba medido por su propio dolor, y en ocasiones era tan profundo que temía que atravesara generaciones enteras y trataba de ponerle remedio suavizando los pasos de su hija, pero la intensidad del mismo va asociado a cómo de intenso sentimos, y su hija rebosaba intensidad por todos los costados. Era un espíritu bueno pero intranquilo. De eso sabía su hija no porque tuviera pruebas sino por sensaciones repentinas que motivaban su intuición.

 Marina había sentido muchas veces eso, alguien le había hablado de la existencia de ángeles que te cuidan, que velan por ti desde la invisibilidad más absoluta, a través del tiempo, de los sucesos e incluso de las paredes de ladrillo. Ella intuía a su ángel de la guarda, e incluso era capaz de saber de quién se trataba, justo en esos instantes en los que se le podía haber escapado la vida y no lo hizo. Había tenido dos momentos cruciales, para ella el más claro había sido aquel accidente terrible del que salió viva milagrosamente. El coche quedó destrozado, al verlo nadie hubiera creído que una persona pudiera mantenerse con vida dentro de aquel amasijo de hierro, ella lo hizo, un hueso sustituido por titanio fue el rastro de aquel susto terrible, con veinte años y un gran reto por delante, el de su emancipación. Marina siempre supo que su ángel de la guarda la había protegido de alguna manera, la energía viva de su madre la envolvió para que esas chapas destrozadas no se fundieran con ella y dividieran su cuerpo en mil pedazos.

 Allí estaba ella, Marina Rodríguez, a los pies de un eucalipto precioso, mirando hacia lo alto, tocando un suelo rugoso, con carreteras vacías de coches, con casas sin vida perceptible. Hoy ella había sido la más madrugadora, con lo mucho que le había costado siempre levantarse de la cama, ella era la única alma errante visible de aquel extraño amanecer. El frío era cada vez más agudo, tal vez era solo su sensación. Siempre le había gustado mucho ese tipo de árbol. Recordaba las visitas a la aldea de su abuela, desde su casa se veía un majestuoso eucalipto cuyas hojas parecían acariciar el aire. En los días en los que sacaba la cabeza por la ventana para respirar profundo allí estaba él, sonriente, seguro, fuerte. Cuando llovía de forma salvaje, con esa lluvia densa que tantas veces había visto caer en Galicia, allí, al fondo permanecía él, mirándola, transmitiendo esa fortaleza centenaria que lograba traspasar los cristales de las ventanas. Quizá esa mañana él había sido el causante de todo, tal vez él la estaba llamando a través del tiempo y la tierra, o era ella la que lo necesitaba, la que quería que la historia de la contadora de cuentos fuera verdad. Los eucaliptos son árboles acogedores de almas. Cuando alguien muere con un sueño pendiente se va a morar a sus adentros. ¿A caso ella buscaba eso? ¿Los sueños pendientes de otros? ¿O buscaba concretamente uno, el suyo propio? 

 En las noches frías de invierno se oían los rumores de las almas inquietas, algún grito silenciado como en un túnel del tiempo. Aquello que no fue llorado sale en forma de lluvia y justo encima del eucalipto se forma la nube de la tristeza. Pero hay veces que las almas dejan sus sueños en espera de que alguien los rescate y los realice; entonces no son tanto emociones sino cosas por hacer, palacios, castillos, libros por escribir. Los sueños de las historias pendientes requieren de personas entregadas, que rescaten esos trocitos de vida necesitadas de inmortalidad. ¿Eso es lo que ella debía hacer? ¿Era lo que esperaban de ella? ¿Ese impulso sentido lo despertó la fuerza de los sueños por escribir?

 En cualquier momento alguna persona despertaría de su sueño, se asomaría a la ventana buscando el primer rayo de sol y se asombraría al verla a ella, allí, sentada a los pies de aquel árbol, con un pijama fino, acariciando el suelo, con un ademán expectante a la espera del susurro del árbol centenario. Entonces seguramente esa persona llamaría sin dudar al 112 para contar a algún trabajador del turno de noche la extraña escena que se estaba produciendo justo al lado de su casa, en la calle, una mujer semidesnuda tirada en el suelo, con la oreja pegada al tronco de un eucalipto altísimo, con la mirada perdida en los entresijos de su pensamiento. Sin sospechar que aquella mujer estaba recibiendo la energía necesaria para asumir que la vida hay que vivirla con la intensidad suficiente para no sentirte muerta en vida. El eucalipto le susurró, o ella sintió que le susurraba. Si quieres escribir tendrás primero que vivir y cuando lo hayas hecho serás capaz de sentirlo, escucharás los sueños pendientes sin tener que acercarte a los pies del árbol. No era suficiente lo que llevaba caminado, por eso estaba allí, por eso la habían atraído los duendes para que mantuviera la calma y siguiera su camino. 

 Marina encontró la calma, se fue por donde había venido, volvió a casa, sintiendo cómo el frío madrugador atravesaba su cuerpo, frío que ya empezaba a amainar bajo la mirada lejana de la luna llena, con la certeza de que tarde o temprano volvería a su mente la inspiración de un sueño, de una necesidad o un impulso. Se tomó un café caliente, revivió en ella esa sensación agradable de las gotas de lluvia descendiendo por su frente, por las sienes, acariciando sus labios, con una mirada capaz de ver más allá del horizonte con un eucalipto como único testigo de ese momento transitorio al borde de la asfixia. Jamás le sentó tan bien sostener una taza entre sus manos. 


Isolina Cerdá Casado

sábado, 17 de octubre de 2020

Vete

Eres un bicho muy malo, no sé cuáles son tus intenciones para con nosotros, no son buenas claramente, aunque a lo mejor eres un inconsciente y no sabes de verdad el daño que produces, a lo mejor no lo piensas y en realidad ignoras las consecuencias de tu propagación. Dirás, ¿y a mí qué más me da? Claro, no tienes empatía, no eres capaz de sentir ese desasosiego, esa preocupación por nuestros mayores, nuestros amigos, por nuestra familia, por nosotros mismos. Supongo que de nada sirve que te pida que te vayas, sí, que cojas la puerta y salgas de nuestras vidas, porque ya nos has desestabilizado a todos, ya has zarandeado nuestra cordura y nos has arrancado el alma a trozos. No siempre lo hemos sentido en nuestra carne, pero has hecho un daño tan grande que sus garras tienen estrangulada la cordura, y todo lo que pensábamos que nos estabilizaba se fue para siempre. Ahora ya no podemos sentirnos seguros, ahora la vida es un transitar por la cuerda floja, y ya no hay lugares seguros, el miedo ya se ha afincado en nuestro interior y la incertidumbre es la manta que nos arropa cada noche. Te voy a pedir algo, ¿podrías marcharte ya de nuestras vidas? Alejarte, sin mirar atrás, no te heremos nada, vuelve a ese lugar del que saliste, no sabemos porqué ni por quién, pero desaparece de una vez. Eres un bicho malo, lo sé, pero a lo mejor ya lo has logrado, me refiero a tu objetivo, si es que tenías alguno, si querías hacernos daño ya está, nos lo has hecho, estamos heridos hasta lo más profundo, lloramos solo de pensarte. Vete, vete lejos, vete a un lugar en el que encuentres paz sin causar guerra. No vamos a dejar de luchar, no nos cansaremos, nos pondremos la armadura, saldremos a los caminos, te esperaremos con una lanza, como el guerrero de la rotonda de Leganés, hasta que logremos detenerte, porque al final nos uniremos, porque ellos dejarán de ponerse zancadillas, porque no tendrás caminos libres, porque la humanidad crecerá, porque no puede ser el fin sino el principio de un nuevo mundo en el que a pesar de la distancia estaremos más unidos que nunca. Vete, vete ya. Isolina Cerdá Casado

Mariposas, cuerdas de colores y zapatitos llenos de vida... 25 de noviembre

Al rededor de ese día suenan gritos en el horizonte, hay gritos que vienen de atrás y gritos que están sucediendo ahora y gritos futuros que...