Soy de metal, estoy rodeado de flores, algunas de ellas con una profunda historia de amor, amor de vida. La mujer que sostiene en sus brazos a un bebé recién bautizado, porque las fotos se suelen hacer después, es la responsable de que una vez al año este espacio de la terraza en la que me han colocado brille y casi deslumbre con su rojo intenso. Parece ser que la mujer, Lina se llamaba, de Isolina, igual que la hija, que además de Isolina también se llama Antonia, bueno pues la mujer fue una de esas mujeres luchadoras con las que nos sorprende la vida de vez en cuando. A Lina le gustaba mucho el campo, tal vez la culpa de ello fueran sus orígenes de pastos verdes, carballos frondosos y eucaliptos sanadores. Más de 52 años hace de ese instante en el que alguien inmortalizó un rostro que reflejaba ya la incertidumbre ante las dificultades que se avecinaban, asumiendo que nada había sido fácil hasta llegar a ese momento en el que bautizaban a la segunda hija. En el horizonte dos hijos por llegar, una muerte trágica, una enfermedad estranguladora y una fortaleza innata con la que hacer frente a las turbulencias mundanas y a las que parecían llegadas directamente de los infiernos. Yo soy de metal, de momento no me he oxidado del todo, pero tengo un óxido incipiente en las patas y no sé yo si seré capaz de sobrevivir veinte años más, que son justamente los que tiene la planta de campanas rojas, que grita su belleza y su existir, resistente en esta terraza de un ático de Leganés al frío invierno, con sus temperaturas extremas, también al verano en el que hay que ser muy valiente para soportar los más de cuarenta grados a la sombra del mes de julio. Lo mismo este julio llueve, no sería extraño en estos tiempos de climas inciertos y contaminación asfixiante. Parece ser que esta planta viene de un campo de Crevillente, en la "Terra colorà", a Lina le encantaban las plantitas y esta era una de las que cuidó con mimo. Cada año nos regala sus flores y la hija de Lina sonríe, la mira, le hace fotos, y la idolatra como si fueran una especie de regalo venido directamente del cielo, que es donde está Lina, y considera que es una especie de mensaje encriptado que ella tiene que saber leer. A mí no me queda más remedio que posar cada vez que la veo con el móvil en la mano por si decide incluirme en alguno de sus textos domingueros, la mujer se inspira en cualquier objeto, cosa o imagen rescatada del tiempo, ese que pasa y pasa, y de pronto te encuentras con que a esa niña de grandes entradas y mirada inteligente y bondadosa, se le encogió el alma al darse cuenta de que apenas le quedaba un suspiro de vida frente a lo ya vivido, y entonces supo que debía seguir escribiendo esas historias, que debía dejarles espacio, que debía rendirse a esa necesidad creativa. Y se decidió a inmortalizar ese instante, en el que sus manos bailaban y su alma encontraba consuelo al dar forma a sus sueños y confiar en ellos y apoyarlos y creer en sí misma. Para eso he quedado, de capitán de barco a impulsor de sueños rotos y darles formas nuevas decorándolos con bellas y celestiales flores rojas de temporada que salen una y otra vez en un ático de Leganés.
Añoro tu presencia física, añoro tus abrazos carnosos, añoro tu regazo, tu mirada, tu sonrisa.
Lina y su familia, y una sobrinita, y un marido que mira de reojo, y un niño que mira sonriente en la parte inferior izquierda de la foto del bautizo que pasaba por allí, y una niña pelona que sonríe y pone morritos y ojos llorosos e indagadores. Hay una o dos Isolinas en cada foto.
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