domingo, 27 de abril de 2025

Mónica

 


Todo empezó con un baile de patas de araña aplastada por una ráfaga de aire que mi madre envió desde las alturas cerrando la puerta del panteón en el que se encontraban los restos del cuerpo de mi querida hermana Mónica y de mi añorada mamá. (Respira) No llegué a ver el cuerpo del arácnido pero por el grosor de sus patas debía ser al menos del tamaño de un pistacho. 



Mamá, tú lo sabías, hubiera muerto de un pasmo si el susodicho artrópodo hubiera descendido hasta mi hombro justo en el momento en el que limpiaba con un paño la escultura de la virgen de cobre que sellaba vuestros restos con su rostro dulce. Sí, muerta seguramente a los pies de vuestras lápidas, debido a un shock paralizante causado por una fobia no resuelta. Era un día grisáceo, nada habitual en el pueblo de Crevillent, pero bien es cierto que el cambio climático ha mandado al garete a cualquier regularidad climática. No había ni un alma en el cementerio, bueno, las había supongo pero incorpóreas, sin su preciado cuerpo destructible por el paso del tiempo, de los cuerpos originarios de aquellas almas apenas quedaba material óseo y carnes en descomposición. No somos nada aunque algún día lo hubiéramos sido. Si hubiera muerto estando dentro del pequeño panteón probablemente nadie se habría percatado hasta la hora de la cena, mi padre habría llamado a mis hermanos, el sonido de mi teléfono alteraría la paz de aquel espacio de descanso, pero a no ser que algún familiar hubiera visitado a algún vecino de lápida nadie habría adivinado dónde me encontraba yo. Mi cuerpo habría estado velado por el mismo bichito causante de ese final inesperado. 

Igual que tu final querida, inesperado, hoy mismo he llorado por lo que te sucedió, la marcha forzosa, la despedida irremediable, la maraña de culpas asfixiando el alma, el dolor de no volverte a ver tras tu ingreso en ese hospital psiquiátrico. Nunca supimos qué araña te infringió el susto mortal. Pero mi niña, mi niña bonita, todavía tengo lágrimas en el alma esperando que las deje salir, que las libere del encierro a las que fueron sometidas, y todo para poder recordarte libre de la tragedia que supuso para mí tu pérdida.



Y es que cuando tú moriste también una parte de mí murió, y era tanto el dolor que fuiste desapareciendo poco a poco hasta el punto de que llegó un momento en el que ya no hablábamos de ti, desapareciste de nuestras conversaciones, y tu recuerdo se fue borrando. Solo una foto tuya rememoraba tu imagen en casa pero tú fuiste mucho más que aquella joven de pelo rizado, de mirada dulce y soñadora, de cara redondita y labios carnosos. 

Y es que yo pensaba que estaba curada, que ya lo había superado después de todo este tiempo sin ti, más de treinta años pensando que la herida estaba cerrada. Pero no, no lo estaba, el dolor seguía intacto porque no lo había dejado salir, por eso cuando abría la caja de los recuerdos ante la sanadora de almas salían las lágrimas a borbotones. Y pensaba en tus rizos, en tu sonrisa, en tu abrazo, en todo lo que no he compartido contigo porque simplemente te había hecho desaparecer mi niña bonita.

Es precisamente en esas sesiones donde nació la necesidad de este texto. Y de vez en cuando me venía el impulso, y volvía a estar flotando en un halo de inspiración, y pensaba en cómo hacerlo, qué iba a escribir, qué te podía dedicar, un texto mágico, un texto cargado de imaginación, y justo cuando por fin fui a visitaros al campo santo aquellas patas de araña me despertaron la necesidad creativa, y recuerdo haber ido a por agua para limpiar vuestro lugar de eterno descanso, haber visto el nicho de mi compañero de instituto, Miguel Hernando, que falleció en un accidente de tráfico con apenas dieciocho añitos, y lo saludé, paradojas de la vida que fuera a morar tan cerca de ellas. Supongo que también desperté en mí su recuerdo, y sentí la añoranza de todo ese tiempo transcurrido de vida en el que no estuviste conmigo, añoré instantes juntas que nunca tuvieron lugar, confesiones de vivencias emocionales, susurros amigos, abrazos de hermana mayor. 


Ay querida, hoy es uno de esos días en los que me siento impulsada pero a su vez te añoro con una intensidad que me inunda de lágrimas el rostro, sentada en un espacio privilegiado y acogedor, mi terraza, sintiendo que bueno, al menos puedo escribirte unas letras, volviendo a traerte hasta aquí. Mi corazón siente cierto alivio, como una especie de caricia emocional, aunque no nos engañemos, esto es parte del duelo, el dolor por tu pérdida, por tu ausencia. Hubiera querido volver a caminar a tu lado por un instante, escucharte cantar, ver cómo cogías en brazos a mis hijos, y a todos y todas tus sobrinas. En mi imaginación, ya, lo sé, nunca lo hiciste pero anhelaba que lo hubieras hecho. Quiero traer la risa, tu risa, tu maravillosa risa, tu alma pura, tu sensibilidad. Me encantaría poder abrazarte, sé que no se puede, lo sé, pero casi puedo imaginarme acariciando tu cabeza, tu pelo, cogiendo tu rostro entre mis manos, diciéndote que todo pasará...Ahora, justamente ahora, siento como una especie de tela de araña cubriéndome entera, tejida con mi propia tristeza, y la única manera de desprenderme de ella es a través de ti. Ya eres luz, sí, es verdad, desde hace más de treinta años, seguramente me has estado iluminando desde entonces, y tú formas parte de mí, sí, cubierta por una telaraña, sí, y por un momento he sentido que me faltaba el aire, supongo que es la consciencia del dolor, ya no estás en cuerpo alegre. 

Mi niña bonita, te añoro tanto que me duele. Tu legado está en mí, pero también en nuestros hermanos, y también en mis hijos, y en sus hijos, y estarás siempre en nosotros. Pero hoy, hoy especialmente, no sé muy bien a qué es debido, te siento en mi alma con un corazón tembloroso pero también tranquilo, como la paz de un cuerpo tumbado en una hamaca que cuelga de un árbol enorme que abraza. (Vuelve a respirar).

Siempre tuya,

Isolina Cerdá Casado



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